Fotograma de "La noche más oscura" (detalle)

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    Lo que la realidad esconde: 'La noche más oscura'

    Josep Carles Romaguera - 21-02-2013

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    La realidad no es aquello que se puede reproducir,

    sino lo reproducido

    Jean Baudrillard

     

    Sobre un fondo en negro se oyen distintas voces, entremezcladas con llantos y gritos, pidiendo auxilio, despidiéndose de sus seres queridos. Reconocemos –un subtítulo indica la fecha- que son el testimonio sonoro de la catástrofe y además la única representación posible de lo no visto, de lo que había detrás de las imágenes que todos retenemos en nuestra memoria, entre el asombro y el dolor. Así se inicia La noche más oscura (Zero Dark Thirty, 2012), y la decisión, por parte de su directora Kathryn Bigelow y su guionista, Mark Boal, no es en absoluto arbitraria o baladí. Nadie ha podido olvidar lo que presenciamos, a través de los medios de comunicación, cuando ocurrieron los atentados terroristas de ese fatídico y trágico 11 de septiembre. ¿Tiene sentido volver a ver esas imágenes? Seguramente no, como tampoco lo tiene introducir unas imágenes documentales en la reconstrucción ficticia que propone el filme a partir de acontecimientos históricos cuya veracidad, a priori, podemos lícitamente cuestionar. Los responsables de La noche más oscura nos lo dejan claro desde el primer instante.

     

    Lo que vamos a presenciar es la construcción de una relato que no se ha visto, del que no hay imágenes, del que no hay apenas testimonios, del que poco o casi nada se sabe, de la misma forma que todo lo que hay detrás de las imágenes de los aviones estrellándose contra el World Trade Center nos resulta invisible; tan solo tenemos las voces de las víctimas. La noche más oscura marca las distancias para que no haya malinterpretaciones desde un principio. Al ver ese fondo negro y escuchar las voces de la gente que se encontraba atrapada en los rascacielos neoyorquinos en seguida aparece en nuestra retina las imágenes que hemos visto tantas y tantas veces y que nos siguen asombrando.

     

    En esa decisión estética, basada en la renuncia a mostrar de nuevo esas imágenes, uno recuerda una de las muchas reflexiones hechas por Jean-Luc Godard respecto al cine. Godard nos recordaba que la dialéctica entre la realidad y la ficción ya estaba presente en dos cineastas: en Louis Lumière, considerado por el cineasta francés como el último expresionista –que a pesar del aspecto documental de sus filmaciones no dejaba nada de margen a la casualidad, calculando y componiendo los encuadres y repitiendo tantas veces como fuera necesario cada toma-, y en Georges Méliès, considerado por el director de À bout de souffle (Al final de la escapada) como el inventor de noticiarios a través de sus mágicas recreaciones del viaje del hombre a la luna y a las que el tiempo se encargaría de atribuir autenticidad. Ver las imágenes de los atentados nos lleva a actualizar toda la tradición del género de catástrofes, o incuso de la ciencia-ficción, elaborado por Hollywood. La realidad histórica otorgando credibilidad a la ficción. La noche más oscura, a su vez, va a reconstruir una realidad histórica desconocida, pero también y sobre todo una realidad emocional y psicológica. La ficción buscando las verdades que nos oculta la realidad. 

     

    Es obvio que antes de ir a ver la última película de Kathryn Bigelow uno se acerca con algunas preguntas suscitadas, curiosamente, por las aparentes certezas que nos ha ofrecido la historia. El espectador es consciente del desenlace de una película basada en unos acontecimientos recientes, como son la búsqueda, captura y muerte de Osama Bin Laden. Sin embargo, podemos plantearnos algunos cuestiones en torno a una película que se construye a partir de un material desconocido para la mayoría de la gente y que se cierra con un final que solo conocemos porque nos lo han contado y del cual nos han ofrecido una simple fotografía que podemos poner en duda. ¿Cómo reconstruir, entonces, a través del marco de la ficción, unos acontecimientos que han permanecido, y permanecerán en parte, ocultos, cuya versión oficial lleva impuesto un absoluto secretismo? ¿Cómo plasmar el desenlace de una actividad política y bélica sospechosa debido a su escasa transparencia? Hollywood, en este sentido, ha dado muestras muy claras de que uno no puede tenerlas todas consigo mismo. Y más si tenemos en cuenta todo el sigilo y la falta de información que hubo en cuanto al entierro de Osama Bin Laden.

