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    Blanco White, tinta liberal

    Eduardo del Campo - 05-05-2010

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    España arde en su Guerra de Independencia. Estamos en noviembre de 1808 y las tropas comandadas por la Junta Central retroceden en desbandada ante el avance del ejército francés de Napoleón Bonaparte. El emperador lidera en persona la campaña militar para devolver a su hermano José la corona como nuevo rey impostado de los españoles y en pocas semanas reconquista Madrid sin grandes esfuerzos. La Junta Central huye a Sevilla y allí su recién nombrado oficial mayor, Manuel José Quintana, animador de una tertulia madrileña de patriotas liberales, encarga a dos brillantes colaboradores, el profesor y geógrafo Isidoro de Antillón y Marzo y el sacerdote (en crisis), músico y escritor José María Blanco y Crespo (conocido como José Blanco White a partir de su posterior exilio inglés), que dirijan la segunda etapa del Semanario Patriótico, cuya primera parte él mismo ha dirigido en la capital entre el 1 de septiembre y el 1 de diciembre de 1808. Los dos intelectuales asumen apasionados esta misión de urgencia y el 4 de mayo de 1809 el Semanario Patriótico renace en Sevilla, dedicado Blanco a la parte de opinión política y Antillón a escribir el relato histórico de la guerra desde noviembre hasta entonces y a compilar noticias breves de la actualidad bélica española y europea.

     

           Desde sus oficinas en la calle Gerona, libran con sus textos dos luchas paralelas: avivar la llama de la resistencia contra la invasión napoleónica y crear al mismo tiempo una opinión pública favorable para el establecimiento en esa España suya, hasta entonces presa del absolutismo, de un nuevo sistema de libertades, garantizado por una Constitución legítima nacida de unas Cortes Constituyentes, que precisamente será convocada 18 días después.

     

           Porque se equivoca, dirá Blanco en uno de sus artículos, quien piense que los patriotas tienen como único enemigo a Napoleón y el único fin de la independencia; no, hay que librarse también de la tiranía de una monarquía española que hasta entonces ha estado por encima de la ley. “Arrojemos, dicen, a los franceses, como si solo fueran los franceses los que nos abruman; como si el cerrar los caminos del mal gobierno que los trajo a España nos distrajera de perseguirlos o templare el odio con que los aborrecemos. Arrojemos a los franceses, como si después de arrojados estuviéramos seguros de ver establecer nuestros derechos en medio de la embriaguez del triunfo”.

           Sus textos están impregnados del subjetivismo y el tono de arenga propios de una publicación de combate ideológico, entregada a la causa bélica de la expulsión del invasor y a la causa política de introducir un sistema constitucional liberal. Pero lo admirable de su caso es que este trabajo de propaganda no les ciega hasta el punto de negar la realidad: cuando Antillón describe y analiza la campaña militar, las victorias y derrotas, lo hace con exactitud de científico, acumulando cifras y contrastando fuentes. Él mismo se precia ante sus lectores de no ocultar la verdad, y lo demuestra al presentar episodios miserables que dejan en muy mal lugar al ejército español y que presumiblemente molestarían a la Junta Central, como cuando narra el asesinato del general Sanjuán o la desbandada criminal de soldados y oficiales en Extremadura, dedicados al pillaje de sus propios paisanos.

     

           La etapa sevillana del Semanario Patriota concluye el 31 de agosto de 1809: Antillón ha sido apartado de la publicación mediante su nombramiento como director de la Gaceta Oficial y Blanco considera que no puede garantizar los principios de libertad e independencia con que se fundó y decide también apartarse. Él irá a Cádiz, donde se reúnen las Cortes Constituyentes, de la que Antillón es diputado, y de allí se exiliará el 23 de febrero de 1810 a Inglaterra, para nunca más volver a su país natal.

