Portada del libro "El enemigo yanqui. Las raíces conservadoras del antiamericanismo español", de Daniel Fernández de Miguel (Genueve ediciones)

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    El enemigo yanqui. La guerra hispano-estadounidense de 1898

    Daniel Fernández de Miguel - 21-03-2013

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    La guerra de 1898 entre España y Estados Unidos provocó una explosión de antiamericanismo en la sociedad española. Todos los estereotipos y prejuicios sobre Estados Unidos que se habían ido gestando desde finales del siglo XVIII prorrumpieron durante la crisis que finalmente condujo a la guerra entre los dos países. Este episodio bélico y sus consecuencias ulteriores se vivieron con un intenso dramatismo por parte de la intelectualidad española, lo que hizo que permaneciera para la posterioridad como uno de los hitos principales de la historia contemporánea del país.

     

    En un primer momento, fueron los círculos tradicionalistas y reaccionarios los que más empeño pusieron en desacreditar a Estados Unidos por su papel en la denominada Guerra de la Independencia cubana (1895-1898), preludio del enfrentamiento bélico entre España y la nación anglosajona. El diario católico El Siglo Futuro, dirigido por Ramón Nocedal, de ideología ultraconservadora y tradicionalista, se esforzó en transmitir una imagen extremadamente negativa del país. Por ejemplo, en febrero de 1896 se refería en términos muy peyorativos de la emigración europea que afluía hacia allí: “Los Estados Unidos son un arrabal de Europa al que generalmente afluyen los elementos infectantes que han debido ser apartados del centro por motivos de higiene”[1]. Este tipo de críticas a la heterogeneidad social de Estados Unidos, a su carencia de pureza racial, serían frecuentes en el pensamiento derechista español y europeo de finales del siglo XIX y comienzos del XX, influido por la popularidad del darwinismo social.

     

    En abril de 1896, el célebre periodista Mariano de Cavia iba a marcar la pauta del discurso antiamericano de la época. Tras afirmar que en el Capitolio de Washington “toda brutal codicia y toda desenfrenada concupiscencia tienen su asiento”, Mariano de Cavia enfatizaba la contraposición básica que separaba a los españoles de los norteamericanos, sintetizada en el antagonismo entre el “honor” de los primeros y el “dinero”, el materialismo, de los segundos:

     

    Ese, que para los demás es un espantajo, es un dios para los españoles, y se llama Honor.

    Poderoso dios (…) es el dinero; más con ser tanta su fuerza, tanto su poder, y tenerlo tan de su parte los riquísimos y egoístas descendientes de los pobres y austeros puritanos, ni puede ni podrá abatir el firme y limpio altar que, no en las Bolsas, no en los Bancos, no en los muelles, no en los graneros, no en las naves de marranos, ha elevado todo buen español dentro de su pecho a esta otra altísima y divina potencia que tantas y tantas veces le ha prestado nueva y larga vida[2].

     

     

    Mariano de Cavia mostraba su desprecio por el materialismo de los norteamericanos, a los que observaba desde la posición de superioridad que otorgaba la Historia, es decir, desde la mayor madurez histórica de un pueblo como el español:

     

    Con dinero se improvisa todo: todo lo que en cincuenta o sesenta años ha improvisado la muchedumbre «yankee», hasta la Ciencia, muy deslumbradora, pero muy superficial (…) Pero el honor colectivo –¡oh, gansos del Capitolio de Washington!- no se adquiere ni con todos los millones, billones y trillones del mundo; porque es producto de siglos y siglos de heroicas luchas, sacrificios sublimes, abnegación constante, labor tenaz, desinterés continuo, y alegre desenfado frente a la adversidad y ante el mal tiempo[3].   

     

    En la España de la época se interpretó la actuación de Estados Unidos respecto a Cuba desde una fuerte estructura de prejuicios. Los estereotipos y clichés sobre Estados Unidos que el tradicionalismo y el catolicismo conservador habían desarrollado a lo largo del siglo XIX, se convirtieron de pronto en las lentes a través de las cuales prácticamente el conjunto de la sociedad, desde los sectores socialistas y republicanos hasta los liberales y conservadores, observaban a Estados Unidos. La hostilidad hacia el país del Tío Sam sirvió en esta coyuntura para crear consenso social y político, una de las funciones típicas del antiamericanismo.    

