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Newyópolis el blog de Ulises Gonzales


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2 de agosto, 2017

Diario del verano del 17

 

"Todo diario íntimo surge de un agudo sentimiento de culpa. Parece que en él quisiéramos depositar muchas cosas que nos atormentan y cuyo peso se aligera por el solo hecho de confiarlas a un cuaderno."

Julio Ramón Ribeyro / La tentación del fracaso.

 

 

Me aburro. La vida es perfecta y aún así me aburro. Claro que no sé cómo hacen los que tienen que pasar el verano detrás de un escritorio. Así sea un trabajo en la editorial más importante del mundo. Cómo sentarse en una silla frente a un ventanal a las 10 de la mañana mientras tanta gente, lejos de la oficina, se moja los pies en el mar. No sé muy bien cómo reemplaza un cheque grande a todas las horas de libertad que se viven fuera de esas paredes de sheetrock, de esas ventanas que nos dan la ilusión de estar por encima del mundo.

 

No es verdad: Sí lo sé. Alguna vez también tuve que entrar a trabajar a las 8 de la mañana y marcar una tarjeta con mi nombre, y escapar el día viernes, lo más rápido posible, para meter mis pocas cosas en una maleta e irme en un bus hasta la playa de Silaca. Verano de 1997: veinte años atrás. Fue un verano intenso. Recuerdo casi todo de esas caminatas hacia al mar en las mañanas del sábado. Esa brisa fresca que venía del Pacífico, de las olas reventando contra las peñas de la Lobería, del Pozo de los hombres. Recuerdo también las noches incómodas del domingo en el bus que llegaba a Lima antes de que apareciera el sol. De mis horas y horas frente a la computadora, mes a mes, de lunes a viernes, qué poco recuerdo. 

 

 

Este verano mi mundo consiste en levantarme y pensar en la hora en que iremos a la playa.

 

Claro, también soy la empleada doméstica de los niños: los baño, les doy de desayunar (avena, yogurt, huevo, fruta), les limpio el poto y luego los dejo correr por la sala, cuidando desde el sofá─mientras leo The Talk of the Town en el último New Yorker que acaba de llegar─que no destrocen nada. Después, las mañanas del verano consisten en pensar: "¿A qué hora saldremos para la playa?" Y también: "¿Qué leeré hoy?"

 

 

Ya ha empezado agosto y he sentido el pequeño aguijón del semestre que se viene. Es el bicho de la responsabilidad: las urgencias, las metas del nuevo semestre que empieza en algunas semanas. Tantos proyectos, tan poco tiempo para hacerlos realidad.

 

 

Mis lecturas. De eso trataba esta entrada antes que desembocara en una especie de diario íntimo: las mejores lecturas de mi verano. Son pocas, sin embargo son más que las que pude terminar durante la primavera. Acá una lista gráfica:


1. Ensayos del dolor propio / Salva G. Barranco

Salva G. Barranco


Es difícil juzgar con objetividad el trabajo de un escritor que conoces. Sabes que lo que vas a decir lo leerá gente que los conoce a ambos. Te preocupa que te veas obligado─por compromisos de la amistad─ a lanzar elogios por lanzarlos (porque es una persona conocida, un amigo, blablablá). Nada de eso ha pasado con este libro. Todo ha sido una grata sorpresa con Ensayos del dolor propio.


Ensayos es una suma de imágenes hermosas. Desde la carátula, tan poco convencional. Es un breve libro-arte, es un poema en prosa. Se siente, en sus 99 páginas, la batalla del escritor por transformar los sentimientos en oraciones, en líneas, en párrafos, por darles el espacio correcto en las hojas. Este libro es un experimento, es la intensa conclusión de una búsqueda para encontrar palabras/formas apropiadas para hablar del amor, del placer, del descubrimiento del mundo, de las relaciones de pareja. Ensayos también trata sobre cómo duele ese búsqueda. El libro se consigue aquí.


2.Mendel, el de los libros / Stefan Sweig


Mendel

 

Hace muchos años que vengo pasando las oportunidades de leer a Zweig. Por ejemplo: cada semestre en que termino de proyectar en clase Grand Budapest Hotel.

 

Todos sus títulos traducidos al castellano estaban ordenados (qué hermosos que son los libros de Acantilado), uno al lado de otro, en los estantes de la librería La Central de Madrid. Escoger Mendel tuvo que ver con el espacio disponible en mi maleta de regreso a Nueva York.

 

Después de que un experto en Zweig, Adrián, me dijera que todos sus libros eran buenos (él había leído muchos ensayos), resultó más sencillo colocar frente a la caja registradora este tomo de 57 páginas, este breve dulce a menos de 10 Euros.

 

Lo leí de un tirón en el tren 6 de Manhattan, en el camino desde Kingsbridge Road en el Bronx hasta el puente de Brooklyn. Qué espectacular. He leído mucho y aún así, las imágenes de este cuento largo sobre Mendel ─un genio distraído que sufre la guerra sin saber qué está pasando, refugiado e indefenso en una memoria prodigiosa formada de palabras, de páginas y de títulos─ se me han grabado. Es una de las mejores lecturas de mi vida.

 

Maldito seas si no has leído a Zweig y, pudiendo hacerlo, no buscas y lees ya este libro. Te demorarás lo que demora el tren en llegar a tu destino. Y tu vida como lector jamás será la misma.



3. Ventanas de Manhattan / Antonio Muñoz Molina

Ventanas de Manhattan

 

No sé si se volverá a escribir un libro así sobre Manhattan. En tiempos de televisión y de videocámaras baratas, no sé por qué habría de escribirse otra vez.

 

Este libro es un retrato multidimensional de la ciudad de Nueva York. Es una cápsula de imágenes, de detalles, de ruidos, de sensaciones.

 

Así y todo, es necesario haber estado en Madrid antes de haber estado en Manhattan para entender las comparaciones que establece Muñoz Molina entre las dos ciudades, para sentir la culpa/nostalgia/tristeza/sensación de privilegio de vivir en esta ciudad, alejado de las calles de España.

 

No esperen historias en este libro (Que sí las hay: como la del escritor español refugiado detrás del ojo de la puerta espiando a los vecinos que suben y bajan por las escaleras del edificio, sin dejar muchas huellas), esperen imágenes. Concéntrense en la belleza de un esfuerzo monumental por capturar a Nueva York en un documento de 361 páginas.

 

El libro que he leído es una edición hermosa, de encuadernación a la alemana, del Círculo de Lectores (Barcelona) que conseguí por 5 Euros en uno de los puestos de la Cuesta de Moyano, bajando del Retiro hacia Lavapiés. No lean otra edición: las de tapa barata no se le comparan. 

 

No sé por qué algunos de nosotros, cuando escribimos sobre los libros de otros, nos sentimos mejor. Tengo otros libros pendientes: uno de Ford, dos que me traje en la maleta de Madrid, uno que dejé a medias en la primavera. Sin embargo faltan tres semanas del verano de agosto y el bicho de la responsabilidad parece estar bajo control. Puedo ir en paz a la playa.

 

Fin de la entrada.





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