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    Caminar por Ankara

    Texto y fotos: Pablo Fernández Fernández - 31-12-2015

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    Son las 9:00 de la mañana en la capital de Turquía, una ciudad poco agraciada en el centro de la península de Anatolia. Suena el despertador, es sábado, pero la responsabilidad interior llama. Posiblemente nada cambie, pero salir a la calle es una forma de mantenerse en pie, de resistencia frente a la apatía. Es ya una decisión individual. Ozan se levanta y comienza a prepararse. Lo primero que nota es la infernal resaca, se acuerda de la botella de whisky que abrió el día anterior con sus amigos, la mayoría de una peña futbolística. Empieza la ronda de llamadas, no con demasiado éxito. Alguno bebía incluso antes de los partidos de fútbol, así que posiblemente seguirían dormidos. Entonces recuerda que no falta demasiado para comenzar la liga local, tiene ganas. Es otra manera de resistencia, también afectada por el conflicto social, pues uno de la peña no puede volver a jugar, pues perdió un ojo en el medio de las protestas de Gezi.

     

    La manifestación apela a la paz. Los sindicatos KISK y DESK, el Colegio de Médicos y el de Ingenieros son los convocantes de la marcha. Junto a ellos, el partido prokurdo HDP de Demirtas es el verdadero protagonista, que se mantiene impasible en su apuesta electoral, gracias a los buenos resultados cosechados en las últimas elecciones. Los comicios no están demasiado lejos, pero el conflicto se recrudece en el este tras el fracaso en las negociaciones de paz entre el gobierno y el PKK, y nadie sabe lo que va a pasar, más con el ISIS de fondo. También aparecen representantes del socioliberal CHP delante de la estación de tren donde se ha quedado.

     

    9:30 de la mañana en la capital de Turquía. Ozan da por perdido reunir más gente. A alguno le estaría sonando la alarma en ese preciso momento, pero la concentración de alcohol en sangre lo mantendría en la cama. Y podría ser la mejor decisión de su vida. Ozan, entonces, se dispone a salir con su padre hacia el centro. La hora oficial para el comienzo de la convocatoria es a las 10, así que hasta las 11 no empezarían a caminar. Dentro de ese círculo, sus amigos solían quedar una hora después de la oficial, así que aparecerán luego. No todos, tal vez la mitad.

     

    El piso en el que se levantó uno de los dormidos, Orcan, tiene las ventanas rotas. Disparos con pelota que salieron de las armas de la policía no hace demasiado tiempo. El teléfono está fulgurante. Lo mira, marca las 10.30 y no entiende nada. Coge lo primero que encuentra y sale corriendo por las escaleras, vive en un cuarto piso. Corre a cada casa, por suerte todos sus compañeros viven cerca. No llegaba por sorpresa, pero nadie puede prepararse con antelación.

     

    Ozun, ya en la plaza, busca a los amigos de su padre, antes de reunirse con los suyos. No los encontraron, por lo que se dispusieron a esperar. Pasaron cinco minutos, lo que era nada, dispuestos a gastar toda la mañana en la protesta. Cerca suena el Bu meydan kanli meydan, cuya traducción es “este lugar está regado con sangre”, dedicada a los muertos del Primero de Mayo en la plaza Taksim, el mismo lugar donde perdió el ojo su amigo. Compás tras compás, van pasando los 300 segundos de espera. Y tras ellos, estalló el mundo. Un gran rugido, la canción deja de sonar, y ocho segundos después, otro. Nadie entendió qué estaba pasando, ni los organizadores. La gente seguía hablando a través de los megáfonos, y desde un autobús se aconsejaba seguir caminando. Esperaron, si se puede decir así, otros diez minutos, desorientados. Más allá del humo, multitud de cadáveres literalmente destrozados, pero desde el punto de vista de Ozun nada se veía. En ese otro lado los sorprendidos corrían sin dirección. En medio de la barbarie se encontraba a una pareja de edad avanzada. Habían estado en el medio, entre ambas detonaciones pero, como si fuera un milagro, ninguna les alcanzó. Eran los únicos que había corrido esa suerte. Mientras, Orcan se precipitaba de casa en casa, todavía lejos del centro. Al cruzar la siguiente esquina se da cuenta que Berker sí ha llegado, pero no da señales, nadie sabe donde está. Era un hombre grande, irreductible a los ojos del resto. Si la pareja se había salvado, él también podía.

