La madre de Luis Azcárate con Tere y Luis en Madrid, en 1927 / Cortesía Editorial Taurus

    1    2       Siguiente »


    Luis de Azcárate

    Luis de Azcárate - 01-04-2010

    Tamaño de texto: A | A | A

     

     

     

     

    Nací el 11 de mayo de 1921, en Madrid. El lector comprenderá que mis recuerdos –sobre ellos me piden que escriba-  son recuerdos sobre acontecimientos que cambiaron la vida de los españoles y de millones de ciudadanos del mundo. En mi memoria tales hechos siguen vivos. También determinaron mi vida. Por lo que, no podré evitar referirme a ellos, si bien, doy por hecho que el lector los conoce.

     

    Primer piso

    De niño, vivía en la calle Miguel Ángel, número 13. El piso daba también,  sobre la calle General Martínez Campos. Era un piso muy amplio, con un largo pasillo apto para correr, primero en triciclo, luego en bicicleta -de piñón fijo-, ya  que los Reyes Magos así respondieron a mi carta. La actividad en el piso era muy variada. La familia era numerosa: mi abuelo materno, sus dos hijos solteros, su hermana, y mis padres, mi hermana Teresa y yo. Además, el servicio, compuesto por  cinco personas.

           Yo no me aburría. Las visitas eran frecuentes. Me divertía la del mielero, con su romana para pesar la miel y el arrope, que rigurosamente nos traía cada tres meses. Se descargaba de las bien repletas alforjas, preparaba la romana pesando primero vacío el tarro destinado a la miel y procedía a llenarlo. Luego, con destreza, ajustaba la pesa en el brazo de la romana y llegaba a un peso de exactitud aceptable, siempre a favor del cliente, a decir del mielero. Yo contemplaba con admiración todos esos tejes manejes. Además siempre solían caer unas ricas nueces, que cascaba con mis manos.

           Otra visita muy divertida era la de el señor Tomás, que había sido ordenanza de mi abuelo, de pelo muy blanco y abundante, que me hinchaba el balón y al hacerlo se ponía rojo, porque yo le pedía que le hinchara con más y más aire.

           A mi madre venían a visitarla unas lagarteranas, madre e hija, con unos envoltorios que abrían sobre la mesa del comedor, y salían cantidad de paños primorosamente bordados, mi madre los examinaba con gran placer y hablaba con las lagarteranas sobre temas de bordados. Siempre acababa comprando algunas piezas.

           María la costurera, así ella misma se llamaba, era la que se ocupaba de coser la ropa blanca. A mi me quería mucho, me daba unos buenos arrechuchos y me decía: “Luisito, si vales más pesetas… “. Nunca supe cuantas. Cosía y al tiempo cantaba, las canciones de moda. Yo las aprendía, porque tenían letras graciosas, como la de la Cibeles con capa, o la de la preciosidad que había nacido en un puesto de castañas, cosa que me sorprendía. María me contaba que vivía en una buhardilla y tenía un brasero para calentarse. Hacía mucho frío y la salían sabañones en los pies. Le picaban y le dolían. Su hijo, albañil, no tenía trabajo y ella cosía y cosía, porque eso es lo que sabía hacer. Así se mantenía. Cuando al atardecer se iba a su casa. Le daban comida para la cena. Se abrigaba con un mantón de lana negra, abrochado con un gran imprendible. Muy coqueta, antes de salir, se peinaba un rizo de pelo, que le adornaba la frente.

           Una visita de rigor, era la de Alejandro, el peluquero. A mi padre, le venía a arreglar cada semana, para que no se notase que te habían cortado el pelo. Mi hermana y yo pasábamos una vez al mes. El hombre era gordo, picado de viruelas y siempre llegaba resoplando y sudando, incluso en invierno. Mientras nos cortaba el pelo. Hablaba sin cesar. Siempre tenía cosas que contar, que iban, del estado del  tiempo, a las previsiones de futuro, que el Zaragozano afirmaba. He oído que aún se sigue publicando El Zaragozano. Es un mérito… hasta de  que tenga lectores.

           Teníamos una profesora de francés. El francés era entonces prioritario. La madame llegaba a nuestro piso, por la escalera  de lo señores. Era una escalera, que se distinguía, por una mullida alfombra. A esa escalera se accedía después de cruzar un jardín, con plantas exóticas y unos naranjos que, cuando echaban la flor, desparramaban el olor del azahar por el contorno. En ese jardín no nos permitían jugar. A la señora Pulido -la casera, muy empolvada y pintada, de voz ronca- le gustaban los niños, pero también sus plantas y las protegía de los posibles balonazos.

           A mí me gustaba más la escalera de servicio, que era la que utilizaba. Además, cuando no te veían, se podía bajar montándose uno en el pasamanos y dejándose deslizar. Era más divertido que bajar los escalones. Por la escalera de servicio subíamos también cuando llegábamos tarde en la noche y nos abría el portal el sereno, que nos daba unas larguísimas cerillas de madera, para alumbrarnos y alcanzáramos a llegar al piso antes de que se consumieran. Lo que solía ocurrir es que se apagaban en el camino y teníamos que seguir a tientas en la penumbra.

     

     

    Castañera y Anastasia

    Frente al balcón de mi habitación, en la calle Martínez Campos, estaba el puesto de la castañera. Así la llamábamos: castañera. Era ese su bonito nombre. Tenía yo con ella unas magníficas relaciones, las que dan el ser buen cliente. También las tenía con la madre de la castañera, una viejecita muy amable, más arrugada que las castañas pilongas que vendía en su puesto. Ya se sabía, en el invierno castañas asadas, pero ni mucho –quemadas- ni poco –crudas, asadas, que la castañera sabía perfectamente cuando habían llegado al punto, eso es, al punto justo en que ya estaban bien asadas. Entonces se apartaban, para que se mantuviesen calientes y, al dárselas al cliente en un cucurucho de papel de periódico, se notase en los dedos el calor de las castañas sin que llegase a quemarle.

           También se sabía que pasado el invierno, en la primavera y en el verano, era el momento de las  chufas, preferentemente en agua, aunque las había secas. Y siempre el cucurucho, aunque se mojase el papel. Pero el surtido del puesto de la castañera, era mucho más amplio. Que si pipas de girasol, que si garbanzos torrados, por supuesto que los cacahuetes –con cáscara o pelados y algo salados, las castañas pilongas, el regaliz y el palo du, los chicles con la novedad del chicle pirata, para hacer globos. Claro que no faltaban los anises, ni hasta los prohibidos cigarrillos de anís. Y en la pirotecnia, los fósforos, que cuando se ponían en la vía, explotaban al paso del tranvía.

