Fragmento de la portada de "El impostor" de Javier Cercas, en edición de Literatura Random House

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    Javier Cercas y ‘El impostor’, o el triunfo del kitsch

    Sebastiaan Faber - 12-02-2015

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    “Lo primero que hay que hacer al leer una novela es desconfiar del narrador”

    Javier Cercas, El impostor

     

     

    La “novela sin ficción”, cuya patente española tiene pendiente Javier Cercas, es como la cerveza sin alcohol: un producto algo aguado, cuyo empalago apenas sirve para esconder su naturaleza puritana. ¿Cómo se fabrica un brebaje así? En vista de los dos ejemplos del género producidos hasta la fecha, Anatomía de un instante (2009) –una reconstrucción del golpe militar fallido del 23-F– y El impostor (2014) –una reconstrucción de la vida de Enric Marco, que mintió durante varias décadas sobre su paso por un campo de concentración nazi hasta que fue desenmascarado en 2005– la receta de Cercas tiene unos cuatro ingredientes básicos.

     

    En primer lugar, cuenta con un narrador plenamente identificado con el autor que emprende una investigación con el objetivo de descubrir una verdad histórica escondida. Aparte de su condición de novelista, el narrador no tiene preparación profesional particular para esa tarea; no es historiador ni periodista (aunque se comporta más como periodista que como historiador). Lo que le mueve es una fascinación personal con el episodio en cuestión y la intuición de que el descubrimiento de la verdad representa un interés más general (quizás nacional). Es tal el atractivo de la historia, tal su calidad dramática o literaria, y tal el interés de darla a conocer –se nos asegura– que el novelista, en un acto de autocontención, se resigna a prescindir de su derecho habitual de invención o embellecimiento y se limita a contar la verdad y nada más que la verdad.

     

    El segundo ingrediente de la novela sin ficción de Cercas es su dimensión autorreferencial. El narrador-autor insiste en referirse sin cesar al texto que tenemos entre manos. A esta autoconciencia continua le acompaña un tercer ingrediente importante: una dosis generosa de autobiografía. Al mismo tiempo que nos reconstruye una verdad histórica, el narrador-autor reconstruye el propio proceso de esa reconstrucción, lo que significa que nos reconstruye un segmento de su propia vida. En términos afectivos, la dimensión autobiográfica funciona como contrapunto. Si el relato de la verdad descubierta rezuma dramatismo y cierta autoconfianza heroica de parte del narrador –no duda de que hay una verdad que descubrir, de su propia capacidad de descubrirla, ni de la importancia de su proyecto– los pasajes autobiográficos están escritos en clave anti-heroica y confesional, con momentos directamente bufos. El narrador-autor nos revela que detrás de la imagen pública del autor de éxito se esconde un pobre hombre, con sus dudas y debilidades (le gustan las películas de Bruce Willis), sus intentos y fracasos (proyectos malogrados, manuscritos desechados), y con un complejo de inseguridad casi patológico. (Cuenta que en 2009, después de publicarse Anatomía, “combatía a duras penas la angustia y los ataques de pánico, me acostaba llorando, me despertaba llorando y me pasaba el día escondiéndome de la gente, para poder llorar”).

     

    El ingrediente básico final de la novela sin ficción a lo Cercas es un cuarto de kilo de ensayismo sentencioso y predicador con aderezo filosófico (denominación de origen: la página de opinión de El País). A medida que nos reconstruye la verdad histórica que va descubriendo, y el proceso de ese descubrimiento, el narrador-autor siente unas ganas irreprimibles de opinar y filosofar sobre el significado de esa verdad revelada y sobre los factores que puedan haber motivado los intentos por encubrirla, afán que le lleva a pronunciar diagnósticos y juicios morales de amplio alcance sobre España y los españoles durante y después de la dictadura franquista, además de pequeños bocados de sabiduría casera que, a modo de leitmotive, flotan por el texto como albóndigas en una sopa: “La realidad mata, la ficción salva”; “el énfasis en la verdad delata al mentiroso”; “el pasado no pasa nunca, ni siquiera –lo dijo Faulkner– es pasado; el pasado es solo una dimensión del presente”; “el deber del arte (o del pensamiento) consiste en mostrarnos la complejidad de la existencia, a fin de volvernos más complejos, en analizar cómo funciona el mal, para poder evitarlo, e incluso el bien, quizá para poder aprenderlo”.