     

    No obstante, hay que tener en cuenta que una parte importante de la población no participó de este intenso antiamericanismo o al menos lo asumió de una forma pasiva y distante. Los sectores poco instruidos y con escasos recursos económicos y culturales, es decir, una parte considerable de la población en términos cuantitativos, permanecieron bastante ajenos a estas disputas en torno al honor y a la imagen nacional, pues sobre todo deseaban que el conflicto terminara cuanto antes y con el menor coste humano y económico posible. Para lo que entonces se denominaba como el “pueblo”, analfabeto y que tenía como única preocupación salir adelante, Estados Unidos quedaba muy lejos[4]. El antiamericanismo era sobre todo cosa de periodistas, intelectuales, estudiantes, políticos, militares y curas, es decir, de los sectores más formados y activos de la población.

     

    La percepción de uno mismo condiciona la interpretación del “otro”. Y viceversa, la visión del “otro” condiciona la interpretación de uno mismo. De ahí que los españoles exacerbaran su autopercepción como un pueblo de hidalgos, de ideales puros y espiritualistas, en contraposición con los sucios mercaderes norteamericanos, para los que el honor no significaba nada, pues estaban contaminados por su afán de lucro y su prosaísmo materialista. En consonancia con esta visión, la imagen que con más frecuencia se utilizó en la prensa como representación del pueblo norteamericano fue la del cerdo, mientras que los españoles aparecían encarnados en la imagen de un bravo león: “While the lion could be said to represent nobility, bravery, generosity and purity, the pig, in contrast,  was plebeian, gluttonous, dirty, cowardly and mercenary”[5].

     

    La imagen del yanqui, asociada a la del cerdo, símbolo de la cobardía y la avaricia, tuvo su expresión en forma de canción popular: “Si la guerra dura mucho”, decía una coplilla, “se abaratará el jamón/ por los muchísimos yankis/ que matará el español”[6].

    También se hizo popular una canción cuyo estribillo rezaba lo siguiente: “Para espárragos y fresas los jardines de Aranjuez; para cerdos, Nueva York”[7].

     

    En el desprecio hacia los norteamericanos que late en la prensa española debido a su “innoble” actuación, encontramos la incomprensión que provocó la intromisión en los asuntos internos de España de una nación no europea. La mentalidad española de la época era en gran medida eurocéntrica, estaba muy extendido el desprecio hacia los pueblos extraeuropeos y, en consecuencia, no se podía comprender que una nación “periférica” se arrogara tan descaradamente el derecho de intervenir en la relación de un país del viejo continente  con una de sus provincias, pues esa consideración tenía Cuba para España[8].

     

    Otra de las cualidades que parecía ser consustancial a la esencia estadounidense era la hipocresía, otro de los tópicos desarrollados por el conservadurismo decimonónico. El hundimiento del Maine constituyó la apoteosis de esta hipocresía. Tómese como muestra la reacción del periódico católico El Siglo Futuro, que solicitó al Gobierno español que respondiera sin dilación a “ese pueblo innoble y sin historia, que ha tenido la avilantez de difamar nuestra probada y universalmente reconocida caballerosidad con las sospechas más ruines”[9].

     

    Entre los círculos militares se difundió la imagen de Estados Unidos como un país de indefensos mercachifles, de “tocineros”. Después de que la Cámara de Representantes hubiera autorizado a McKinley a intervenir en Cuba, el periódico La Correspondencia Militar arremetía contra su soberbia e invocaba la necesidad de que recibieran una lección militar:

     

    Hubiera podido haber acuerdo con una nación decente y correcta; con un pueblo de bestias salvajes que convierten el Parlamento en un lupanar, en lo más despreciable de las tabernas, no era posible que se entendiera nunca la caballerosa España más que de un modo: luchando hasta morir o vencer para castigar a los salvajes norteamericanos que consideran que se hallan a la cabeza de las naciones más adelantadas, y no usan, sin embargo, más argumento que las patadas, validos de que no se ha alzado todavía sobre ellos para castigarlos de un modo ejemplar una mano poderosa[10].

