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    La memoria es un animal extraño, y más cuando la química del cerebro hace el espagat

    Isabel Gutiérrez Cobos - 27-11-2014

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    Del cuerpo que me aguarda

     

    Es automático. Abro los ojos y mi cabeza empieza a disparar. ¿Qué día es hoy? ¿Qué hora es? ¿Qué cosas tengo que hacer? Todavía se cuelan cálculos inútiles de eficacia. Duran pocos segundos, pero cuando pienso en incorporarme, caminar hasta el baño, ducharme y desayunar, me parece increíble que el cuerpo no me obedezca. Incorporarme sin ayuda puede resultar toda una odisea de movimientos fallidos, búsqueda de apoyos y resoplidos hasta conseguir, algunas veces, sentarme en la cama lista para apoyar los pies y ¡salir corriendo! Ja. Mis pies se han ido curvando hacia adentro y ahora son un apoyo torcido y débil. Hace unos años escribí que ellos, los pies, son el par más sofisticado de nuestro cuerpo, soportando a base de toda una ingeniería biológica, nuestro peso erguido, nuestros saltos y bailes, nuestros paseos y carreras buscando el abrazo o huyendo de la quema.

     

    Los pies. Los zapatos. Empezó con un puchero. Luego sentí una de esas lágrimas gruesas que dejan marcado su paso y llega hasta la punta de la nariz para caer en el vestido y mojarlo. Aquello se convirtió en una llantina y, bien acompañada por mi amiga María Jesús, lloré desconsolada unos minutos... Todo esto por la tremenda gesta de regalar mis zapatos, sobre todo los de tacón. Vaya frivolidad. No parece serio teniendo causas importantes por las que sufrir, ponerse a llorar al despedirse de los zapatos de tacón. Pero fue así y ahora, meses después, el recuerdo me hace cosquillas y sonrío. Como una niña. 

     

    Somos responsables de nuestra vida. Con matices, muchos. Aunque a la parte del vuelo de la mariposa o el ciclón que me anunció la gravedad de mi enfermedad no me gusta darles más reconocimiento del imprescindible. Y, además, en ese vientecillo que empieza y puede acabar en huracán cabe de todo. Mejor tenerlo en cuenta aceptando la realidad terca de lo imprevisible y tener ejercitado el gesto de sorpresa y acomodarlo en nuestra realidad dejando que se despliegue mientras lo observamos (cejas en alto, boca abierta).

     

    Y en esas labores de decidir lo posible y encajar lo imprevisible, rebasada la mitad de la centena, noto perfectamente cómo mi cuerpo es más ajeno. Al mismo tiempo lo miro más que nunca. Sigo aquí dentro de esta caja de huesos, músculos y vísceras. Y a veces, cuando me hablan en diminutivo o no tienen tiempo para traducir mis gestos o esperar a que escriba lo que quiero decir, me enfado. ¡Sigo aquí dentro! Sin embargo,  esta nueva distancia entre mi mente y mi cuerpo me permite tener y jugar con nuevas perspectivas.

     

    Me asomo por los ojos. Encuentro un balcón acariciado por las pestañas. Desde ahí observo el mundo de fuera. Los colores, las caras y cuerpos conocidos, la lluvia. Al principio miro alrededor al tun tun. Pero enseguida voy concentrando mi atención en los detalles. Un cielo azul con nubes  rasgadas hasta el horizonte, el campo amarillo cosechado o verde aún madurando para el otoño. Mis hijos que me abrazan y me llenan de besos ruidosos para desaparecer en segundos por la puerta en busca de todo y de nada, ligeros y alegres. La magia se produce cuando dos miradas se cruzan, se reconocen, se comprenden. Y si con suerte no hay un cruce de palabras que las distraigan ese mensaje perdura en la memoria más que cualquier discurso. Hace poco reconocí una mirada luminosa y otra inquieta, curiosa, creativa. ¡Un espectáculo!

     

    Doy un paseíllo tranquilo todavía con mis recuerdos revueltos y aprovecho para deslizarme hacia el oído. Esquivo la trompa, los huesecillos y el tímpano de puntillas hasta sentarme y columpiarme en los dobleces de la oreja. Ahí todo es agitación. Cada sonido me envuelve en cosquillas. La música me mece, los gritos me aturden, los secretos me acarician. Las campanas me hacen dar saltos. Lo mejor, escuchar en silencio la respiración de una persona querida o la música. Desde la oreja siento las notas unidas como una brisa brillante y de colores que se eleva para descender de un columpio imaginario y posarse sobre otras notas formando acordes, arpegios y demás maravillas sonoras. Sobre todo cuando escucho un chelo, dulce, firme, sedoso. Distingo su sonido en el jolgorio de la orquesta. Desde aquí veo mis brazos elevarse, girar muñecas y extender los dedos, intentando dibujar el camino de cada nota.

