Un feliz reencuentro. En torno a ‘Días de ocio en la Patagonia’, de William Henry Hudson

Pilar Rubio Remiro - 14-01-2016

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Puede que Días de ocio en la Patagonia, de William Henry Hudson, sea una de las obras que mejor define la relación de encantamiento con la naturaleza que está en el espíritu de su larga obra y es más, en alguna de sus numerosas ediciones argentinas, Fernando Pozzo, su más devoto hagiógrafo, médico e intendente del partido de Quilmes, al sur de Buenos Aires donde nació Hudson, nos recordaba que este es, entre sus libros, “el que más íntimamente nos revela el curioso temperamento del autor”.

 

Que Hudson fue un escritor inusual no sólo viene dado por el peso en sus novelas y relatos de corte biográfico de una pasión sin límites por el mundo de la naturaleza sino por sus propias circunstancias biográficas. Nació en Argentina y vivió en ella sus tres primeras décadas de vida, pero sus padres, Daniel Hudson y Carolina Augusta Kimble, eran norteamericanos de origen irlandés. Se habían casado en Boston y emigraron a Argentina en 1836, donde se instalaron en un primer momento en el rancho Los veinticinco ombúes, en Quilmes, hoy partido de Florencia Varela, y después en la estancia Las acacias, en las cercanías de Chascomús, no lejos de Buenos Aires. Al igual que sus hermanos disfrutó de una infancia al aire libre, en un universo apegado a la vida de los espacios abiertos, las pampas y su escueta naturaleza animada por animales y aves que serán, con el tiempo, la gran pasión de Guillermo Enrique, como es conocido en Argentina. La ruina del padre, la muerte de la madre, la enfermedad y la vuelta de la familia a la pequeña estancia de Quilmes, marcaron en sucesivas etapas la vida temprana del escritor cuya memoria rescató en sus últimos años en uno de los relatos biográficos más bellos de la historia de la literatura: Allá lejos y tiempo atrás, un título que bien podría haberse inspirado en el poema de su reverenciado Wordsworth, Lejos de las cosas y las batallas de antaño.

 

La segunda característica por la que Hudson será una figura inusual de la literatura argentina es, precisamente, porque comparte con ella su segunda filiación, la inglesa. Su origen anglosajón, la condición de colonos de la propia familia, que siempre preservó su propia cultura respecto a la de otros colonos, así como de las poblaciones originarias, le sitúa entre dos mundos culturalmente disímiles en el que uno prevalece sobre el otro.  Toda su obra literaria, analizada desde una perspectiva poscolonial, hace aflorar las contradicciones que impone su biculturalidad, y la profunda y compleja experiencia de vivir a compás de dos mundos con sus asonancias y sus divergencias.

 

Si bien su obra de ficción más estimada teje su urdimbre en la experiencia americana, toda su producción fue escrita en Inglaterra convocando esa calidez con la que la memoria esculpe sus impresiones más tempranas. Primero apareció su novela La tierra purpúrea (Acantilado), inspirada en su estancia en Uruguay, entonces llamada la Banda Oriental, que hoy es considerada su obra cumbre. Cuenta las aventuras de un botánico inglés, Richard Lamb, en un momento convulso entre las facciones de blancos y colorados que el propio autor vivió en su visita entre 1868 y 1869. Un libro elogiado después por Borges que lo consideró “de los pocos libros felices que hay en la tierra” y que llegó a contar, en los ochenta, con una traducción de Idea Vilariño para Venezuela y Uruguay. Y de los primeros años londinenses del autor, tras algunos textos breves y artículos, llegaron dos relatos muy vinculados entre sí: El naturalista en la Plata y Días de ocio en la Patagonia. Tras numerosos ensayos sobre ornitología y naturaleza y algunos cuentos breves ambientados en América, como El Ombú (Espasa) y otros, Hudson dio a conocer otra de sus novelas más famosas: Mansiones verdes, que, junto al libro de sus memorias en la pampa, Allá lejos y tiempo atrás (ambas en Acantilado), le consagraron como un autor de culto en Reino Unido y otros países.