     

    Según el periódico militar, los españoles serían los encargados de dar esa cura de humildad a los norteamericanos. Pese a la riqueza de Estados Unidos, los valores espirituales y castrenses asociados a España ganarían de forma indiscutible la batalla:

     

    Menos mal que la soberbia de las bestias acaba por domarse con el palo, y España es indiscutible que va a tener ocasión de hacer sentir su enojo al pueblo yankee; es decir, de demostrar a esos tocineros que todas sus riquezas, comparada con nuestra grandeza de corazón y nuestro acendrado patriotismo, no pueden ni deben significar nada, absolutamente nada, en el terreno de la lucha[11].

     

    Veinticinco años después, Manuel Azaña sintetizaba a la perfección las imágenes que la prensa había difundido sobre Estados Unidos en el curso del enfrentamiento entre ambas naciones. Azaña recordaba los testimonios aparecidos en varias publicaciones de entonces:

     

    En el número de 8 de abril, en torno a un retrato de don Pío Gullón, ministro de Estado: “¿Cómo no va a ser dificultosa la inteligencia de dos pueblos tan opuestos como el yankee y el español? Esclavos nosotros del honor, no hay utilidad ni ventura que no le sacrifiquemos; idólatras ellos del becerro de oro, no hay dique para su rapiña, ni sentimiento ni decoro alguno en su política de lucro y granjería”. En torno de un retrato del ministro de Marina: los preparativos que se hacen en España contrastan “para honra nuestra, con el infernal vocerío que arman los yankees al comentar las determinaciones ridículas de su Gobierno en el ramo de Marina. Sus cruceros y sus acorazados, moviéndose de un lado a otro como chulos que guardan la calle, sus dollars derrochados a manos llenas para comprar naves de desecho y barcos de todas las cataduras; su ministro de Marina mandando pintar de negro los buques de combate; todo ello y preferentemente su escandalosa publicidad, buscada a tanto la línea, puede ser de mucho efecto moral… en las escuelas de niños, pero en las naciones serias es de efecto contraproducente. Comparando marina con marina, la nuestra está por bajo en número y poder de máquinas de guerra. Pero comparando marinos con marinos, estamos a cien codos sobre ellos”. ¿El Senado norteamericano?: “…ya sabemos a qué atenernos en cuanto a la talla moral de esa gentuza… Oradores que se tambalean al perorar después de haber buscado la inspiración en el abuso de la cerveza”. ¿Los militares norteamericanos? Junto a un grabado, esta letra: “Aparece el caudillo (Nelson Miles) rodeado de artilleros e ingenieros militares, y la verdad es que el generalísimo y sus acompañantes parecen unos buenos sujetos que en su vida se han visto en semejantes trotes. Esta falta de empaque bélico, de costumbres militares, es la desventaja capital de esa poderosa nación, que a pesar de sus cuantiosos medios materiales está llamada a hacer la triste figura en la próxima guerra, porque sus soldados son milicianos, sus marinos gente de paz y sus generales hombres de negocios”[12].

     

    No fue solamente la prensa la responsable de fomentar esta imagen de Estados Unidos. Como señala Manuel Pérez Ledesma, otros actores sociales también tuvieron cierto protagonismo en esa tarea:

     

    Junto a la prensa, e incluso en un puesto más relevante en cuanto que eran capaces de influir sobre sectores sociales más amplios, hay que mencionar a otros agentes movilizadores. En especial, a la Iglesia católica y a los grupos republicanos, mucho más activos que el propio Gobierno o los partidos del turno a la hora de impulsar las manifestaciones y, en general, las expresiones del patriotismo belicista[13].

     

    La Iglesia tuvo un papel destacado en la promoción de los sentimientos patrióticos y antiamericanos. Planteó el enfrentamiento con Estados Unidos desde un punto de vista religioso en el que enemigos acérrimos del catolicismo, como masones y protestantes, que habían encontrado en el país norteamericano el ambiente más propicio para prosperar, se preparaban para atacar los valores más sagrados de la civilización católica. No hay más que recordar la violenta diatriba antiamericana que desde el púlpito de la catedral de Madrid, en la tradicional misa del réquiem, dirigió el popular padre Calpena:

     

