Fotógrafo de prepagos

Texto y fotos: Andrés Delgado - 21-03-2013

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El fotógrafo cierra un ojo y gira en horizontales y verticales una enorme cámara que parece el motor de una licuadora Oster. Las chicas en tanga se revuelcan en un sofá al ritmo de un reguetón, ignorándonos con descaro. Grisales, el cámara, graba un vídeo, donde según los cánones del género caben los chispazos del flash. Mientras todos hacen lo suyo sigo recostado sobre una pared de madera intentando algunas frases en la libretica: Un despecho produce falta de atención, es como estar y no estar a la vez, distraído, fastidiado, mala leche. Lo mejor sería salir a tomar aire. El viento frío de Santa Elena me pega en la cara. 4:30 de la tarde y el cielo está limpio. Recuerdo una frase de Beigbeder: “Borrar constituye un duro trabajo. Habrá que vivir muchos momentos hermosos para reemplazar los anteriores”. Este podría ser un ser un gran momento, uno que ayude a reemplazar los anteriores. Pero, lastimosamente, no lo es.

 

Alejandro Carmona es el fotógrafo de Sexy Dolls Colombia, la web de prepagos o mejor: de scorts, que me invitó a una sesión de la que sacará material para la página. Las chicas se pagan las fotos del portal. Cinco fotos profesionales cuestan 100.000 (42,7 euros), pero Carmona solo cobra 60.000 (25,6 euros) o 110.000 (46,9 euros) con vídeo. “Me han ofrecido pago en especie –me dijo en la entrevista–, pero nunca he aceptado”. Me mira y ambos sabemos que es una completa mentira.

 

El negocio tiene la siguiente mecánica: el cliente navega y se antoja por las fotos. Llama por celular y hace su pedido como si fuera cualquier producto, y deja la dirección. Una vez llega la pelada, debe pagar por adelantado. El servicio más convencional dura noventa minutos. “Somos intermediarios entre cliente y scorts –dijo–. Como somos un canal de representación no nos hacemos responsables de lo que pueda suceder entre dos adultos”. Entiendo perfectamente: además de fotógrafo, Carmona es un proxeneta.

 

Los servicios de Sexy Dolls van desde acompañante a fiestas swinger, salidas para fincas y cabalgatas. Eventos empresariales, imagen de producto y strippers para despedidas de solteros o solteras. Es indispensable que tanto usuarios como modelos sean mayores de 18 años. Los servicios van desde 200.000 (85,4 euros) hasta dos millones de pesos (853,6 euros).

 

Desde el corredor de la cabaña vuelvo donde las chicas. Esa música sigue sonando. Tengo al frente unas morenas con severas curvas y traseros, el sueño de todo hombre, y sin embargo no me gustan. Me siento rígido como un pedazo de hierro bajo la lluvia. Ojalá todo esto acabe rápido, tome las notas que necesito, pueda largarme y no tener que soportar otra conversación con nadie. Por ahora tienes miedo. Sientes el dolorcito permanente en el vientre. El síntoma de la ansiedad y la angustia. Encuentro en el bolsillo las gotas que me recetó la mamá. Se llaman Pased: con avena sativa, valeriana, pasiflora y opio, producidas por el Laboratorio Alemán. Así que con la mejor intención de estabilizarme, voy al baño y me doy un Pased.

 

Los activos de la empresa son la página web, tres líneas telefónicas, un BlackBerry y un Iphone. De resto es logística y cobro en efectivo. “¿Y pago de impuestos?”, pregunto, y Carmona me mira con cara de “no seas pendejo”. En el portal hay 40 mujeres y 7 hombres. Próximamente se incluirá un catálogo de transexuales. La escasa oferta de hombres es absorbida por dos o tres mujeres adultas. Muy adultas. Y necesitadas… Por eso Édison, el pelado que atendía solo personal femenino, solicitó que modificaran su perfil. Ahora es bisexual y por fin se compró la pinta que hace rato venía aplazando: Adidas y bluyín Diesel.

 

A Carmona no le gusta que le diga proxeneta, como hace rato le vengo diciendo. “Persona que obtiene beneficios de la prostitución de otra persona”. Dice que su profesión se denomina pimper. Ahora entiendo la canción de Bob Marley, Pimper's paradise. Según Carmona, su negocio concreta entre 20 y 25 servicios por semana. Si en promedio son 300.000 (128 euros) por servicio, las ventas semanales van por el orden de 7.5 millones (3.201 euros), es decir 30 millones al mes (12.804 euros). El pimper se lleva entre el 20 % y el 30 %. ¿Eso es más o menos cuánta plata? Haga cuentas usted. Yo solo tengo cabeza para zamparme otro ron. Ahora suena Wish you were here y de nuevo estoy jodido.

