Foto: Andrés Asturias. De la serie "Arena Negra"

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    La erosión que forma playas deforma sueños: Andrés Asturias

    Juan José Santos - 07-05-2012

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    El artista Andrés Asturias (Ciudad de Guatemala, 1978) tiene fijación por las playas. A través de sus series fotográficas se inicia un estudio ontológico sobre esos lugares relacionados en los tiempos antiguos al mercado, a la conexión con otras civilizaciones y a la conquista de nuevos pueblos, y en los modernos, al mercadeo, a la desconexión con la civilización y a la conquista del cuerpo perfecto.

     

    Con las revoluciones industriales y demográficas el planeta ha ganado y perdido mucho. Uno de los miles de daños colaterales causados por ambas es la explotación de la playa como lugar, presunto, de ocio y relax. La superpoblación mundial, el surgimiento de la clase media y la aparición del tiempo libre han supuesto la destrucción asimétrica de las primeras líneas de costa. Así nos encontramos con playas donde hay más humanos que granos de arena, playas con un skyline más afilado que el de Manhattan o playas privatizadas donde el agua salada sabe a margarita de fresa.

     

    Los bordes de América eran hasta el siglo XVI paraísos silvestres edénicos. Desde el descubrimiento y la colonización han sufrido la misma evolución que las costas europeas, pero de manera concentrada en un menor lapso temporal. Lo que queda ahora son los restos que deja tras de sí la marea del progreso, que en su exudación deja expuesto al sol montones de basura orgánica e inorgánica, huellas de la lucha individual y colectiva de una sociedad en búsqueda de la felicidad. Se rompe el reloj de arena que se esparce a nivel del mar. “Esto es vida” se escucha suspirar a algún bañista desde cualquier playa americana. Esa vida es la que fotografía Andrés Asturias, marinero en tierra como Rafael Alberti, testigo y guía, como el Virgilio de la Divina comedia. Del interior de su Guatemala natal parte rumbo al exterior, allá donde no hay sombra. 

     

     

    Coney Island

     

    La isla de Nueva York no es lo que era, ni tan siquiera es ya isla. Su historia se pliega en capas: pasa de ser hábitat de miles de conejos a ser parque de atracciones a principios de siglo, de ser centro de prostitución y juegos de apuestas, al olvido tras la Segunda Guerra Mundial. En Coney Island Charles Feltman inventó el hot dog, se iban volando los pavos de las clases favorecidas en las carreras de caballos, se construían hoteles a la velocidad con que un heladero corona un cono de galleta con helado de limón. En Coney Island el sueño americano dormitaba bajo el sol achicharrándose sobre una tumbona a rayas mientras los barcos avanzaban sobre un confín trémulo rellenos de pesadillas europeas. El destino se divierte en la montaña rusa del mítico Astroland, el parque de atracciones dedicado al paso del tiempo, situado a apenas unos metros de la orilla. Astroland lleva cerrado desde el 7 de septiembre del 2008 y los únicos que juegan en sus ingenios son las motas de polvo que se acumulan. Hoy Coney Island es un área residencial de clase media y baja. Una zona peligrosa poblada por los zombies de la droga dura blanda (el pegamento), donde el hot dog ha sido sustituido por el taco y los conejos por los camellos. Aquí no hay sueño americano, nadie pega ojo temeroso del asalto a mano armada. Las pieles blancas que se tostaban al aire han sido suplantadas por las coloridas de los afroamericanos y latinos, minorías mayoritarias. Pero los conflictos raciales padecen hidrofobia: cuanto más nos acercamos a la espuma más se diluyen la diferencias. En la serie vemos como los negros, los mestizos, los latinos comparten espacio sin recelos.

     

    La playa como lugar democrático, donde tanto ricos como pobres, partidarios del Real Madrid o del Barcelona, votantes de derecha o de izquierda pueden dialogar e incluso bromear. La playa como dimensión paralela donde los cuerpos que no soportan el roce en una calle pueden convivir semidesnudos a centímetros de distancia. La playa donde el aristócrata pierde la vergüenza, donde el tímido charla con desconocidos, donde el hombre y la mujer recuperan por arte de chapuzón el niño y la niña que un día fueron.

