Marina. Foto: Eduardo Naranjo

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    Esa voz en mi cabeza. Una historia de esquizofrenia

    Xavier Gómez Muñoz - 03-03-2016

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    Escucha lo que te dice, Marina

    [Entre julio y agosto de 2010]

     

    Estoy en la sastrería de mi madre. Desde que terminé con Luciano he pasado mucho tiempo deprimida. Ya son dos años de eso. Pero tal vez te cuente de él después, aunque no sé si eso importe realmente. Ahora estoy prendiendo el ordenador. Alzo un poco el volumen y me dejo llevar por las canciones. Me siento muy sola, muy triste. Mi madre está ocupada en no sé qué cosas de su trabajo. El tiempo pasa lento. Sin darme cuenta, empiezo a caer en un estado como de sueño. Ya casi no oigo el motor de la máquina de coser de mamá, ni el sonido de la aguja que atraviesa la tela una y otra vez. No woman no cry –canta Bob Marley en Youtube–. Me quiebro y empiezo a llorar. Entonces alguien me dice algo. Es una voz grave, de un hombre de entre treinta y cuarenta años. Me habla con autoridad y gran inteligencia, como si fuese un escritor o alguien que ha estudiado mucho:

     

    —Escucha lo que te dice, Marina. ¡Oirás! ¡Oirás!

    —…

    –¡Pero escucha, pues! ¡Escucha lo que te está diciendo!

    —…

     

    No sé de quién es, ni de dónde viene esa voz. Es la primera vez que la escucho. Nunca le respondo, ni le tengo miedo. Nunca veo a nadie. Jamás mantenemos, lo que se diría, una conversación. Solo sé que esa voz está. Que aparece casi todas las noches, aunque jamás me dice su nombre. Que me visita antes de ir a dormir o cuando estoy deprimida. Que se preocupa por mí. Y que tenemos una relación.

     

     

    Muchas voces al mismo tiempo

    [Unos meses atrás]

     

    He pasado todo el día dando vueltas por Azogues, conociendo la ciudad con un grupo de teatro del que soy parte. Estamos recorriendo el Ecuador con una obra. En Azogues no hay muchas cosas para entretenerse. Estamos haciendo tiempo, porque un conocido se ofreció a dejarnos dormir en su casa, aunque al final nos tocó buscar dónde hospedarnos. Ya es de noche. En la recepción del hotel nos atiende una señora gorda, de pelo café y no más de 1,60 de estatura. Tiene una voz muy clara, casi radial. El director del grupo pide un cuarto para las mujeres y otro para los hombres. A mí me toca compartir la habitación con Gabriela y Regina, en el quinto piso del hotel.

     

    Deshago mi maleta y me echo a la cama. Me siento cansada, cierro por un rato los ojos. Gabriela gana la ducha; Regina no sé dónde se ha metido. Entonces escucho:

     

    —Yo aquí vivo sola. 

    —…

    —Yo aquí vivo sola. 

     

    No importa, debe ser la señora gorda de la recepción –dudo–. Gabriela sale del baño y entra enseguida Regina. Cuando llega mi turno en la ducha, las escucho hablando de mí. La puerta del baño está cerrada y no entiendo bien lo que dicen, pero sé que están hablando de mí. Estoy segura. Creo que se están burlando de algo que hice. O por lo menos eso parece. No sé, capaz no. Aunque quizás son ideas mías. Tal vez estoy muy estresada. Tengo que relajarme.   

     

    Salgo del baño y Gabriela tiene todavía la toalla húmeda enrollada en la cabeza. Está sentada en una cama, frente a la de Regina. Parecen relajadas, el ambiente es agradable. Gabriela arma un porro. Sabe hacerlo, fuma a diario y hasta cultiva su propia hierba en su casa. Es la primera vez que voy a fumar con ellas. Empecé a fumar marihuana en el colegio y después en la universidad. Bueno, la cosa es que casi no hablo con las chicas. Solo fumo un poco y me voy a la cama. Saco un libro de mi mochila. Es La emancipada, de Miguel Riofrío, una novela ecuatoriana que trata sobre una mujer que se libera.

     

    No estoy segura de en qué página voy, pero empiezo a oír susurros que se van haciendo voces. Son las voces de Rosaura, Eduardo, don Pedro, las de todos los personajes hablándome al mismo tiempo. No puedo entenderles. ¡Me estoy volviendo loca! ¿Qué me pasa? –me reprimo para mis adentros–. No, no, no, debe ser gente que está pasando por aquí cerca, por la terminal de buses. Sí, eso deber ser. Gabriela y Regina deben estar oyendo lo mismo. Pero en el fondo sé que no es cierto. Ellas están viendo Aladino de Disney en la televisión. No aguanto más. Todas esas voces llegan de golpe y yo quiero explotar. Me paro entonces sobre el espaldar de la cama. Abro la ventana y saco la cabeza.

