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Newyópolis el blog de Ulises Gonzales


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4 de enero, 2017

Una magdalena neoyorquina

 

Anqui

 

¿La textura terrosa de las papas o el aroma del caldo? ¿Qué sería? Lo que pasaba esa noche era inaudito: una sopa de pollo que tomaba en medio de un resfriado feroz en la casa de mis suegros, en un pueblo de Long Island, Nueva York, me transportaba de súbito en un viaje al pasado.

 

Era una de las últimas noches de 2016. Mi suegros miraban televisión en la sala. Mi esposa entretenía a los muchachos, tal vez alejándolos del aliento enfermo de su padre. Entonces mi lengua tocó las papas de textura terrosa de la sopa de pollo y vi de pronto el fundo de mi abuelo Ulises llamado Anqui: distrito de Jaquí, provincia de Caravelí, departamento de Arequipa, sur de Perú. Esa sopa de pollo, entendí pronto, era mi magdalena.

 

Creo que ─la angustia con la que ahora intento transcribir la intensidad de las imágenes de aquellos recuerdos me lo demuestra─siempre había esperado ese momento.

 

El sabor de las papas terrosas se convirtió en imágenes de un comedor de paredes de quincha: el yeso descascarado, calendarios ochenteros de la empresa Nicolini con dibujos de animales de granja pegoteados con engrudo. El piso del comedor de concreto se quebraba en la entrada del patio y en el umbral de la cocina. Alrededor de esa sopa caliente apareció mi tío Juve: llegaba veloz a sentarse en las sillas de madera, abría un mueble al lado de la mesa donde guardaba sus ajíes encurtidos, hacía una broma, sorbía la sopa humeante y se metía el ají en la boca.


Anqui significa “salado” en idioma quechua: había bancos de sal en esa zona de la quebrada. Mi abuelo era el único de su familia que podía hablar en quechua con los peones. Ninguno de sus hijos lo aprendió porque según la abuela era “una lengua de indígenas sin educación”. El castellano de mi abuelo se parecía a un murmullo (excepto cuando cantaba, cuando su voz llenaba la sala). En castellano sus palabras salían lentas, gota a gota. Muchas veces eran palabras molestadas: mi abuela era media sorda y quería que le repitieran todo. Repetir lo enfurecía. En cambio a sus peones les daba órdenes en un idioma quechua cantado y muy fluido.


Mi memoria lo encuentra con un pie apoyado sobre la piedra grande que miraba al corral. Se ve la línea bien marcada de su pantalón de terno. La punta de un pañuelo sobresale del bolsillo de pecho de su camisa blanca. Tiene una boina gris que le cubre la calva, el cigarro en la boca, los zapatos embetunados, radiantes. Le brillan los ojos mientras conversa en quechua con uno de sus trabajadores. Qué bien que se entienden. Luego el peón le estrecha la mano y se mete al camino apircado bajo las buganvilias, y cruza el cauce del río cargando la alforja llena de fruta que mi abuelo le ha regalado. Se pierde por el camino de la banda. Son tres horas de marcha hasta el pueblo de Jaquí.


El sabor de las papas también me hace recordar las habitaciones donde nos quedábamos cuando íbamos de visita: los cinco Gonzales repartidos en dos camas y en una Comodoy que chirriaba al desplegarse (las sábanas frescas que nos daba la abuela también tenían un aroma especial). Las puertas se cerraban en la noche y quedábamos a  oscuras, hasta que se metía la luz del amanecer entre las rendijas de la madera. Recuerdo el aroma dulce cuando se abrían los portones de la bodega o la despensa. ¡Qué distinto era Anqui de mi barrio en Lima, donde lo más interesante eran las esquinas con rampa para bicicletas!


¿Cómo era nuestro viaje a Anqui? Mi papá manejaba. Su familia iba metida en una camioneta Station Wagon─una Toyota 2000 blanca─en un viaje que podía durar entre 8 y 10 horas. Salíamos en la mañana por la ruta del puente Atocongo. Llegábamos a la pampa de Jaquí cuando ya oscurecía. Entonces el camino, mal afirmado y cruzado por zanjas, se hacía más lento. Casi no se veía.  Recuerdo el polvo que se levantaba mientras entrábamos al pueblo por la calle principal haciendo sonar la bocina y con las luces altas.