     

    Asturias retrata la decadencia paseando por el Boulevard Riegelmann y lo hace con una técnica pictórica, aportando a cada fotografía una textura sucia: “Dependiendo de la situación, del tipo de playa que estoy fotografiando, selecciono la cámara a usar. Soy muy flexible y he usado desde cámaras análogas como la Rolleiflex o la Yashica, e incluso he usado cámaras digitales. Por lo general trato de usar cámara de película de medio formato. Luego digitalizo la transparencia y trabajo en el ordenador. Me gusta mucho el trabajo de Richard Estes, un pintor americano hiperrealista que hace que sus pinturas parezcan fotografías. Mi intención es darle un poco la vuelta a esto y quiero que las fotografías se asemejen a la pintura, con la intención de generar esa duda si la imagen es real o no, si es fotografía o pintura”. 

     

    Se adentra en la playa para captar esos rostros sin risas, que es lo que más me llama la atención. Las caras no traslucen alegría o descanso, sino preocupación. Se puede leer los pensamientos de los bañistas que aparecen en los paisajes poblados del fotógrafo, sus miradas perdidas hacia la nada, su anhelo existencial. Ignoran qué hacen allí, qué sentido tiene estar en la playa tomando el sol, estar en el agua refrescándose, llevar a su familia a ese lugar, al igual que yo desconozco qué es lo que viene a buscar Andrés Asturias con su cámara de fotos: “Siempre me ha interesado fotografiar escenas cotidianas de ciudad y de calle. Unos años atrás Toby Old, un amigo fotógrafo de Nueva York, me dijo que lo acompañara a Coney Island. Aquello fue impactante para mí. Esta playa urbana me hizo enamorarme de las playas no tradicionales. Definitivamente no estaré haciendo fotos en las playas de Tahití, pero lugares como Coney Island y el Puerto San José me llaman mucho la atención”. 

     

     

    Arena negra

     

    Puerto de San José, en Guatemala, da la cara al Océano Pacífico. El oeste de América es el de la costa fea: aguas peligrosas, arena negra, rocas. El negativo es el este, el Caribe. Andrés Asturias agarra su cámara mientras el resto de playeros carga con la comida y las sombrillas. Es Semana Santa y los guatamaltecos vienen como peregrinos ateos a esa iglesia al aire libre, la playa pública más concurrida en esas fechas por un sector de la población incapaz de poder asomarse en el resto del litoral, coto privado de la clase alta. Con mucho esfuerzo pueden pagar la gasolina hasta el puerto, la comida y bebida. En Centroamerica montaron hace miles de años su asentamiento una cadena de volcanes, por ello la arena tiene ese color y esa textura. El esqueleto de un muelle de madera se erosiona a una velocidad endiablada. Los deshechos se acumulan formando un humus artificial sobre la tierra. Pocos se meten al agua, y de esos pocos casi ninguno se aventura a pasar la frontera invisible marcada a escasos metros del agua por varios motivos: por la fuerza de las corrientes marinas y, fundamentalmente, porque no saben nadar. Por ello cada año el mar se lleva la vida de cientos de centroamericanos que se han pasado con la cerveza y el ron barato y han querido desafiar a la naturaleza en desigualdad de condiciones.

     

    La playa donde desembarca la muerte. La muerte que viaja en acorazados embarazados de soldados y de tanques. Invasiones clandestinas, ejércitos ilegales con sus fusiles mojados. La playa donde amanecen cadáveres de marineros, de Erasmus alcoholizados y de suicidas que abandonan volando los acantilados de Caspar David Friedrich. La playa que se recoge para anunciar la venida de un tsunami de destrucción masiva que siempre ataca al país más pobre. La playa donde las gaviotas picotean la carne rosada de una foca agonizante. La playa como cementerio de vivos cuerpos que se abrasan bajo las llamas de un sol cancerígeno al que no le gustan los cuerpos dorados que nos seducen desde las páginas de las revistas de moda.