           La enemiga de la Castañera, era la señora Anastasia, que tenía un puesto de venta de periódicos en la esquina contigua al puesto de castañas, después de cruzar la calle de Miguel Ángel. Sin saber por qué se enzarzaban ambas damas con una serie de insultos y palabras altisonantes que yo no comprendía, y cuando preguntaba a mi madre que querían decir, la respuesta siempre era: “son ordinarieces que no se deben decir y menos los niños”. Con todo y eso mis relaciones con la señora Anastasia eran muy buenas. Me contaba cosas que me divertían. Tenía verdadera manía a los curas y frailes. Decía que le compraban novelas picaras y la revista Crónica, que traía fotos de señoritas ligeras de ropa y en posiciones incitantes. “Que eran unos hipócritas y guarros”. Yo no comprendía bien, pero me hacía gracia. Le solía comprar el Pinocho y el TBO. Cuando se proclamó la República, vendía también La Traca y El Frailazo, periódicos chuscos contra la iglesia. Tenía un gato metido en el puesto que se acurrucaba en un cajón. Entonces, ella se descalzaba y ponía los pies sobre el gato para calentárselos. Decía que el gato estaba capado, supongo que también de la nariz. En un hornillo con carbón de encina calentaba la comida. Todo ello daba un olor muy peculiar al puesto, que era una especie de cajón con puerta, en dos mitades. Ahora ya, al ser mayor su hijo, había perdido  el chico de los periódicos, que iba por la calle voceando las noticias y vendiendo al público. También lo hacía subiéndose en los tranvías y bajándose de ellos en marcha, lo que a mi me admiraba porque yo lo practicaba pero no con la destreza que ellos tenían. Jamás les vi dar un traspiés, ni que se les cayera un periódico. Los chicos de los periódicos eran personajes importantes en las mañanas de las calles madrileñas.

     

    Las calles

    Como también eran importantes las churreras, que se instalaban con su mercancía en esquinas estratégicas y vendía los churritos o buñuelos calientes ensartados en un junquito verde. Las calles, según las horas, se animaban con la presencia del arre, arre borrico, cuando en horas tempranas eran recorridas por las traperas recogiendo la basura. O por las agudas campanillas de las burras de leche, al despertar el día, que ofrecían su mercancía, muy buena y recomendada para los que padecieran de catarro. O las voces del trapero botellero que se ofrecía para comprar “ropa vieja y botellas, a muy buen precio”. Competía en el vocerío el que vendía pichones “a dos reales la pareja… gordos”. En las aceras se montaba un guiñol, donde los muñecos hábilmente manejados, representaban peleas y hasta una corrida de toros. Recibían la admiración y las risas del público, entre los que me solía encontrar. Se echaba una perra chica o gorda en la gorra del dueño y actor.

           Se sabía que hacia la 8.30, la calle se llenaba del olor a café tostado que el dependiente de la tienda de ultramarinos tostaba en un artilugio apropiado. Todo esto y otros  espectáculos, como el de  los titiriteros y la mona y la cabra, el del ciego y su hija, que cantaba las coplas de moda, ocupaban en diferentes momentos las calles de Madrid, y a los muchachos nos divertían. Eran calles en las que disfrutábamos de lo cotidiano.

     

     

    Cargas y Carreras

    Las calles eran testigos de otros acontecimientos. Se decía en mi casa que había cargas y carreras en la Puerta del Sol. Para mi no estaba claro lo que querrían decir esas palabras hasta que las leí en un periódico al pie de una foto, donde se veía gente corriendo perseguidos por guardias civiles a caballo, blandiendo el sable. Con frecuencia íbamos a jugar a la Residencia de Estudiantes, porque nos unía una gran familiaridad con la familia Jiménez Cosió. Y allí, entre los estudiantes, se hablaba de las protestas en la Universidad contra el Gobierno y de las cargas de la guardia civil. Los estudiantes expresaban el descontento de buena parte de la población con la Monarquía.

     

    Galán y García Hernández

    Una mañana de diciembre del año 30, una larga cola de gente sencilla del barrio -yo vivía ya en Santa Engracia cerca de los Cuatro Caminos-, se formaba ante un portal de las casas militares. Sorprendido pregunté. En esa casa vivían los Galán. En Jaca habían fusilado a uno de los hermanos, que era capitán. La gente hacía cola para firmar en el libro de pésame, que estaba abierto en el portal. El Gobierno había ordenado el fusilamiento de dos capitanes: Fermín Galán y Jesús Hernández, que se habían sublevado contra la Monarquía, apoyados por civiles. Todo ello fue motivo de más protestas. Como se sabe, en un ambiente de gran inquietud social, se celebraron elecciones municipales en el mes de abril y ganaron mayoritariamente las candidaturas republicanas. El rey Alfonso Xlll abdicó y se proclamó la II República. Días antes de las elecciones, con otros amigos, habíamos pintado con lápiz morado el rojo de uno de lacitos de la bandera monárquica. Así se convertían en lacitos republicanos. Estábamos muy contentos porque habíamos ganado. La alegría era desbordante en las calles. Durante varios días los tranvías circulaban llenos de gente  portando banderas republicanas.

     

    La Institución

    Mi vida seguía su ritmo normal. Acudía a la Institución Libre de Enseñanza, de la que era alumno. Hoy en día digo que tuve esa suerte. Mucho podría escribir sobre ello. Lo resumiré en unos párrafos.

           En la Institución nos formaban como personas, basadas en principios de honestidad, no mentir, ayudar al débil, respetar las opiniones contrarias, respetar la naturaleza, actuar en libertad y de acuerdo con tu conciencia.

    Por supuesto que en la ILE nos daban clases sobre las diferentes ramas del conocimiento, en numerosos casos con asignaturas que no estaban consideradas en la enseñanza oficial, como por ejemplo Historia del Arte en el Museo del Prado y otros museos. Pero nuestra formación también la recibíamos en los juegos que desarrollábamos durante los recreos, en las excursiones a visitar ciudades históricas o simplemente al campo o a la sierra.

           Nuestros profesores, que respetábamos profundamente, eran también nuestros amigos. Su modestia y sinceridad nos ilustraba. A todos ellos los recuerdo con gran cariño y respeto. Entre mis recuerdos de la Insti, destaca de forma sobresaliente la figura del señor Cosió, como le llamábamos. Tuve la suerte de tener con él relaciones de familiaridad. Para mi, la figura del señor Cosió es la figura de un sabio de la antigüedad, rodeado de sus alumnos y desarrollando una obra ejemplar y perfecta. Porque así fue, ejemplar y perfecta la obra que, iniciada por don Francisco Giner de los Ríos y sus colaboradores y seguida hasta antes de la guerra por el señor Cosió, desarrolló la gente de la Institución. Esa obra se plasmó en el florecimiento del desarrollo intelectual de España en el primer tercio del siglo pasado. A ese renacer contribuyó con sus sabias opiniones y buen hacer, de forma fundamental, el señor Cosió, cuya sensibilidad apreciaba, por ejemplo, la belleza de un bordado de lagarterana, o la grandeza de la pintura del Greco, del que fue su gran descubridor. Como se sabe, ese renacer intelectual fue cercenado y aplastado por la dictadura. Hoy se pone en evidencia que esa acción fue una nefasta tragedia para en la historia de España.