     

    El novelista sin ficción es un traficante de verdades. Pero bien mirado son varios los tipos de verdad los que Cercas nos pretende vender. Cabe distinguir al menos tres, que corresponden más o menos a tres de los cuatro ingredientes que acabo de enumerar: una verdad autobiográfica, una verdad histórica y una verdad ensayística. Para cada tipo de verdad, el autor se arroga un tipo de autoridad diferente: digamos que en el contrato que establece Cercas con el lector cada tipo de verdad tiene su propia cláusula. Así, la verdad autobiográfica se fundamenta sobre una autoridad moral: los lectores confiamos en que el narrador no nos mienta sobre lo que vive y siente. La verdad histórica se fundamenta sobre una autoridad epistemológica: confiamos en las destrezas, el rigor y la honestidad del narrador como investigador del pasado: que haya sabido localizar la documentación adecuada; que haya hecho las pesquisas pertinentes; que no haya falsificado o escondido pruebas, incluso si éstas contradicen sus propias hipótesis. La verdad ensayística, finalmente, se fundamenta sobre una autoridad filosófica y ética: el narrador nos pide que confiemos en su capacidad de pensar, de razonar e interpretar, y por tanto de juzgar.

     

    Ahora bien, un problema fundamental de la novela sin ficción de Cercas es la falta de equilibrio entre estas tres autoridades. La autoridad más sólida en El impostor (como también en Anatomía) es sin duda la segunda, la epistemológica. La reconstrucción de la biografía de Marco está muy bien lograda; Cercas desentierra gran parte de una vida desconocida hasta la fecha y la cuenta con gracia, economía y empatía dignas de admiración. La autoridad autobiográfica resulta un poco más dudosa. La aparente honestidad del narrador –es decir, su falta de inhibición a la hora de revelarnos sus dudas más íntimas– parece forzada y coqueta, y el personaje que surge de sus confesiones tiene un no sé qué de caricatura. Hacia el final del libro, cuando Cercas abre el grifo confesional de lleno en un diálogo inventado con Marco, cuyo impulso auto-acusatorio recuerda La Nochebuena, de Larra, y Niebla, de Unamuno, es difícil no sentir un punto de vergüenza ajena: “Le da pánico que descubran que es usted un mentiroso y un farsante” –afirma el marioneta Marco movido por el propio Cercas– “…y por eso se esfuerza de una manera sobrehumana para que todos crean que es usted lo que no es, o sea un buen escritor y un buen ciudadano y una persona decente y toda esa porquería tan prestigiosa…: cada mañana levantándose casi de madrugada y escribiendo durante todo el día para mantener la impostura, para que no le pillen…”.

     

    La autoridad más débil de las tres sin duda es la filosófica-ética. Haciendo caso omiso de las albóndigas de sabiduría casera ya mencionadas, las verdades ensayísticas con aspiración de trascendencia llegan a una media docena, entre interpretaciones del personaje de Marco e interpretaciones de la historia reciente española. Son casi todas debatibles.

     

    Las verdades tocantes a Marco pueden resumirse en dos. La mejor forma de comprender a Enric Marco –afirma Cercas– es como un Alonso Quijano contemporáneo: “para entender a Marco hay que entender que, en cierto modo, no fingía que era un deportado; o que al menos no lo fingió a partir de determinado momento: a partir de determinado momento, Marco pasó a ser un deportado, igual que, a partir de determinado momento, Alonso Quijano pasó a ser don Quijote”. Ambos, afirma Cercas, “son dos grandes mentirosos” que “no se conformaron con la grisura de su vida real y se inventaron y vivieron una heroica vida ficticia”; “como Marco, don Quijote es un mediópata, un adicto a salir en la foto”. “Lo que define a don Quijote, igual que lo que define a Marco, no es que confunda la realidad con los sueños, la ficción con la realidad o la mentira con la verdad, sino que quiere hacer realidad sus sueños, convertir la mentira en verdad y en realidad la ficción”. En fin: “Don Quijote y Marco no son dos novelistas frustrados: son dos novelistas de sí mismos…”.

