27 Octubre 2010
Leiro
Publiqué hace unos años un ensayo sobre la obra de Doris Salcedo y sus trabajos en torno a la masacre del Palacio de Justicia en que decía
Que su obra sea estéticamente atractiva añade a lo que Doris Salcedo pretende. No necesita de la explicación, del folleto, para poder ser apreciada, porque es bella más allá de lo que significa, como lo es la de Richard Serra, la de Chillida, la de Oteiza, la de Rachel Whiteread. El espectador puede limitarse a admirarla sin necesidad de interesarse por lo que hay detrás. La autora no impone el significado, no obliga a recordar con ella. El recuerdo que se quiere evocar se impone solo: como no es imprescindible entender la obra para apreciarla, queda a la voluntad, o a la sensibilidad, del espectador querer ir más allá y preguntarse qué es lo que está viendo, qué significa, qué pasó, cómo, dónde, por qué…
Me acuerdo de que mi amigo el psicoanalista bogotano Simón Brainsky, de quien precisamente heredé la amistad con Salcedo, me peleó por eso de “que su obra sea estéticamente atractiva añade a lo que Doris Salcedo pretende...” y aunque no recuerdo muy bien los términos exactos de la conversación sé que entonces, tal vez como ahora, me costó explicar qué quería decir. Y sin embargo tengo muy claro que es un elemento estético, una base estética, lo que hacen que el arte sea arte y no simplemente teoría, crítica política, sociología...
La obra puede llevar un folleto, claro, que explique por ejemplo por qué una grieta en un museo, qué significa, cuál es el referente de su autora. Pero sin apelación a una sensación estética, y sin la eventual posibilidad por tanto de un juicio estético, yo no creo que podamos hablar de arte. La grieta en la Tate, como los chinos sin mirada de Juan Muñoz, los tejidos de Elena del Rivero, los espejos de Oscar Muñoz, las fotos de Shirin Neshat, las acciones de La Ribot... tienen sin duda una narrativa que los explica y completa su significado. Pero, como decía entonces, no es imprescindible entender la narrativa de la obra para apreciarla, queda a la voluntad, o a la sensibilidad, del espectador querer ir más allá y preguntarse qué es lo que está viendo, qué significa, qué pasó, cómo, dónde, por qué…
Pensaba en esto el jueves pasado en la inauguración en la galería Marlborough de Madrid de la exposición del escultor Francisco Leiro.
Me lo imagino en su taller en Cambados tallando y quitando madera a la madera para que surjan esa figuras suyas tan propias y lo recuerdo en el taller que tenía en Tribeca, tan distintos tal vez uno de otro, zona de bosque y madera el de Galicia y de industria e hierro el neoyorquino, la madera y el hierro dos de los materiales principales del escultor -el otro es la piedra, claro-, y me doy cuenta de cuanto me conmueve Leiro, me emociona, me da ganas de seguir mirando y viendo y rodeando sus piezas y volviendo. No sé si quieren decir algo más de lo que a mí me dice verlas ni creo tener que saber inglés o gallego ni que leer ningún folleto ni la jerga de ningún crítico ni la narrativa en jerigonza de ningún comisario para entender nada que no sea eso que veo y me emociona.





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