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    Estos dientes no son míos, doctor

    Daniel Rojas Delgado - 12-06-2014

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    Advierto que lo que cuento no es ningún tipo de represalia, ya que no busco enemistad con el colegio de odontólogos; tanto el metal que se funde para formar objetos muy resistentes e increíbles, como la vasija de barro que se cocina para que no se rompa, necesitan de una prueba de fuego similar. O sea: también la ortodoncia proporciona resultados fabulosos, aunque –es necesario decirlo– duelen y llevan su tiempo. Hoy quiero contarles algunas de mis experiencias durante este proceso que viví hace unos meses.

     

     

    Mediados de junio de 2013: que la inocencia te valga

     

    ¡Quiero que me devuelvan mi dentadura! ¿Dónde está la que tenía cuando ingresé a la sala del carnicero? Porque regresé con otra. Los diez brackets de acero inoxidable con los que volví esa mañana, dos días después se redujeron a nueve. Es decir que la primera baja se produjo hoy, mientras comía carne. Por más de que lo hice con cuidado, evitando ciertas zonas, el mordisco pudo más. Aún sin saberlo, sigo con la cena hasta que siento algo metálico –suelto– entre los dientes. Ante mis ojos, y luego frente al espejo, confirmo de qué se trata.

     

    —Está bien, no pasa nada. Igual ese no hacía tanta presión –me dice el dentista, en el siguiente encuentro.

     

    Unos días después de que me hiciera la instalación férrea, parto otros días –obvio que no podrían ser los mismos– a Brasil.

     

     

    Julio: dientes de colores

     

    La segunda quincena de julio aterrizo en Río de Janeiro y descubro que allá (acá) no temen sonreír ampliamente y que el colorido carioca lo llevan hasta en los dientes: son ingeniosos y utilizan elásticos según sus gustos personales, combinados hasta formar los colores de la bandera o los de su club favorito, por ejemplo. En Argentina, en cambio, muchos prefieren pagar los altos costes de los brackets blancos, que se invisibilizan a simple vista, y otros prácticamente dejan de sonreír en las fotos una vez que empiezan a usar los aparatos.

     

    De nuevo en el país, con la radio de fondo, el dentista me cuenta que sí: que en Brasil no se avergüenzan de usar ni de ostentar la ortodoncia, que allá los tratamientos son más económicos, que algunas piezas que estoy usando las fabrican ellos y que Argentina las importa. Después saca de un cajón unos brackets con forma de Mickey, que compró pensando colocar alguna vez, pero aún no encontró ningún voluntario.

     

     

    Agosto y septiembre: instantes de locura

     

    Me duelen: es como si estuvieran inquietos, porque por la mañana me molestan, se traban, me incomodan los dientes, pero por la tarde ya estoy bien de nuevo, y viceversa. En algunos momentos, que identificaré como de locura, quiero arrancarme los brackets y recuperar la dignidad de mi boca y sonreír con naturalidad, sin cierta tecnología no tan barata que llevo a cuestas.

     

     

    Octubre: reflexiones en torno a la libertad

     

    Maldita la hora en la que pensé en privar de su libertad a mis dientes; los hubiera dejado crecer de forma silvestre sin que intervenga la mano del hombre –porque me atiende un odontólogo.

     

    Hoy es miércoles y volvieron los ajustes. Es como si te apuntalaran otra vez los dientes: se sienten nuevos tirones; cada vez es diferente, con nuevas sensaciones. Encima –me doy cuenta más tarde, en el espejo retrovisor del auto– no me había cepillado demasiado bien los dientes. El dentista, un genio, no me dijo nada…

     

    El cepillo de dientes me genera desconfianza, porque siento que no calza bien en mi dentadura: el cambio, el movimiento de las piezas, ya es palpable.

     

    Ya es fin de mes y me doy cuenta de que tengo un diente en posición adelantada (el de arriba). Abajo, en cambio, hay uno que se resiste a cambiar de posición y cuando le paso la punta de la lengua por la parte de adentro de la dentadura siento un filo molestoso, pero no puedo evitar hacerlo.

     

     

    Noviembre: dientes rebeldes

     

    Es como si mordiera alambres de púa. Encima se me secan mucho los labios, los dientes se encastran diferentes, más tensionados, y quiero sacarme todo y a la mierda.

     

    Se me comienza a tatuar uno de los brackets en la boca, como si fuera una llaga necesaria. ¡Duele! Hoy ya son como punzadas: alambres, al estilo antiguo.

     

    Cuando volvía del centro, un nene de cuatro o cinco años que pedía monedas en el semáforo me pregunta, al ver mi sonrisa de acero:

     

    —¿Qué tenés en los dientes?