     

    Disturbios

    Seguíamos viviendo en la calle Santa Engracia. El 11.de mayo -día de mi cumpleaños- volvía de la Insti y un general arengaba a la gente que quería prender fuego a un convento de monjas de clausura, que allí estaba. El general decía que la República había venido para traer trabajo y cultura, no para destruir y que eso era quemar un convento. Total que la gente aplaudió y se fue. Por allí se veía a unas mujeres muy despistadas, eran algunas monjas. El general era Queipo de Llano, que ocupaba el cargo de Jefe de la Casa Militar del Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora. Ese día se quemaron algunos conventos. No quedó claro si en algunos, como el de los Paules, el fuego se inició desde dentro, porque se produjo simultáneamente desde las cuatro esquinas del convento.

     

     

    La Niña Bonita

    Acogiéndose a la llamada Ley de Azaña, mi padre se retiró y nos fuimos a vivir a Diego de León. Dejé el barrio de los Cuatro Caminos en el que me encontraba tan a gusto.  Los acontecimientos políticos se sucedían. Las Cortes Constituyentes aprobaron una Constitución en la que la República se definía como “una República de los trabajadores de todas clases”. Era una novedad. Percibía yo el esfuerzo por la educación, por los grupos escolares que salían abundantes del estudio de arquitecto de mi tío Guillermo. Algunas veces me llevaba a ver las obras y alegraba contemplar esos edificios modernos, abiertos a la luz del sol y de la cultura, añadiré de la higiene, por la cantidad de duchas que tenían. La higiene personal, especialmente en zonas populares, era escasa. Por ello se daban facilidades de ducha en los nuevos grupos escolares.

           Yo estaba  estudiando el bachillerato. Se hizo un nuevo bachillerato, aproximándolo al de Francia. Las actividades culturales se multiplicaban en las llamadas Universidades Populares. Los estudiantes eran profesores para enseñar a analfabetos o similares. Las Misiones Pedagógicas llevaban a los pueblos el teatro, reproducciones de los cuadros más famosos, el cine, la música y el coro. La Niña Bonita, como se llamaba en los medios de la Residencia a la República, había nacido.

           Sin embargo, el 10 de  Agosto de 1932, un golpe  militar encabezado por el general Sanjurjo pretendió reestablecer la monarquía. Fue derrotado, juzgado, pero no se le condenó a muerte. Al final huyo al extranjero.

    Así mismo, al gobierno de izquierdas le sucedieron otros de derechas. La respuesta fue la llamada Revolución de Octubre, que sufrió una brutal represión. En aquella época, apareció Falange, encabezada por José Antonio Primo de Rivera. Se conocía como un grupo de pistoleros que hacían atentados contra activistas obreros y políticos. Fue famoso el atentado contra el profesor Jiménez Asúa. Al salir de su casa le cosieron a tiros al escolta. Se equivocaron. Yo vi en Martínez Campos como amedrentaban con pistolas a un grupo de peatones. Me escondí en un portal.

           Así llegamos al 16 de febrero de 1936 cuando el Frente Popular consigue ganar las elecciones y formar su gobierno de izquierda para defender los valores de la República. Recuerdo todos estos años pasados como años en los que se iba tomando posiciones de izquierda, porque lo que defendían los partidos de derecha era mantener la situación anterior, la que prevalecía en la monarquía. Y aunque éramos muy jóvenes, para nosotros estaba claro que con cerca de un 80 por ciento de analfabetos y con una aristocracia que poseía la inmensa mayoría de la tierra cultivable, España no podía progresar. Esos eran dos datos a los que se podían añadir muchos otros que nos  confirmaban nuestra opinión.

           Llevaba una vida muy interesante y activa. En el invierno muchos domingos salíamos desde Colón a Navacerrada un grupo de estudiantes del Instituto Escuela y de la Insti. Nos pasábamos el día subiendo, sobre todo subiendo, y deslizándonos en la bajada, siempre demasiada corta, por las diferentes montañas cubiertas de nieve. Otros domingos jugaba al futbol en el Ojo del Lagarto, unos solares donde desafiábamos a otros muchachos. Hacíamos portería de ropa y a jugar… pendientes de que no te robaran el balón. En ocasiones iba por la tarde al frontón Recoletos a ver los juegos de pala y remonte…. Que me daban envidia. En alguna temporada fui asiduo a las carreras de galgos, o de motos. También había cine y teatro y algún concierto cuando mi madre me llevaba.

           Del veraneo no he hablado. Podría escribir mucho porque nos juntábamos con nuestros primos de Ginebra y ya sea en playas de Francia o en Villimer –el feudo de los Azcárates en León- lo pasábamos muy bien. Así es que los años transcurrían interesantes y rápidos. Mis planes eran acabar el bachillerato en el año 36 y meterme en una academia para preparar el ingreso en la carrera de ingeniero de caminos, como fue mi abuelo Manuel. Pero esos planes cambiaron totalmente.

     

    18 de julio

    Como se sabe, el 18 de julio de 1936, el general Francisco Franco y otros generales se sublevaron contra la República. La guerra civil había comenzado, pero con una característica particular, que la sublevación fue apoyada desde el primer momento por Hitler y Mussolini. Las pruebas abundan. Una: las tropas sublevadas en África fueron transportadas, ya en julio, por aviones militares italianos. Con este apoyo al general Franco se puede decir que los prolegómenos de la ll Guerra Mundial se habían iniciado.

    Con la guerra civil, la vida de millones de españoles cambió totalmente.

     

     

    Blum y De los Ríos

    Yo había ido a Ginebra a casa de mis tíos. Una gran finca en las afueras de la ciudad. Había hecho el viaje con Fernando de los Ríos, que tenía el propósito de pasar allí unas semanas de descanso. A los pocos días, le llamaron de Madrid para que viese a su amigo León Blum, socialista como él y Presidente del Gobierno francés. El objetivo era que, cumpliendo lo acordado entre los dos gobiernos, enviaran armamento y municiones a Madrid para que el gobierno español pudiera sofocar la sublevación. Fernando de los Ríos se desplazó a Paris, y a pesar de su insistencia y amistad, León Blum se negó a dar ni una bala. Decía: Mon cher  Ferdinand, quelle malere por l Espagne!. Y muy solidario, se inventó un Comité de No-Intervención, para que no pudiera entrar armamento a España. Para nada tuvo presente el apoyo de las potencias fascistas a las tropas de Franco. Se inició el ahogo a la Republica, que era el régimen legalmente constituido. Del cinismo era ferviente devoto el Presidente Blum.

     

    Londres

    A mi tío Pablo, el Gobierno de la República le nombró Embajador en Londres. A esa capital nos trasladamos. Londres era también la sede del Comité de No-Intervención, al que se habían adherido Alemania, Italia y Gran Bretaña. Después, también la URSS.  Por más pruebas que se presentaran de la descarada intervención de las potencias fascistas en apoyo del franquismo, siempre faltaba algo para creer las pruebas. Ni siquiera eran válidas las de la derrota de la división Littorio, en Guadalajara, ni de la destrucción de Guernica, por la Legión Cóndor. Los récords del cinismo se batían en ese Comité. El recuerdo que tengo es que a mi me producía un desasosiego y frustre enorme. Una sensación de impotencia y de odio a tantos cínicos. No casaba con lo que nos habían enseñado en la Insti.