     

    Mmmmm, huele a consomé recién hecho, a pollo con zanahorias, a casa. Una nariz pequeña la que me adorna, me sirve de nuevo asiento donde observar. Muy sensible a los olores, preludio y compañía de los sabores. Sentada a horcajadas en ella, apenas consigo guardar el equilibrio. Es un pequeño mundo de sensaciones que pintan los días y bautizan nuestra memoria otorgando a cada momento un recuerdo. La merienda infantil de vacaciones comiendo pan con chocolate, las empanadillas caseras en los veranos en Fuengirola, de coco natural en Acapulco, el café de puchero, el mole, los frijoles y el guacamole de mi niñez y adolescencia. El perfume dulzón de las tías gemelas de Sevilla, el olor de la pasión, sudores incluidos del despertar. Un buen vino, lentejas y el jabón cremoso que huele a esmero. Disfruto con cada experiencia aunque algunas me hagan fruncir el ceño y arrugar la nariz rechazando la invasión desagradable de los olores a humo y suciedad acumulada cuando la lluvia desaparece de los mapas demasiado tiempo o a insecticida. Me marea el olor pegajoso de algunos productos que se venden para refrescar el ambiente.

     

    Entregada a la excursión y con el sol veraniego danzando, voy canturreando a repasar mis pecas en la piel. Sonrío cuando recuerdo cómo Álvaro, siendo muy pequeño, me preguntó

     

    —... y ¿cuántas tienes?

    —Cuéntalas tú

     

    Después de unos minutos me miró sonriendo satisfecho de su cálculo y me dijo:

     

    —¡Ya lo se mamá! Tienes infinitas.

     

    Y que razón tiene, porque ellas se multiplican y se juntan en verano bajo el sol y se van quedando más separadas y de color suave en otoño e invierno. Siento el viento que choca, despeina y acaricia. Que levanta faldas y empuja basura y hojas. Consigue hacerme sentir viva, incluso cuando forma pareja de baile con la lluvia. No me gustan los paraguas. El agua cae para refrescarnos, quitarnos la sed y la roña pegada de ciudad, encierros y prisa. Y si cae tormenta busco refugio y tiempo para escuchar su sonido. Me gusta el agua en porciones infinitas como mis pecas. Llego a las manos, también con pecas y ahora huesudas, que tienen su ritmo y vida propia. Se mueven para coger y recoger, para ofrecer, para bailar, aplaudir y acariciar. Para lanzar y recibir, pero sobre todo para hacer redondos como el sol los abrazos que un amigo rellena con un beso para completar el gesto y guardar los tesoros de cada día.

     

    Es de noche y me acomodo en la cama. Queda aún un rato más de percepción a través de la lectura. De todas las renuncias que he ido acoplando para convivir con ellas sin remedio saber que esta capacidad, aventura y diversión sin límite seguirá conmigo es un enorme consuelo. Todo mi cuerpo se va entregando a la huella en el colchón y así termina este día –uno más– lleno de sensaciones. Buenas noches. ¿Soñaré que vuelo, cuerpo ligero, poros abiertos, viento en la cara? Me encantaría.

     

     

    Casas, sueños y recuerdos

     

    Y nos mudamos. Aquellas escaleras eran una trampa mortal. Debíamos recuperar la amplitud y la sencillez de lo horizontal. El ejercicio de vaciar una casa donde se ha vivido 16 años es gigantesco. Siempre puedes encargar que el servicio de traslado incluya el embalaje. Pero el ejercicio de revisar, decidir qué tiramos (para algunos, una decisión imposible), qué ordenamos, cómo protegemos lo más delicado y, al final, cómo se reparte todo lo elegido, es titánico. Porque lo que más cansa es la función ejecutiva, la de decidir continuamente, qué, cómo y dónde, y además (la guinda de la tarta o la gota que desborda el vaso) acordarlo con los demás habitantes de la casa. Una guerra de trincheras. Antes, mucho antes de este episodio, ya me imaginaba yo gigante como Alicia en el país de las maravillas, sentada y con mi casa empequeñecida. ¡Qué oportunidad para abrir ventanas y puertas y darle la vuelta para limpiarla de la acumulación absurda de todo! O no usamos lo que tenemos porque somos incapaces de encontrarlo o incluso porque hemos olvidado su existencia. Quizás por esta razón no llegué nunca a enamorarme de esta casa. Simplemente, la casa era más fuerte que yo.

     

    La casa con la que sueño no es la que imagino tener junto al mar algún día. Es la casa en la que crecí hasta los 18 años en México D. F. Aparece ella sola, a modo de decorado de aventuras nocturnas. Sueños extraños, agitados, divertidos, de todo tipo y actores variados, ocupan sus espacios bien definidos y luminosos. La luz entra a raudales por las paredes de cristal que dan acceso al jardín principal o al pequeño, más coqueto y recogido. Están además los tres jardines interiores, cubos de tres lados de cristal llenos de verde y que hacen de biombos gigantes entre el comedor pequeño y la habitación de mis padres al final del pasillo, separando lo que llamábamos el despacho de papá y el costurero de mamá. Del otro lado del pasillo las cuatro habitaciones y los tres baños. Las puertas hechas con láminas delgadas color blanco opaco con rectángulos formados por varillas muy delgadas de madera. Todas las habitaciones tienen una pared de cristal por donde se sale al jardín grande.