    (Hoy nos atacan) bárbaros que no vienen desnudos ni envueltos en pieles de pantera (…) sino montados en grandes máquinas de vapor, armados con electricidad y disfrazados de europeos. Pero, como todas las tribus bárbaras, no tienen más ideal que la codicia ni más código que los desenfrenos de su voluntad (…) Quieren destronar a Dios y colocar en sus altares al dollar como ídolo universal (…) Esta guerra no es sólo una guerra religiosa, sino una guerra santa, una cruzada…[14]

     

    Ese mismo mes de mayo, el obispo de Barcelona acusaba a los norteamericanos de que

     

    a pretexto de humanidad a los necesitados de la isla de Cuba, quieren apoderarse contra toda razón y justicia de aquel rico florón de la corona de España, y valiéndose de la perfidia y de los poderosos medios de que disponen, no sólo atacan las costas de Cuba y despiadadamente persiguen nuestros indefensos barcos mercantes en el Atlántico, sino que han ido a sembrar la desolación y la muerte a nuestras posesiones de Filipinas en el extremo oriente[15].

     

    La prensa católica se mostró también muy agresiva contra Estados Unidos. En la revista La Lectura Dominical se advertía tras la derrota española que ésta no habría tenido lugar si España hubiera opuesto con anterioridad “su gran ideal histórico del Catolicismo” al “ideal protestante, liberal y mercantil de los Estados Unidos”[16]. Como señala el historiador Martínez de las Heras, la revista católica centró sus críticas en el carácter moderno del país norteamericano: “Se hace hincapié en que la actitud norteamericana proviene de su condición de país ‘moderno’ -o sea, ‘ateo’, ‘materialista’, ‘salvaje’, ‘masón’, etc.- no sujeto a más lealtad ni razón que los de sus intereses ni ambiciones particulares”[17].

     

    Ante toda esta campaña antiamericana sólo se resistieron algunas voces, muy minoritarias. La del republicano Pi i Margall y su semanario El Nuevo Régimen fue probablemente la más destacada[18]. Poco antes del comienzo de la guerra, en febrero de 1898, denunciaba los insultos que recibían los estadounidenses y avisaba de su poderío: “Nos insultan los norteamericanos, se añade; mas nosotros para con ellos no nos quedamos cortos. Todos los días los vemos con dolor pintados en los periódicos satíricos como una nación de cerdos (…) ¡Paz y armonía con los Estados Unidos! ¡Jamás la guerra! Es la primera nación del mundo”[19].

     

    La indignación de Pi i Margall frente a la actitud antiamericana de la prensa española fue en aumento, pues observaba que empujaba al país hacia la guerra de la manera más irresponsable. En especial, refutaba tajantemente la presunta condición de Estados Unidos como país militarmente incapaz: “Ira nos da ver como ciertos periódicos, mintiendo un patriotismo que jamás sintieron, empujan a la nación y al Gobierno a que no ceda en la cuestión de Cuba y rompa con los Estados Unidos. Para conseguir sus ignorados fines, llegan a pintarnos aquella República sin soldados y sin buques de guerra capaces de resistir el empuje de nuestras, según ellos, nunca vencidas armas”[20].

    Como señalaría unos años después el escritor Ramón Pérez de Ayala:

     

    Recordará el lector que en vísperas de aquella malhadada guerra corría por aquí, como tópico inconcuso, la aseveración de que los Estados Unidos eran un país de pingües tocineros, sin Ejército ni Marina, ni la más débil vislumbre de las artes de la guerra, y, por añadidura, tan amantes de su pelleja y de corazón tan apocado, que los habíamos de poner en bochornosa fuga sin más que una poca pólvora en salvas. Después, en habiéndose declarado la guerra, se difundió, como rumor autorizado, que todo el litoral atlántico de los Estados Unidos estaba poseído de un terror pánico que impelía a la gente a buscar desalada el amparo del interior, ante la inminencia de que nuestra formidable escuadra asomase por el horizonte[21].

     

    Tras la derrota española, la imagen de Estados Unidos que transmitió la prensa en los meses siguientes no mejoró un ápice. Por el contrario, a todos los estereotipos negativos con que se les había asociado durante la conflagración, se unía ahora el calificativo de imperialistas: “Tras la guerra y el comienzo de las negociaciones de paz, la imagen de EEUU como un país imperialista, que se sirve del engaño para conseguir sus propósitos, es la que la prensa española trata de reforzar»[22].