 

Para entonces, el Thoreau argentino, el Príncipe de los pájaros, el escritor que admiraba Joseph Conrad –“escribe con la misma naturalidad con que crece la hierba. Es como si un espíritu benévolo y sutil le susurrara las frases que debe poner en el papel”–, era ya un autor aclamado por su rotunda originalidad, por su universo narrativo habitado por personajes y héroes supervivientes en tierras extrañas y por la belleza y la sutileza de un mundo que podría ser la arcadia de toda fábula. Pronto, tras su llegada, fue acogido por Edward Garnett, escritor, crítico y editor que lo introdujo en su círculo londinense de los martes en el restaurante Mont Blanc del Soho, al que eran asiduos  autores como Ford Madox Ford, D. H. Lawrence, John Galworthy o Robert Cuninngham Graham. El apoyo de Garnett fue providencial para abrir los salones literarios a una obra inspirada en la lejanía, en paisajes exóticos y personajes improbables. Más tarde será su hijo, David, escritor y crítico, quien introduzca la figura de Hudson entre el círculo de Bloomsbury.

 

Era ya un autor conocido y apreciado, pero no aún en el país donde nació. Se sabe que cuando el poeta indio Rabindranah Tagore visitó Buenos Aires, en los años veinte, un periodista del diario La Nación preguntó intrigado al poeta la razón de su conocimiento de la naturaleza argentina, a lo que Tagore repuso: “Por los libros de W. H. Hudson (…), era un ornitólogo ilustre (…). Hudson me reveló la tierra argentina”. Y eso que Hudson ya era uno de los fundadores de la asociación ornitológica de El Plata en 1916. Pero es en 1941 cuando se publica una antología de textos y estudios sobre su obra a cargo de Fernando Pozzo, Jorge Luis Borges, V. S. Pritchett y Ezequiel Martínez Estrada, entre otros, cuando de verdad se recupera en Argentina la figura de quien, en  voz de Ricardo Piglia, fue un autor “de una argentinidad más allá de la lengua”. En fechas más cercanas la figura del escritor ha sido objeto de un análisis interdisciplinar en la antología coordinada por Leila Gómez y Sara Castro-Klarén Entre Borges y Conrad. Estética y territorio en William Henry Hudson (Iberoamericana/Vervuert), que incluye dieciséis textos que analizan la figura del escritor angloargentino desde todos los puntos de vista posibles.

 

Para ingleses y argentinos su figura es casi inasible, pues desde ambas orillas es difícil dar sentido unitario a lo que fue un haz de emociones contradictorias vividas desde realidades no sólo ajenas, sino enfrentadas, incluso. De otro lado, esa misma escritura de tan vívida emoción por los aconteceres de los grandes espacios inmaculados encontró en Inglaterra la sensibilidad adecuada para reconocer en ella el aliento por lo exótico y una evocación mística de lo natural, algo que siempre ha estado presente de una manera u otra en sus identidades literarias.

 

El propio Hudson se veía a sí mismo más que como un escritor como un naturalista, un prisionero de su pasión por la naturaleza, y recordaba que su vida cambió radicalmente cuando abandonó Suramérica. Como Conrad, también su epifanía literaria tuvo lugar en el instante en que quedó varado en tierra firme. Ambos nacen a la escritura cuando inauguran una nueva vida sedentaria en Londres, una familia, un intercambio proteico con otros escritores y una vida social que se acrecienta a medida que sus obras van obteniendo el reconocimiento de los lectores y los críticos. Son obras erigidas por la memoria, por lo vivido tiempo atrás, en un momento vital en el que la acción, ese vagabundeo en un más allá de imprecisos contornos, lo ocupaba todo. Se conocieron, se apreciaron, pero no se acercaron: “Nunca intimé con él –dirá Conrad–, pero siempre le tuve un real afecto. El secreto de su encanto como hombre y como escritor queda impenetrable para mí, algo sobrenatural. Era un producto de la Naturaleza y tenía algo de su fascinación y su misterio”. La naturaleza como nexo; mejor aún, la naturaleza como pasión y como vocación y así alaba el polaco la escritura del angloargentino.

 

Inasible, dijimos, para las tradiciones literarias de un lado y otro, pero inasible también  en cuanto a canon. ¿De qué habla su literatura? Básicamente de su relación con el mundo de la naturaleza y la proyección de sus emociones en la vida animada de sus criaturas, incluidas las personas, sirviéndose de una mirada ciertamente provisional sobre las realidades de dos mundos sin identificarse del todo con ninguna de ellas y aceptando las contradicciones.

