Colmenas en la cubierta de un edificio. Foto: Geoff Fitzgerald

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    Colmenas en las ciudades. ¡Qué buenas vecinas son las abejas!

    Rachel Costa - 14-05-2015

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    ¿Qué tienen en común el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y la reina Isabel II de Inglaterra? Además del poder y del hecho de representar a vigorosas economías en el escenario mundial, ambos cuentan en sus jardines con la compañía de abejas. Y no, no ha sido ningún enjambre descontrolado que invadió el espacio privado de esos líderes mundiales y ahora espera por la llegada del exterminador de insectos. Muy al contrario: son muy bienvenidas y tienen a su disposición sus flores predilectas y agua limpia. Y si un día tienes la suerte de ser invitado a cenar en la Casa Blanca o en el Palacio de Buckingham, quizás tengas el placer de degustar la miel que ellas han producido.

     

    Sí, eso mismo: entre los árboles y arbustos de la Casa Blanca o del Palacio de Buckingham esos pequeños insectos se organizan alrededor de otra reina distinta, en este caso alada. Trabajan noche y día, sin que casi nadie note su presencia. Hacen ruido, es cierto, pero para escucharlas es necesario acercarse mucho. Sólo así, de cerca, es posible percibir el zumbido constante y su movimiento intenso: entran, salen, salen, entran. Vuelven de su vuelo con las patas repletas de polen y la lengua llena del néctar sacado de las flores. Mientras unas siguen en ferviente actividad fuera de la colmena, otras tantas, dentro, se encargan de almacenar todo en las celdas de los panales, para que estos lleguen llenos hasta el invierno, cuando las flores se agotan y las abejas disminuyen considerablemente su actividad. Hacen todo lo que hacen las abejas del campo, pero entre edificios, calles y coches.

     

     

    Mi casa, su casa

     

    Si en un primer momento colmenas y abejas podrían parecer elementos improbables en los centros urbanos, la verdad es que más que sobrevivir en ellas, a las abejas les gusta habitar las urbes. Por lo menos, eso es lo que tienen comprobado apicultores urbanos en todo el mundo. La abundancia de flores ornamentales, la poca competencia y la ausencia de plaguicidas son algunos de los puntos positivos de la ciudad en relación al campo. “Ellas son más productivas en las ciudades”, sostiene David Rodríguez, de la Asociación de Apicultura Urbana Miel de Barrio, en la ciudad de Madrid. En la capital de España, país que ocupa el puesto de mayor productor de miel de la Unión Europea, esta actividad está prohibida. Por eso, la asociación lucha para que el Ayuntamiento de Madrid reconozca la apicultura urbana. Su sueño, reconoce Rodríguez, es un cambio de ley como el que ocurrió en la megalópolis americana de Nueva York.

     

    Allí, hasta 2010, las abejas formaban parte de un grupo de animales considerado muy peligroso o venenoso para vivir en la ciudad. En esa misma lista se encontraban las serpientes, las tarántulas o las hienas. Mantener a cualquiera de esos animales listados en su casa le podía acarrear al propietario una multa de 2.000 dólares, además de la incautación del pobre animal. Hubo que esperar hasta 2010 para que el departamento de salud de Nueva York retirase la prohibición, después de concluir que el riesgo para la población generado por una colmena era más cercano al ocasionado por un perro que al de una serpiente venenosa.

     

     

    No sólo bonitas y trabajadoras, también muy útiles

     

    Hoy no son sólo Obama, la reina Isabel o los moradores de Nueva York los que se benefician de la apicultura urbana. París, Berlín, Toronto, Melbourne, Tokio o Hong Kong son otras grandes ciudades que ya cuentan con producción local de miel, una actividad que ganó más y más repercusión en los últimos años después de los primeros registros del llamado Colapso de las Colonias (o Colony Colapse Disorder, CCD, por sus siglas en inglés). El fenómeno, descrito por primera vez en Estados Unidos en 2006, consiste en la desaparición repentina de enjambres enteros, sin una razón muy clara de por qué.

     

    Están los que creen que el CCD se debe a los plaguicidas, otros a la invasión de la avispa asiática (Vespa velutina), una depredadora natural de las abejas, algunos que están seguros de que el fenómeno es un reflejo del monocultivo o incluso los que apuntan a la radiación electromagnética de los móviles como la responsable. Sea cual sea la razón, la verdad es que no hay mal que por bien no venga, y la muerte repentina de abejas en tan diferentes países y climas llamó la atención de muchos hacia algo un tanto obvio, pero hasta entonces muy poco discutido: la importancia de las abejas para la vida en el planeta.