    En Londres acudíamos a muchos de los actos que se celebraban en solidaridad con la lucha del pueblo español. Eran muy emocionantes las pruebas de solidaridad. Por ejemplo el envío de ambulancias.

     

    Visita a la URSS

    Marcelino Pascua era un amigo tradicional de nuestra familia. A la sazón embajador en Moscú. Tuvo la buena idea de invitarnos a las celebraciones del 1º de Mayo a mi primo Pío y a mí. Allá nos encaminamos, embarcando en el puerto de Londres hasta Leningrado, y de allí a la capital. A mí me impresionó el desfile militar que transcurrió durante varias horas en la mañana. Vimos desfilar tanques, aviones, cañones, otro armamento más ligero, amén de unidades de infantería, de caballería, etc. La impresión que daba era de un gran potencial bélico. Y por la cara que ponían de sorpresa los agregados militares de Alemania, Francia y Japón, que estaban sentados a nuestro lado, debían de estar también sorprendidos, y supongo que preocupados.

           La pregunta que me hacía, y que no he llegado aún a contestar, es que cómo un país que carecía de industria pesada, ni técnica y energía, había conseguido en unos años fabricar material de guerra pesado. Pero es que luego se entraba en el metro y era más moderno que el de Londres. Fabricar un vagón de metro no es fácil y menos aún el vagón tractor. Además por las calles circulaban automóviles de marca Ford allí fabricados. Nos hablaron también de tractores para el campo y otros equipos. Éste para mí, un milagro del desarrollo industrial soviético, es un recuerdo claro de la visita.

    Visitamos también museos y el teatro Bolsoi para ver el maravilloso ballet. Nos llamó mucho la atención el teatro gitano.

     

    Regreso a España

    En Agosto del 37 regresé a Valencia. Me impresionó el vuelo del avión de la LAPE  entre los picos de los Pirineos aún con nieve. También el mar y la desembocadura de los ríos. Llegué a Valencia sin que me esperase nadie. El encuentro con mi madre, y días después con mi padre, que estaba en el frente, fueron muy emocionantes. Físicamente yo había cambiado bastante, lo que les sorprendió.

           Tras unos días de aclimatación –y de comer dulces sandías- me fui a trabajar al Socorro Rojo, donde estaba mi madre, para ayudar a organizar unas bibliotecas que enviaban al frente. A la semana me fui a Villalgordo del Júcar con Jacinta Landa, a la colonia de niños evacuados de Madrid, para ayudar en lo que fuera necesario. Así me dediqué a enseñar a leer y escribir a niños, y por extensión a adultos analfabetos del pueblo. Fue una de mis alegrías mayores cuando varios adultos empezaron a leer el periódico y escribir una carta. La expresión de sus ojos es difícil de describir. Fue una bella experiencia.

           En la colonia seguí como ungüento amarillo durante algunos meses. Hubo unos días de interrupción cuando mi padre nos llevó a mi compañero de la Insti, Jacinto y a mi a Madrid. Volví a dormir en mi cama. No me extrañó. Madrid estaba muy cambiado. Se notaba que la gente lo estaba pasando mal. Visitamos algunos de nuestros profesores de la Insti, algunos muy delgados. La comida escaseaba, pero nos decían animosos que el mal momento pasaría y volveríamos a la normalidad del jardín del colegio.

     

     

           Un día mi padre nos dejó en la pedriza. En una poza nos dimos un chapuzón. El agua estaba helada, nos secamos al sol tirados en unas peñas como lagartijas. La sierra me impresionó. Toda nevada, la conocía bien, esas laderas por las que me había deslizado en esquís. No se oían disparos. Parecía que la guerra era una mala pesadilla de un sueño. Pero la guerra estaba allí, silenciosa pero estaba. Me daba pena esa realidad. Desde lo alto de la Telefónica, vimos la línea del frente. Se advertía poca actividad. Madrid seguía siendo -como se decía entonces- la tumba del fascismo.

    Con dolor abandonamos Madrid. A las pocas semanas salimos Jacinto y yo para Barcelona.

     

    Barcelona

    En esta ciudad estaban ya instalados mis padres. El Gobierno y el Estado Mayor se habían trasladado allí. También el Socorro Rojo, donde trabajaba mi madre.

           Tenía pendiente terminar el bachillerato y me matriculé en el Instituto Margall para asistir de oyente a las asignaturas que me faltaban y examinarme por libre, como había hecho antes de la guerra. Total, que me hicieron un examen global de las diferentes materias y me aprobaron. Ya era bachiller. Creo que la guerra me lo facilitó. Entonces me dedique a trabajar en las Juventudes Socialistas Unificadas, en diferentes tareas de apoyo al frente, de ayuda al desescombro de los edificios bombardeados y otras. Eso me ocupaba todo el día.

     

    La retitada

    Después de la Batalla del Ebro, que dio un respiro al frente de Madrid, las tropas franquistas haciendo gala de recursos, especialmente en artillería y aviación, iban avanzando sobre Barcelona. El Estado Mayor decidió no defender la ciudad, como había hecho en Madrid, porque se carecía de los mínimos recursos necesarios. En algunas ocasiones que visitaba el frente, se oía la preparación artillera del enemigo, como un ruido constante formado por los disparos de los cañones. Estaban probando un nuevo cañón automático alemán de disparos continuos. De cuando en cuando, se oía débiles cañonazos de nuestros artilleros. La diferencia de medios era abismal. Ese fue un recuerdo que me quedó bien grabado.

           La República consiguió formar un ejército en el curso de la guerra. Pero un ejército sin apoyo logístico no puede combatir. Esa fue la causa fundamental de la pérdida de la guerra. La No-Intervención inventada por Blum y apoyada por las demás potencias, Gran Bretaña, Alemania e Italia, y las dosis necesarias de cinismo ahogaron la República. 

     

    El Pacto de Munich

    La condena internacional de la defensa de la República quedó aún en mayor evidencia con la firma por Francia, Gran Bretaña, Italia y Alemania del llamado Tratado de Munich, en virtud del cual se daba a Hitler luz verde para invadir Checoslovaquia y por añadidura Austria, Hungría, Rumania y Bulgaria, para que las tropas alemanas pudieran llegar al sur de la frontera soviética, zona próxima a los pozos petroleros de Bakú. Para mí era evidente que con el Pacto de Munich, las potencias occidentales jamás ayudarían a la República. Era indignante. Nuestra suerte estaba echada, pero había que seguir resistiendo, dentro de las posibilidades.