     

    No puedo evitar sentir un escalofrío cuando entro, después de tantos años deseando hacerlo, a ver sus habitaciones. Siguen ahí los paneles de madera en las paredes, los sillones de cuero, la mesa grande para cortar patrones y telas, el florero con preciosas flores de papel (“¿quién me ha cogido las tijeras?”, preguntaba mi madre decenas de veces...). La máquina de coser Singer negra. Del otro lado la cocina amplia y con puertas de cristal hacia un patio donde jugábamos a ser mayores, usando el triciclo y el patinete como coches, bajando por la escalera a la puerta de servicio donde imaginábamos hacer la compra. Cuando llovía torrencialmente el agua se colaba e invadía la cocina con gran disgusto de mi madre. Recuerdo el refrigerador naranja de perfiles redondeados, la barra para desayunar detrás del fregadero, la lavandería detrás de un murete cubierto de azulejos grises.

     

    Siento los latidos agitados de las grandes ocasiones cuando puedo abrir la puerta y entrar. Subir los tres escalones y cruzar la puerta de madera con cristales de colores. La sala y la salita con una chimenea preciosa que no recuerdo nunca haber visto encendida. El comedor para seis donde desayunábamos, comíamos y cenábamos en familia. El comedor para doce donde mis padres organizaban cenas con amigos mientras nosotros espiábamos las conversaciones.

     

    Es lunes soleado y temprano. Don Aciano y su sombrero están cortando el césped y escucho el crish trac crish crac que hacen las cuchillas de la segadora manual. La empuja haciendo el dibujo de caminos verdes que más tarde peinará con un rastrillo en forma de T con dientes de metal. Mi memoria completa la escena cuando mi madre me pide que le lleve la charola (bandeja) con el desayuno. Huele a chilaquiles, a frijoles, a tortillas calentitas. Mi madre platica con él y le dice que quizás ha podado demasiado una planta. El responde: “todo retoña, doña Charo”. Y sonríe, seguro de su augurio. Don Aciano recorta los bordes con unas tijeras enormes y pesadas que el maneja con destreza. Trrras, un golpe seco que cierra las cuchillas seguido de otros muchos que completan la percusión del comienzo de cada semana. Los rosales al fondo, en la esquina el colorín de hojas verdes con forma de corazón, el columpio rojo, el sube y baja del mismo color. Las margaritas en la esquina de la terraza grande unida a otra alargada y más pequeña, por un puente a ras de suelo hecho con madera. La pared de la jardinera justo detrás tapizada de azulejos con decoración en color azul.

     

    México es de colores. Rosa intenso, verde esmeralda, azul amarillo y morado. Huele a tamales, a mole, a mango y a tacos. A dulce de leche, cajeta y churros zamoranos. A elotes y carnitas. A tequila, mezcal y a cerveza (“la rubia que todos quieren”). Estéticamente, México se ríe de la sobriedad, signo de elegancia en otros países que no necesita ni comprende. Con una vegetación exuberante parece el ambiente propicio para disfrutar a lo grande. Aunque sus excesos se muestren también en la riqueza excesiva de unos y la miseria infinita de otros. Con mariachis y música gringa es una mezcla explosiva de contrastes. Mi niñez y adolescencia fueron allí y es el momento de disfrutar recomponiendo el rompecabezas. Para mis hijos. Para Andrea.

     

     

    Tocata desordenada

     

    Mi madre desafina. Toda su vida estaba centrada en que las cosas fueran armoniosas, sin aristas. Y resulta que ahora no acierta ninguna nota. Los acordes son estridentes, las notas se tropiezan y no existe ritmo en absoluto.

     

    Acabo de llegar a Zamora y la veo con su bata azul claro con ribetes blancos en la habitación al final del pasillo. Mete la mano en el cajón buscando al fondo y cerrando los ojos como si la oscuridad acompañase mejor a las manos que tocan y sueltan hasta reconocer el paquete de cigarrillos con su envoltura de celofán que se resbala entre los dedos. Y por fin los saca y los abre  acompañando el gesto con una gran sonrisa triunfal.

     

    Pero aún sigue nerviosa buscando en sus bolsillos algo para encender el cigarrillo, el primero del día. Y se va a la cocina sin percatarse de mi presencia todavía. Enciende el fuego y con el cigarrillo entre los labios agacha la cabeza ladeada y aspira con fuerza la primera calada. La sonrisa vuelve a aparecer, junto a un suspiro tranquilizador. Continúo de incógnito observándola y adivino sus pensamientos…

     

    —¡Por fin! ¿Serán bobos que me quieren convencer que fumo demasiado? ¡Pero si no me trago el humo! ¡A mi edad quieén se atreve a decirme lo que debo y no debo hacer!