     

    Me sorprende que se sorprenda, pero debe ser la primera vez que ve a alguien así. Espero haber elegido adecuadamente las palabras para explicarle que, como tengo los dientes torcidos, los fierritos sirven para acomodármelos.

     

    Es viernes. Me levanto algo tarde y me acuerdo de que tengo que ir al dentista mientras me lavo la cara. Entonces tomo un café bien rápido, un poco de torta que había hecho mi tía y, me encargaron que comprara milanesas (pese a que los días 29 son días de ñoquis, tradicionalmente), salgo.

     

    Así, tras tres o cuatro semanas consecutivas de ir al consultorio –sin contar esa vez que encontré en la puerta un cartel que decía que el doctor no atendería ese día y ni el anterior por problemas de visión–, siento entredientes las molestias de un nuevo ajuste: el del alambre que me había puesto la última semana para reemplazar el elástico que envolvía el bracket de un diente rebelde. Pero se trata de una tensión leve en comparación con experiencias anteriores. Después salgo de ahí, cruzo la avenida 520 y voy a comprar las milanesas. Más tarde siento un ligero desbalanceo en el encastre entre el maxilar superior y el inferior.

     

     

    Diciembre: un mes interminable

     

    Al principio costaba usar dientes de otros, ya que esa era mi percepción: que los dientes que veo en el espejo y que siento no son como los que tenía antes. Hoy me sacó el arco de níquel y titanio que venía usando y estrené otro. También se me despegó un bracket, lo puso en una nueva posición para que ajuste como debe. Durante esos segundos de libertad creí que los dientes de delante se me caerían, como cuando uno toma un juego de palitos chinos y los suelta y se desparraman.

     

    En un momento se levanta, va hacia la radio y dice:

     

    —Esta no es.

     

    Coloca el dial en su emisora habitual y me sigue atendiendo.

     

    —Estoy despierto desde las 5 –me cuenta al sentarse.

     

    Había tenido que ir a hacer un trámite, después llevar a su hijo al colegio.

     

    —Tomé café, prendí la tele, prendí la radio. No sabía cómo quedarme despierto, porque sabía que si me tiraba un ratito no me levantaba más.

     

    Era inusual que me hablara de su vida privada.

     

    Desde ayer, cuando le paso la lengua, ya no se siente esa parte filosa del diente, señal de que se está acomodando. El último armazón resulta ser sorprendentemente eficaz.

     

    Estamos a 20 de diciembre. Tenía que haber ido nuevamente este lunes o miércoles, pero no pude. Voy el viernes, es decir hoy, y el dentista no puede llegar: tiene la fiesta de fin de año en el colegio de su hijo.

     

    Faltan dos días para Navidad. Justo detrás de mí entra al consultorio un hombre con auriculares, que no saluda y se sienta debajo de los imperceptibles movimientos del ventilador de techo. Adentro hay una anciana que apenas camina.

     

    —Que ande bien, doctor –le dice y se va y entro yo.

     

    Hoy suena, en una de las radios más famosas de la ciudad de Buenos Aires, la voz del locutor Lalo Mir. Dice que se sorprende de los 160.000 turistas que ya han llegado a las playas de Mar del Plata.

     

    —A ver, sentate ahí –me dice el dentista, y le obedezco.

     

    Me cambia los elásticos y me alambra los brackets rebeldes. Casi no se siente que aprieten.

     

    Mientras termino de enjuagarme, Lalo cuenta que los crucigramas cumplen 100 años y que para los neurocirujanos una de las formas de mantener la habilidad mental y motriz consiste en jugar a videojuegos de alta complejidad.

     

    —¿Vos también jugás a los videojuegos? –le pregunto.

    —No. La verdad que no me llaman la atención.

     

    Se extiende en la respuesta, que después se ramifica en otros temas.

     

    Esa misma noche me sorprendo y confirmo mis sensaciones frente al espejo:

     

    —¡Por fin, mis dientes se alinean, como planetas!

     

    Al menos eso creo yo.

     

    La semana de Navidad, entre el calor excesivo en la región –40 grados y algunos más de sensación térmica–, las delicias de un pobre cerdo que se inmoló –algunas fuentes indican que en realidad habría sido inmolado por terceros–, chorizos picantes, sopa paraguaya y clericó –ensalada de fruta más rica: con vino y gaseosa sabor cola…–. Como venía diciendo: entre tanta parafernalia no siento molestia alguna en los dientes, aún prisioneros, pero ya casi vueltos a colocar en el lugar del que jamás debieron haberse ido.