 

Ni Jaquí ni Anqui figuraban en los mapas del Perú que estudiábamos en el colegio. Qué emocionante fue cuando mi padre apareció en casa con un Atlas del Instituto Geofísico Nacional. Tenía páginas gigantes e incluía los primeros mapas satelitales. Ahí vi por primera vez el nombre de Jaquí en un mapa. Y si bien contenía algunas líneas de información demográfica, no decía nada de su sala de cine a donde había que llevar una silla para poder entrar, de su circo de agosto bajo una carpa llena de parches, con payasos panzones que te hacían reír sin parar. Tampoco decía nada de sus olivos cercados al lado de la calle por donde se llegaba a la tienda de Manolito, ni de aquel carro viejo que se daba vueltas a la plaza, la mañana del sábado, anunciando: “ Esta noche, en el pueblo de Jaquí…”


¿Cómo serían esos viajes con los tres hermanos Gonzales metidos en un auto, rumbo a Anqui? Papá empujaba el respaldo del asiento, haciendo espacio en el hueco de atrás para que los tres hermanos nos echáramos a dormir entre las almohadas, paquetes y bolsas que mi mamá llevaba para sus padres y hermanos. Dormitábamos. Mi papá nos despertaba para que gritáramos “túnel”al cruzar el cerro de Palpa y para que bajásemos a escoger naranjas en los kioskos de la carretera. Si acaso teníamos mucha suerte, nos llevaba a almorzar en el Hotel de Turistas.

 

Recuerdo haberme despertado en la recta final de uno de aquellos viajes y haber visto a través del parabrisas las luces que iluminaban las pircas de adobe, las rumas de piedras, las estacas y los cercos con espinas que marcaban los límites de las chacras. Recuerdo el silencio expectante al llegar a esa zona peligrosa que se llamaba Malpaso. Papá tenía que fijarse si venía un auto en sentido contrario y avisarle con luces, coordinar quién pasaba primero porque solo podía pasar uno. En Malpaso estaba un cerro del que caían piedras, el precipicio a un lado del camino y el río caudaloso. Recuerdo que mis primos me llenaron la cabeza con imágenes terribles de los cuerpos de fulanito y sutanito que se cayeron en Malpaso.

 

El sabor terroso de las papas en el caldo de pollo me llevó hasta el momento en que mi papá abrió la puerta de la camioneta porque habíamos llegado a Anqui.

─Llegamos, hijitos. Ya se pueden bajar.

─¡Llegaron los Gonzalitos! Alguien gritaba desde el otro lado del río. Entre la oscuridad, contra el fondo negro del cerro, se veía la silueta de la casa y la luz del lamparín de alguien que se despertaba para recibirnos.

─Con cuidado, miren bien, pisen sobre las piedras. Sigan a su mamá.


El sabor de la papa terrosa en esa sopa caliente que me han preparado unas señoras colombianas ─en un local que mis suegros en Long Island conocen como The Red Deli─, me hace recordar la última vez que fui a Anqui. La sensación de calor abrasador también aparece en las memorias que traen las últimas cucharadas de la sopa. Entonces me imagino en el comedor, terminando la sopa preparada por la tía Eddie, preguntándole a mi prima Yosmar y a mi primo Marcelo si podíamos ir a bañarnos en el estanque.


Salíamos del comedor. Detrás de la cocina había restos de conchas de caracoles y de lapas. Bajábamos por un camino de tierra, pasábamos debajo de las ramas de un inmenso  granado. Cruzábamos una acequia, rozábamos las hojas de los membrillos. Siempre mirábamos la tierra antes de pisarla porque por ese camino solían cruzarse las culebras, las que vivían en el cerro, escondidas debajo de las parras. Caminábamos hasta el árbol de mango chino y escogíamos de sus ramas unos frutos pequeños, agridulces, su piel áspera al tacto. Unos pasos más adelante me alcanzaba el sonido del agua.


Entonces veo la imagen de mi abuela que refregaba la ropa sobre un pedazo de madera al lado de la acequia, llevaba puesto un sombrero de paja blanco.


Y si bien ya entonces, a mis ocho años, el idiota del profesor de ciencias naturales de mi colegio allá en Lima nos había hecho memorizar que el agua era “inodora, incolora e insípida”, me di cuenta que la memoria más vívida de aquellos años es la de mi experiencia con el agua de Anqui. Sabía y olía distinto. Yo sabía cómo beberla: echado contra el agua de la acequia, con los brazos estirados para sostener el cuerpo y no tocarla.


Estando así, apoyando mis manos y pies contra la tierra, acerqué los labios para sorber el agua fresca y cristalina─esa que sabía tan distinta al agua hervida, horrible, sosa, que nuestros padres temerosos de la tifoidea, de la hepatitis, del cólera, nos obligaban a beber en Lima. En el instante en que el agua de esa acequia de Anqui tocó mis labios, supe que había terminado una sopa caliente en Long Island. Entonces mis memorias del pasado se evaporaron, con sus aromas y sus imágenes y, de un solo golpe, entendí que muy pronto estaría mejor.


 

East Hampton, 4 de enero de 2017.

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