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Newyópolis el blog de Ulises Gonzales


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26 de octubre, 2016

Las víctimas del pánico

 

Brooklyn Bridge

 

Era una tarde, no tan tarde. Era temprano para mí. Ella tenía la excusa de una familia que la esperaba. Indagué por dónde: "Allá por Queens". Era mi primer año en Nueva York. La vi entre el grupo de muchachos que se reunía en el comedor del instituto. "Es colombiana" me dijo un peruano: mucho más joven que yo, una sonrisa que le dejaba un hoyuelo en el rostro.

 

A mí me gustaba la polaca de mi clase de la mañana. Era una chica sin tiempo. Mientras nos fumábamos un cigarrillo me dijo que su novio era profesor de saxo, un chileno que vivía enseñando música y tocando en clubes de jazz ¿En qué momento la vería si salía de las clases apurada hacia el restaurante donde se ganaba la vida de mesera en Williamsburgh? Después de la clase de la mañana, en el intermedio hasta mis clases de la tarde, me iba a leer en Bryant Park, me metía a buscar libros extraños en la sala de lectura de la New York Public Library, vagaba entre las tiendas de comics de la calle 34. 

 

La colombiana se llamaba Perla. Tenía las cejas demasiado gruesas y una mirada dulce que no conseguía ocultar su sobrepeso. Un día a fines del verano, el peruano dijo que nos encontraríamos frente al hotel Pennsylvania e iríamos en el metro a Central Park. Debo de tener alguna foto de aquella tarde:jóvenes, sonrientes, incapaces de imaginar lo que aquella ciudad nos tenía guardado. Recuerdo que en nuestro recorrido pasamos por debajo de un puente, encontramos un lago y nos pusimos a hacer los tontos en un anfiteatro que parecía abandonado. Perla terminó a mi lado. Yo sugerí que dejáramos al peruano con una brasileña que cada vez que lo miraba abría la boca y sonreía.

 

Nos apoyamos contra un árbol y nos besamos. Quería llevarla a mi pequeño cuarto a un tren de distancia. La necesitaba para olvidarme de que estaba solo. También para olvidarme de la muchacha polaca y el chileno con saxo, pero eso jamás se lo iba a decir. Entonces fue que me dijo que su familia la esperaba "allá por Queens". Manhattan era una ciudad extraña, aún no conocía a nadie con una llave y una cama. Casi no tenía dinero. Además creo que ella me miraba y pensaba ver a alguien con una idea del futuro. Era obvio que la iba a decepcionar. La acompañé al tren, nos dimos otro beso antes de las escaleras donde empezaba su camino a casa. Mientras la veía bajar recuerdo muy bien haber pensado que Perla también estaba sola y confundida.


La semana siguiente, en el intermedio de la clase, en el comedor del instituto, una mesera me dijo que alguien había estrellado un avión contra una de las torres gemelas. Vi el humo en su pequeño televisor en blanco y negro sobre una congeladora detrás del mostrador. El profesor terminó nuestra clase mandándonos a casa y pidiendo que tuviéramos cuidado. Unos minutos más tarde, desde Lima, los gritos de mi madre me pidieron que saliera de Manhattan, que tomara un avión y que volviera. Vagué por la ciudad hasta que se hizo de noche y salió el primer tren.

 

Unos días después del 11 de septiembre, yo reía con un cigarrillo que se me acababa entre los labios porque la polaca, antes de marcharse a las carreras, aceptó que nos encontrarámos a tomar unas cervezas al final de su turno en Williamsburgh. Fue en ese momento que me percaté de que algunas de las caras que veía con regularidad durante las clases en el instituto habían desaparecido. Fueron las víctimas del pánico, los que se fueron temiendo las represalias, las posibilidades de que algo más grave sucediera en esta ciudad. Nunca más volví a ver a Perla.

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