     

    Y llega la segunda calada con una aspiración más suave. Incluso juega con el humo dejándolo salir poco a poco.

     

    Miro hacia el salón. Ahí esta papá sentado en su sillón, dormitando con la boca abierta. Qué fragilidad desprende a pesar de poseer una osamenta grande que ahora define todo su cuerpo delgado. Pómulos, cráneo, manos. Los pies grandes, cubiertos por calcetines, para sostener a un cuerpo también de gran tamaño. Me acerco y le doy un beso en la frente. La piel es tan fina que parece de papel. Nunca me inspiró tanta ternura. Nunca. Vuelvo hacia el recibidor y veo que mi madre viene hacia mí, aún sin verme. Cuando pierde la concentración en su gran triunfo levanta la mirada y ahora sí, sus ojos se tropiezan con los míos. Al principio sin expresión muestran unos segundos de extrañeza sin reconocerme. De repente se iluminan, da un pequeño saltito de alegría y abre sus brazos.

     

    —Cariño, ¡que sorpresa! ¿Cuándo has llegado? ¿Y los niños?

     

    Y apoya su cabeza en mi hombro pidiendo mimos y caricias. Vuelve a separarse un poco mientras sigue sujetándome por los brazos y me pregunta:

     

    —¿No me cuentas nada? ¿Te has cortado el pelo? ¡Se te ha olvidado ponerte los pendientes!

     

    Miles de arrugas de todos tamaños y en varias direcciones cubren su cara algo pálida. El pelo tintado y demasiado lacio, atado con una liga de colores, no le favorece. Recuerdo su melena cuidada, su cabeza llena de rulos para darle volumen, su atención hasta el último detalle frente al espejo. Pero ahora estamos aquí y ahora. El abrazo me envuelve en un olor ácido, revenido. Y siento rechazo, pero no muevo ni un músculo hasta pasados unos instantes más. Sigue pidiéndome noticias que yo no puedo darle de viva voz y además no importa demasiado. Parece que se conforma con escucharse a sí misma cumpliendo con el protocolo de la visita... Hasta que se termina el cigarrillo, lo apaga y vuelve a mirarme despacio. Algo cambia en su ánimo. Parece como si fuese el humo de cada calada el que conseguía el brillo en la mirada, el tono alegre de las preguntas.

     

    Se va apagando según pasan los minutos y su cuerpo disminuye, su mirada se opaca. Camina algo encorvada pidiendo protección, hablando de su cansancio de esa mañana.

     

    —Mira que es extraño que yo me sienta cansada. No sé qué me ocurre. Quizás deba tomarme algún analgésico. Tengo mucha ansiedad. Y el cuello me da unas punzadas terribles... Me voy a la cama. ¿Me traes un vaso de agua? Tengo mucha sequedad en la boca.

     

    Para demostrarlo chasquea dos veces la lengua. Y mientras camina vuelve a encadenar este otro discurso, triste y contrariado. Arrastra los pies por el pasillo y se mete en la cama ya encogida hasta el tamaño de un pajarito, encorvada y gris. Le doy un vaso de agua y me siento a su lado. Me coge la mano y sigue la retahíla quejumbrosa.

     

    —Soy un desastre, ¿verdad? Tú vienes a verme y yo estoy hecha una mierda.

     

    Ella que nunca decía mierda ahora lo hace vocalizando la palabra. Que nadie se confunda, he dicho mierda.

     

    Le hago caricias en el pelo, en las manos. Le coloco el edredón y le escribo...

     

    —Venga, descansa un poco. Pero dentro de un rato vengo y te ayudo a ponerte guapa para salir a dar un paseo.

     

    Sin prisa, me alejo para respirar aire más ligero. Me absorbe energía como una aspiradora hambrienta. Salgo a la terraza a sentir el sol en la piel que imagino opaca y tristona como el ambiente bajo techo. Un poco de brisa me convence y me siento a disfrutar de unos momentos con los ojos cerrados recordando viejos tiempos. Años de infancia y juventud con mamá bien arreglada y dispuesta. Cuando va a salir y se pone guapa nos deja –si no ha llegado papá aún– mirarla mientras se arregla. Se cepilla el pelo color castaño claro, se hace crepe para darle más volumen en la onda que enmarca su cara. Se pinta los labios y los ojos sacando todos esos tarritos y tubos de colores de la caja de flores que siempre está en la repisa, esperando su turno de aparición. Se detiene un momento y nos mira y sonríe. Y empieza a cantar una canción que no se me olvida.

     

    —En un país de fábula vivía un viejo artista...

     

    Aunque los malos días, demasiados, se queja de jaqueca, de que no la ayudamos. Está triste y nos impregna de niebla densa el ánimo que nos paraliza un poco a todos. Cada parrafada empieza con

     

    —...es que tu padre...

     

    Y así se pasan las estaciones de días buenos y bastantes malos. De verla guapa, animada, a empezar con los dolores de cabeza y de cuello. A la cantinela de

     

    —...tu padre se va a enterar... Cualquier día...