     

    La segunda verdad tocante a Enric Marco es que, a pesar de su autoimagen heroica, Marco no es un hombre extraordinario, en sentido negativo ni positivo. Es todo lo opuesto: un hombre que siempre ha estado con la mayoría de los españoles y cuya vida además representa las vidas de los españoles de su generación. Marco, al terminar la Guerra Civil, no participó en la resistencia antifranquista; simplemente intentó sobrevivir lo mejor que pudo. Pero eso es lo que precisamente le convierte en representante del país: “Marco es un símbolo de este momento de la historia de su país; pero no es verdad que sea un símbolo de la decencia y el honor excepcionales de la derrota, sino de su indecencia y su deshonor comunes”. De modo similar, si después de la muerte del dictador Marco mintió sobre su biografía, así lo hizo la mayoría de los españoles en los años de la Transición: “Marco se inventó un pasado (o lo adornó o lo maquilló) en un momento en que alrededor de él, en España, casi todo el mundo estaba adornando o maquillando su pasado, o inventándoselo; Marco reinventó su vida en un momento en que el país entero estaba reinventándose”; “al menos durante aquellos años, las mentiras de Marco sobre su pasado no fueron la excepción sino la norma…”. Y si nadie, hasta hace poco, se empeñó en someter la biografía heroica de Marco a escrutinio, fue porque “nadie estaba muy interesado en hacer averiguaciones sobre el pasado de nadie porque todo el mundo tenía cosas que ocultar…”: “En la historia de Enric todo el mundo queda como el culo, empezando por el propio Enric, siguiendo por los periodistas y los historiadores y acabando por los políticos; en fin: el país al completo”. Eso sí, bien mirado los españoles de la democracia no son mejores ni peores que la mayoría de los seres humanos. Al fin y al cabo, ¿quién en verdad se atreve a ser honesto sobre nada? En última instancia, afirma el narrador, “Marco es lo que todos los hombres somos, solo que de una forma exagerada, más grande, más intensa y más visible…”.

     

    Hasta aquí las dos verdades sobre la figura de Marco. Lo que más le interesa a Cercas como intelectual público, sin embargo, es lo que la historia de Marco revela sobre la historia de España. Aquí las verdades se entretejen para conformar una historia moral de tres décadas y media de democracia española.

     

    En primer lugar, afirma Cercas que los embustes de Marco, y los complejos psicológicos que los motivaron, cabe verlos como emblemáticos de la Transición. “Ésa es la realidad” –sentencia–: “al menos durante los años del cambio de la dictadura a la democracia, España fue un país tan narcisista como Marco; también es cierto, por tanto, que la democracia se construyó en España sobre una mentira, sobre una gran mentira colectiva o sobre una larga serie de pequeñas mentiras individuales”.

     

    En segundo lugar, mantiene que los que critican que la Transición estuviera basada en un “pacto del olvido” están equivocados. Aquí invoca el conocido argumento de Santos Juliá, que presenta el aluvión de textos sobre la República y la guerra de los años setenta y ochenta como prueba de que olvido o silencio como tales no hubo. Dice Cercas:

     

    “el gran mito del silencio de la Transición es solo eso: un mito; es decir: una mezcla de mentiras y verdades; es decir: una mentira. Si acaso, el silencio llegó más tarde, ya en los años ochenta, cuando a la derecha que procedía del franquismo y estaba en la oposición seguía sin interesarle hablar del pasado, porque solo tenía cosas que perder haciéndolo, y a la izquierda socialista que estaba en el poder dejó de interesarle hacerlo, porque haciéndolo no tenía nada que ganar”.

     

    Como bien sabe Cercas, el problema no era que no se hablara del pasado sino que la Transición institucionalizó la impunidad. Lo dice él mismo: “Además de ser un cliché, el pacto de olvido es otro eufemismo, una manera de nombrar sin nombrar una de las principales carencias de la Transición, y es el hecho de que no se investigara públicamente y a fondo el pasado cercano ni se persiguieran los crímenes de la dictadura ni se resarciera por completo a sus víctimas”. La continuación de esa impunidad después del triunfo electoral del PSOE en 1982 –lo que aquí presenta como una solución cómoda para las élites políticas de derecha e izquierda– tuvo para Cercas su correlato preciso en la población, cuyo sentir resume en una sola oración, echando mano de un generoso nosotros nacional-popular:

     

    “En cuanto a los demás, estábamos demasiado pendientes de disfrutar de nuestra limpia modernidad flamante de europeos ricos y civilizados como para ocuparnos de nuestra sucia historia inmediata de españoles harapientos y fratricidas. Ésa es la realidad: que nos habíamos saturado de pasado. Eso es lo que pasó: que la moda del pasado pasó”.