     

    —¡Marina, tranquila, tranquila! –me dicen las chicas, asustadas.

     

    Piensan que voy a saltar. Pero no voy a hacerlo. Solo quiero un poco de aire. Solo quiero ver de dónde vienen esas voces que tanto me joden. Es la primera alucinación auditiva que tengo. Luego vendrán alucinaciones sensoriales y visuales, y también la voz de ese hombre de entre treinta y cuarenta años que se preocupa por mí. La noche anterior se me fue la mano –están convencidas Gabriela y Regina– así que ahora mismo se lo están diciendo al director del grupo. Él me pregunta delante de todos qué me pasó. Yo le digo que nada, que estoy bien. Pero nadie me cree.

     

     

    Las nubes caen sobre mí

    [Entre 2008 y 2010]

     

    Vivo en la Loma de Puengasí con Luciano, el chico del que te hablé al inicio, ¿recuerdas? Los dos somos teatreros. Hemos viajado por algunos lados, hasta estuvimos un mes haciendo teatro en Cali. No me gusta este barrio. Es feo y hay bastantes ladrones. Vivimos en la casa de los papás de Luciano, en el piso de arriba. A él le gusta comer hongos alucinógenos de vez en cuando. Así que vamos a los valles y encontramos algunos. Los hongos no tienen sabor, por eso los comemos con miel. Él ya sabe cómo manejarlos. Yo todavía estoy aprendiendo. Por ahí nos topamos con un hongo grandote.

     

    —A que te ahuevas –me dice Luciano.  

     

    Yo me lo como de un bocado. Reímos. Y enseguida me explota. Me quedo acostada boca arriba en un potrero. Tengo la mirada en las nubes. ¡Qué feo! Parece que todo se me cae encima, que las nubes me aplastan. Luciano me explica que tengo que mirar algo más cercano, que vea al suelo o a otro lado hasta que me pase. Me pasa. Todo bien con los hongos y la marihuana. Pero Luciano se está metiendo mucho con el basuco. Y yo estoy empezando a odiar el basuco. Cada que fuma se pone violento. No sé, es como que ya no es el mismo. Como que todo le vale. Yo también le valgo. Por eso estamos hoy peleando en la calle, jaloneándonos y gritándonos cosas, hasta que viene un policía. Nos alejamos. Él ya no me ama. Es la última vez que nos vemos.  

     

    Regreso a la casa de mis padres. Pienso que estoy embarazada, pero resulta que no. Me deprimo más todavía. No sé bien qué hacer de mi vida. Hace rato que dejé de la universidad. Anduve más metida en el teatro y la danza. Desde niña escribo poemas, pero ahora no sé qué hacer. Paso sola mucho tiempo en la casa. Salgo de vez en cuando a hacer cintas en los semáforos. Hago también las artesanías que aprendí con Luciano. No me junto con nadie. Quiero estar sola todo el tiempo. Decido entonces que tengo que consumir algo para no sentir este dolor, esta angustia. Empiezo a ir a los valles a comer hongos. También empiezo a meterme duro con la marihuana. Así llevo casi dos años. Hasta que vuelvo a hacer teatro con el grupo con el que viajo por el país, ¿te acuerdas? Con el que tuve mi primera alucinación en ese hotel de Azogues, un poco antes de escuchar la voz que me acompaña por las noches.

     

     

    Juntos vamos a cambiar el mundo

    [Al año siguiente]

     

    Mi madre siempre se queja porque estoy ocupada. Ella piensa que estoy con algún grupo de teatro, ensayando danza o trabajando. Que entro de oyente a la universidad. O lo que sea, pero siempre estoy ocupada. Tengo unos seiscientos dólares ahorrados que me sirven para salir. Antes iba a comer hongos dos o tres veces a la semana, ahora voy todos los días. Después voy a caminar. Me gusta ir al centro, estar en las plazas. También se estar por la zona. Ahí me topo con una amiga. Nos tomamos unas cervezas. Ella ya tiene que irse, y a mí ya no me dejan entrar a los bares porque dicen que estoy mal. Me dan ganas de un porro, pero no tengo. Por aquí todo el mundo fuma –pienso–, y empiezo a pedir a la gente en la calle:

     

    —Tienes algo de fumar… Hola, ¿qué tal? Tienes algo de fumar.

    —…

    —…

     

    Un tipo me regala un chance de basuco, y me embalo mal con eso. Como hongos todos los días y después voy a buscar polvo a la zona. Paso hasta dos o tres días fumando. No siento hambre. A veces no llego a la casa. Empiezo a fumar con esos manes que cuidan carros, con los mendigos, las putas. Ahora estoy entrando a una tienda. Me acerco a pagar por mi cerveza, pero algo pasa con mi cuerpo. O en mi cerebro, no sé. Es extraño. Empiezo a sentir movimientos mecánicos. ¡Mis brazos, mis piernas, mi cabeza! Oigo ese sonido, como cuando sacas un disco compacto del equipo de sonido. ¡Y esa rigidez al moverme! ¿Qué me pasa? No puede ser: ¡Soy un robot!