           La visión política de gentes como Daladier y Chamberlain demostró ser nula. La paz eterna que habían prometido duró meses. La URSS firmó un tratado de no agresión con Alemania, con el que Hitler se garantizaba no ser atacado en su frontera oriental. Ese tratado nos sorprendió a todos. Fue un mazazo en el movimiento comunista. A mi me enseñó que los intereses de estado pueden predominar sobre los ideológicos.

           La II Segunda Guerra Mundial estaba a la vuelta de la esquina. Con el triunfo de Franco, Alemania podía atacar a Francia desde la frontera franco española. Los puertos españoles permitían a la flota alemana operar con seguridad en el Atlántico y Mediterráneo. Hitler iba consiguiendo sus objetivos estratégicos. El  de setiembre de 1939 se inició la II Guerra Mundial.

     

     

    Comienzo del exilio

    El 8 de Febrero de 1939, el Gobierno y el Estado Mayor, después de haberse reunido en la Guyana, pasaron a Francia por El Pertus. Yo pasé con mi padre, a quien había encontrado casualmente en Figueras. Yo tenía pasaporte con un visado francés aún válido, así es que me libre de ser conducido a un campo de concentración. Después de un año en Francia salimos por el Havre rumbo a México, donde mi padre había sido aceptado como exiliado. En ese año me dediqué a ayudar a los estudiantes que estaban en los campos de concentración. Conocí a Miggie y nos enamoramos. Fue un hecho de consecuencias importantes en mi vida.

           Salimos del puerto del Havre a principios de febrero. Francia ya estaba en guerra, en la llamada la drole de guerre. No había combates. Durante nuestra travesía, el ejército alemán había llegado a Paris. La estrategia francesa de la línea Maginot fue un fracaso. Semanas después, Hitler y Franco se encontraron en la frontera franco española. El fascismo estaba en alza.

           Llegamos a México después de saludar la estatua de la libertad en Nueva York. Nos esperaban. Empezamos a organizar  nuestra vida. Alquilamos un modesto piso y compramos los muebles imprescindibles. Mi padre se incorporó a la empresa que le había contratado. Yo me matriculé como oyente en la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica. En ella me titule de ingeniero.

           Mi actividad se distribuía entre los estudios y las actividades entre los jóvenes exiliados. Tratábamos  que se mantuviesen viva  la voluntad de recuperar la democracia en España y de ayudar a los presos de las cárceles franquistas. Creamos el Hogar de la Juventud, donde se desarrollaban actividades culturales y deportivas. Organizábamos campeonatos de fútbol, donde participaban 15 equipos de jóvenes exiliados.

           En alguna ocasión, subí por las laderas nevadas del volcán Popocatepelt. Eran más de 4.500 metros. El desplazamiento era penoso porque te faltaba el aire. Pero en aquel día de cielo diáfano y azul profundo el espectáculo era grandioso. A lo  lejos se veía el Pico de Orizaba, también nevado. La llanura árida, el desierto, se extendía a mis pies. No había pájaros. Silencio total. Sentí la pequeñez del hombre en la tierra, comprendí a los indios adorando, en verdad, a la naturaleza. Los turistas que van a México debieran hacer la excursión que yo en ocasiones hice, y comprenderán mejor las pirámides, los juegos de pelota y otros monumentos arqueológicos.

           Inicié mi vida profesional trabajando en la Comisión General de Electricidad, en el año 44. Proyectaba líneas de transmisión. Eso me permitió visitar muchos lugares y pueblos. Me encantó conocer más de cerca la vida del México profundo, sus costumbres y, como no, sus comidas picantes y sabrosas. Las añoro.

           Seguíamos muy de cerca el desarrollo de la II Guerra Mundial. Hitler, en Julio del 40, sin respetar el pacto de no agresión, había atacado a Laurus, después de haber derrotado a Francia y haber enviado a su lugar-teniente Rudolf Hess a Inglaterra con propuestas de paz. Nos sorprendía el avance e las tropas alemanas derrotando al ejército soviético que creíamos imbatible. Primero, las tropas alcanzaron Leningrado, año después Moscú, y uno más tarde, Stalingrado, abriéndoles las puertas de las reservas petroleras del Cáucaso. Pero en Stalingrado fueron derrotados. El ejército de élite del Mariscal Von Pulus fue derrotado y hecho prisionero. A partir de esa derrota, el ejército alemán y sus aliados no hicieron sino retroceder hasta Berlín. En Mayo las tropas soviéticas entraron en la capital. La II Guerra Mundial había acabado.

           El exilio republicano tenía la esperanza que se hiciera justicia y se apoyase al Gobierno republicano en el exilio, que estaba reconocido en México. Además, en las tropas aliadas habían combatido exiliados. Los tanques que liberaron Paris eran conducidos por exiliados. Los maquis españoles liberaron buena parte del sur de Francia, miles de  exiliados murieron en los campos nazis de exterminio y con los guerrilleros rusos combatieron guerrilleros españoles, etc.

           Por otra parte, Franco había enviado en apoyo de Hitler a la División Azul, prometido un millón de españoles para la defensa de Berlín –antes llegaron los soviéticos-, y otros hechos demostraban la alianza de Franco con los derrotados.

     

     

           El exilio de México tenía esperanzas que se hiciera justicia. Incluso se hizo una reunión del Parlamento de la República -Comisión Permanente-. Se nombró un nuevo Gobierno. El Gobierno de De Gaulle lo acogió en París. En efecto, no se admitió a Franco en la ONU, pero… transcurrido un tiempo, que las democracias consideraron suficiente se establecieron relaciones con el fascismo español y se condenó al exilio republicano a seguir en el exilio. En el fondo, una actitud similar a la de comité de no-intervención. La República española, la democracia española, no les interesaba a los demócratas occidentales. Preferían el fascismo. Lo que digo es una monstruosidad, pero así fue.

           Seguí en México hasta agosto de 1947, porque la dirección de las Juventudes Socialistas Unificadas me propusieron ir a Paris. Acepté con satisfacción porque eso me permitía unirme a mis primos, mi hermana y otros familiares. Pero sobre todo, me permitía participar más directamente en la actividad en contra del régimen franquista.

    Tras un viaje de sur a norte por los EE UU, contemplar paisajes y darme cuenta de la discriminación racial contra los negros, que tenían que viajar en los asientos de detrás de los autobuses, llegué a Nueva York y de allí en barco a Le Havre y Paris.

     

    Otra vez en Francia

    Vivíamos en un pueblo cerca de Paris, al borde del río Sena: Port Marly. La casa era un pabellón de una gran finca en el que ocupábamos el piso de arriba. Lo había alquilado mi tío Pablo. Allí estábamos toda la tribu, como yo la llamaba. El ambiente era muy familiar y divertido. Lo menciono, pero no entraré en detalles.

           París seguía siendo París. Para mí la ciudad más bella del mundo. Pero era una ciudad con escaseces de comida, todo racionado. En algunas calles se veía una lápida en un muro con el nombre y una fecha de un resistente muerto.