     

    Ahora bien, dado que “el pasado no pasa nunca, no puede pasar porque ni siquiera –lo dijo Faulkner– es pasado”, era inevitable que el interés por la Guerra Civil y la dictadura acabara por renacer. Relata Cercas:

     

    “En la segunda mitad de los años noventa, mientras en Europa germinaba la obsesión o el culto de la memoria, en España la derecha ganó las elecciones y la izquierda descubrió que podía usar contra ella el pasado de la guerra y el franquismo, del que la derecha continuaba siendo heredera y con el que nunca había roto del todo. Otro hecho ocurría, además, por la misma época. El hecho es que estaba madurando una nueva generación de españoles que, tal vez porque hasta entonces apenas había tenido un pasado personal o apenas había sido consciente de él, nunca se había interesado por el pasado colectivo, o no en exceso, y que en aquel momento empezó a hacerlo. Era la generación de los nietos de la guerra: la de quienes no teníamos experiencia personal de la guerra y apenas del franquismo pero de golpe descubrimos que el pasado es el presente o una dimensión del presente. La confluencia de ambos factores alteró por completo las cosas”.

     

    Aquí el nosotros que invoca Cercas es más específico, ya que incluye solo a su propia generación. Por otra parte vale la pena subrayar los factores que, según Cercas, motivaron el renovado interés en el pasado violento español: el contexto europeo (“en Europa germinaba la obsesión o el culto de la memoria”), el oportunismo de parte de la clase política española (la izquierda “descubrió que podía usar” el pasado contra la derecha), y varios factores demográficos y psicológicos entre el resto de la población.

     

    Pues bien, para Cercas el movimiento por la recuperación de la memoria histórica que nació alrededor del año 2000 –y cuyas demandas le parecen, en principio, justas– generó cuatro problemas fundamentales: un problema conceptual, un problema ético, un problema político y un problema estético. Primero, afirma, el concepto de la memoria histórica es un oxímoron absurdo: “La memoria y la historia son, en principio, opuestas: la memoria es individual, parcial y subjetiva; en cambio, la historia es colectiva y aspira a ser total y objetiva”. Segundo, el movimiento de la memoria acabó por generar dos fenómenos lamentables desde un punto de vista ético: una “industria” motivada por la codicia (de dinero, de atención) y una marginalización de la “historia” –los relatos del pasado sancionados por profesionales universitarios– por un movimiento de “memoria”. Éste, además, se sabía en posesión de un arma secreta: “el chantaje del testigo”. El problema político que generó el movimiento, dice Cercas, es que presionó al Estado a intervenir donde no debe. A propósito de la Ley de Memoria Histórica de 2007 escribe, citando un artículo suyo de El País: “a mí no me hace ninguna gracia que el Estado se ponga a legislar sobre la historia, no digamos sobre la memoria –como no me haría ninguna gracia que se pusiera a legislar sobre la literatura–, porque la historia deben hacerla los historiadores, no los políticos, y la memoria la hace cada uno, y porque una ley de este tipo recuerda embarazosamente los métodos de los estados totalitarios…”.

     

    Pero el problema tal vez mayor para Cercas –literato al fin y al cabo– es de carácter estético. La industria de la memoria, afirma, produjo un relato falsificado del pasado, un relato inauténtico, que para Cercas no tiene mejor descriptor que el término alemán kitsch:

     

    “¿Qué es el kitsch? De entrada, una idea del arte que supone una falsificación del arte auténtico, o como mínimo su devaluación efectista; pero también es la negación de todo aquello que en la existencia humana resulta inaceptable, oculto detrás de una fachada de sentimentalismo, belleza fraudulenta y virtud postiza”.

     

    Según Cercas, el movimiento de la memoria, alentada por la industria mediática, produjo una forma de “kitsch histórico”, “una historia que en realidad es una falsa historia”, del que Enric Marco sería un ejemplo puro. ¿Cuál es el problema fundamental del kitsch? Aquí invoca Cercas un argumento puritano que nos devuelve hacia el terreno de la ética. El problema del kitsch es que fomenta la pereza: “regala a quien lo consume la ilusión de estar gozando del arte auténtico sin pedirle a cambio ninguno de los esfuerzos que ese goce exige ni obligarle a que se exponga a ninguna de las aventuras intelectuales y los riesgos morales que entraña”. Del mismo modo, el kitsch histórico “regala a quien lo consume la ilusión de conocer la historia real ahorrándole esfuerzos, pero sobre todo ahorrándole las ironías y contradicciones y desasosiegos y vergüenzas y espantos y náuseas y vértigos y decepciones que ese conocimiento depara”. Lo que le condena a Marco, en otras palabras, no son sus mentiras sino la mala calidad literaria de sus mentiras: “A diferencia de los grandes novelistas, que a cambio de una mentira factual entregan una profunda y perturbadora y elusiva e insustituible verdad moral y universal, Marco entrega apenas un relato edulcorado, falaz y desbordante de sentimentalismo…”.