     

     

           El Semanario, de nuevo bajo la dirección de su fundador, Quintana, renacerá en una tercera y última etapa en la ciudad de Cádiz, que vive momentos fascinantes (narrados, por cierto, en la última novela de Arturo Pérez Reverte): mientras el ejército de Napoleón los somete a un largo asedio, los diputados de las Cortes reunidas intramuros van construyendo el edificio legal de una España inédita en la que el soberano será el pueblo. Uno de sus decretos históricos es el del 10 de noviembre de 1810, que declara la libertad de imprenta por primera vez en España; el primer número de la tercera etapa de la publicación aparece a los pocos días, el 22 de noviembre. El último número, del 19 de marzo de 1812, coincide con la promulgación de la Constitución, la que Fernando VII deberá jurar para someterse a la voluntad popular y que sin embargo, en un nuevo pendulazo retrógrado de la historia española, desbaratará poco tiempo después. Quintana creía que la misión del periódico, considerado hoy el primero de carácter político del periodismo español, estaba cumplida y que por eso había llegado la hora de su fin. Se equivocaba. Los liberales de España, como nuestros autores, ganaron la guerra contra Francia pero perdieron, de momento, la entablada contra el absolutismo liberticida.

     

           Presentamos a continuación dos muestras del trabajo de Blanco y Antillón en el Semanario Patriota, tomados del primer volumen de las Obras completas de José Blanco White editadas por el profesor Antonio Garnica Silva y publicadas por la editorial granadina Almed en 2005, en este caso con una excelente introducción de la profesora Raquel Rico Linage y del propio Garnica.

     

           De Antillón (Santa Eulalia, Teruel, 1778-1813) reproducimos dos fragmentos donde demuestra su compromiso con la verdad de los hechos, superior a su deber con la patria. Al contrario de lo que sucede en muchas ocasiones en la prensa partidista, él no se autocensura, ni maquilla u oculta los aspectos negativos del propio bando, sino que los expone y critica abiertamente. Si nuestro ejército ha saqueado, así hay que contarlo, dice. Y describe cómo una jauría humana asesina al general Sanjuán acusándolo injustamente de traición o cómo el ejército que huye de los franceses se consagra al peor bandidaje de civiles.

     

           En el siglo XX y XXI hemos leído artículos escritos contra (o a favor de) innumerables estadistas y tiranos, desde Hitler a Stalin, con todos los nombres que el lector quiera poner en medio. Pues a principios del XIX no había mayor personaje real del que escribir en directo que Napoleón Bonaparte, cuyos designios marcaban día a día la vida del continente.

     

           Blanco (Sevilla, 1775-Liverpool, 1841) también escribió un poderoso artículo de opinión contra él, y aquí lo ofrecemos gracias a la recuperación de los profesores Garnica y Rico. En este texto, el gran heterodoxo español presenta al emperador del sueño paneuropeo como un dictador abyecto, y lo culpa con trágico patetismo de la orgía de sangre que inunda la Península y de haber transformado a hombres normales en asesinos. De ellos, los soldados de la Grande Armée, parece apiadarse cuando se dirige retóricamente a los padres y madres franceses para decirles que verán las caras de sus hijos entre los cadáveres amontonados en los campos españoles o entre los verdugos que degüellan y violan a civiles indefensos. Un artículo que tiene la fuerza arrebatada de los momentos decisivos de la Historia, cuando el autor siente que está en juego el futuro y sus palabras son sablazos en una batalla a vida o muerte.

     

     

    Semanario Patriótico

    Sevilla, número XVII, jueves 18 de mayo de 1809

     

    Continúa el resumen de los sucesos militares de España desde principios de noviembre hasta el presente

     

    [Idisoro de Antillón]

     

           A la rendición prematura de Madrid acompañó, para agra­var los males públicos, la funesta dispersión de uno de nuestros ejércitos. D. Benito Sanjuán con algunos cuerpos de la división de Somosierra, estaba ya en Segovia el 30 de noviembre por la noche y en la misma ciudad encontró el cuerpo que se había re­tirado de Sepúlveda. De allí partió a Guadarrama reuniéndose en este punto con las divisiones del ejército de Extremadura que mandaba Heredia y juntos bajaron al Escorial por falta de víve­res en el puerto. Recibieron entonces órdenes de Madrid para ir a socorrerla y entrar por la puerta de Segovia. Parten al punto pero, divulgándose en el camino noticias exageradas sobre la pe­ligrosa situación de la corte el día 5, esparciéndose voces falsas sobre proximidad de franceses y fomentada quizá la turbación por las intrigas o la cobardía de algunos, la tropa se desordena, co­mienza una precipitada dispersión, cuerpos enteros se entregan a la fuga y los mismos artilleros y carreteros desamparan los ca­rros y cureñas. Los esfuerzos de Sanjuán para contener sus tro­pas son inútiles. Huye también casi toda la vanguardia mandada por Heredia y en la mañana del 4, sólo con algunos restos de su ejército llegan ambos generales a las puertas de Madrid donde supieron de cierto su capitulación. Entonces la dispersión se hace completa: los soldados desbandados saquean y asuelan los pueblos a fuer de enemigos y, bajo este abominable aspecto de indisciplina y de excesos, llegan a Talavera de la Reina, villa que había dado por punto de reunión.