     

    Aprendimos a dedicar mucho de nuestro tiempo a buscar la forma de alegrarla, de que papá no se enfadase. No era fácil, pero nos esforzábamos.

     

    Todo son contrastes, notas bajas y altas van encadenándose en mi memoria. Ya queda lejos la celebración de sus bodas de oro que preparamos todos juntos y alegres. Cada uno mostró su mejor perfil. Mamá guapa y radiante, papá protagonista se siente muy ufano rodeado de su familia, su creación. Me desperezo y con algo de energía recuperada vuelvo a la madriguera y entro agitando los brazos para aclarar el ambiente y animarla a levantarse.

     

    —Venga, mamá, vamos a ponerte guapa.

    —Déjame un poco más. No sé qué me pasa hoy, estoy agotada y el cuello... Es que me mareo...

    —Venga, vamos, despacito, y verás que te animas y se te pasan los dolores.

    —No sé, no sé. Vale, déjame que no soy una niña chica.

     

    Saca un poco de genio y se va hacia el baño, aún sin separar las plantas de los pies del suelo. Incluso hace un gesto de mareo y se agarra al quicio de la puerta mientras la mano derecha se sujeta el cuello por detrás. Yo hago como que no he visto nada porque sé que es el rol aprendido, el estribillo de una canción memorizada a lo largo de toda su vida.

     

    Mientras escucho el agua que llena la bañera busco en su armario algo alegre que la haga sentirse guapa y preparo todo. Tocan el timbre y me asomo a ver quién es. Llegan unos amigos a visitarla. Los recibo y mientras les pongo al día de su estado físico y anímico casi sin sentirlo aparece ella, toda energía, salud y sonrisas. La actitud social me sienta como un puñetazo. Se mueve airosa, ofrece bombones y coquetea con todos. En un momento dado me busca con la mirada y me pide cantarina:

     

    —María Isabel, ¿puedes traerme los cigarrillos? ¡Hoy no he fumado ninguno!

     

    Siempre es el primer cigarrillo, el primer café. No sabe por qué se siente mal, ella que cocina a diario (hace más de dos años que ya no lo hace). ¿Dónde está nuestro coche? ¿Cuándo volvemos a Madrid?

    —Con lo mucho que quiero a tu padre, míralo ahí, casi sin poder hablar....

     

    Se acerca a él y le acaricia la cabeza y yo pienso: menos mal que no habla, porque si lo hiciera le diría iracundo

     

    —¡No me acaricies como a un perro!

     

    Pero ella insiste y hasta le dice

     

    —Cariño, a que te gusta que te haga mimos...

     

    Y para asombro de todos él la mira y consigue decir con toda claridad:

     

    —Ahora, sí.

     

    Y entonces siento que la pena se va a paseo porque me estoy riendo. Es genial que esas poquísimas palabras y el desorden de la memoria y los sentimientos creen estas escenas surrealistas. Realmente viven en una nueva dimensión. Llenos de recuerdos confusos y de nuevas exigencias absurdas. Pero siguen aquí y cuando se vayan lloraré por lo que fueron y no fueron, lo que recibí y di, por quedarme huérfana. Es inevitable. Un largo acorde de notas bajas me empuja a sentarme en el sillón a continuar la función mientras dure.

     

     

    El padre

     

    Desde Zamora se llega a Villaralbo en cinco o diez minutos por carreteras secundarias cruzando campos y casas sin terminar, como corresponde al paisaje de esta época de crisis. Entro por una calle ancha y en cuanto meto el morro del coche por ella se ve ya la torreta con el reloj, guía visual de la residencia de ancianos donde inevitablemente hemos llevado a nuestro padre hace ya tres semanas. Un dragón con su fuego ya casi apagado. Grande y aún con cierto aire poderoso. Pero perdido en las conexiones caprichosas de su cerebro. No son pocos los 91 años que lleva vividos, aunque no dejo de pensar que, sobre todo los últimos, no los vivió con alegría, con pasión, aunque sí con la furia incansable por mantener su independencia y el poder de ser el padre.

     

    Hace frío. Aparco cerca y me pongo el sombrero que me hace sentir protegida. Empujo sin éxito el portón de entrada y pienso con enfado: por qué es difícil entrar en un lugar tan triste. Abandono el impulso inútil al encontrar un timbre a la izquierda. Espero pocos segundos y se escucha el chasquido del cerrojo y la puerta grande de madera vieja y un poco desconchada. Se abre. Es más fácil empujarla por la manilla gruesa de metal dorado, suave de tanto manoseo diario.