     

    Sin esperar a que llegue la consternación, en la plaza comienzan las especulaciones, mientras todo sigue sin respuestas. “Al final del camino por el que íbamos giramos a la derecha, había un puente. Y ahí había muchos policías. Así que los vimos. Ninguna ambulancia vino. Nadie apareció. Y la gente, la segunda oleada de gente empezó a venir dañada, con heridas en los pies, en los brazos… con mucha sangre”. La primera ambulancia llega a los 30 minutos, a pesar de que hay tres hospitales cerca, el primero se encuentra unos siete minutos andando. No hubo labores de prevención por parte de la policía. En su lugar, un grupo de voluntarios estuvo chequeando la zona, sin éxito. Personas que se la juegan en lo cotidiano, que saben que si encuentran un explosivo es posible que sea la última visión que les acompañe, pero que de esa manera pueden salvar la vida de cientos de personas. “Empezamos a caminar por el medio de la calle intentando pasar por la zona peatonal. Después de eso enviaron a diez policías primero, después unos quince, luego veinte. Simplemente intentando dividir a la gente en dos grupos. Todavía no entendíamos, y por eso la multitud empezó a preguntarse por qué hacían eso”. Orcan pensaba en los 70 años de su padre. “Entre tanto, dejaron veinte metros de separación y empezaron a lanzar gas lacrimógeno. La gente seguía viniendo hacia nosotros, había cientos de personas por ahí. Encontramos un taxi. Fue él el que nos dijo lo que ya sospechábamos, había sido una bomba”. Esa palabra.

     

    Ya casi todos estaban localizados, así que Orcan fue al hospital. Allí escucha: “no sé cómo poner palabras a esto. Tiene que haber algunas respuestas. Lo siento”. Berker seguía sin aparecer, tampoco en el hospital. Podía ser una buena noticia. Tras la larga jornada, Orcan cayó finalmente en estado de shock. “No puedes decir que tengo suerte. Sí, me salvé gracias al whisky, pero no tengo suerte”. El ojo mundial, ése que llega en busca de emociones fuertes y se marcha tal como ha llegado, se gira hacia el centro de la península de Anatolia. Las noticias se suceden en el caos.

     

    —Empiezas a sentirlo como algo normal.

     

    Desde el gobierno, Erdogán aprovechó para engloblar al PKK kurdo y a este atentado en una misma categoría, la del terrorismo. “No se distingue en nada de los actos de terror contra ciudadanos inocentes, funcionarios, policías y soldados”. En el resto de ciudades surgen espontáneas manifestaciones, como una persona que grita sin importarle las consecuencias. Como quién, borracho, dice lo que piensa. Sin organizar, sin táctica, solamente un clamor al aire de quién luego es obligado a pedir perdón por abandonar las formas y la educación. Oguz, estudiante, pertenece a la nueva generación de kurdos criados en el oeste del país. Son kurdos, pero jamás han vivido en el Kurdistán y a primera vista en nada se diferencian de los turcos. Es la primera generación en la que algo similar acontece. Para él es complicado encontrarse en medio de una disputa en la que ambos bandos buscan la alineación de los contendientes en un bando u otro. Apuesta decididamente por un proceso de paz: “Un soldado mata a un kurdo, que tiene un hijo. El hijo mata al soldado, que tiene a su vez otro hijo. Así, durante cuarenta años”.

     

    Poco tiempo más tarde la policía detiene a yihadistas del ISIS (Estado Islámico) como artífices. El caso está cerrado y los medios ya se han marchado, vuelve la calma. Pero Ankara, la capital de Turquía, está distinta. Ozun vuelve a correr, a su lado se encuentra Orcan. Van perdiendo, pero los últimos minutos dan espacio a la esperanza. El resultado era de 3-4 y estaban remontando. Parecía hasta posible...

     

    Llegaron las elecciones. Oguz, el estudiante, se queja: “Apoyan a partidos como equipos de fútbol”. Los de la peña, además, se quejan del control que deben pasar para acceder a su fútbol. Hace falta una cuenta bancaria, y no están dispuestos a ello, prefieren su liga.

    “No tengo confianza en este país, no hay sitio para mí”, dice uno.

     

    El pase entre ambos jugadores es interceptado. Vuelta atrás, corriendo para equilibrar la defensa. Ozun se lanza por el suelo, buscando parar el disparo del delantero. Está a punto de conseguirlo, por poco. Pero no llega. Volvían a estar a dos goles. Esta vez ya no era posible soñar. Una serie de rápidos contraataques terminan por fulminar el marcador y las esperanzas. Final, 3-7. Otro partido en el que se notan los malos tiempos. Berker no llegó a participar. Su cuerpo sumó esa cifra que rápidamente crecía en las noticias, minuto a minuto, a la par que el espacio destinado en el periódico aumentaba.

     

    Nada cambió, una vez más. Exactamente un mes después Ankara vuelve a llenarse, esta vez rindiendo homenaje a Ataturk, el glorioso padre de la nación turca. Se cumplen 77 años de su muerte. Mientras, banderas a media asta.

     

     

     

     

    Pablo Fernández Fernández (Vigo, 1994) estudia Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. Ha trabajado para el Diario de Pontevedra, y participado en el Tercer Sector de la Comunicación a través de Onda Merlín Comunitaria y Radio Almenara. En el movimiento estudiantil impulsa plataformas como Estudantes sen Futuro y campañas como Faltan 45.000, en la que dirige un reportaje-documental, y otras responsabilidades.

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