 

Algo de este mundo disociado asoma a las páginas de Días de ocio en la Patagonia, un relato que ejemplifica este desorden canónico, pues no es estrictamente un relato de viajes, aunque posee todos los requisitos para serlo; tampoco es el diario estricto de un naturalista, y tampoco es únicamente una sucesión de breves ensayos sobre cómo ha de  contemplarse y comprenderse un paisaje en lo que tiene de subjetivo y su hábitat que lo incluye todo. Y a pesar de tanta inconcreción tal vez sea, como decía Fernando Pozzo, junto con Allá lejos y tiempo atrás, el relato que mejor circunscribe  a su autor.

 

En 1870, cumplidos los treinta, Hudson se embarca para la Patagonia con la misión  de observar sus aves y escribir artículos para algunas revistas británicas. Contrariamente a su propósito inicial, nunca pudo avanzar más allá del valle del Río Negro, entonces la frontera sur tras la que se extendía, como una sábana en blanco, un no man’s land, la verdadera Patagonia austral. Pero el sueño de adentrarse en su fabuloso territorio se vio  truncado por un accidente absurdo con una escopeta de caza que le imposibilitó caminar y del que se recuperó con mucha dificultad, dando al traste con su deseo de galopar en dirección al sur. Durante un año sólo pudo salir a cabalgar por la región de Río Negro, por lo que en realidad el espacio patagónico es una recreación imaginada, un espacio de ausencia donde pensar realidades, reflexiones de variada índole y conjeturas a merced de impulsos sensibilizados por el vacío, la inmensidad o la fuerza simbólica de los elementos de su paisaje. Algo de todo ello está en la novela aventuresca de César Aira La costurera del viento, en la que sus personajes se embarcan en un viaje patagónico de lógicas extrañas, instigadas por los vientos de la región y las rarezas de un espacio inconmensurable lleno de trampas perceptivas. Espacios míticos que también tuvieron otro feliz ejemplo en esa inmensa novela ambientada en el Delta del Paraná y habitada de espíritus robinsonescos, lugar en el que “lo que existe (…) es pura fluencia, un caos de estímulos y sensaciones al que nuestra subjetividad otorga sentido” y que fue descrito de forma magistral por Haroldo Conti en Sudeste (Bartleby), una obra de culto, una novela asimismo de paisaje como sujeto narrativo. Por su parte, la Patagonia que imagina Hudson es el lugar que deja libre y abierta la mente “para recibir una impresión de la totalidad de la naturaleza” y que se transfigura en un territorio empírico en el que el trayecto es desde afuera hacia adentro. Lo exterior como pasaje al interior.

 

Imposibilitado para caminar por el accidente de escopeta que afecta a sus rodillas, el ocioso Hudson deja vagar el pensamiento y anota una serie de reflexiones sobre la percepción con la que adiestramos nuestro contacto con la naturaleza y la orquestación afinada de los sentidos. En realidad este es el gran tema de su relato patagónico escrito desde la admiración pasional por todo lo que acontece en el reino de lo natural y porque la contemplación es proceso de purificación y gozo sensible. Si el propósito inicial del viaje era estudiar las aves patagónicas, el relato da cuenta de ello prolijamente en varios capítulos. Las descripciones sobre su canto, sus costumbres, su aleteo son tan vívidas que la música de trigueros, ruiseñores patagónicos, pinzones, petirrojos, trepatroncos, cachirlas y tiru-rurus arropan la lectura como en una sinfonía de Messiaen. La ornitología es parte sustancial del relato y, aunque no se cuenta en el libro, Hudson descubrió dos especies que llevan su nombre: Granioleuca hudsoni y Chipolegus hudsoni. “No fue –recalca–, la fascinación de las viejas leyendas, ni el deseo del desierto lo que me atrajo; (…) sino la pasión por la ornitología”. Y a ella  dedica una atención que no quiere ser la del científico, sino la del enamorado que se expresa desde la emoción: “Cuando el ocioso que había en mí cobraba mayor presencia, acostumbraba a vagar entre los arbustos, lejos del río, especialmente durante los días calurosos de la primavera, donde se oían las voces de aves nómadas recién llegadas de los trópicos y adquirían vigor y belleza los cantos de las especies que habitaban aquí todo el año”.