           Me incorporé a mi trabajo, que me obligaba a relacionarme con mucha gente joven diversa, también con franceses y estudiantes de otros países. Era interesante y se trataba de explicar la situación que había en España, en las universidades y en la cultura. Por supuesto que ayudar a estudiantes presos o perseguidos. También debía ocuparme de los estudiantes exiliados y de ayudarles para que consiguieran becas y otras ventajas posibles en Francia. En una reunión me eligieron miembro del Comité Ejecutivo de la Unión Internacional de Estudiantes, organización que se había creado al acabar la guerra, para unir a las asociaciones nacionales de estudiantes de todo el mundo. Reservaban un puesto en su Ejecutiva para los estudiantes republicanos españoles.

           La sede de la UIE estaba en Praga, en honor de los estudiantes checoslovacos fusilados por los nazis. Checoslovaquia pertenecía a los países llamados democracias populares, es decir dentro de la influencia soviética. Yo tenía que ir con cierta frecuencia a las actividades de la UIE en Praga, lo que creo que me hizo sospechoso ante la policía francesa. En septiembre del año 50 hubo una redada de comunistas españoles en Francia -para hacer méritos con el gobierno franquista- y me detuvieron en mi casa. A continuación, junto con otros amigos, nos expulsaron de Francia. Nos metieron en camiones militares y nos condujeron hasta la frontera alemana con la zona francesa. Allí nos abandonaron. Este hecho me ilustró la forma tan peculiar que había de respetar la Carta de los Derechos Humanos aprobada meses antes por la ONU, en la sesión de la Asamblea General, que tuvo lugar a finales del 49 en Paris. En esa Asamblea había sido yo intérprete simultáneo en las sesiones donde se aprobó la Carta. El cinismo seguía inspirando a los gobiernos democráticos.

           Así pues, nos acogieron los soldados rusos que ocupaban esa parte de Alemania. Nos identificamos verbalmente porque nos habían dejado sin documentos. Nos llevaron a Dresde y nos alojaron en un hotel recién inaugurado. La ciudad estaba totalmente destruida por los bombardeos aliados. Estuvimos un tiempo en la recién proclamada RDA. Después, yo me incorporé al secretariado de la UIE en Praga. Allí se incorporó mi mujer María. Nos habíamos casado hacía unos meses. En Praga ella se puso a estudiar arquitectura. En Praga vivía un grupo de comunistas españoles de diferente procedencia al que nos unimos. En Praga estuve seis años.Allí nacieron nuestros dos primeros hijos: Luis y Carmen.

     

     

           Nos enteramos que habían detenido a Slanski, que era secretario general del PCCh y a otros importantes dirigentes, acusados de ser agentes de los americanos. Les juzgaron, condenaron a muerte y ahorcados, menos a uno, London. Aunque increíble, todos nos creímos lo que nos decían. Años después, cuando London fue liberado, supimos la verdad, que todo fue una cruel farsa, un montaje de los servicios de inteligencia soviéticos y checos. Increíble, pero algo similar se produjo antes en Hungría, en Bulgaria, en Polonia. Todos países de socialismo real. Y no digamos con la Yugoslavia de Tito, que fue condenado por el movimiento comunista mundial. ¿Qué estaba pasando? Pues un reflejo de la situación interior de la URSS, aunque no nos lo podíamos creer. Era contrario a lo que nos habían enseñado: “el capital más preciado, es el hombre”.

           Todas estas violaciones, todos estos desmanes, han traído como consecuencia el hundimiento del movimiento comunista, al menos en Europa y otros países desarrollados. De mi estancia en Checoslovaquia me queda la convicción de que sin libertad, sin respeto a los derechos humanos, no se puede construir el socialismo.

     

    Regreso a España

    El PCE consideró que la lucha por la democracia en España pasaba por aprovechar todas las posibilidades legales que se iban abriendo en la dictadura fascista para que las nuevas generaciones y el pueblo en general apoyaran los derechos democráticos. Por ello, todo el que pudiera, sin peligro, debiera regresar a España. A mi me lo propusieron y acepté. También mi primo Patricio. Arreglamos los papeles y nos presentamos en Madrid, yo con una ausencia desde el año 36.

           Visitas familiares, algunos con temor, pero todos con  alegría. Nos alojamos es una casa de huéspedes conocida por tía María, la hermana de mi padre. Desde el balcón veía el quiosco donde, antes de la guerra, tomábamos una excelente horchata.

           Para sorpresa y susto de la patrona de la pensión, se presentó un policía preguntando  por nosotros. ¡Por los sobrinos de Doña María¡ Aquel día por la mañana, nos habíamos ido a otra pensión más barata. Dejamos las señas. Y la policía también se presentó allí. La dueña de la pensión no estaba declarada y la creamos líos. Era una modesta pensión de estudiantes. Nos echo con cajas destempladas. Yo me fui a vivir a casa de un amigo de la Insti, Manolo Pérez  Sama. A las semanas apareció un policía de los que se ocupaban de la libertad vigilada. Ya sabía donde estaba mi categoría.

           Madrid me agradó. En algunas calles del centro había cuadros con flores de colores que combinaban muy bien. El Retiro, que siempre me gustó mucho, estaba cuidado, los árboles frondosos y, una novedad, multitud de inquietas ardillas. Se me produjo una graciosa sensación. Por ejemplo, la estatua de Castelar, me pareció más baja. Lo mismo con el edificio del ABC y La Cibeles. Me lo expliqué porque yo había crecido, pero no tanto. De todas formas algo me faltaba en Madrid y no daba con ello, hasta que me di cuenta que eran los tranvías. Claro, los tranvías, que en el verano arrastraban las jardineras para que el viento de la velocidad refrescara a los pasajeros. Ahora no había tranvías, no había jardineras, había autobuses -sólo de un piso- con aire acondicionado. Añoré mis tranvías y sus jardineras.

           Cuanto antes tenía que buscar trabajo. Pío ya había regresado a Praga. Me puse manos a la obra. Tenía unas cartas de recomendación que mi padre me había dado dirigidas a militares, amigos de antes de la guerra. Todos me recibieron muy bien y se interesaron por mi padre y las posibilidades de darme trabajo. Pero el que me trató como a un familiar fue don Antonio Villalón. Entregamos la carta al ordenanza y enseguida nos -Pío aún estaba en Madrid- dejó pasar. Don Antonio nos recibió con lágrimas en los ojos de la emoción de recibir una carta de mi padre. Don Antonio había llegado al grado de coronel. Estaba retirado y era Presidente de Portland Ibería. Con el grado de capitán había sido ayudante de mi abuelo Cayo, coronel del Regimiento de Ingenieros del Pardo. Tenía un gran cariño a la familia Azcárate. Don Antonio me colocó en Talleres Grasset. Me dijo: “Luis, se que eres comunista, en ello no me meto, pero eres Azcárate y sé que me dejarás bien”.