 

Parece que el negocio de Carmona va muy bien, a menos que esté chicaneando, como seguro lo hace. No me importa, como tampoco me importa que tenga un reloj Tissot y un impecable pedicure de guía, de guía espiritual católico y pedofílico. Cuando me habla del margen de utilidad en mi frente aparece un letrero fluorescente: “casposo”. Carmona lo lee, se altera y me invita a ver las cifras de entrada a la página. Por semana hay 900 entradas desde Medellín, 400 desde Bogotá y 79 desde Cali. Según me dice, en Medellín hay unas veinte páginas de scorts. Si cada una de ellas tiene al menos cuarenta nenas, eso quiere decir que Medellín tiene unas ochocientas peladas que trabajan en esta categoría. Es un cálculo que hago a la carrera para acabar y cobrar esta crónica lo antes posible. En una de las pestañas del portal veo que cuenta con un formulario de inscripciones: “Envíanos tus 5 mejores fotografías –dice–, ganarás mucho dinero”.

 

Lo terrible de una tusa es que no te puedes concentrar en nada. Escribo: Tienes que inventarte otra rutina. Intentar otras felicidades. Otros motivos, otros sueños. Aceptar el fracaso. Decirle a los amigos: Estoy bien, fue lo mejor. Mentiroso. La verdad es que estás tatuado a fuego. Otra de Beigbeder: “El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir”.

 

Guillermo dice: “Lo malo es que retocan las fotos”. Me dice que quitan estrías, celulitis y tatuajes. No se ven cicatrices, ni lunares, pecas y todas las peladas tienen cintura y piernas de reina. “Si estoy pagando es para comer bien rico –dice–, para hacer realidad mis sueños”. Copio en la libretica tal cual su ridiculez. La realidad y los sueños son los dos polos más crueles y disímiles. Y sigue hablando: “Uno quiere estar con la nena que vio por internet, pero llega un gürre de la calle… el fotoshop es lo peor”, concluye con la crueldad de todo putañero. Todo esto es una mierda.

 

En la sala de la cabaña suena un celular. Una de las chicas salta del sofá asustada y corre a buscar el aparato. Es su novio. El cámara reacciona y deja de grabar. Lo mismo Carmona, y todos corren a bajarle el volumen al reguetón. La pelada habla con una ternura creíble. Afirma, se muerde los labios, nos mira, nos pica el ojo y se ríe. Lo despacha en medio minuto, se despide con un “te amo”, cuelga, se ríe y vuelve a enredar las piernas con su amiga.

 

Ahora van en serio y están más agitadas. Parece que la llamadita del novio las ha calentado. Grisales está abatido. Su cordura queda noqueada y ahora es un mono salvaje aullando entre las ramas de un yarumo. Deja de grabar y queda pasmado, mirando con sufrimiento cómo una chica baja por el ombligo y mete su rostro en la boca de la orquídea, haciéndose una corona de piernas, y no lo invitan. En adelante, Grisales tendrá que reconocer que no es un profesional.

 

Se ha dicho que los hombres deberíamos ver más porno lésbico para aprender la furia y la delicadeza. Tienen razón. Presenciamos los actos de un ser mitológico con dos cabezas en mitad de cuatro piernas que se agitan. Si no lo detengo, el monstruo devorará lo que queda de las chicas. Dame luz, dame movimiento, dame pasión. Aprovechan para tener sus mejores perfiles. El flash pega sobre las pieles. Dame giros, piernas, dame más visitas de clientes en la web. Flash. Flash y Carmona tampoco se contiene, pero al menos avisa: ¡Hey, ya! Paren –dice y resopla–. ¡Así no seguimos! Tuerce el cuello intentando bajar la tensión. Las nenas se ríen pero hacen caso. Las dos trepan sus calzones por los muslos y van al baño a lavarse los dedos.

 

Lo mejor es ir por otro ron. Este no es un buen momento para palear el olvido. Estoy aburrido como un hielo. Así estaré hasta que a fuerza de aguante y compañías forzadas descubra que ha pasado más de medio día sin pensar en ella. El resto sigue en lo suyo, pero yo ya tengo suficiente. Empaco, me despido y camino un rato por la carretera hasta salir a la vía Las Palmas. Va otro ron a pico de botella. No quiero llamarla, ni decirle que inventemos otra manera de estar juntos. Una negativa me dejaría abatido. “Para ser feliz hay que haber sido infeliz. El amor solo dura si ambos saben lo que cuesta”.

 

 

 

Andrés Delgado es ingeniero de producción que antes fue operario, panadero, soldado, guitarrista del grupo de punk Abismo y periodista. Sus crónicas han sido publicadas en revistas digitales como la colombiana Revista Cronopio, la argentina el puercoespín o la mexicana Replicante. Edita el blog MOLESKINE ® 32. En FronteraD ha publicado Mitos de motelMatadero y beneficioCasa de masajes y Soldadito de plomo

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