     

    Hasta aquí los elementos principales de la historia moral de más de tres décadas de democracia española según Cercas. Como historia moral es debatible y tendenciosa. Pero es ante todo perezosa. Si su reconstrucción de la biografía de Marco –la verdad histórica– cabe considerarse lograda, es porque es fruto de un esfuerzo considerable de investigación, reflexión y comprensión. Son tres elementos que brillan por su ausencia en lo que respecta a sus interpretaciones de la historia político-social española desde 1978.

     

    Toda la reflexión sobre la distinción entre memoria e historia, por ejemplo, se fundamenta en un artículo de opinión del propio Cercas (publicado en El País), inspirado a su vez en un ensayo que entonces acababa de publicar Santos Juliá en Claves de razón práctica. El problema no es tanto que Cercas haga un generoso corte y pega de su propio artículo, o que éste se inspire en Juliá, cuyas ideas sobre estos asuntos se caracterizan por su especial inmovilidad. El problema es que Cercas se limite a ello, haciendo caso omiso de los muchos y enconados debates entre historiadores, sociólogos y politólogos españoles y extranjeros sobre el tema, debates que han generado docenas de reflexiones no solo más sugerentes sino bastante más matizadas y rigurosas que las de Juliá. Desde luego no se trata de exigirle al novelista que se convierta en erudito universitario, sino solo que, puestos a opinar, adopte un mínimo de responsabilidad intelectual. A Cercas le habría bastado incluir la perspectiva de su compatriota Ricard Vinyes, que, en su libro Estado y memoria, aborda la famosa cuestión terminológica de este modo:

     

    “El silencio no era olvido. Era más bien un imperativo de privacidad inducida… ¿Alguien prohibió algo? ¿Alguien prohibió hablar, contar o reprochar cualquier cosa del pasado reciente de dictadura, guerra y República? ¡Claro que no! Simplemente se estableció un sentido común público que situaba en la marginalidad y la inconveniencia los relatos de las memorias quitándoles cualquier valor o encerrándolas en círculos de nostalgia. Al mismo tiempo, toda competencia para hablar de los conflictos pasados era remitida a la autoridad de la historia profesional que, a lo largo de los años ochenta y noventa, fue haciendo bien su trabajo. Pero la historia erudita no sirve para crear memoria social; ésa es una premisa de Halbwachs de la que prescinden no pocos profesionales, y tal vez por ello la historiografía española sigue ensimismada en llenar páginas para explicar que historia y memoria no es lo mismo, y alertar, con ademanes serios y rostros graves, del inmenso peligro entraña la confusión. Además de estéril, eso es simplemente muy aburrido porque es una obviedad que ni siquiera permite debates sensatos, solo retóricas circulares. Pero ha sido la consecuencia práctica de un actuar y decir de los poderes públicos y sus alrededores: ‘Memoria no, historia sí’. Algo parecido a una renovada consigna ilustrada: ‘Superstición no, verdad sí’. Pero considerar que la historia es una construcción universal de verdad verificada es tan ingenuo y bárbaro como cualquier otra superstición, puesto que la construcción de la verdad Histórica no solo es una verdad verificada, sino también verificable; ése es el detalle, el límite y la garantía de su verdad y grandeza que no es bueno menoscabar”. (página 17)

     

    La dinámica de la Transición, arguye Vinyes, hizo que se privatizara la memoria, cuando en realidad el Estado debería haberse ocupado de crear las condiciones para que la memoria de la represión franquista y su lucha contra ella fuera pública. (Por cierto, esta tendencia privatizadora la refuerza Cercas en su crítica a la Ley de 2007: “la historia deben hacerla los historiadores, no los políticos, y la memoria la hace cada uno”).