     

    Desde la entrada me sumerjo en un universo diferente, donde hasta el tiempo parece tener otro ritmo. Aquí las horas se adaptan a la convivencia de muchos ancianos en diferentes momentos de su final de etapa. Un grupo de asistentes que entran y salen diligentes, sonríen y saludan siempre a los familiares y amigos que nos asomamos, adaptándonos también a este ambiente de suspiros y extrañezas. Saludo a la recepcionista y empujo la segunda puerta, esta de cristal, eligiendo la vía más directa a través del patio en lugar de los pasillos más cálidos, pero también mas tristes. Un patio hecho para que en primavera florezcan los rosales y alegren el ánimo. Y también para sentir el aire en la cara y en las manos o el sol calentar y alegrar los colores de todo. Ahora se ve la tierra desnuda, con los tubos para el riego por goteo, los árboles tristes y los bancos vacíos.

     

    Llego a la tercera puerta que chirría, molesta por el empujón, y empiezo el recorrido que hago siempre, procurando mirar los cuadros que llenan las paredes. Son más fáciles de observar que a los habitantes de cada habitación. Cuando mis ojos se tropiezan con alguno sentado, solo y como perdido, se me encoge el ánimo tanto como a ellos sus espaldas. Apenas se mueven... La  mayoría solos, algunos hablan a sus personajes y debaten con ellos sin pudor, ni necesidad de sentirlo.

     

    Hay cuadros curiosos. Intuyo que cada uno tiene una pequeña historia detrás. Mis ojos resbalan de uno al siguiente preguntándome quién los habrá pintado, tan diferentes en tema y hechura entre sí. Imagino a parientes agradecidos o empleados con dotes artísticas. Las piernas, que reconocen el recorrido de otros días, me llevan automáticas hasta el final del pasillo. Antes de llegar y por sorpresa un hombre me detiene tocándome el hombro y así, sin preámbulo, me dice:

     

    —Bésela, que se merece todos los mimos por ser así de guapa a los 99.

     

    Y entonces vuelvo la cabeza y me encuentro con una sonriente abuelita con los ojos brillantes porque siente que eso que dicen de ella es verdad. Y yo la abrazo sin dudarlo. Es una campeona.

     

    Sonrío más ligera y sigo mi periplo hasta la ultima habitación a la izquierda. Es posible encontrar brillo a los 99...

     

    Todas las puertas son grandes para permitir el paso de las sillas de ruedas, las camillas... Ese olor a desinfectante que detesto se cuela en mi nariz desde el baño. Cierro la puerta del tufillo para poder  acercarme a él. A ver si hoy me reconoce.

     

    Mirada alegre y sonrisa. Abre los brazos y yo me inclino y lo rodeo con los míos. Me convenzo de que sabe quien soy. Y me siento a su lado sin soltarle su mano grande y un poco deforme, con la piel de seda, fina y trasparente. Las uñas perfectamente cortadas. Levanto la vista. Él me mira con los párpados arrugados a media asta, preludio de despedidas y que hacen el efecto de tener sueño siempre... Pero aprieta mi mano y sonríe. Y yo sigo contenta pensando que sabe quien soy. Y que eso es lo máximo que puedo esperar. Bueno, eso y que coma algo. Porque parece que además del vocabulario ha olvidado masticar, ha olvidado el hambre. Y los hijos nos resistimos a entubarle, pero creo que tenemos perdida esta batalla entre otras que esperan su momento para estallar. Habrá que decidirlo. Mientras tanto mi padre mira hacia la puerta y dice:

     

    —¡Toros! Vamos.

     

    Y luego se ríe. No sé si los ve de verdad o se ríe un poco de todo y de todos. Creo que le asaltan imágenes desordenadas de su juventud en México, donde iban al fútbol por la mañana y por la tarde a los toros, para terminar cenando todos juntos en francachela. También de cuando él mismo toreó una vaquilla, momento del que tenemos fotos. Él todo de blanco y con fajín oscuro, guapo, alto, con bigote fino a la moda de Pedro Infante y en posición de mostrar el capote al bicho con bastante donosura. Siempre fue coqueto y presumido. Y muy soberbio.

     

    Decidimos llevarlo de paseo... Por los pasillos. Fuera ha empezado a lloviznar. Julia me dice que ella empuja la silla para que yo no le suelte la mano. La dulce Julia que nos ayuda a acompañarles. A él y a mi madre que, en un paisaje sin memoria, va y viene preguntando lo acontecido cinco minutos atrás, desorientada, aunque de apariencia excelente a sus casi 85 años. Dulce Julia de mirada de niña triste y con razón, trabajando desde niña y ahora abrazando a sus hijos con el entusiasmo que nunca recibió. Julia, la dulce.

     

    Y así vamos acompasados los tres. Julia empuja, yo acaricio, abrazo, sonrío. Él presiona agradeciendo el tacto, la calidez. Imagino lo que deseo. Ya medio olvidadas tantas tensiones en su casa cuando, confuso y aún de pie, quería salir a media noche a hacer un montón de gestiones pendientes riéndose irónico cuando le enseñaba a través de la ventana la oscuridad...

     

    —¡Pero si solo esta nublado! ¿A quien quieres engañar?