     

    Ya pisamos el fin de año. ¿Año Nuevo, dientes nuevos? No. Todavía no. Hoy retorció fantásticamente un alambre nuevo, que en una semana sí debería acomodar lo poco que –dice– falta emparejar.

     

     

    Enero de 2014: ya casi

     

    Todo venía a pedir de boca hasta que hoy, mientras comía, me pareció sentir un movimiento en uno de los brackets, pero no volvió a molestarme. Recién dos horas más tarde, cuando estaba a punto de ir a tomar mate con una amiga, noté frente al espejo que volvía ese temblequeo férreo: se había salido el pegamento que lo unía al diente. Era del mismo lado del que perdí un bracket al principio de esta historia. Dejarlo así no podía, porque sería bastante molesto; quitarlo no debía, ya que me quedaría el alambre suelto y –aunque lo cortara– podría lastimarme. Pero como faltaban tres días para mi próxima cita con el dentista, decidí arriesgarme: tomé un alicate y corté por lo sano, literalmente.

     

    Le pasé la lengua con suavidad y sí, estaba filoso. Ahora sólo es cuestión de que pase el tiempo. Por la noche ya no quedan dudas de que la boca comienza a lastimarse lentamente. ¿Cómo amaneceré mañana? Prefiero ni pensarlo. Hasta mañana.

     

    A mediados de enero, el odontólogo me dice, en tono solemne:

     

    —Faltan unos días más.

    —¿Más todavía?

    —Vení a verme el lunes.

    —Pero el lunes ya estoy de vacaciones.

    —Entonces a la vuelta –propone, como única solución posible.

     

    El punto es que a la vuelta tampoco hay solución, ya que cuando me saca los brackets –mis dientes estuvieron en tiempo y forma cuando volví– debe ponerme una contención para que ninguna pieza pudiera desubicarse otra vez. El punto es, como decía, que no puede conseguir eso que me hace falta… ¡Por los problemas de importación que hay en el país! Así que sigo esperando unas semanas más, hasta que él vuelva de sus vacaciones, para ver si mis dientes y yo podemos ser libres de nuevo. ¡Tengo una hipertensión dentro de la boca que me está matando! Así pasamos los últimos días en que convivimos juntos.

     

     

    Febrero: el desguace feliz

     

    Es miércoles 26, amanece gris y muy frío para ser verano, pero sé que me espera una jornada radiante con un turno decisivo en el dentista: es el gran día. Si hubiera sido un día antes –el aniversario del nacimiento del prócer José de San Martín, el libertador de América–, quizás hasta sumaba chances para ingresar a las efemérides el año que viene. ¿Pero quién se acuerda del que hizo algo al día siguiente de una fecha clave?

     

    En fin: tengo turno al mediodía. Voy, espero sentado a que me llame y luego atravieso esa puerta, donde todo había comenzado y donde todo debía terminar de una buena vez. Nos saludamos como siempre, me acuesto como buen paciente y voy hacia la luz –mi mirada fue hacia la luz del tubo fluorescente, mejor dicho–. Primero debe colocar lo que pasaré a denominar una barrera de contención: gasas y un tubo de desagüe para secar mi boca de la abundante saliva que acostumbro tener, pegamento y un hierro-alambre-fierrito a quien se le encargó la noble tarea de mantener esta obra arquitectónica en mi boca por los siglos de los siglos. Después viene el desguace, pero eso ya da para otro párrafo.

     

    Con diversos aparatos corta los elásticos de los brackets, destroza la dureza del pegamento que tengo adherido a los dientes y limpia cualquier resto que pudiera quedar. Todo esto con zarandeos constantes pero leves y enjuagues bucales varios. Lo mejor es que puedo vivir para contarlo y que en menos de media hora ya estoy en la calle de nuevo, con mis dientes en su versión original –o casi casi–. El cielo continúa muy gris, pero yo sonrío sin intermediarios, y como ya es hora de comer y tengo un hambre sincera y profunda, mis preocupaciones ya son otras. Por fin puedo gritar:

     

    —¡Libertad, libertad, libertad!

     

     

     

     

    Daniel Rojas Delgado es periodista freelance. Nació a fines de 1989 en Repatriación, un pueblo de Paraguay, pero a los pocos años se fue con sus padres a la Argentina, donde creció, estudió y vive actualmente. Está a una tesis [de distancia] de licenciarse en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata. Le gusta la fotografía. En FronteraD ha publicado Un museo sin picaportes: anécdotas contadas en tiempo real (en Facebook)Nubarrones en el paraíso. Cuando el Papa Francisco fue a Brasil. En Twitter: @dRojasDelgado

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