Enrique Meneses, 2011. Foto: Corina Arranz

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    Enrique Meneses

    Enrique Meneses - 20-10-2011

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    Ha representado mucho en la mía, ese gusanillo que suele apoderarse de los niños desde su más tierna infancia. Decía Albert Einstein que el ser humano adquiere el 50% de los conocimientos que llegará a tener a lo largo de su vida, antes de haber alcanzado los 6 años. Parece una boutade pero el padre de la teoría de la relatividad subrayaba la importancia de los aprendizajes del  tacto, la vista, el oído, el olfato. Tesituras, tonalidades, fragancias, etcétera. 

     

    Cuando la guerra, o un desastre natural, resquebraja los cimientos de una familia con hijos pequeños, comienza la aventura de la subsistencia. Los cánones educativos dejan de funcionar. La libertad y la imaginación son las primeras beneficiarias. El día a día impone sus reglas. En África descubrimos que es una regla lo que, dentro de su aparente desorden natural, es improvisación, creatividad, Arte con mayúscula.

     

    La guerra civil española de 1936 a 1939 impuso un primer cambio en mi educación y la de mis hermanos. Estábamos en Biarritz (Francia) de vacaciones. El hecho de que mi padre hubiese sido gobernador civil de Segovia con el Partido Radical de Alejandro Lerroux, hasta que el Frente Popular venciese en Febrero de 1936, trastocaba la vida y finanzas de todo el clan Meneses. El destino nos imponía una educación heterodoxa, un máximo de libertad y un mínimo de disciplina. En situaciones normales, las vacaciones tienen un límite temporal tras el cual se regresa a la disciplina del nuevo curso. La guerra mundial (1939-1945) acabó de enmarcar la existencia de mis hermanos y la mía dentro de una organización familiar liberada de rigideces. La agencia de prensa de nuestro padre y el hecho de que mi madre también fuese redactora en la misma, recomendaba que los niños trazasen su propia agenda, principalmente en la calle. Fuimos libres mucho antes que los adolescentes de hoy lo lleguen a ser. 

     

    De aquella etapa emerge una serie de cualidades o defectos —según se mire— en mi manera de ser. Desde un sentido profundo de la responsabilidad a una exaltación interior de la aventura y el rechazo de toda forma de domesticación de la misma. La idea de que unos segundos pueden significar la vida o la muerte, ha regido siempre mi concepción del trabajo. Mi exacerbada curiosidad, siempre me empujó a profundizar en los temas que me atraían por su complejidad. Es más, libros míos como La bruja desnuda, Seso y sexo, Robinsón en África, Una experiencia humana, Fidel Castro, han sido ejemplos de profundización de temas originalmente concebidos como reportajes.

     

    Abandoné muchas cosas durante mis años verdes. En tercero de derecho, que estudiaba en Salamanca por libre, decidí que la carrera diplomática, hacia la que me había orientado mi padre como rechazo de la de periodista, era una sabia elección, más por el desinterés de nuestros medios por la información internacional como por lo mal retribuida que estaba. Siempre he preferido equivocarme rápidamente antes que tener razón dentro de cien años. En los momentos de mi vida en que tuve que elegir, siempre lo hice menospreciando los riesgos. Lo mismo que unos acostumbran a protegerse constantemente contra la adversidad, hasta el punto de ahogar cualquier capacidad de improvisación, otros valoramos sortear el riesgo como forma de vida. El destino de John Henning Speke, explorador que buscaba las fuentes del Nilo allá por 1857, me obsesionaba. Un hombre que corrió mil peligros de los que siempre salió con vida, murió en 1864, en Somerset (Reino Unido) en un accidente de caza, actividad tradicional y de riesgos minimizados por la cinegética. Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, creó y dirigió cien combates de guerrilla contra los turcos entre 1916 y 1918, hasta liberar lo que luego sería Jordania, Irak y Siria. El 13 de mayo de 1935, en Bovington, T. E. Lawrence en su motocicleta, se encontró bruscamente con dos colegiales en bicicleta. Quiso evitarlos y salió despedido. Murió 6 días mas tarde sin haber salido del coma. En la vida, ¿dónde está el peligro? ¿Acaso en las espesas selvas del Ruwenzori? ¿En el combate de Deraa, hoy puesto fronterizo entre Siria y Jordania arrebatado a los turcos por Lawrence? Los árabes dirán que Mektub, “estaba escrito”. Otros creemos que se va escribiendo.

     

    Obtuve una beca Antonio del Amo, un santanderino que se hizo millonario en América. Pasé muy bien el examen en la Embajada de Estados Unidos en Madrid y obtuve plaza para estudiar periodismo en la universidad californiana de Standford empezando el siguiente septiembre. En el verano cruzó mi camino la hermana de Pedro Couret, un amigo mío dueño del cine Callao que, en el bar del Hotel Palace, estaba rechazando un sueldo de 14.000 pesetas mensuales ofrecidas por Dennis McEvoy, vice-presidente de Selecciones del Reader´s Digest. Me inmiscuí en la conversación y acepté el magnífico sueldo. Mandé al cuerno la beca y en octubre empecé a trabajar con la publicación de mayor tirada del mundo. En aquel entonces, 26 millones de ejemplares. Iba a escribir y publicar poco, pero descubriría las tripas de la industria, empezando por la distribución y las suscripciones. El número 1 de la edición española, llamada Iberia para distinguirla de la cubana, salió a la calle en octubre de 1952, después de un año de preparación. Aquel mes cumplí 23 años.  