     

    Lo tuve que empujar y cerrar con llave mientras él golpeaba la puerta y decía que llamaría a la policía. Noches tremendas, que yo viví alguna vez y mi hermana más de trescientas. También con sus días sintiéndose perseguido por ladrones entre los nietos, escondiendo sus carteras llenas de papeles absurdos, preguntando por el día, la hora y lo que había que hacer, desviviéndose en un afán continuo y agotador. Hasta que esa agitación invadió todas sus noches que dejaron de ser el tiempo del reposo para ser el de las alucinaciones y el desvelo de quien estuviese a su lado.

     

    Ahora el deterioro se acelera. Cada día que pasa su conciencia, su dignidad y su memoria están más enredadas y confusas. Y ahora que no impone, por fin vulnerable, puedo abrazarlo y a veces provocar su abrazo. Mis labios dibujan el puchero, prólogo de una llantina con ganas de liberarse.  Respiro dos o tres veces y me calmo. Ahora no. Aquí no.

     

    Llega mi hermana, toda fuerza o resistencia, como ella define a todo ese impulso por solucionarles la vida a los demás. Le habla y le sonríe y una vez más intenta que coma algo y noto cómo se exaspera por dentro cuando mi padre se niega incluso a abrir un poco los labios, mandíbulas apretadas. Patricia mira y descubre uno de esos batidos proteicos y vuelve a intentarlo. Después de media hora ha conseguido que se beba un tercio. Lo deja y me mira frustrada.

     

    —Así lleva toda la semana. Tenemos que aceptar lo de la gastrostomía. Además, está muy cansado.

     

    Se le cierran los ojos. Decidimos adelantarnos a las auxiliares y le ayudamos a acostarse.

     

    Le quitamos la camisa y  empezamos a  ponerle el pijama. Pero de pronto exige ir a lavarse los dientes. Mi hermana y Julia lo levantan y apoyado entre las dos van al baño donde esta vez ha recordado el orden de sus hábitos y aún ha tenido fuerza de pedirlo con su acostumbrada autoridad, ahora bastante maltrecha. Luego le ponemos el pañal, algo inaudito para un dragón. Unos segundos después cruza los brazos sobre el pecho y se duerme en un instante, agotado de toda esa electricidad desordenada y a rachas que siente en su cabeza y –supongo– del caos de personas que revoloteamos a su alrededor.

     

    Nos vamos y los pies no consiguen elevarse mucho del suelo. Retrocedemos el camino de entrada, el patio oscuro y hoy sin luna que lo ilumine. Silencio. No hablamos mientras cruzamos la recepción despidiéndonos con un movimiento de cabeza.

     

    Ambicionar más longevidad sería casi absurdo, pero presenciar su deterioro, cuando ya apenas se reconocen sus maneras, es muy triste. Penoso. Muchos ambicionamos morir un día durmiendo en la cama. Sin previo aviso y después de haber tenido una vida plena. Pero la vida es lo que es y desde luego pocas veces su ritmo es armónico. El significado de las notas, de los acordes, un misterio.

     

    Un poco cansados de tantas horas de mirarlo preguntándonos qué piensa, qué siente, qué quiere. Se acaba. Y cada uno se despide como puede. Él va perdiendo su conciencia porque de otro modo nunca, nunca se bajaría del tren.

     

     

    Compañeros de viaje

     

    Subimos a la azotea donde está el hammam del hotel en Ouarzazate. La ciudad de adobe con su kasbah es un punto geográfico al sur de Marruecos que te permite además acercarte al desierto, encontrar tuaregs con sus turbantes azules que, entrenados para el turismo se ríen (creo que de nosotros, aunque acabamos acompañándoles) mientras nos ofrecen colocarnos turbantes. Conocimos a un hombre que andaba en bicicleta con una pierna amputada (y ningún artilugio ortopédico). Visitamos casas inmaculadas de adobe, sin muebles, apenas algún banco; vendedores de alfombras, niños en permanente carrera por conseguir algo o vendernos fósiles, muñecos, su sonrisa. Lo que sea.

     

    Escuchamos música de percusión fuerte y sugerente mientras tomábamos té y nos sonrojamos si los bailarines nos elegían para contonearnos juntos con movimientos sugerentes.

     

    Mercados coloridos donde te cruzas con un sastre cosiendo ropa con su vieja Singer, comerciantes tomando el té en una mesita minúscula, ocupada por la tetera y los vasitos para cuatro hombretones con chilaba que, con gestos, ilustraban en lenguaje universal el toma y daca de los expertos. Puestos de especias de mil colores, olores y texturas y mujeres cubiertas de telas negras que, cuando son agredidas por el objetivo de mi cámara, realizan un movimiento de camuflaje ocultando sus ojos, única parte descubierta hasta esos segundos. La foto capta el aleteo de las telas. No es justo. No lo es.