     

    Una pereza intelectual parecida envicia su reflexión sobre “la industria de la memoria” y “el chantaje del testigo”. Aquí de nuevo Cercas se limita a cortar y pegar un artículo de opinión suyo, no para señalar cómo la redacción de El impostor le ha permitido matizar las intuiciones formuladas en un texto de ocasión escrito hace varios años, sino más bien para confirmarlas tal cual. De ahí que su reflexión sobre el papel de los medios de comunicación y su tratamiento de la figura del testigo resulte más bien superficial. El “chantaje del testigo”, para Cercas, se produce cuando se da más peso al testimonio personal que al juicio de un historiador. (“[C]ada vez que, en una discusión sobre historia reciente, se produce una discrepancia entre la versión del historiador y la versión del testigo” –se autocita de El País– “algún testigo esgrime el argumento imbatible: ‘¿Y usted qué sabe de aquello, si no estaba allí?’”). Para Cercas, se produjo una simbiosis nefasta entre este chantaje y la sed de lucro de los medios: “cuando, más que la memoria, triunfaba en España la industria de la memoria, la gente estaba deseando escuchar las mentiras que el campeón de la memoria tenía que contar”.

     

    No es falso lo que afirma Cercas. Lo que sorprende es su indignación. Qué duda cabe que el interés por el pasado, y la fascinación con la figura de la víctima, han acabado por prestarle un estatus público nuevo al testimonio del sufrimiento. (Pero seamos realistas: por más prestigio que cobrara el testigo, no se acercaba de lejos al poder institucional de los historiadores profesionales). También es lógico que la movilización social y cívica en torno a las fosas, los campos de concentración y la represión franquista tuviera un reflejo en la cobertura mediática de esos temas, y que, por tanto, los agentes y productores culturales (periodistas, cineastas, novelistas) se sintieran atraídos por ellos. Lo sorprendente habría sido lo opuesto. Sobre todo si se toma en cuenta que, en España, se trataba de testimonios callados durante décadas –y testimonios que, en efecto, disputaban el monopolio sobre el relato del pasado de los historiadores académicos–.

     

    Aquí, de nuevo, a Cercas le podrían haber resultado iluminadoras las reflexiones que ofrece Vinyes sobre el tema de la víctima y del testigo o, atravesando el Atlántico, lo que escribe la escritora argentina Beatriz Sarlo al respecto en su libro Tiempo pasado. Según Vinyes, el problema de la víctima como objeto sacralizado de la compasión, un “sufriente sin causa”, es que impide una relación propiamente histórica o política con el pasado porque el sufrimiento acaba por suplantar el contexto histórico: “Más que una persona (una biografía, una historia), el sujeto víctima se convierte en un ente, una institución universal que genera un espacio de consenso [basado] en la piedad por el dolor sufrido” y “no en la causalidad histórica”, “evitando o apaciguando así los conflictos en los juegos de hegemonías políticas” (páginas 42-43). Sarlo, por su parte, explica que el respeto que merece el testimonio de la víctima-testigo en un contexto ético o judicial no tiene por qué impedir que, en un contexto de investigación histórica, ese testimonio se someta a una lectura crítica o contrastiva.

     

    Cercas, sin embargo, prefiere ver las cosas de forma más sencilla y fatalista. Para él, la excesiva mediatización de los temas planteados por el movimiento cívico en torno a las fosas y la represión ha bastado, primero, para deslegitimar sus reclamaciones (de justicia, de reparación) y, segundo, para que éstas vayan a tardar muchísimo más en satisfacerse, si es que algún día se pueden satisfacer. La industria de la memoria y los que se dejaron usar por ella simplemente lo estropearon todo. Cito con alguna extensión a Cercas:

     