 

Se ha dicho que el autor angloargentino fue un representante del romanticismo tardío y es posible que en su concepto del orden natural aflore una mística cuyo misterio escapa a la racionalidad, un algo profundo y ancestral que es “una manifestación del poder y de la inteligencia que reside en todas las cosas”. De sí mismo dijo que era un ateo-religioso, pero que concebía el poder de la naturaleza desde un cierto  panteísmo  animado por sus múltiples espíritus –“la naturaleza está viva y es inteligente y siente como nosotros sentimos”–. A Charles Darwin, del que había leído ya en su adolescencia  El origen de las especies, no sólo le menciona abundantemente en Un naturalista en La Plata, sino también en esta obra. Aceptaba el evolucionismo, pero no dejó de reprocharle la falta de una cierta poética, de una armonía trascendente oculta tras la lógica de la evolución. Le acusa de insensibilidad: “Sólo cabe decir que son tan pocas y de tan escaso valor sus palabras sobre los cantos de los pájaros que es probable que estas melodías naturales no le hayan proporcionado sino un placer muy escaso, o tal vez ninguno”, escribe malhumorado. Fueron tantas las observaciones y correcciones que le envía que el propio Darwin se hizo eco de algunas rectificaciones en la segunda edición, de 1888, de El origen de las especies, y se refiere a él como un “excelente observador”.

 

Desde John Stuart Mill a otros de los grandes naturalistas que trabajaron en Suramérica como Alexander von Humboldt, Alfred Russel Wallace o Henry Walter Bates, Hudson cita sus lecturas y convoca a sus poetas, a Walt Whitman, a Coleridge, a Wordsworth y se detiene en Henry David Thoreau, el más próximo, el que, como él mismo, apreciaba más la vida salvaje que los logros de los humanos. Son dos figuras paralelas con más semejanzas que divergencias. Thoreau, escribe Hudson, “a pesar de los pensamientos espirituales, reverenciaba esa naturaleza más baja que había en él y que lo hermanaba con el bruto”. Probablemente la diferencia entre ambos sea el sentido de esa utopía que Hudson vive desde la poética como forma de conectar con lo trascendente. El placer del vagabundeo en soledad es estricto en Thoreau y relativo en Hudson. Desde muy temprano, aunque las relaciones sociales de la familia se centraron en la población de colonos ingleses, la experiencia de vida pampeana y el contacto, aunque a distancia, de las culturas indígenas, hicieron aflorar  en sus novelas y recuerdos una red de personajes extraños e inolvidables. “En aquel tiempo –escribe en sus memorias–, en cualquier casa de las anchas pampas uno podía encontrar gente cuyas vidas y personalidades parecerían muy raras y casi increíbles en un país civilizado”.

 

Y muy al fondo del escenario se encuentran los indios. Hudson encarna las profundas contradicciones de su tiempo, la fe de una mentalidad ciertamente imperial en la que las poblaciones aborígenes no tienen lugar en la composición de un orden nuevo inspirado en el modelo civilizatorio de la gran metrópoli. En 1871 aún existían en los territorios patagónicos núcleos de primeros pobladores, fundamentalmente tehuelches y  patagones, entre otros grupos. Como a Thoreau, lo que le interesa a Hudson es la naturaleza como universo incontaminado, dejando fuera a quien a ella pertenece, los indígenas, pues no es que formen parte de esa naturaleza, es que son naturaleza que no puede evolucionar. Pero, contradictoriamente, en la escala evolutiva de lo otro, respecto a lo que se construye la identidad de lo propio, los elementos más alejados y privados de otros modelos de evolución y desarrollo, los abandonados a su suerte, están condenados a la desaparición. Es exactamente lo que sucede en estos años en los que transcurre la visita de Hudson a la Patagonia, pues de aquí hasta el momento en que se crea el gobierno de la región patagónica hasta Cabo de Hornos, hecho que sucede  en 1878, son literalmente exterminadas todas las poblaciones originarias. Nada de esto se menciona en estas páginas. Desde antes de su  visita a la publicación del libro la población india fue erradicada y los territorios patagónicos se repartieron entre los criollos ya asentados y los colonos europeos que respondían masivamente a los anuncios que ofertaban sus tierras como paraísos de promisión. De hecho la aparición de Días de ocio en la Patagonia bien pudo servir a este fin. Mientras él regresaba a lo que siempre consideró su lejano hogar, Inglaterra, otros hacían el viaje a la inversa en busca de fortuna, a veces tan esquiva.  