     

     

    Talleres Grasset

    Don Eugenio Grasset era ingeniero de caminos. A principio de siglo decían que con una fragua y un yunque inició su andadura industrial en unos terrenos a las orillas del Manzanares, en La Bombilla. Cuando entré a trabajar en los talleres había prácticamente todas las especialidades mecánicas y eléctricas, pero siempre en organización de taller, no de fábrica. En los talleres trabajaban unos 1.000 obreros. Que ¿qué se hacía? De todo, para ser breve. Desde reparación de vagones de mercancías y pasajeros, puentes grúa y de puerto, motores eléctricos y transformadores, palas escaladoras, compuertas de pantano, etc. Se comprenderá que la actividad técnica era muy interesante y divertida. Yo era jefe de fabricación y de mi dependían los talleres y los montajes. Tuve que estudiar mucho, para recuperar mis años de político.

           El personal de los talleres tenía otra característica. Casi todos eran rojos. Los maestros habían estado del lado de la República. Después de ser depurados y salir de la cárcel,  don Eugenio les aceptaba sin preguntar nada: “vete a tu taller a trabajar”. Pero también el Director Técnico era Julián  Diamante, ingeniero de caminos, que había hecho la guerra con mi padre; el teniente coronel Ripoll, jefe de artillería de la defensa de Madrid y un largo etcétera. Una anécdota: el 14 de abril, muchos de los maestros de los talleres se  fumaban un puro.

    Para compensar lo anterior, había chivatos  y un policía de la Brigada Política Social, como asesor del jefe de personal.

           Lo que también caracterizaba a don Eugenio es que los sueldos eran muy bajos. Cuando se empezó a dar trabajos a destajo había quien superaba al maestro del taller. Pero se lo ganaban.

           Mucho podría escribir sobre mi paso por Talleres Grasset, por las singularidades que reunía, pero el espacio está limitado. Lo que llamaba la atención era que cada mañana al salir de mi portal a las 7 de la mañana, en la cera de enfrente, estaba un hombre. Advertí que me seguía un día que regrese precipitadamente a mi casa. Recordé aquello de la libertad vigilada.

           En dos ocasiones se sentó frente a mí un español que conocía de Budapest. No me dijo nada. Lo decía su expresión de profunda tristeza, difícil de describir. Me enteré después, que había sido torturado por la policía. Era otro hombre.

     

    Barreiros Diesel

    Pasé a trabajar a Barreiros para mejorar mi situación económica. Recibía un sueldo doble del de Talleres Grasset, y sobre a final de año. Con la primera paga vi que consistía en el sueldo mínimo base de ingeniero y luego dinero en efectivo hasta llegar a lo convenido. Por lo tanto, la cotización a la seguridad social era mínima. Ya sabía que el motor que se fabricaba era el Perkins y lo pude comprobar en las líneas de producción. Me inicié trabajando como jefe de talleres auxiliares, luego pasé a las líneas de producción y me quedaba de jefe de fábrica en el turno de noche. En ese turno es cuando le gustaba bajar a don Eduardo Barreiros a pasearse por las líneas de producción y bancos de prueba de motores. Era todo un personaje del que convenía no estar muy cerca.

           Por una coincidencia me enteré que me estaban investigando. Había llegado una denuncia de que yo era un rojo peligroso. Estaba sobre aviso. A los pocos días, mi jefe me llamó para decirme que estaba despedido y pasase por caja para mi liquidación. Eran órdenes de la superioridad. También se podría hablar mucho sobre Barreiros. Era una fábrica donde había que cuidar mucho lo que se decía. Técnicamente los motores eran copia, pieza a pieza, de los Perkins. Era una fábrica donde a la gente se la extenuaba con el trabajo. Era una fábrica típica del sistema. No se podía esperar otra cosa viendo sus orígenes y falta de ética. No en balde el general Franco, primo de el Claudillo era miembro del Consejo de Administración.

     

    Escher Wyss

    Me quedé sin trabajo. De inicio recurrí a la Editorial Aguilar, en donde un amigo me daba libros técnicos en francés o inglés para que los tradujera. Así iba consiguiendo un complemento para hacer frente al aumento del coste de la vida. Además Mari Cruz, había nacido.

    Recurrí de nuevo a don Antonio Villalón, al que puntualmente había informado de mis cambios de trabajo. Don Antonio me consiguió que entrase en la representación en España de la empresa suiza, Escher Wyss. En mi época de Grasset, había tenido relación con ellos porque habíamos montado dos centrales hidroeléctricas. Una en el Duero y otra en el Ebro -la de Las Norias, que sigue funcionando- con turbinas de su marca. Entré a trabajar en ese lugar, como ayudante del director técnico. El trabajo era de control de calidad y de hacer pequeños proyectos complementarios de los que venían de Suiza. El sueldo estaba bien. Don Antonio me había sacado de apuros.

     

     

    Detención

    Un día del mes de agosto, a primera hora de la tarde se presentaron tres agente de la brigada Política y Social con autorización judicial, que me enseñaron, a registrar mi casa y detenerme. En el registro no encontraron nada. Yo todo lo tenía bien escondido, fuera del piso. Así es que me llevaron a la Dirección General de Seguridad, a su feudo. Los porteros, amigos míos, avisaron a Manola que estaba detenido. Ella avisó a varias personas amigas.

           Cuando estaban interrogándome, se presento un amigo de mi padre, coronel, a la BPS. Su secretario, el comisario Yague, le recibió. Como consecuencia, me pusieron en libertad, quedé citado para el día siguiente. Ese día quedé detenido 72  horas. Hubo sucesivas intervenciones a mi favor de gentes influyentes. Algunas con Arias Navarro, que era el DG, el que me acusaba de ser el jefe del KOMSOMOL. Para carcajearse. Tres veces más me detuvieron, me retenían 72 horas, me soltaban y vuelta a empezar. Total que me echaban de España. Informé de todo ello al PC y me dijeron que me fuera cuanto antes. El  15 de Agosto salí a Ginebra. De nuevo el exilio. El PC me propuso ir a trabajar a Dresde, lo que acepté.

     

    La República Democrática Alemana

    Entré a trabajar a una fábrica de transformadores de todo tipo y de aparatos de rayos X, en el departamento de nuevas tecnologías. El trabajo era muy técnico e interesante. Se trataba de aplicar a los procesos de producción, técnicas que aumentasen la productividad. En uno de los temas que me adjudicaron conseguí hacer una patente, lo que me permitió entrar en ese mundo de ingeniería de patentes que ignoraba. Simultáneamente acudía a la Universidad Técnica, a aprender alemán, lo que me facilitó mucho el trabajo.

           María había venido con los niños. De nuevo la familia se había juntado. Luis y Carmen iban a la escuela. Enseguida aprendieron alemán. Mari Cruz iba a la guardería de mi fábrica. María trabajaba en un estudio de arquitectura y aprendía alemán. Nos facilitaron un modesto piso. Todo era la solidaridad de los alemanes con los republicanos españoles. Allí en Dresde vivían otros exiliados. La vida material tenía sus limitaciones, pero los productos que estaban racionados, alcanzaban para cubrir las necesidades y el precio era asequible. Así es que nos defendíamos bien. Había muchas actividades culturales. Oí varias óperas de Wagner, entre ellas Tristán e Isolda.