    “Escribo a mediados de 2014, cuando en España ya pocos se acuerdan de la llamada memoria histórica y cuando ésta, o lo que queda de ésta, solo muy de vez en cuando aparece en los periódicos, la radio y la televisión. La moda del pasado pasó otra vez y, sobre todo a partir de la llegada de la crisis económica en 2009, el país dejó de ocuparse del pasado para ocuparse en exclusiva del presente, como si el pasado fuese un lujo que no se podía permitir. La llamada Ley de la Memoria Histórica se reveló muy pronto como lo que era: una ley insuficiente y fría con las víctimas, que parece menos concebida por la izquierda para solucionar el problema del pasado que para mantenerlo vivo durante mucho tiempo y, mientras tanto, poder usarlo contra la derecha. De todas maneras, en el fondo da un poco lo mismo, porque esa ley hace tiempo que no se aplica, según el actual gobierno de derecha porque no hay dinero para aplicarla, y muchas de las asociaciones que florecieron en la década anterior, enzarzadas por lo demás y desde muy pronto en discusiones bizantinas e incomprensibles peleas internas, han desaparecido o manotean en dique seco, sin fondos y quizá sin futuro, como le ocurre a la propia Amical [de Mauthausen, que presidió Marco]. El juez Garzón, por su parte, creyó que era posible hacer lo que se proponía hacer, pero se equivocaba: en febrero de 2012 fue condenado a once años de inhabilitación y expulsado de la judicatura, en teoría por su modo de rastrear una organización que financiaba de forma ilegal al partido en el gobierno y en la práctica por eso mismo, pero sobre todo por pretender investigar los crímenes del franquismo, por haberse ganado demasiados enemigos y demasiado poderosos y en definitiva por meter las narices donde no le llamaban. Mientras tanto, los cadáveres de los asesinados siguen en las fosas comunes y en las cunetas –la llamada Ley de la Memoria Histórica no asumía las exhumaciones sino que las subvencionaba, y las subvenciones se han acabado–, las víctimas no obtendrán una reparación total y este país nunca romperá del todo con su pasado ni lo asumirá del todo ni eliminará del todo la mentira que está en el origen o en el fundamento de todo, nunca se reconocerá o se conocerá a sí mismo como lo que fue, es decir como lo que es, los españoles no tendremos nuestra Vergangenheitsbewältigung. No, como mínimo, hasta que el pasado vuelva otra vez. Solo que cuando vuelva ya será demasiado tarde, al menos para las víctimas.

     

    Esto es lo que hay. La industria de la memoria resultó letal para la memoria, o para eso que llamábamos memoria y que era apenas un cobarde eufemismo. Fue tal vez la última oportunidad, y la perdimos”.

     

    “Esto es lo que hay”, sentencia Cercas. Lo más llamativo en este largo pasaje no es tanto la lógica narrativa que impone, sino el tono neutral, entre desinteresado y resignado, que emplea el autor. De repente le asalta cierta timidez a la hora de opinar. ¿Qué piensa? Dado que le parecieron justas las reclamaciones de los parientes de las víctimas, ¿le parece bien o mal que el gobierno actual no financie la exhumación de las muchas fosas comunes que quedan? ¿Le parece cierto que el juez Garzón se metió donde no debía? El interés por la justicia y el pasado, ¿de verdad es producto de un fenómeno histórico incontrolable? Y si es así, ¿es algo que se produce con una periodicidad implacable, como las estaciones o mareas, o más bien de forma impredecible, como los terremotos?

     

    Yo me atrevería a discrepar con Cercas en casi todo lo fundamental. A mí me parece que los grandes cambios que describe –el surgimiento de las demandas de justicia en torno a las fosas, las respuestas ante la crisis económica de 2009, así como la posibilidad de que en futuro próximo se exhuman las fosas o se repare a las víctimas– no obedecen a ningún fenómeno natural, coyuntural o demográfico. Dependen más bien de personas reales que cobren conciencia y se organicen. Es decir: dependen de la movilización de la sociedad civil. Es decir: de la democracia. Al atribuir el nacimiento del movimiento de la memoria a un fenómeno coyuntural y, en cambio, atribuir su hundimiento a los “abusos” de la “industria”, Cercas no solo exime de responsabilidad al Estado y a la clase política, sino que se niega a reconocer el mérito y el valor democrático de los ciudadanos de a pie que se asociaron a partir de 2000 para lograr un cambio político que les hiciera justicia. Y, lo que es más grave, pierde de vista lo que esos actos de asociación tuvieron de regeneración democrática.

     

     

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    Cercas no es ingenuo; sabe que su historia moral de la España democrática va a sentar mal en muchas partes. De hecho, en sus momentos confesionales la propia novela anticipa duras críticas. Es tanto más llamativo que sus aliados ya hayan salido en su defensa. En un divertido comentario en El País, su amigo Jordi Gracia despliega una operación de socorro anticipatoria. Aunque Cercas inventa géneros nuevos –afirma–, las intenciones de El impostor, como las de sus libros anteriores, van a quedar perfectamente claras para el lector común. El problema son los lectores expertos (esos intelectuales siempre tan pesados), que van a insistir en malinterpretarlo. (Dice Gracia, populista: “[L]a inmensa mayor parte de lectores normales no tiene ningún problema para entender las novelas anormales de Cercas mientras que demasiados lectores profesionales, o expertos, o hispanistas e investigadores, tienen serias dificultades y hasta agudas contrariedades para entender lo que la mayoría de lectores españoles y europeos entiende sin dificultad”). ¿Y qué es lo que entenderá el gran público? Por fortuna, Gracia nos lo anticipa: comprenderá que El impostor “no es tanto el desenmascaramiento de un embustero superdotado como la radiografía de una propensión humana que en España vivió un momento dorado sobre todo en la transición”.