     

           Allí señalaron el día 7 de diciembre por un bárbaro asesinato. La pluma y el honor nacional se niegan a referirlo pero la sinceridad, que nos guía en esta relación, no permite callarlo. En dicho día por la mañana, varios dispersos en la marcha desde Guadarrama, gritando traidor, traidor, que ha vendido a Somosierra, se presentan en la celda del convento de Agustinos donde estaba alojado Sanjuán. Los capitaneaba un fraile y quizá los movían otras personas interesadas en que no existiese quien podía descubrir su conducta cobarde de los días anteriores. Sanjuán tuvo serenidad para emprender su apología delante de aquellos furiosos y para defenderse con su sable, cuando no aplacándoles las razones le acometió un granadero, pero al fin desarmado, al querer arrojarse por una ventana, tres tiros que recibió le quitaron la vida. Los asesinos no contentos con su muerte se complacieron en aumentar el horror del espectáculo: despojaron el cadáver dejándolo en carnes, lo arrastraron, lo mutilaron y lo colgaron en un paseo público, donde cuatro días después lo hallaron los franceses que avanzaban desde Madrid, dándoles con sobrado fundamento materia para amargas reconvenciones este monumento de barbarie y atrocidad.

    (...)

     

     

    Semanario Patriótico

    Sevilla, número XXVI, jueves 20 de julio de 1809

     

    Continúa el resumen de los sucesos militares de España desde principios de noviembre hasta el presente

     

    [Idisoro de Antillón]

     

           El haberse situado Galluzo el día 25 de diciembre en Jaraicejo parece indicaba querer sostenerse allí algún tanto con el ejérci­to, y aún más poderosamente persuadía esto mismo la orden que comunicó al general Henestrosa con tres luegos para que desde Trujillo pasase a aquel punto con cuanta tropa hubiese y que la Junta enviase también todos los paisanos armados de la ciudad y partido. Pero apenas supo que el enemigo había atacado con afor­tunado éxito el puente de Almaraz y que traía mucha artillería, cuatro veces más infantes que los que nosotros teníamos y mu­cho mayor número de caballos, resolvió retirarse a las inmedia­ciones del mismo pueblo de Trujillo temiendo le cortasen luego los franceses todos los caminos de hacerlo. A la una de la tarde se dio la orden para que marchase el ejército y como a las tres, puesto a su cabeza el general, emprendió su retirada con el me­jor orden. Pudo contribuir tambien a la celeridad con que se verificó la falsa alarma que trajo a Jaraicejo un oficial de caballe­ría con la noticia de haber entrado ya los franceses en Deleitosa, pueblo situado al SE y a menos de dos leguas del cuartel gene­ral. Iguales alarmas, o fingidas por la traición o compuestas y abultadas por la cobardía, precipitaron de un modo increíble y convirtieron en desordenada fuga la marcha del ejército, que retrocediendo más y más hacia el mediodía, creyendo ver franceses por todas partes y tratando de evitarlos a toda costa, no paró hasta Zalamea, donde entró el 28, reducido por la deserción y dispersión continua, a mil plazas escasamente, sin que se logra­se reunir más de 1.500 hombres en los días que permaneció en esta villa el cuartel general.

     

           Su tránsito fue por Miajadas, Medellín y Quintana y en los cuatro días desde su salida de Jaraicejo anduvo sobre 27 leguas en retirada sin hacer descanso alguno. Pero ¡qué retirada! La más vergonzosa y cubierta de excesos que entre tantas escenas de desorden militar presentan hasta ahora los fastos de nuestra re­volución. Quisiéramos ocultar lo ocurrido en aquellos días de crímenes y de oprobio: la verdad histórica, que es nuestra guía, no nos da permiso para oscurecerlo o paliarlo. Clamen enhora­buena los débiles o los malvados contra esta santa ley de no mentir que nos hemos propuesto. Despreciando su persecución o sus calumnias, la respetaremos eternamente sobre cuanto hay en el mundo. Si en fuerza de un sistema tan severo no siempre conta­mos glorias o hacemos panegíricos, estamos al mismo tiempo seguros que trasmitiremos a nuestros coetáneos lecciones útiles y a la posteridad cuadros bastante parecidos al original mismo. Esto es lo que se pide a la historia y esto es lo que pretendemos hacer nosotros, prescindiendo de pasiones miserables, contemplaciones cortesanas o miras tímidas.

