Eustache by night

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Sonido de un gong.

 

Un hombre enciende un cigarillo. Tira el humo.

 

(NARRADOR) La historia que van a escuchar, dramatizada por los dos actores que me acompañan, me ocurrió hace ya muchos años.

 

(VOZ HOMBRE 1) ¿Es una historia con moraleja?

 

(VOZ MUJER) Espero que sea una historia de amor. Me gustan las historias de amor.

 

(VOZ HOMBRE 2) A mí no. Detesto los melodramas, no puedo con ellos.

 

(NARRADOR) Creo que es una historia de amor sin amor y sin moraleja. Pero juzguen ustedes mismos. Les ruego silencio. La función va a dar comienzo ahora mismo.

 

Algunas toses y carraspeos. Sonidos de sillas moviéndose. Golpes en un micro. Suena un gong.

 

(NARRADOR) Tarde de invierno. Fachada del Cine Doré.

 

Empieza a escucharse el sonido de la calle.

 

(SPYROS) La conozco en la puerta de la filmoteca, lleva puesto un vestido estampado con flores azules y rosas, y luce una flor roja prendida en su cabello.

 

He ido a ver una película de Gosho Heinosuke. Me dirijo a ella con intención de abordarla.

 

(SPYROS) Hola. ¿Vienes a ver la peli? Me encanta Japón. Me llamo Spyros, soy de Grecia.

 

(SPYROS) Nunca antes he hablado con una coreana, aunque en este momento pienso que hablo con una japonesa.

 

Me sonríe animosamente y me deja hablar a pesar de mi acento griego. Le pregunto si conoce la obra de Ozu Yasujiro.

 

Ella me dice que sí, que por supuesto, que conoce y ama el cine japonés clásico, pero contraataca con otra pregunta, si yo conozco el cine de Im Kwon-taek.

 

Respondo que sí que conozco el cine de Im Kwon-taek, sí, sí. No quiero confesar que no sé nada de su cine ni de él.

 

(NARI) ¿Qué has visto suyo?

(SPYROS) Ah, poca cosa, no recuerdo el nombre.

(NARI) ¿La cantante de Pansori?

(SPYROS) Ah, sí, esa creo. Era una pasada. Me encanta la música japonesa.

(NARI, se ríe) Pero si es una película coreana.

(SPYROS) Pensé que…

(NARI) Me llamo Nari, y soy de Corea, de Seúl.

(SPYROS) Ah, yo me llamo Spyros y soy de Tesalónica, Grecia. Pero ahora vivo aquí. ¿Y tú?

(NARI) He venido a estudiar español.

(SPYROS) Igual que yo. ¿Vas a ver la película?

(NARI) No, ahora me tengo que ir.

(SPYROS) Mira te doy mi móvil y si quieres que quedemos algún día…

(NARI) Esta noche quiero ver La mamá y la puta. Si quieres podemos ir juntos.

(SPYROS) Claro, claro. Yo también tenía pensado venir a verla.

(NARI) Entonces, hasta la noche.

(SPYROS) Hasta luego.

 

Fundido del sonido ambiente hasta desaparecer.

 

(SPYROS) Tengo una cita con Nari. Pero, la noche en que quedamos para ir a la filmoteca a ver La mamá y la puta, ella no se presenta.

 

Como ella tiene mi teléfono espero que justifique su ausencia de aquella noche. Pero eso nunca ocurre.

 

En casa, a solas, me siento triste. Pongo discos de Eleni Karaindrou y Manos Hadjidakis.

 

Sonido de un disco de vinilo que gira en el plato. La aguja entra en un surco y empieza a dar vueltas.

 

Los días pasan con su lenta rutina. Me enfrasco en mis actividades filosóficas y cinéfilas, aunque intento evitar acercarme a la filmoteca. Pasan las semanas y aunque su rostro sonriente sigue atormentándome, poco a poco se  desdibuja y empiezo a pensar que todo ha sido un espejismo producido en un momento efímero de mi vida.

 

Desaparece el sonido del vinilo.

 

Después de cuatro meses de espesa filosofía, me dirijo de nuevo al Cine Doré. Una vez allí, el recuerdo de Nari me devuelve a la más acuciante realidad. Tengo que resolver su enigma. ¿Qué es ella para mí? ¿Quiero volver a verla de nuevo?

 

Suena una música de cuerda, estilo contemporáneo, a lo Béla Bartók. Queda en segundo término mientras habla Spyros.

 

Una noche, junto a los cines Renoir, pasa algo extraordinario. Me quedo mirando a una chica que pasea a su perro y cuando me giro de frente me cruzo con el rostro serio y apagado de Nari. Ella me mira, pero esquiva mis ojos.

 

Otro día, paseo por la Calle de la Colegiata. Voy hablando por móvil, levanto los ojos y me la encuentro, mirándome, como una gata. Me saluda con la cabeza. Soy incapaz de reaccionar.

 

Desaparece la música de cuerda.

 

Y finalmente, una tarde me la encuentro paseando con amigos suyos por los jardines del Templo de Debod. Esta vez me habla y nos intercambiamos los móviles.

 

Sonido ambiente de la ciudad, con pájaros, voces humanas indistinguibles y algún ladrido de perro.