     

    En esta labor fue también la prensa más conservadora la que desempeñó un papel más activo. El capitán de fragata Arturo Llopis, por ejemplo, señalaba desde las páginas de El Siglo Futuro “el ebrio gozo de un pueblo que, en su satánica vanidad y en fuerza de oírlo repetir a sus aduladores políticos, se cree el más grande de la tierra, con poder para dictar condiciones, imponer leyes y disponer, en una palabra, por creer le corresponde de derecho propio, de los beneficios que la madre naturaleza ha derramado sobre la superficie del globo”[23].

     

    La prensa liberal no hizo tampoco demasiada autocrítica al final de la contienda y, en general, siguió justificando su campaña pro-bélica a partir de una retórica premoderna que acentuaba el comportamiento heroico y caballeresco de España frente a las sucias maquinaciones de los norteamericanos. No había quedado más remedio que actuar de la forma en que se hizo, pues de lo contrario al oprobio de la indignidad se hubiera sumado el más que probable desencadenamiento de una guerra civil en España:

     

    ¿Cómo pudimos presumir que nos era dable resistir la potencia enorme de los Estados Unidos?

    Ni esa potencia era tan enorme, ni España podía consentir en que se la arrojase de América a puntapiés. ¿Ha provocado nuestra nación la guerra? ¿No se ha visto de parte de los Estados Unidos la provocación constante desde los comienzos de la insurrección cubana?

    También era Méjico mucho más débil que la república anglosajona, y cuando ésta se decidió a robarle el Estado de Tejas, aquél se batió a la desesperada.

    El error no ha estado en declarar la guerra, puesto que España ha sido arrastrada a ella, so pena de ser lanzada de Cuba a zapatazos, trayendo a la Península con los jirones de la honra la guerra civil[24].

     

    Estas actitudes ante la Guerra Hispano-estadounidense no hacen sino resaltar el carácter arcaico y desfasado de los valores dominantes de la sociedad española de la época, en la que sobreabundaba la utilización de una retórica en la línea más tradicional de la ética social nobiliaria, tal y como sostiene Javier Varela:

     

    Hay razones para pensar que el positivismo, triunfante a partir de 1875 en ateneos, revistas especializadas y hombres de ciencia, no impregnaba la esfera pública española antes de 1898. No hay sino estudiar las actitudes de la élite política, periodística y militar frente al conflicto colonial para darse cuenta de ello. Los valores que dominan en ella son, aparte del patriotismo exaltado, los propios de un mundo aristocrático y caballeresco. Aquellas ideas que, de acuerdo con el evolucionismo de Spencer, correspondían a una sociedad militar, estadio anterior a la sociedad industrial moderna[25].

     

    No obstante, las secuelas que dejó la derrota ante Estados Unidos en el sentimiento antiamericano de los españoles fueron menores de lo que cabría esperar, lo que es lógico si tenemos en cuenta la rapidez con que se desarrolló el conflicto bélico y la ausencia a lo largo del mismo de episodios excesivamente crueles o sangrientos. No se generó una moral revanchista en el país y, en general, se procedió a pasar página con rapidez. En todo caso, en los sectores más derechistas del país, este episodio constituyó una gota más en un sentimiento antiamericano previamente enraizado. La persistencia de éste obedeció más a la larga hostilidad que Estados Unidos había generado a lo largo del siglo XIX, junto a otros factores que tendrían lugar en las primeras décadas del siglo XX, relacionados con la pujanza de Norteamérica a escala mundial, que a la Guerra Hispano-estadounidense de 1898.

     

    Por otro lado, de forma paradójica, a partir de la derrota se generaría una corriente de simpatía hacia España en amplios sectores intelectuales de Latinoamérica que, por el contrario, comenzarían a albergar cada vez más dudas sobre las bondades de la sociedad y la política estadounidense:

     

    A partir de 1898 España perdió ante los ojos americanos su potencial peligrosidad y la respuesta autocrítica dada desde la Península al desastre hizo percibir al intelectual americano una identificación con sus propios problemas. Pero aun más importante, para amplios sectores intelectuales americanos (aunque persistieron numerosos contrarios) Estados Unidos dejó de ser considerado el ejemplar modelo sociopolítico y comenzó a percibirse la potencial agresividad de su política exterior para la independencia efectiva de los países americanos[26].