     

           Si la retirada del ejército de Extremadura principió con buen orden, aún no habían llegado a Trujillo las tropas, ya todo era confusión y tumulto y desde Trujillo se fueron dispersando casi todos los cuerpos de infantería y caballería. Mil causas contribu­yeron por desgracia a esta general desorganización. La triste lo­breguez de una noche de invierno en que llovió sin cesar como fue la del 25, cuando las tropas caminaban desde Jaraicejo a Trujillo; el estruendo del repuesto de pólvora en esta ciudad al volar la capilla donde se almacenaba para que no se aprovecha­sen de ella los franceses; los alaridos y llantos de los habitantes que veían desamparadas sus casas y abiertas al enemigo: todo aumentó el terror pánico y fomentó la deserción en unos solda­dos poco contenidos por la disciplina y noveles en los contratiem­pos. Desde allí no reconocieron ya freno ni deberes. Arrojaban los fusiles por los campos y llenaban de espanto a los pueblos del tránsito, dejando en todos huellas de sus abominables excesos. Cubrían la vergüenza y precipitación de su fuga con la voz, tan­tas veces repetida y quizá siempre infundada, de que sus jefes eran traidores y que por desconfianza en su patriotismo y lealtad habían desamparado las banderas. Entretanto atropellaban por doquie­ra a los pacíficos labradores robándoles sus ganados y menaje sin respeto ni aun a las leyes de la hospitalidad. Venían a los pueblos anunciando estar cercanos los franceses. Las familias, acobarda­das entonces, tomaban el triste partido de abandonar sus hoga­res y ellos entretanto conseguían saquearlos a su salvo.

     

           Parecería este retrato exagerado en descrédito nacional si no se copiase fielmente de las informaciones jurídicas que dieron a la Junta de Badajoz las justicias de los pueblos por donde aque­llas tropas desbandadas transitaron, ya en cuerpo de ejército, ya en partidas dispersas. Se valuó en más de 100.000 reales el pillaje que hicieron en sólo el lugar de Villamesía. En el Escorial, des­pués de haberles suministrado cuantas raciones pidieron, fue menester que el paisanaje unido las contuviese para que la villa no fuese completamente saqueada. En Medellín derribaron va­rias puertas para saquear las casas, robaron ropas, mataron los ganados que encontraban por aquellas cercanías y aun hubo in­dividuo a quien se recogió un vaso sagrado que iba vendiendo. Los que pasaron a Mengabril allanaron muchas casas, hicieron un saqueo general de ropas de todas clases, lienzos, etc., lleván­dose hasta la cabeza de la custodia, alhaja de mucho precio, que se guardaba en casa del cura párroco. Al pasar por Campanario iban cargados de caballerías hurtadas, ropas, ganado, etc., y algunos vendían por vil precio su fusil, otros la bayoneta, etc., etc.

     

           ¡Tristes efectos de la indisciplina y del trastorno general del estado! Los que habían asesinado al general Sanjuán impunemen­te ¿podían luego dar otro ejemplo más que el de la insubordinación ni otras escenas más que de excesos y crímenes? El general en jefe manchado por esta misma tropa aterrada y cobarde con el dictado de traidor no podía tener energía ni autoridad para contenerla. Y muchos oficiales parece que, aun interpelados por los alcaldes y por los aldeanos, estuvieron lejos de poner remedio contra los robos y atropellos de la soldadesca, tomando por el contrario algunos parte activa en las violencias que cometía.

    (...)

     

     

    Semanario Patriótico

    Sevilla, número XXVI, jueves 24 de agosto de 1809

     

    DE BONAPARTE

     

    [José María Blanco y Crespo (José Blanco White)]

     

           Se cuenta que Tamerlán daba las batallas por el placer de construir pirámides con las cabezas de los que había degollado. El más célebre de los tiranos, Nerón, incendió a Roma por un antojo y se puso a contemplar las llamas des­de un sitio elevado, cantando entretanto la devastación de Troya. ¿Qué hombre al oír tales horrores no siente hervir la sangre en sus venas? ¿Cuál es el bárbaro que no se arre­bata de indignación contra aquellos monstruos, execración del género humano? Mas ¿qué le falta al tirano de la Fran­cia para igualarlos? ¿No ha incendiado la Europa toda por un capricho de ambición la más necia del mundo?

