De la serie Retratros del Monumento a los veteranos de Vietnam, Washington, D.C. 1984

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    Judith Joy Ross

    María Millán - 03-07-2010

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    Sally Mann entró en la clase cargada de cajas de papel fotográfico Kodak. Después de saludarnos y darnos las pautas que guiarían en el taller organizado por el Centro Internacional de Fotografía (ICP) de Nueva York, abrió las cajas y dijo: “os he traído todas estas imágenes mías para compartir con vosotros mis fallos y frustraciones. Para obtener una buena fotografía debéis tener un alto nivel de exigencia y paciencia. Debéis poder superar vuestra inseguridad. Todos la tenemos”.

     

    Mientras nos hablaba, fue sacando de la caja fotos que eran similares a las que luego aparecerían en libros y exposiciones. Aquello era una fiesta de deshechos…Y añadió: “hay poca gente que trabaje como Judith Joy Ross. Ella hace muy pocas tomas de cada sesión. ¿Conocéis su trabajo? Es impecable, ¡muy bueno!” De los diez que estábamos en clase, ninguno habíamos oído hablar de ella.

     

    Judith Joy Ross (Hazelton, Pensilvania, 1946) es retratista, trabaja exclusivamente en blanco y negro y capta como pocos la esencia del retratado, su vulnerabilidad y calidad humana. Judith, mujer de pocas palabras y exagerada timidez, se esconde detrás de su cámara de gran formato y, sin mucho preámbulo, la persona colocada en el centro del encuadre se hace presente. Judith reconoce rápidamente esos momentos de intimidad que comparte con el retratado mientras le enfoca escondida debajo de la tela negra.

     

    Organiza su trabajo por series. Adolescentes en un colegio, bañistas en una piscina local, miembros del Congreso, visitantes al Vietnam Memorial, y una de las últimas: manifestantes contra la Guerra de Irak, a la que ella se opuso. Todas estas series están regidas por una sana curiosidad hacia el estado emocional del individuo en diferentes etapas y situaciones de la vida.

     

    En 1993, meses después de que Sally Mann nos hablara en clase de Judith Joy Ross, tuve la oportunidad de encargarle un trabajo. Yo era entonces  editora gráfica de la revista Working Woman en Nueva York. Estábamos preparando un perfil sobre una congresista en Washington que estaba haciendo una gran labor en la capital a favor de la investigación científica. Con cierto nerviosismo, me puse en contacto con Judith para encargarle el proyecto, advirtiéndole que nos habían dado muy poco tiempo para la sesión. “Eso no es un problema” me dijo“te conseguiré algo”. Judith era amable, pero parca en palabras. En esa época sufría una enfermedad similar al síndrome de Tourette, que le provocaba movimientos repetitivos involuntarios y la emisión de sonidos vocales.

     

    En 1992 había regresado a su ciudad natal, Hazelton, situada en una zona minera de carbón. Allí empezó a desarrollar una serie de retratos en la escuela local a la que habían asistido tanto ella como su madre. La situación laboral en la mina había cambiado en los últimos años. Judith se concentró en fotografiar la niñez intentando rescatar lo que había sido su pasado en ese mismo entorno. Este proyecto acabó teniendo una gran relevancia personal y profesional para su autora, y fue fuente de inspiración para otros que más tarde destacarían en el mercado del mundo del arte.

     

    Cuando Judith habla de esa época, recuerda la ansiedad y el miedo que sufrió al encarar el proyecto. Su enfermedad y su acusada timidez le paralizaban en no pocas ocasiones a la hora de retratar a los estudiantes. Trabajó en la escuela durante más de tres años, y a pesar de utilizar una cámara grande montada en un trípode, su presencia pasó inadvertida mientras estudiantes de entre seis y dieciocho años se colocaban delante de la cámara y ella los daba presencia. Mostraban su estado de ánimo sin poses. No se sentían observados. Las imágenes descubrían jóvenes vulnerables, tímidos, con cierta ansiedad, aburridos, incómodos con su propio cuerpo; expresiones propias de la edad.

     

    La intimidad del momento que Judith registra con la cámara se preserva en la fotografía de tamaño pequeño que imprime. No utiliza impresora para revelar las imágenes. Coloca el negativo (20x25 cm) encima del papel fotográfico y los expone a la luz del sol por minutos u horas. Sus negativos tienen una definición exquisita. Para finalizar la imagen, les da un baño de tonos marrones y grises que penetran de forma diferente en la amplia gama de sombras conseguidas en el negativo. El resultado final es único.

     

    La obra de Judith Joy Ross está más en consonancia con la de August Sanders o Eugéne Atget, a quienes admira, que con la de retratistas contemporáneos como Rimke Dijkstra o Thomas Struth, cuyas grandes  fotografías muestran rostros un tanto distantes e impersonales, lo que parece estar más de moda el mercado del arte actual.

     

    Pero, ¿por qué no está la obra de Judith Joy Ross en la exposición Pictures by women: A History of Modern Photography que se exhibe en el MOMA de Nueva York en estos momentos? Hay artistas cuya obra está ausente en colecciones y exposiciones temporales por diferentes razones. Sin embargo, su admirable capacidad de trabajo y su necesidad de seguir trabajando y desarrollando su creación es lo que les salva  permitiéndoles vivir un tanto ajenos a la parte más cruda del mundo del arte. Ni se codean, ni se dan codazos por estar en las listas del mercado más actual.

     

    Sally Mann tenía razón: Judith no trabaja como ella. Cuando Ross me entregó el trabajo de la congresista, mi labor de editora gráfica resultó fácil. Las tres imágenes que  me dio eran muy buenas. Utilizamos las tres a toda página.

     

    A Sally le debo haber conocido el trabajo de Judith. Como editora gráfica tengo presente sus consejos sobre el riguroso nivel de exigencia que uno debe mantener a la hora de editar el material que tiene delante. Lo de la inseguridad como fotógrafo es otro tema… pero da tranquilidad comprobar que también les pasa a las mejores firmas.

     

    María Millán

     


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