           La ciudad de Dresde estaba aún muy destruida. Barrios enteros en ruinas y los escombros muy ordenados. El transporte urbano lo aseguraba una red de tranvías que era puntual y en las afueras, autobuses. Hay que decir que todos los servicios municipales funcionaban bien. Todo ello era consecuencia del esfuerzo que los pocos antifascistas que habían salvado la visa habían hecho y estaban haciendo para que el estado democrático funcionase.

           Por mi actividad profesional pude constatar el esfuerzo que se hacía para desarrollar la técnica: soldadura, mecánica, electrónica, técnicas de frío y un gran etcétera. La Feria Internacional de Leipzig era una demostración. Junto a ello, los temas de calidad se abordaban con una amplia base teórica y técnica. Existían diferentes institutos de investigación. Yo me relacioné con el de automatismos y el de matemáticas. Me aproveché de las ediciones técnicas para hacerme una biblioteca, que me fue muy útil  allí y después. Me ofrecieron ir a trabajar a Cuba. Mi padre había muerto. Se había acabado la esperanza de verle. Cuba nos atraía por muchas razones, además del idioma. Nos decidimos ir a la Perla de las Antillas socialista.

     

    Cuba socialista

    En mayo del 64 aterrizamos en La Habana. Una bocanada de aire caliente nos puso a sudar. Estábamos en el trópico. Nos alojaron en el hotel Nacional, en dos habitaciones con aire acondicionado que agradecimos. Allí estuvimos un año. Luego nos dieron la oportunidad de ir a vivir a un reparto Alamar, al lado del mar y donde vivían mi prima Delfina y  españoles que  conocíamos. Aceptamos gustosos.

           Mis recuerdos sobre mi estancia de diez años en Cuba son numerosísimos, personales, técnicos, sociales, políticos, etc. Mi actividad fue muy intensa y variada. Desde las relaciones que podía tener con un tornero hasta las que tenía directamente con el ministro de industria. Diré que Cuba es el lugar donde he sentido que mi trabajo era útil para la gente, para el país. Eso fue un gran estímulo. Diré también que en todos los trabajos que participé y dirigí siempre se hacía presente la voluntad y la entrega de todos los participantes. “Con ese pueblo se pueden mover montañas”. Ese dicho lo comprobé en Cuba.

           Las condiciones de vida no eran buenas, si aceptables. Se volcaba un gran esfuerzo en educación y sanidad. Con esas premisas el pueblo cubano podía haber tenido un brillante futuro. Sin embargo no ha sido así. Creo que faltó continuidad en las tareas de desarrollo económico y sobraron iniciativas poco maduradas y caprichosas, que quizá se las puede permitir un dueño de una finca, pero no el dirigente de un país, por gran prestigio inicial que tenga. Con lo que digo no minimizo los esfuerzos hechos para la industrialización de la economía cubana, ni para la mecanización de la agricultura en los que yo tomé parte. Lo que opino es que hubo muchos pasos dados en esos sentidos, pero no se consolidaron suficientemente y no produjeron los resultados que debieran haber producido. Se podrían citar decenas de ejemplos, que ilustran lo que digo. Ese convencimiento que tengo me llena de tristeza cuando mis amigos me hablan de la actualidad. Porque sigo llevando en lo más profundo e íntimo el recuerdo y las enseñanzas que me dejaron mi paso por Cuba.

           A finales de setiembre de 1974 salimos rumbo a Argelia con el propósito de acercarnos a España. Era la única posibilidad que teníamos.

     

    Argelia

    Llegamos a Orán y el encargado de los cooperantes de la SOMERI nos condujo a la casa que nos habían asignado. Era un edificio HLM, donde vivían otros cooperantes. Ese, el de cooperantes, era nuestro nuevo nombre. La sociedad que me había contratado era una ingeniería mixta de argelinos y suizos. Se trataba de hacer proyectos y supervisar su ejecución a las sociedades nacionales argelinas. Yo me encargué de la parte mecánica de los proyectos y, con el tiempo, de ser jefe de proyecto de algunos. Tenía también un grupo de técnicos y de ingenieros argelinos para irles formando. Se comprenderá que la actividad era interesante y me permitía conocer la nueva Argelia industrial.

           A las pocas semanas me di cuenta que la Argelia socialista no tenía nada que ver con la Cuba socialista. En Argelia, el grupo de militares y acólitos que habían salido triunfadores en la guerra de independencia ocupaban los puestos básicos del poder. Por lo que se podía percibir, en su beneficio. Ese era el ambiente que se respiraba. Por otra parte se había conservado la organización francesa tanto en la administración como en las empresas; por supuesto que en la SOMERI.

           Los proyectos que nos encargaban tenían su lógica y se llevaban hasta el final. Eso era útil, porque se apreciaba el resultado. Estuve metido en proyectos muy diversos. Señalaré uno muy singular que consistía en tres fábricas de tabac a macher. Esa colita de tabaco que se ponen en la encía, así penetra la nicotina en la sangre. Me fui de Argelia antes de ver el final, pero aprendí muchas cosas, entre otras comer cabeza de cordero, especialidad de los bereberes de Constantina.

           Nos llegó la noticia de la muerte de Franco. En el Consulado me recibieron con otra cara. Pero tardaron un año en darme el pasaporte. Ya podía ir a España. Al final, después de varias gestiones, conseguí trabajo. Regresamos ya con democracia.

     

    Miggie

    El 4 de abril de 1980 viajé a México. El grupo de empresas para las que trabajaba querían extenderse a este país. Después de casi 40 años no sabía como me recibirían mis amigos. Al día siguiente les llamé. Mucha extrañeza y satisfacción de volvernos a ver. Hablé con Miggie, gran sorpresa. Nos vimos en la tarde. Casi 40 años sin saber uno de otro, dan para muchas explicaciones. Fotos de familia. La muerte de mis padres. Márgara, su madre, para mi sorpresa, en buena salud. Miggie se tenía que ir ya. La acompañé al estacionamiento del hotel. En el ascensor, repleto de huéspedes, noté el roce de su mano. Nuestros dedos se entrelazaron. Eso fue todo.

           Hemos vivido juntos más de 20 años. Muy felices, recorriendo diferentes lugares y países. Algo parecido a lo que soñaba Miggie cuando nos conocimos en Paris, en mayo de 1939. Miggie murió en Madrid el 8 de noviembre de 2006.

     


    ¿Erratas o imprecisiones? ¡Escríbanos!

    CAPTCHA
    Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

    Compartir

    ImprimirImprimir EnviarEnviar
    Inicie sesión o regístrese si quiere identificar sus comentarios.

    Comentarios

    Enviar un comentario nuevo

    El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
    • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

    Más información sobre opciones de formato

    CAPTCHA
    Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

    (*) Campos obligatorios

    Al enviar tu comentarios estás aceptando los términos de uso.

    ISSN: 2173-4186 © 2017 fronterad. Todos los derechos reservados.

    .