     

    Al final, más que productoras de miel, ellas son las principales polinizadoras de la naturaleza. Una sola abeja visita más de cien flores en un único vuelo y, durante su vida, ¡realiza más de cuatro millones de vuelos! Sólo en Europa Occidental, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estima que la labor de las abejas en la polinización de plantas empleadas por la industria tiene un valor financiero de 30 a 50 veces más grande que el dinero obtenido por la producción de miel y cera. Así, al ver todos esos datos, mucha gente se percató de que una ciudad con más abejas podría ser sinónimo de una ciudad con más flores, más colores y más sabores, y decidió ayudar.

     

     

    La ciudad, una casa para colmenas

     

    Es difícil calcular exactamente cuál ha sido el crecimiento de la apicultura urbana en general, pero allí donde hay estadísticas lo que se ve es un rápido incremento en los últimos años del número de interesados y de criadores de abejas. Karin Courtman, de la Asociación de los Apicultores de Londres, cuenta que hace diez años eran menos de 30, pero que hoy son más de 300 sólo en su grupo, aunque en Inglaterra mismo, explica Karin, nunca se haya registrado el CCD. “Una cosa buena en Londres es que nuestra miel sabe mejor que la de mayoría de la miel producida en las zonas rurales de Reino Unido, que tiene un gusto demasiado fuerte a calabaza”, cuenta la apicultora.

     

    Las colmenas londinenses ocultas no se encuentran sólo en el Palacio Real, sino también en otros puntos emblemáticos de la ciudad, como el parque por donde cruza el meridiano de Greenwich, el tradicional mercado de Convent Garden y el hermoso barrio de Nothing Hill, donde transcurría la película con Julia Roberts y Hugh Grant. Eso hace de la capital inglesa una especie de meca para apicultores urbanos de todo el mundo. Pero si Londres es la referencia contemporánea, París es la referencia histórica. Allí, en medio de las flores y los fantásticos paisajes de los Jardines de Luxemburgo, se encuentra una de las escuelas de apicultura más antiguas del mundo. El espacio, abierto en 1856, sirve de referencia para apicultores de todas partes, tanto urbanos como rurales. Se calcula que más de mil colmenas encontraron abrigo sólo en la capital francesa al inicio del siglo pasado.

     

    El zumbido de las abejas sólo fue interrumpido por el de las bombas durante la Segunda Guerra Mundial. El conflicto, que se llevó millones de vidas en toda Europa, silenció también a la mayor parte de las colmenas parisinas. Destruidas durante el conflicto, sólo volvieron a florecer de nuevo hace treinta años, cuando un ex alumno de la escuela de los Jardines de Luxemburgo llamado Jean Paucton decidió llevarse a las abejas al techo del imponente edificio de la Ópera Nacional de París. Paucton es hoy en día una leyenda de la apicultura urbana y la miel de la Ópera es un apreciado manjar que se vende a 120 euros el kilo.

     

     

    ¡Qué buenas vecinas son las abejas!

     

    Así, por medio de los buenos ejemplos, los apicultores urbanos van, poco a poco, ganándose la confianza de los más escépticos y creando un espacio para la aceptación de las abejas como parte natural de una ciudad. Un poco de diseño aquí, otro tanto de tecnología allá y así van dando a las obreras un aire metropolitano e insertándolas en la cotidianidad urbana.

     

    “Vivimos en pisos pequeños, muchas veces con familia, tenemos empleo y muchos de nosotros viajamos durante el verano”, explica la diseñadora Janicke Kernland, una de las participantes del colectivo holandés Beekeepers (término en inglés para designar a los apicultores). “Para criar abejas a la manera tradicional sería necesario un jardín grande, con un espacio para guardar las herramientas y sería imposible irse una semana de vacaciones justo en la estación más importante para las abejas. Por eso nuestro reto es integrarlas en nuestra vida cotidiana, haciéndolas visibles y enseñando su función a las personas”. Para eso, ellos han creado un artilugio llamado Sky Hive (colmenas del cielo, en traducción libre), que consiste en dos cajas amarillas suspendidas seis metros sobre el suelo y colocadas en medio de áreas con mucho trajín de personas. A los vecinos de la instalación les llega una invitación para ayudar a cuidar de las abejas, lo que garantiza la distribución de un trabajo que antes hacía un único apicultor.