     

    Dos años más tarde, ansioso por hacer el periodismo que siempre me fascinó, abandoné Selecciones del Reader´s Digest y marché a Egipto desde Marsella, con billete de ida pero sin regreso, sistema Hernán Cortés. La tarifa me daba derecho a una tumbona plegable de madera y lona y dormir en el puente. Sobreviví en Egipto dando clases de francés y español, doblando documentales turísticos. Escribí en los diarios francés, inglés y árabe (en este último, compartiendo el ingreso con un redactor de Al Ahram que traducía mi texto del francés al árabe). Jaime Cavero Carondelet, un amigo de infancia que reencontré en El Cairo por casualidad, apareció un día en el bar Lappas, donde teníamos nuestro cuartel general, con un París-Match que ofrecía la descarada desnudez integral de una nuer del sur sudanés. “¡Si yo encontrase esta belleza, me casaría con ella!”. Así es como organicé una expedición para buscar a la muchacha en un territorio cinco veces más grande que España. De la docena de candidatos al viaje, seis meses después solo quedábamos los dos españoles. Muchos consideraron que yo estaba loco por lanzarme a semejante aventura. Vamos a ver: Mis ingresos, en diciembre de 1955 provenian de dar clases de literatura española en la Universidad de Ain Shams, de francés en una academia con el nombre de profesor Henri Bouin, de escribir en Le Progrés Egyptien descripciones del pasado musulmán de Al Andalus y algún trabajo de traducir al castellano y doblar documentales turísticos. Aquellos ingresos heterogéneos, durante el verano, desaparecían. ¿No era la búsqueda de la muchacha nuer una buena ocasión de descubrir el África profunda tirando para delante con 200 libras esterlinas, una Roleiflex y una Paillard Bolex para filmar en 16 m/m ?

     

    Cuatro meses, 27.000 kilómetros, tren, barco, autocar, vehículo particular, barco de paletas, camión de cigarrillos, Rolls Royce, camión de pescado, etcétera. Huéspedes del rey de Buganda, del rey de Toro, de Mutara II de Ruanda, de Muambutsu de Burundi, de indígenas, de una profesora belga de bachillerato, de un hostal en Rhodesia (hoy Zimbabue)... Rehacer finanzas con ayuda de Mutesa II, conferencias en clubes, clases de francés en Suráfrica... ¡Nunca estuvimos sin comer pero en Juba (Sudán) escapamos de un hotel sin pagar!

     

    Eran las 4 de la madrugada y el edificio era de una sola planta. Nos habíamos citado con un griego que nos llevaba a Nimulé, el punto fronterizo donde teníamos que tomar el barco, el SS Luger II y remontar el Nilo hasta Butiaba. Insistimos en pagar tarifa de puente, 1 libra esterlina cada uno en vez de primera clase que costaba 3 por cabeza. “Solo tenemos 5 en total, explicamos al capitán británico uniformado de blanco almidonado y barba rubia de cigarrillos Navy Cut:

     

    “¡Cóbreles 2 libras y deles una cabina de primera!” Luego se volvió hacia nosotros y nos escupió: “¡You are a disgrace for the white race!” (Son una desgracia para la raza blanca).

     

    Viendo lo que la tarifa puente representaba —multitud de indígenas sentados en el suelo con, a su lado, cabras de patas trabadas, chiquillería correteando enloquecida, hogueras pequeñas donde se cocinaba el almuerzo—, comprendimos que el capitán quiso evitar que nos mezclásemos con los indígenas. Estaba en juego el imperio británico durante cuatro años más.

     

    En 1960 se produjo la descolonización del continente. En 1956 solo vivíamos los últimos estertores de unos seres que se consideraban dueños del planeta. Una fotografía a toda página de una muchacha nacida virginal en un paraíso olvidado de la región de Equatoria, en el Alto Nilo, me había abierto las puertas de un universo a punto de vivir su big bang. Nunca se sabe lo que hay detrás de una puerta mientras no se abre.

     

    Para mí, la vida es la única universidad digna de ese nombre. La otra, la de los títulos iluminados con orlas coloridas y rotulados góticos, solo enseñan metodologías, nunca descubrimientos. De la aventura, como de la mejor de las naranjas, todo el zumo es rico. Forma el carácter, descubre verdades incontestables, elimina creencias erróneas, afianza certezas. Una de las más fundamentales es que no hay puntitos negros que separan un país de otro. Solo hay un continuum que demuestra que la naturaleza y las fronteras no se llevan bien, lo mismo sucede con los colores de la piel que solo recubren el mismo líquido rojo que circula por las venas. A los falashas, judíos de Etiopía, en Israel se les prohibe donar sangre. Quiero creer que, quienes hemos vagabundeado por este mundo, sentimos lo mismo que los astronautas que nos observan desde su balcón del espacio, una parte en el día y otra parte en la noche. La inmensa pequeñez del ser humano es lo que le concede toda su grandeza y dignidad. Por eso, como decía Demócrito: “El hombre es la medida de todas las cosas”.

     

     

     

    Enrique Meneses era periodista. Nacido en Madrid en 1929, su vitalidad era legendaria. Murió el pasado 6 de enero. Este texto lo escribió en octubre de 2011 a petición de Fronterad, y lo volvemos a publicar a modo de homenaje. Una de sus últimas aventuras fue lanzar, con un grupo de amigos periodistas, Utopiatv. Publicó muchos libros, pero sus memorias, Hasta aquí hemos llegado (Ediciones del Viento, 2006), lo resume todo y es mucho más que un manual del oficio y la prueba de que vivió. http://www.enriquemeneses.com/

     

     


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