 

Casi al mismo tiempo que Hudson terminaba de escribir estas palabras, Don Roberto trataba de buscar fortuna como estanciero en las pampas argentinas. Con los años, y ambos ya de vuelta en Londres, el uno transfería ese vigor aventurero a la política, el otro al naturalismo y ambos a la escritura. Con Robert Cunnighame Graham compartía la pasión por la aventura argentina, el genius loci de un mundo dejado atrás, pero sobre el que se mantenía el andamiaje de una pasión volcada ahora en la escritura. La relación entre ambos fue estrecha y los dos amigos mantuvieron una amigable camaradería que, cosas del destino, les habría de unir aún después de muertos, pues Don Roberto, como fue bautizado en Argentina, murió en su habitación del Hotel Plaza de Buenos Aires en 1936 de una neumonía que le tenía postrado en cama tras una visita al lugar donde nació su amigo Guillermo Enrique Hudson, el lugar donde estuvo el pequeño rancho Los veinticinco ombúes, cerca de Quilmes, al sur de la capital.

 

No es extenso el vínculo literario inglés con el cono sur, pero tampoco han faltado excelentes relatos de viaje, entre ellos las crónicas inteligentes de Christopher Isherwood a finales de los años cuarenta del siglo XX en las que asoma  el clima violento que se decantará en las dictaduras militares de las siguientes décadas. Casi tres décadas después otro inglés, Bruce Chatwin, recorre la Patagonia y también es casualidad que el viaje lo comience en el que entonces era el mejor museo de historia natural de América del Sur, el de La Plata, y allí entre huesos de dinosaurio, gliptodontes y armadillos gigantes, Chatwin se detiene ante la sección de aves disecadas de La Plata, presidida por la mirada circunspecta que proyecta el retrato de W. H. Hudson.

 

Tiene lógica que sea desde Inglaterra desde donde en este comienzo de nuevo siglo se vuelva cada vez con más ímpetu a una escritura que tiene como protagonista y sujeto a la naturaleza; una escritura compleja, pobre en acción, pero rica en significado simbólico. Una escritura que intenta resucitar una suerte de encantamiento poético ante los alarmantes síntomas de su destrucción y que vuelve de nuevo a acompasar la  mirada al ritmo de los sucesos del campo. Para algunos esta tendencia está revitalizando un género, el de los nature writters de hondo calado en la historia de la cultura anglosajona, tan amante y tan vinculada a los hechos de la naturaleza, hasta el punto de que  algunos consideran su auge como una literatura de consolación. La recuperación de escritores como William Henry Hudson, y de manera notoria la de Henry David Thoreau, muestra esa misma inquietud a la que da respuesta una literatura que contempla desde dentro, como parte sustancial de la misma, la experiencia de inmersión en un espacio de lo natural, que es siempre un espacio mítico desde el que recomponer su humanidad. “Deja en nuestro espíritu saturado de civilización y maquinismo –como nos recuerda uno de los más tempranos seguidores hudsonianos, Fernando Pozzo–, una infinita sensación de dulzura, una alegre visión de la vida”.

 

 

 

 

Este texto es un fragmento de la introducción a Días de ocio en la Patagonia, de William H. Hudson, que acaba de publicar La Línea del Horizonte Ediciones.

 

 

 

 

Pilar Rubio Remiro es editora, exlibrera y crítica literaria. Sus temas de especialización son el viaje y sus culturas y la literatura contemporánea de viajes. Fundadora de La Línea del Horizonte Factory, editorial, revista digital y aula de gestión cultural, es también directora del Festival el Viaje y sus Culturas. En FronteraD ha publicado Messiaen y los pájaros. En Twitter: @viajaresleer 

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