     

    En esta serie de fotos de Asturias tampoco abundan las risas que se presuponen en los afortunados que pasan sus vacaciones en una playa. Ni siquiera aparecen en las caras de los niños. Las mujeres se bañan vestidas, no tanto los hombres. Los cuerpos grasientos no aspiran a la musculatura del canon mundial eurocéntrico. Tampoco toman el sol. El hacinamiento es tal que apenas se vislumbran los pies. En una imagen una vendedora ofrece mango en rodajas sobre un cesto en su cabeza, en otro el vendedor de raspados (hielo picado con saborizante) posa con su carrito desvencijado. La captura más cautivadora es en la que aparece un fotógrafo en un segundo plano y dos familias jugando y, esta vez sí, riendo abiertamente. El contacto físico entre los protagonistas crea un círculo invisible, una coreografía accidental. Una escena no preparada, contraria al posado que inmortaliza el fotógrafo del fondo. Hasta escuchamos las risas y las complicidades que damos por supuestas en dichas situaciones. La playa donde el padre mira orgulloso a su hijo proyectando un castillo de arena, una promesa de futuro, un porvenir.

     

    La playa como desembocadura de utopías: donde llegan los descubridores con sus carabelas de otro mundo con el verbo del progreso. La playa donde tosen y expulsan algas los náufragos que resucitan con el néctar del coco y se alimentan de peces y cangrejos. La playa que esconde una pulsera de coral en el fondo submarino y el tesoro del pirata en las raíces de una palmera. La playa donde el horizonte es sinónimo de esperanza, donde llegan los emigrantes en patera usando por vela sus ilusiones y sus sueños. La playa como hogar del poeta. La playa en la que se refugia tu memoria invocando el nombre de esa chica de la que te enamorabas mientras desfilaba cubierta de sol, espuma y promesas, deseando que subiera la marea y os quedarais aislados y al caer la noche vuestros cuerpos varados sobre la cálida alfombra de arena tomaban la luna y las estrellas sin protección ninguna y las palabras y las miradas y los lametazos del mar sobre la tierra que iban y venían aunque tú lucharas por que el tiempo se congelara para siempre como el corazón del salmón semi-enterrado en hielo en el estómago de algún barco pesquero.

     

    Asturias consigue hacerse invisible y representar la naturalidad de lo cotidiano: “Es en estos momentos de ocio cuando las personas están mas relajadas y tranquilas de tener a un fotógrafo por ahí. Yo en esos momentos soy otra persona más disfrutando de la playa al igual que ellos, tomando fotos”. La serie Arena negra fue expuesta en la galería Sol del Río, y quizás la inauguración de aquella exhibición puede ser considerada como un apéndice de la obra, como un happening que debería formar parte del portafolio de este artista que demuestra así el discurso político de su corpus: “En Guatemala hay una gran disparidad social y económica, propiciada por la explotación de la clase obrera y campesina. La mayoría de la costa del Pacífico en Guatemala ha sido privatizada para residenciales y hoteles de lujo. Entre todas estas casas de millonarios hay un pueblo, el Puerto San José, que es la playa pública mas emblemática del país, que para la Semana Santa se llena de más de treinta mil personas. Todos los propietarios de las mansiones tienen que atravesar este pueblo para llegar a sus residenciales y playas privadas, y nunca se detienen en este pueblo. Y nunca se les imaginaría ir a esta playa a comer un ceviche o tomar una cerveza. Solo ven este pueblo desde su vehículo (se genera mucho tráfico en época de verano) con la ventana cerrada y el aire acondicionado. Todo esto fue lo que me hizo querer mostrar esta serie en Sol del Río, la galería más exclusiva de Guatemala. No quería mostrar estas fotos en un centro cultural donde llega un público muy diverso a ver la obra. Quería que se mostrara en un lugar donde llega la gente que tiene estas mansiones de casas en la playa, pero que nunca pondría pie en el Puerto San José. Que ellos vieran ese contraste de cómo el resto del país pasa sus vacaciones”. Recreo mentalmente las sonrisas fracturadas de los asistentes a la inauguración mientras agarran con fuerza sus copas de champán. Ajenos a la lucha de clases las familias inmortalizadas juegan en la playa y disfrutan de una felicidad que aún no ha sido privatizada: “La privatización, la construcción de muros y de garitas de control es un problema tremendo en nuestra sociedad. Se da mucho en la ciudad y ahora cada vez mas en las playas, a pesar de ser ilegal. Es muy fácil levantar muros y separar a las personas, luego es casi imposible botar esos muros. En su mayoría se da en países donde la clase dirigente tiene tanto poder como para opacar los intereses del resto del país”.