     

    En relación a La noche más oscura pueden venirnos a la mente dos instantáneas que, supuestamente, testimonian el desenlace de los acontecimientos que se nos cuentan. En primer lugar, la fotografía tomada por uno de los soldados que participó en la operación llevada a cabo en la ciudad paquistaní de Abbottabad y en la que aparece el cadáver del líder de la organización Al Qaeda. En relación a la imagen del cadáver de Osama Bin Laden, cuya autenticidad se ha cuestionado, la película adopta una postura sensata y coherente. Las imágenes en ningún instante nos muestran, durante la secuencia del asedio militar, el rostro de quien encarna al líder terrorista, dejando que tan solo se intuya a través de la imagen desenfocada que nos ofrece la pantalla de la cámara fotográfica que le toma la foto vista por todos. Además, a lo largo de la secuencia, jamás se cita su nombre, preservando una especie de anonimato que constata, de nuevo, la habilidad y la prudencia con la que Bigelow y Boal exponen el relato de los hechos. Esa fotografía, junto con otra, también vista por todos y reproducida en los medios de comunicación en la que aparecían el presidente Obama y parte de su equipo de gobierno en una habitación presenciando en directo, parece ser, la intervención militar y la posterior ejecución de Osama Bin Laden, son el legado lleno de dudas con el que debemos conformarnos.

     

    A partir de la primera imagen y la segunda –¿por qué se nos ofrece ese encuadre?, ¿dónde está el contraplano de una imagen que daría credibilidad a lo que nos han dicho que representa?, ¿por qué nos es escamoteado?- aparecen las dudas y en seguida a uno le viene a la memoria la célebre fotografía realizada por Joe Rosenthal a seis soldados que coronaron el monte Suribachi el 26 de febrero de 1945. Banderas de nuestros padres (Flags of our fathers, 2006), de Clint Eastwood, pivotaba en torno a ese icono de la Segunda Guerra Mundial que sabemos que fue manipulado y falseado. La película, a través del guión escrito por William Broyles Jr. y Paul Haggis, a partir del libro homónimo de James Bradley y Ron Powers, nos descubre cómo se hizo un uso interesado de una imagen que no se correspondía con lo realmente acontecido debido a la situación crítica que el país estaba atravesando tanto a nivel económico como social. La imagen consiguió un efecto inmediato, ya que provocó en la población la exaltación patriótica y el optimismo necesarios para obtener su favor e incentivó las contribuciones económicas necesarias para obtener la victoria –después todos recordamos lo que ocurrió-. Así pues, la manipulación de la Historia implicó un desenlace de esta puede que radicalmente diferente. Un acto maquiavélico.

     

    Adrian Martin afirmaba que “todo buen filme tiende a tener dos cosas: algo secreto y algo imposible. Muchas películas tienen solo una de esas cosas (y la mayoría de ellas, ninguna). Los mejores filmes tiene las dos cosas”. Si entendemos como lo imposible aquello que no puede ser representado, podemos entender que La noche más oscura asume esa condición en las imágenes del cadáver de Osama Bin Laden, siempre ocultas o desenfocadas. Si por lo secreto del filme consideramos que nos referimos a una especie de vacío, a lo que permanece oculto, es innegable que el punto de partida de La noche más oscura arranca de aquello que no se ha dicho. Si el secreto no fuera tal, la razón de existir de la película, tal y como está concebida, tampoco lo sería; probablemente no tendría sentido ninguna película, al respecto. Según esto, es probable que La noche más oscura sea una gran película al saber asumir, partiendo de una materia prima que concierne a acontecimientos históricos, la imposibilidad de representar de manera real, de manera fiel, el secreto que la alimenta.