 

Pasan varios días. Empieza el verano. Los exámenes han acabado, y no tengo mucho que hacer, salvo el trabajo en la librería. En la cartelera veo anunciada La mamá y la puta, otra vez en el Cine Doré, y decido ir a volverla a ver.

 

Desaparece el sonido ambiente.

 

Ya estoy preparado para salir cuando suena el teléfono: es ella. Me tiembla la voz.

 

Sonido de móvil.

 

(SPYROS) ¿Hola?

(NARI) Spyros, hola, soy Nari. Voy a ir a ver la película de Eustache, y quería saber si a ti te apetece volver a verla. Esta vez voy seguro.

 

(SPYROS) Decido ir. Quedamos a las ocho y cuarto en la puerta del cine. Nari aparece y la veo más guapa que nunca. Está especialmente hermosa, lista para gustarme, y eso me pone nervioso.

 

Vuelvo a casa y me tumbo en mi cama. Pienso en ella. Quiero verla todos los días, en momentos breves e intensos, tengo miedo de que sí permanezco con ella mucho tiempo se desvanezca. Como no puedo dormir, hago la lista de mis cinco filósofos favoritos:

 

 1.- George Berkeley

 2.- Henri Bergsson

 3.- Ludwig Wittgenstein

 4.- Platón

 5.- Elias Canetti


Soy deliberadamente injusto con Canetti, que debe estar el primero. Me gusta esta pequeña injusticia.

 

Veo a Nari de vez en cuando. No parece que la cosa avance. No sé mucho de su país, de su cultura, de su lengua. Descubro que existe un Centro cultural coreano y me apunto a las clases de lengua coreana.

 

Música tradicional coreana.

 

El idioma coreano me resulta francamente difícil, especialmente porque, al ser griego, las explicaciones en español no siempre las entiendo.

 

Nari me ayuda con el coreano, pero no consigo empezar a hablar ni siquiera a un nivel básico. Sin embargo, descubro el cine coreano. Saco películas de la videoteca del Centro coreano por riguroso orden de clasificación numérica. Ya voy por la cuarenta y siete, pero me quedan todavía más de cien. Hablo con Nari de las películas que veo, y así voy descubriendo más cosas, también sobre ella. Le gusta sobre todo Im Kwon-taek. A mí también. Creo que es mi director coreano favorito.

 

Desaparece la música.

 

Sonido ambiente de calle.

 

El verano pasa tranquilamente. Somos felices paseando en bicicletas por el parque, yendo a exposiciones, o al teatro, o a conciertos de música clásica. También, claro, vamos al cine y leemos juntos los libros que nos atraen a los dos, y que luego comentamos mientras nos tomamos un café. Los días más calurosos nos acercamos a una piscina municipal y pasamos allí algunas horas. Algún día hacemos también pequeñas excursiones a otras ciudades. Viajes de ida y vuelta en el mismo día. No nos da para más. Lo demás es trabajo y estudio.

 

Desaparece el sonido ambiente.

 

A finales de septiembre, Nari me dice que tiene que volver a Seúl.

 

Sonido de pasos de Nari y Spyros, caminando por la tierra de un parque.

 

(NARI) Serán unos meses de separación.

(SPYROS) Pero, ¿por qué? Dile a tu familia que te quedas aquí.

(NARI) No puede ser. De momento, me toca volver. Igual en enero o marzo puedo volver y quedarme contigo.

(SPYROS) ¿Y si no?

(NARI) Entonces tendrás que venir tú a por mí.

(SPYROS) Me voy a ir ya contigo.

(NARI) Tienes que dejarme marchar.

 

Desaparecen los pasos unos segundos después de acabada la conversación.

 

(SPYROS) Todos los días tenemos la misma conversación. Pero al final ella se marcha.

 

Un avión despega.

 

Me quedo solo.

 

Se oye como se abre y se cierra una puerta.

 

Nunca la volví a ver.

 

Música tradicional coreana.

 

Sé que se casó allí en Corea. Yo estuve un par de años todavía en Madrid. Luego me fui a Atenas. Me casé con una encantadora mujer islandesa y me fui a vivir con ella a Reikiavik. Fui feliz con ella, hasta que nos divorciamos. Tengo dos hijos maravillosos y me gano la vida como profesor de filosofía en San Diego. Me estoy quedando calvo y una prominente barriga ha echado a perder mi figura. Acabo de conocer a una colega que quiere mudarse a mi apartamento.

 

Desaparece la música.

 

A veces, solo a veces, cuando miro el cielo y pienso en aquellos meses con Nari, no puedo evitar echarme a llorar.

 

(VOZ MUJER, llorando) ¿Y nunca más ha vuelto a ver a Nari?

 

Suena un gong.

 

(NARRADOR) La historia que acaban de escuchar es una ficción. No me llamo Spyros, ni soy griego. Nunca estudié filosofía ni me casé con una islandesa. Jamás he estado en San Diego. Solo hay dos cosas verdaderas: que conocí a una coreana, que no se llamaba Nari, y que fui al cine a ver una película con ella. Desde entonces no la he vuelto a ver. Y una última cosa. El film que fuimos a ver no era un film de Jean Eustache.

 

Música contemporánea de cuerda estilo Bartók. Se escucha un par de minutos.

 

Funde y silencio.

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