     

    Al final tener abejas en el barrio significa mucho más que miel. Además de polinizar, pueden constituirse como una especie de guardianas de la calidad del aire y de la contaminación en las ciudades. “Si las abejas viven bien en la ciudad, entonces el ambiente también es bueno para los humanos. Son un buen bioindicador”, considera el profesor del departamento de física de la Universitat de Barcelona (UB), Josep Perelló. Él, junto con otros académicos, gente del mundo de los huertos urbanos y del “hazlo tú mismo”, forman un grupo en Barcelona que trabaja para la confección de métodos de supervisión de las colmenas. La temperatura, la humedad, el sonido, el peso, la entrada y la salida de los insectos… todo es registrado por sensores. Aunque sea todo muy experimental, la idea, nos dice Josep, es crear las condiciones para acceder al ordenado y meticuloso mundo de las colmenas. “Debemos aprender muchísimo de ellas como especie”, dice el investigador.

     

     

    No todo son flores

     

    Más que vecinas, polinizadoras o guardianas del aire, la verdad es que las abejas hoy se están convirtiendo en un negocio muy lucrativo. La red de hoteles de lujo Farmont, por ejemplo, posee colmenas en cerca de 20 de sus instalaciones, en países tan distintos como Kenia, China o Canadá. Lo que se produce en sus techos y jardines es usado en sus cocinas, en platos y cócteles para sus huéspedes. El cuatro estrellas londinense St. Ermin’s Hotel, en el corazón de la ciudad, no sólo mantiene abejas, también lleva a cabo visitas guiadas a sus más de 300.000 obreras aladas durante la primavera y el verano. Dos horas y media cuestan 25 libras por persona. Museos como el Tate Modern, en Londres, el de Arte Moderno de Frankfurt y el neoyorquino Whitney venden en sus tiendas miel producida en sus alrededores.

     

    Esa popularización rápida de la actividad no ocurre sin una cierta preocupación. “Demasiadas colmenas significan abejas sin salud y sin alimento suficiente”, sintetiza Andrew Cote, fundador de la Asociación de Apicultores de Nueva York. Andrew y su organización han tenido en el pasado un papel decisivo para el cambio de la ley que permitió la cría de abejas en la Gran Manzana. Hoy, él, hijo de apicultor y uno de los primeros a llevar colmenas a la ciudad, tiene una clara preocupación: la calidad de vida de las abejas. Para él, no sólo la voluntad es suficiente para criar abejas: “Estoy a favor de la creación de un registro de los apicultores urbanos y de la exigencia de un curso antes de poder empezar con la actividad”.

     

    La misma opinión sostienen los científicos Francis Ratnieks y Karin Alton, de la Universidad de Sussex, en Inglaterra. Hace dos años, publicaron una advertencia en la revista The Biologist, de la Sociedad Británica de Biología. Ante el aumento excesivo del número de apicultores urbanos en Inglaterra alertaban justamente de los riesgos de la escasez de alimentos y de los posibles problemas causados por apicultores sin experiencia, que no supiesen reaccionar a epidemias tales como la loque americana. Causada por una bacteria que mata las abejas aún en su fase de pupa, esa enfermedad exige del apicultor que queme todas sus colmenas afectadas para evitar la propagación. Alguien sin experiencia podría no ser capaz de identificar el problema a tiempo de evitar la contaminación de las colmenas vecinas. Hay que poner atención a esos detalles, defienden los científicos, y Andrew Cote, por su parte, aclara que más por una cuestión de ser “el más listo de la clase”, se trata de garantizar algo fundamental: una dolce vita no sólo para nosotros, sino también para ellas, las abejas.

     

     

     

     

    Rachel Costa (Belo Horizonte, Brasil, 1983) es periodista y ha trabajado en las redacciones de ISTOÉ, Folha de S. Paulo y Estadão. Actualmente ejerce como corresponsal para medios brasileños desde Londres. Cree en el periodismo “que escucha”, aquel que busca historias en sus entrevistados y no sólo entrecomillados.

     

     

     

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