     

    Prueba de ello es la obra del nicaragüense Rubén Darío, el uruguayo José Enrique Rodó o el argentino Manuel Ugarte en los años siguientes, que tan buena acogida tuvo en España[27].

     

     

    Notas


     

    [1] El Siglo Futuro, Madrid, 17 de febrero de 1896. Citado en MARTÍN SANCHEZ 2001, 118.

     

    [2] Mariano de Cavia, «El Dios Dollar y el Dios Honor», El Imparcial, Madrid, 8 de abril de 1896.

     

    [3] Ibidem.

     

    [4] De acuerdo con los datos del censo, en 1900 el 57% de la población era analfabeta. Citado en CARRERAS y TAFUNELL 2005, 230.

     

    [5] BALFOUR 1996, 110-111.

     

    [6] Citado en ÁLVAREZ JUNCO 1998, 405.

     

    [7] Citado en MEMBA 2006, 99.

     

    [8] Cfr. SEVILLA SOLER 1996, 80.

     

    [9] Editorial: «Vale más morir con honra que vivir con vilipendio», El Siglo Futuro, Madrid, 18 de febrero de 1898.

     

    [10] Editorial: «Todo por la patria», La Correspondencia Militar, Madrid, 14 de abril de 1898.

     

    [11] Ibidem.

     

    [12] Manuel Azaña, «Al pie del monumento de Cartagena», España, Madrid, 17 de noviembre de 1923.

     

    [13] PÉREZ LEDESMA 1998, 103.

     

    [14] Sermón del P. Calpena, en la catedral de Madrid, el Dos de Mayo de 1898. Citado en ÁLVAREZ JUNCO 1990, 177.

     

    [15] Citado en SERRANO 1984, 189.

     

    [16] Antonio de Padua, «Después de la derrota», La Lectura Dominical, Madrid, 21 de agosto de 1898. Citado en MARTÍNEZ DE LAS HERAS 1998. En el estudio de Martínez de las Heras se pueden encontrar diversos artículos antiamericanos de la revista católica.

     

    [17] MARTÍNEZ DE LAS HERAS 1998.

     

    [18] Los nacionalistas vascos se mantuvieron al margen del antiamericanismo reinante. De hecho, el líder del nacionalismo vasco, Sabino Arana, fue encarcelado tras felicitar telegráficamente al presidente de Estados Unidos, William McKinley, por el hundimiento de la flota española en Santiago de Cuba. El caso del nacionalismo catalán es más complejo, dados los intereses comerciales catalanes en relación a la isla de Cuba. Véase SERRANO 1984, 118-127.

     

    [19] Francisco Pi i Margall, «El “Maine”», El Nuevo Régimen, Madrid, 19 de febrero de 1898.

     

    [20] Francisco Pi i Margall, «La guerra con los Estados Unidos», El Nuevo Régimen, Madrid, 2 de abril de 1898.

     

    [21] Ramón Pérez de Ayala, «Roosevelt y nuestra guerra», El Imparcial, Madrid, 25 de abril de 1914.

     

    [22] SEVILLA SOLER 1998.

     

    [23] Arturo Llopis, «Los Estados Unidos», El Siglo Futuro, Madrid, 16 de junio de 1898.

     

    [24] Editorial: «Ser o no ser», El Imparcial, Madrid, 11 de agosto de 1898.

     

    [25] VARELA 1997, 8.

     

    [26] SEPÚLVEDA 2005, 77.

     

    [27] Véase Ruben Darío, «El triunfo de Calibán», El Tiempo, Buenos Aires, 20 de mayo de 1898; José Enrique Rodó, Ariel, Montevideo: Imprenta de Dornaleche y Reyes, 1900; Manuel Ugarte, El porvenir de al América Española, Valencia: Prometeo, 1920.  

     

     

     

    Este texto pertenece al libro El enemigo yanqui. Las raíces conservadoras del antiamericanismo español, que acaba de publicar la Genueve ediciones.

     

     

     

     

    Daniel Fernández de Miguel es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado diversos artículos y colaboraciones sobre la imagen norteamericana en España

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