     

    La sospecha subyace inquietante en La noche más oscura. No nos sobran los motivos. A diferencia de la película de Eastwood, la de Kathryn Bigelow no pretende cuestionar directamente la veracidad de los hechos que está contando, no insiste en poner en tela de juicio la Historia, sino que tan solo intenta plasmarla según lo que se nos permite reconstruir de ella, sin saber si el futuro nos traerá algo de luz, si nos aportará nueva información. Ese discurso, despojado de cualquier enjuiciamiento, establece otra diferencia fundamental respecto a la citada película de Clint Eastwood. Banderas de nuestros padres estaba demasiado condicionada por su discurso, lo que entorpecía tanto la estructura narrativa de un relato que daba vueltas sobre sí mismo de manera reiterada como la estructura dramática donde los personajes acababan convertidos en esquemas de caracteres sin matices. En cambio, La noche más oscura avanza de manera trepidante sin que el menor atisbo ideológico la entorpezca o la haga dudar de su relato. Esa decisión a la hora de asumir no ya su condición de obra construida sobre el secretismo sino su falta de implicación ideológica, su renuncia a apoyarse en valores éticos, la han convertido en objeto de encendidos debates, al menos entre los articulistas de su país.

     

    En el diario The Guardian Glen Greenwald denunciaba que La noche más oscura “de forma absoluta y para nada ambigua, muestra que la tortura fue extremadamente valiosa a la hora de encontrar a Bin Laden” para continuar afirmando que “glorifica la tortura, porque describe de forma poderosa el paso vital…, que permitió a Estados Unidos la caza y captura a balazos del enemigo más odiado del país […] existe nula oposición a la tortura […] presenta la tortura como los partidarios y administradores de la CIA quieren verla: como un negocio sucio y desagradable, que es necesario para proteger los Estados Unidos. El mensaje es claro: se encontró a Bin Laden porque se torturó a los terroristas…”. En una línea de enjuiciamiento parecida Jane Mayer de The New Yorker escribía sobre el filme que “no es que cuente una historia difícil, sino que la distorsiona… Además de mostrar publicidad falsa con respecto a la utilidad de la tortura, también la apoya en otras formas más sutiles… No hay ni una sola escena en la que la tortura sea cuestionada”. Hasta llegar a opiniones basadas en el posibilismo y la conjetura y peligrosamente agravantes como la de Andrew Sullivan en The Daily Beast donde se plantea si “un director con cierto sentido de la moralidad hubiera elegido el retrato tan neutral de la tortura si ésta hubiera sido practicada por, digamos, el estado terrorista iraní, los nazis o los comunistas. Las técnicas son exactamente las mismas”. ¿Qué concluir de la opinión de alguien que no duda en calificar de terrorista al estado iraní pero que parece no querer ver cómo el gobierno de su país vulnera toda la legislación internacional y entra en otro país para realizar una operación militar? ¿A estas alturas estamos todavía con el fantasma del comunismo? Todo podría conducirnos a una reducción de la argumentación a lo absurdo que poco contribuiría, finalmente, al debate.

     

    Mayor sensatez manifestaba David Poland, quien en Movie City New aclara que  La noche más oscura “no trata del debate de la tortura o de ningún debate. Es acerca de unos hechos, que no son retratados desde una perspectiva moral, sino táctica, tal y como son en la vida real… No es una cinta sobre los derechos humanos o sobre abogados de derechos civiles, o acerca de las conversaciones sobre la moralidad y efectividad de las torturas en las oficinas gubernamentales… Hay algo intrínsecamente idiota sobre la idea de que Boal eliminó el debate moral en el guión. La verdad es que nunca lo incluyó, lo que es muy distinto. Boal no escribió una película sobre el debate moral y… no insertarlo en el filme no supone un acto de traición”. Richard Corliss parecía apuntar algunas claves de la película, al margen de manifestar su entusiasmo: “Primero y ante todo, La noche más oscura es una película, y es endiabladamente buena. Como Argo […] dramatiza una aventura internacional basada en hechos reales con agentes de la CIA como héroes. (Y se toma menos libertades ficcionales con el material de partida que Affleck). En la tradición de Truman Capote en A sangre fría o Tom Wolfe en Elegidos para la gloria, Boal logra atrapar las particularidades de una sensacional proeza y, salvando la etiqueta de ‘novela de no-ficción’, crea un original guión que proporciona una pormenorizada secuenciación de la caza de Bin Laden… Es un filme periodístico que sacude y pincha, que purifica el clamor y la confusión de una década con claridad en su narración, con un convincente puntapié”.