     

     

    Sin el orden de las cosas 

     

    Esta serie es antagónica de las anteriores. Son fotografías tomadas en Coney Island y en Forte di Marmi, situado en la Toscana, donde veranean italianos, suizos, alemanes y rusos. La técnica es limpia y la saturación lumínica convierte el azul del cielo en blanco. La playa parece el decorado de una película de Hollywood. La idiosincrasia, el comportamiento y los accesorios captados en estas imágenes están en el otro extremo de las otras series, pese a compartir uno de los escenarios (Coney Island). Unas mujeres toman el sol sobre tumbonas mostrando la blancura y la perfección de sus cuerpos. En otra instantánea dos mujeres que aparentemente no tienen problemas económicos discuten mientras peinan la playa con un detector de metales. En la retaguardia, el parque de atracciones parece recién inaugurado. En otra toma, una mujer obesa engulle basura comida sin satisfacción evidente. La crítica Rosina Cazali escribió el texto para la exposición Sin el orden de las cosas, en la que participaban otros artistas: “Ésta es una colección que denota un estado de melancolía. En esa melancolía del individuo contemporáneo, que alguna vez diagnosticó el antropólogo Roger Bartra, probablemente encontramos la explicación de la tristeza y decadencia que supone ser observados de modo permanente y la constatación de que son escasos –si no inexistentes – los espacios donde el ser humano puede sustraerse de la mirada ajena y de sus defectos”. La barrera entre el posado y el robado se difumina en una sociedad en la que cada instante es susceptible de ser fotografiado y publicado en una red social. Todos somos famosos en potencia y así lo demostramos con nuestro posado permanente. 

     

    Hasta hace pocos años la playa era uno de los pocos refugios seguros de las cámaras fotográficas indiscretas, pero hoy en día incluso muchos balnearios tienen su propia zona wifi. Ya no existen espacios de desconexión. Como en todo su trabajo playero, Andrés Asturias no logra captar una exaltación espontánea, una carcajada inocente de alguien que se divierte en un sitio al que, a priori, ha acudido a divertirse. El artista tiene pues una primera intencionalidad: apunta hacia el desencanto del individuo, al que las vacaciones, la compañía o la naturaleza no le bastan para alcanzar un mínimo nivel de regocijo. Y su segundo mensaje es aún más claro: cómo las cuestiones económicas, sociales y políticas están generando la aparición de una costa para ricos y otra para pobres, y cómo esa división se está subrayando de tal modo que no es descabellado pensar en un Moisés de última generación separando las aguas, unas limpias y a temperatura ambiente para los de mayor poder adquisitivo, y otras sucias, heladas y pobladas por ejércitos de medusas para el resto, es decir, la mayoría. Así lo afirma Asturias: “Mi intención es que sean unas series de fotografías que invitan a la reflexión sobre los temas sociales y la disparidad de riqueza que hay en muchos países latinoamericanos. No quería que fueran una crítica directa, sino dejar al espectador la oportunidad de generar sus propias interpretaciones acerca de la dura realidad de nuestros pueblos”. 

     

    La playa como final. Merece la pena terminar el artículo con una anécdota que relata el propio fotógrafo: “Me impactó mucho una conversación con un señor que por primera vez estaba viendo el océano. Estaba muy solo y contemplativo. Me acerqué a hablar con él y vi que tenía una lesión bastante infectada en el pie. Me comentó que unos días atrás él y su familia iban de camino a la playa cuando el bus en que viajaban se salió de la carretera. Su esposa y sus dos hijos murieron en el accidente. Ninguno de ellos había visto el mar antes. Él quería realizar el sueño de sus hijos de ver el mar”. 

     

    La playa como inicio.

     

     

     

    Juan José Santos es periodista y crítico de arte español. Colabora con revistas especializadas en arte contemporáneo como Lápiz y Artpulse. www.juanjosantos.com. En FronteraD ha publicado Eder Castillo. El Guggenheim hinchable y Superhéroes beados: Iron Man. Mauricio Esquivel.

    En Twitter: @andyjuanjol 

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