     

           No hay corazón humano que resistiera a la pintura de las devastaciones que este cruel ha ocasionado si pudieran presentarse reunidas. ¡Desgraciada España! ¡Tú sola, tú sola bastas a abrumar la imaginación más viva y poderosa! Que gire una mirada desde los Pirineos hasta el Tajo, desde las playas del Mediterráneo hasta encontrar con el Océano.

     

           ¡Ah!, ¿qué verá? Ciudades abrasadas, ruinas humeando, cam­pos talados y desiertos, labradores que alzan las manos al cielo al ver el fuego que devora sus mieses, padres que le piden sus hijos arrancados en la flor de su vida por manos de asesinos, madres que en vano procuran reanimar entre sus brazos las hijas que acaban de soltar de los suyos un bárbaro soldado. ¡Quién podrá contar las lágrimas, los ge­midos de que es causa ese frenético! ¡Quién numerará los cadáveres de las víctimas que ha sacrificado! Él ha converti­do a la Europa en un inmenso cementerio. ¿Cuál será el rincón desconocido donde no haya penetrado la amargura con que su ambición inunda la tierra?

     

           ¡Y qué ambición! No es la ambición de gloria: no es ca­paz su corazón de esta pasión grandiosa aunque injusta. Si ama la gloria ¿por qué despreció la que tuvo en sus manos cuando pudo dar la paz a la Francia? ¿Por qué no la adqui­rió mejorando las instituciones políticas que podían conser­varle la libertad que tanta sangre había costado? Si creyó que la Europa necesitaba reformas, ¿por qué no las inspiró con la persuasión y el ejemplo de un pueblo a quien pudo ha­cer feliz bajo el imperio de las leyes y no desolándola y ani­quilando sus habitantes? No sabe aquel corazón feroz lo que es gloria: su móvil es un orgullo desmedido que ya se ha llegado a cebar en la sangre y sólo con ella se encuentra satisfecho.

     

           ¿Y hay pueblos que presten sus fuerzas a ese monstruo? ¿Aún hay franceses que se alucinen con sus victorias? ¡Ah infelices! Más os valiera, si es que ha de correr sangre, sacri­ficar la vuestra y la de vuestros hijos a libertaros de una vez de ese genio infernal que extingue en un día la generación de un siglo. ¿Podéis acaso temer mayores males que los que os oprimen? No veis vuestros campos desiertos, vuestros puer­tos cerrados, sin brazos la industria, las artes sin amigos, la sociedad sin lazos? ¿Habéis jurado con vuestro déspota ha­cer guerra interminable al resto del género humano?

     

           ¡Horrenda guerra la que no puede terminarse por paz alguna! No: aun cuando las naciones todas de Europa pudieran cometer de acuerdo la vileza de sometérsele, él volvería las armas contra sus mismos esclavos. Esos jóvenes que arranca de vuestro seno, esos tiernos hijos, esa amable ju­ventud que ahora lloráis y que llora al separarse de voso­tros, jamás, jamás volverá a consolaros en vuestros hogar. Bien pronto, mezclados con esos ejércitos de caribes, van a olvidar toda sensación de ternura. Vedlos, vedlos aquí en­tre nosotros; padres y madres desventurados, vedlos... Pro­bad a conocerlos entre esa multitud de cadáveres que in­festan nuestros campos o distinguidlos entre esos verdugos que nos hacen la guerra. Buscadlos entre los que abrasan los pueblos, los que degüellan a sus indefensos habitantes, deshonran brutalmente las mujeres y no perdonan ni la vejez ni la infancia. ¿Madres, son ésos los que alimentasteis a vuestros pechos? ¿Son ésos los que jugueteaban poco ha en vuestros brazos? ¿Qué queréis hacer, franceses, de esa multitud que ha sabido convertir en tigres Bonaparte? Él los ha enseñado a derramar sangre humana, él les ha acostum­brado a complacerse en los destrozos y a sonreírse cuando dan la muerte. ¿Qué habéis pues de hacer de ellos? ¡Los llevaréis a que ejerzan sus artes entre vosotros!

     


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