     

    El apego a la realidad que pueda tener La noche más oscura primero no implica que la película deba convertirse en un alegato contra la tortura o en una apología de ésta, y segundo lo que conlleva simplemente es la exposición de unos hechos, y acerca de la relación causa-efecto deja que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones. Parece que ahora vayamos a exigirle a una película que asuma una postura política cuando su decisión es la de mantenerse distante y cuando somos los primeros en criticar que se nos impongan discursos, que haya premeditación y alevosía a la hora de plantear determinadas cuestiones. O que según sean los temas a tratar sean ellos los que condicionen, y decidan, si hay que situarse política y éticamente, y la manera en que hay que hacerlo. ¿Qué criterio a la hora de valorar una obra seguimos, en este caso, y además cuando defendemos conceptos como la ambigüedad o la ambivalencia como elementos positivos que interpelen directamente al espectador? Ahora no aplaudimos una obra como La noche más oscura porque no nos impone una forma de pensar, como si necesitáramos que nos subrayaran un discurso acorde con el nuestro. ¿Requerimos lo obvio, lo reiterado, como si necesitáramos reafirmar nuestras convicciones? Finalmente, ¿le pedimos a una película que conteste las preguntas que no nos ha respondido el gobierno estadounidense?

     

    Resulta, en cierta manera, sorprendente un debate de esta naturaleza en torno a una película como La noche más oscura que deja las cosas claras y que incluso tiene toda una serie de detalles y matices que ni mucho menos pueden hacernos pensar en términos de apología de la tortura. El filme no presenta ningún personaje positivo en este sentido. Se trata de personajes neutros, ejecutores de unas órdenes que seguramente para aplicarlas están programados para no plantearse nada sobre su dimensión moral. Se trata de personajes solitarios, cuyo único rasgo aparente es el cinismo, seguramente necesario para poder llevar a cabo su misión. En Roma, ciudad abierta (Roma, città aperta, 1945), Roberto Rosselini tomaba la decisión de enfrentar al espectador con el horror, mostrando directamente un acto de tortura que hasta entonces en el cine hubiese sido elidido o dejado fuera de campo. A estas alturas de la historia nuestra percepción de la realidad, y del cine, ha cambiado. Bigelow nos muestra la tortura sin ningún tipo de apunte moral, evitando lo morboso, lo abyecto. Y nosotros no necesitamos nada más que escuchar al prisionero dirigiéndose a Maya para gritarle: “¡Tu compañero es un animal! ¡Ayúdame, por favor!”, y observar la fría e indiferente reacción que tiene ella. Las actitudes de Bigelow y la de su protagonista quedan definidas. El perfil de Maya construye el discurso de la película, al apostar tanto Bigelow como Boal por el conductismo narrativo.

     

    De la misma manera que la anterior película de Bigelow, En tierra hostil (The Hurt Locker, 2008), no era tanto una película sobre la guerra de Irak como la historia de un artificiero, en de cualquier guerra, y su trabajo cotidiano, así como las consecuencias psicológicas que su peligrosa actividad iba dejándole, La noche más oscura se acaba construyendo como el drama personal de su protagonista, presa de la obsesión, la paranoia y la venganza. No hay duda de que Maya se erige en la encarnación del sentimiento de un país. Sin embargo eso se consigue a través de una admirable creación, llena de humanismo, de un personaje que se define por lo que dice y lo que hace y que no necesita de introspecciones psicológicas. De esta forma entendemos cómo evoluciona el personaje que nos guiará desde el principio y a través del cual presenciaremos las torturas llevadas a cabo por el gobierno de los Estados Unidos sobre prisioneros vinculados, en menor o mayor medida, con mayor o menor número de pruebas, con la organización Al Qaeda. Observamos actividades brutales que Maya testimonia desde la distancia, con cierto desconcierto al principio, con absoluta frialdad y convencimiento poco después.