     

    No creo que hagan falta estas defensas anticipadas ante posibles ataques de hispanistas duros de entendimiento. Aunque Cercas confiesa –coquetamente– tener miedo a las críticas y los críticos (“Siente pánico”, le dice Marco en el diálogo inventado, “le tiemblan las piernas ante la mera posibilidad de que digan: Ahí está otra vez Cercas; miren sus libros: primero defendió a un fascista; luego defendió a un asesino; luego defendió a otro fascista; luego defendió a un psicópata; y ahora defiende a un mentiroso, a un tipo que se burla de millones de muertos”), quiero pensar que le encantaría que El impostor suscitara discrepancias y sirviera, precisamente, para reavivar el debate sobre la justicia en relación al pasado dictatorial español –y así desmentir sus propias predicciones pesimistas–.

     

    Eso sí, Jordi Gracia tiene razón cuando afirma que la novela sin ficción de Cercas nos plantea un problema a los críticos profesionales. ¿Cómo la juzgamos? ¿Sobre la base de la verdad que pretende proferir o sobre la base de sus cualidades artísticas? De las verdades de este libro ya se ha dicho bastante; la cuestión estética nos lleva de regreso a la noción del kitsch.

     

    Se ve que a Cercas le gusta lo auténtico: los testigos auténticos, la historia auténtica, el arte auténtico: el que exige trabajo, conlleva riesgos y proporciona complejidad. En cambio, aborrece lo falso y artificial por seguro, fácil y perezoso. Hay un paralelo llamativo entre los dos binarismos centrales del edificio conceptual de Cercas: historia (verdadera) y memoria mediatizada (falsa), por un lado, y arte (verdadero) y kitsch (falso), por otro. (El propio autor lo propone como una analogía formal: “la industria de la memoria es a la historia auténtica lo que la industria del entretenimiento al auténtico arte”). En los dos casos, la pregunta que Cercas no se plantea directamente, pero que se le presenta al lector, es la siguiente: el propio texto de Cercas, ¿es historia o memoria? ¿Es arte o es kitsch?

     

    Dicen que el alcohol, tomado en moderación, es sano porque entrena al hígado a procesar cierto tipo de tóxicos. De modo similar, para los novelistas la ficción –que desdobla las voces y enajena al autor de sí mismo– funciona como un farmakon, un veneno que cura. La ficción es un mecanismo que les permite escaparse de sí mismos: sirve de antídoto contra sus peores tendencias ideológicas o estilísticas. No es casual que Mario Vargas Llosa, novelista brillante, sea insufrible como ensayista. Pues bien, si la “novela sin ficción” de Cercas tiene una tara constitutiva es esta: contiene demasiado Cercas. Al eliminar la ficción de la novela –al reducirse la distancia entre autor y narrador a cero– lo que podría ser dramático se hace melodramático; lo que podría ser emoción se hace patetismo; lo que podría ser ingenio se hace trampa; lo que podría ser opinión se hace prédica; y lo que podría ser literatura se hace kitsch.

     

     

     

     

    Sebastiaan Faber es catedrático de Estudios Hispánicos en Oberlin College, Estados Unidos En FronteraD ha publicado “Hemos sido corresponsables activos del deterioro del Estado”. Jordi Gracia o las ganas de peleaBiografía de un hombre masa: ¿Qué le debe España a José Ortega y Gasset?La rebelión de los pesimistas. ¿Cómo defender las humanidades? y Elogio del olvido.

     

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    Tampoco hacía falta escribir una tesis para esta obra. Lo que ocurre es que Cercas es un mal novelista. Martin Amis que es un gran novelista (y también pesado ensayista) acierta de pleno en "Experiencia" que es faction, no "novela sin ficción". Yo mismo tengo una gran novela inédita sobre "el último de Cuba" que nadie publica. Así que el problema es más bien ¿por qué se publica a Cercas, a A. Grandes, a García Montero...? Supongo que a algún interés servirán. Muchas gracias por el esfuerzo de su trabajo. Dr.J

    ISSN: 2173-4186 © 2017 fronterad. Todos los derechos reservados.

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