     

    No tengo idea de cómo llegué ayer a casa. Me están pasando cosas raras todo el tiempo. La foto del abuelo que está en la sala se sale del marco, y luego vuelve. Sale y vuelve, sale y vuelve, todo el tiempo. Escucho más voces. Casi no las entiendo. La única voz clara es la del hombre que oí por primera vez en la sastrería de mi madre –Escucha lo que te dice, Marina. ¡Oirás! ¡Oirás!–. Desde que lo conocí nunca me ha abandonado. Me dice cosas inteligentes. Me cuida, se preocupa por mí. Los dos vamos a cambiar el mundo. Sé que él no es de esta tierra, es como un dios o un ángel. Y quiere que yo sea su diosa. Me visita siempre antes de ir a dormir. Esta noche hicimos el amor.

     

     

    Me espera el psiquiátrico

    [En la actualidad]

     

    En el hospital le dicen a mi familia que mi problema es de la cabeza y me mandan al psiquiátrico. Mi madre cuenta que estuve andando desnuda por la casa y que me oriné en mi cuarto. Está asustada. Yo no tengo miedo. La voz me acompaña todavía. Me alivia con sus palabras, con su serenidad y su entonación grave:

     

    —Tranquila, Marina. Resiste. Nos falta poco.

     

    Mi madre, mi familia, los doctores, todos están en otra realidad. Nuestro mundo es distinto, y nadie debe darse cuenta. Así que trato de fingir que no pasa nada. La voz sigue conmigo. La escucho fuerte y con claridad. No quiero que se vaya. 

     

    —Ya estamos subiendo de nivel. No bajes. Sé que puedes hacerlo.

    —…

     

    Estoy acostada en una camilla. Un viejo gordo y canoso de mandil blanco me inyecta anestesia. No me da confianza. Y enseguida: TTTHHHRRR TTTHHHRRR. ¡El electroshock! TTTHHHRRR TTTHHHRRR. Veo mi cuerpo brincar sobre la camilla y pierdo la conciencia. Me levanto en un cuarto blanco, con una puerta de metal. Estoy encerrada. No sé qué hacer todo el día, todos los días. ¡Qué desesperación! Llevo aquí tres semanas. Una paciente me regala una bufanda azul. Es lo único que tengo. Los doctores me diagnostican trastorno depresivo recurrente y adicción a las drogas. Me inyectan haloperidol. Además tomo risperidona, prozac y otras pastillas. Paso todo el tiempo atontada, pero ya no escucho ninguna voz. Mi familia me trae un cuaderno y un lápiz. ¡Qué alegría! Escribo. Cuento los días. Cuando salgo, dejo el tratamiento y, en poco tiempo, recaigo. Me internan en otro hospital psiquiátrico y después en una clínica de neurociencias. Aquí me diagnostican esquizofrenia y un tratamiento para toda la vida.

     

    Recibo el alta poco antes de Navidad. Desde ahí, digamos, paso tranquila. A veces no puedo dormir por las noches. O me duele mucho la cabeza, pero es porque estoy dejando las pastillas. Es que me quieren curar con más drogas y eso no me gusta. Paso adormecida todo el día, como que no fuese yo. Estoy empezando a escuchar voces de nuevo. A veces también oigo la voz que me enamoró, pero ya sé que no es real. Cuando insiste mucho le insulto. Le digo que se vaya, que no me moleste. Hace un rato vi ahí atrás a un viejito. ¿Lo viste? Estaba sentado de espaldas, con un sombrero en la cabeza… No importa, tal vez lo imaginé. ¿Quién sabe? En fin, ahora quiero empezar de nuevo mi vida. Tener un trabajo. Un novio. Regresar a la universidad. Tengo veintisiete años, y no soy una mala persona.

     

     

     

     

    [Los nombres de que aparecen en esta historia han sido modificados por petición de la protagonista. La esquizofrenia es un trastorno que afecta a veintiún millones de personas en el mundo, según datos de la Organización Mundial de la Salud].

     

     

    Este texto fue publicado originalmente en la revista SoHo Ecuador

     

     

    Xavier Gómez Muñoz (Quito, Ecuador, 1982) es periodista independiente. Ha colaborado con una docena de diarios y revistas, entre ellas Soho Ecuador, Mundo Diners y Cartón Piedra. Especializado en la elaboración de crónicas, reportajes y entrevistas, formó parte de la antología de crónica contemporánea ecuatoriana La invención de la realidad. En FronteraD ya publicado La marimba: transcontinental de la música negra, patrimonio de todosPolicías y bandidos. La crónica policial en la pluma de Javier Sinay. En Twitter: @xavogomez  

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