     

    El personaje de Maya tiene evidentes vínculos con otro personaje de la ficción, televisiva en este caso, como es el de Carrie Mathison, protagonista de Homeland. Sin embargo, el personaje de Maya está despojado de coartadas psiquiátricas que añadan un suspense impostado y evidencia muchas carencias de índole biográfica. Respecto a Maya no sabemos nada sobre su familia, sobre sus amigos, sobre sus amantes. Tampoco sabemos qué piensa, política o ideológicamente, sobre lo que acontece. A diferencia de Carrie no expresa ni sentimientos, ni emociones ni pensamientos. No importa. Ella se nos presenta como un autómata, que lleva a cabo una misión sin plantearse nada más allá que no sea su propia ejecución, un ser asexual, que no demuestra interés ni por hombres ni por mujeres, y un ser que tan solo nos ofrece un atisbo emocional en forma de venganza cuando es víctima de un atentado y de un intento de asesinato y cuando algunos de sus compañeros fallecen en un atentado en un campamento militar. Acontecimientos que lo que en todo caso provocarán será que se acentúen sus obsesiones.

     

    El filme es el retrato, exento de psicologismo, de alguien que ha sido educado en la cultura del miedo y que se convierte en el reflejo de una América inmersa en el terror y la paranoia. La protagonista no desfallece en su misión de dar caza a la figura espectral que le ha proporcionado una identidad y su verdadera razón existencial. Bigelow construye la película como la obsesiva elaboración de dicha venganza, y lo hace mediante un tono frío, periodístico, tratando de dar forma a la compleja, laberíntica odisea de una agente de la CIA y su caza de Bin Laden. A través de Maya asistimos a todo el proceso de pistas falsas, las conjeturas, las estrategias, los desencuentros burocráticos en pasillos, las torturas silenciadas, la llegada de Obama a la presidencia que supuso el rechazo de dichas torturas, los atentados, las esperanzas de encontrar nuevas y valiosas pistas, la evaluación de las probabilidades para decidir si había o no intervención y, finalmente, el asalto.

     

    A lo largo de todo este proceso no hay conflicto de valores, como tampoco aparece ninguna reivindicación patriótica, ni un atisbo de heroicidad. Hay torturas, muertes en atentados y asesinatos de civiles por parte de militares a quienes no se les permite que el miedo les haga dudar. Y mientras tanto Maya se convierte en una especie de animal atrapado entre la convicción y la obsesión y la inconsciente satisfacción de que cuanto más se prolongue todo su vida seguirá teniendo sentido. Completa su objetivo, su venganza personal. Y queda aislada en una suerte de vacío, una vez su razón de ser ha desaparecido, en un memorable plano final, donde la ausencia de respuesta –“¿A dónde se dirige?”- y una tímida lágrima nos transmiten la desazón, pero también la incertidumbre sobre lo que ha pasado –hemos visto-. Junto con Maya nos suspendemos en la nada al descubrir que, una vez concluida su peripecia, La noche más oscura asume definitivamente haberse construido a partir de la imposibilidad de representar lo que la realidad esconde.

     

     

     

    Josep Carles Romaguera, nacido en Palma de Mallorca y licenciado en Filología Hispánica por la UIB, colabora como crítico cinematográfico en diversos medios locales. En FronteraD ha publicado, entro otros artículos, Desmontando a Woody, Detrás de Charlot y El cine convicto de Jafar Panahi

     

     

     

     

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    Magnífica crítica sobre una película que ha tenido la "desgracia" de ser, por lo general, muy mal leída.
    Enhorabuena; es un gran trabajo.

    Interesante artículo, sobre una película fría y dura con personajes amorales, donde su profesionalidad es el único mérito que les reconforta ante sus métodos inmundos, la importancia del suceso es su escusa. El planteamiento de la película me parece válido, como dices no entra en el debate moral, solo pretende construir un relato verosímil y de camino hacer caja.

    ISSN: 2173-4186 © 2014 fronterad. Todos los derechos reservados.

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