     

    Al atardecer del último día entramos en el hammam las tres amigas. En esta habitación húmeda y templada, ya desnudas y preparadas para el rito, tengo la sensación de poder diluirme y descansar. Una mujer joven marroquí remueve el agua caliente responsable del ambiente y comienza a frotar cada cuerpo, por turnos, de la cabeza a los pies. Pudo ser la arena fina del desierto o la roña acumulada de toda una vida. Lo cierto es que salía una capa de piel gruesa al final de cada roce. Reímos primero algo ruborizadas y finalmente cómplices del cambio de piel y aligeradas de aquello que sobraba. El resultado fue disfrutar del tacto de la piel de un bebé y de una sensación de ligereza, premio por haber dejado atrás una carga inútil.

     

    Aquí, en mi presente con ELA, vuelvo a ser bañada por manos ajenas. Y no siento pudor ni frustración. Sí, disfrutaba de las duchas a solas, muy calientes. Del albornoz, la crema y el tiempo. Pero torpe y en horizontal me dejo ayudar y, siendo así, conozco una nueva ceremonia en esto de quitarse la suciedad y permitir que lo hagan otros por mí. Me siento incluso mimada. Aún puedo ayudar levantando los brazos, doblando la rodilla o girándome para dejar la espalda al alcance de la esponja suave, el agua tibia, la toalla y la crema. Amparo me dice que podría posar para Modigliani y yo me río explicándole después que tal vez la modelo es más del tipo de Rubens. Seguimos riendo. Y descanso. Porque poco a poco me voy quitando importancias (¿terminaré algún día?), la vergüenza inútil, los tapujos y la falsa dignidad. Esta última es la más rabiosa y todavía despierta a mi genio (el mal genio) cuando los demás exageran un poco su cuidado haciendo por mí cosas que aún creo poder hacer.

     

    Dejarse ayudar es una situación que merece toda mi atención. Pero llevo parte del camino recorrido y es fascinante.

     

    Hace unos años Maite me indica que me tumbe en la camilla y, doblando mi rodilla, intenta rotar la articulación de mi cadera. No lo consigue. Porque yo no conozco mi cuerpo. No me conozco. Y por más esfuerzo que hago, aún pletórica de energía, tan solo con el inicio de la disartria, no sé cómo manejarme. No sé cómo decirle a mi pierna y cadera: “permitid que os muevan”. No lo conseguí. Me pide que respire profundamente y me pone suavemente las manos sobre los hombros. Tiene que aplicar fuerza sobre ellos para que yo comprenda que, para respirar, no necesitamos elevarlos en tensión. Mi cuerpo es puro afán de control. Torpe, tenso y dolorido. Me duelen las lumbares, el cuello, el hombro, los pies. Siempre hay alguna zona adolorida de tanto esfuerzo por ¿vivir? ¿De quién es este cuerpo que llevo encima desde que me sacaron con fórceps del vientre materno? Mi cuerpo era algo ajeno y extraño.

     

    Yoga. Lo primero, respirar, sin prisa. Nos bajamos del mundo y somos una corriente aérea que entra, ilumina, se reparte y sale. Estiro ese cuerpo aún aturdido, pero que empieza a disfrutar estirándose, reconociéndose. Calma, atención. Respiro y me concentro.

     

    Tai chi. El tiempo cambia su ritmo aplacando los latidos y sofocos. Las manos ligeramente abiertas manejan el espacio como si fuera gelatina. Las piernas se doblan ligeramente y se habitúan al gesto que da energía para el equilibrio, los giros y los dos segundos de quietud para comenzar la siguiente figura. Es un baile sedoso en compañía de mi cuerpo que, feliz de conseguir ¡por fin! toda mi atención, disfruta y vuelve a hacerlo, con el abanico, la espada o la esfera imaginaria que acariciamos en el camino.

     

    Y más cuidados. El fisioterapeuta me estimula los pies torcidos, las pantorrillas como piedras. Dobla y estira tobillos, rodilla, muñecas y hombro. Me pide que relaje la tensión de pierna y pie y ¡lo consigo!, ahora que mis moto-neuronas están para el tinte no encuentro problemas, ninguno, para liberar a voluntad partes aturdidas por el ELA. Así es que era cuestión de atención, de un diálogo sereno conmigo misma. ¡Albricias por el descubrimiento! Colón no lo hizo mejor.

     

    Ahora me miro y observo, me reconozco. Quedan rincones y sombras, pero la luz ha entrado en el recinto. Ahora que las responsables de enviar mis órdenes a la esquina precisa van apagándose, en este momento, justo ahora, puedo verme, escucharme, incluso escribir mis sensaciones. El agua y el aire (brisa o huracán y todos sus matices), la humedad y la brisa, el tiempo y el espacio acariciado, me han traído hasta aquí. Un viaje necesario. Somos nuestro compañero de viaje. Sin remedio.

     

     

     

     

    Isabel Gutiérrez Cobos nació en México en 1960. A los 18 años se trasladó a España y estudió Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó en el sector de logística internacional, hasta que la enfermedad le obligó a retirarse a los 51 años de edad. Cómo se aprende a vivir sin pronunciar ‘perro’ y algo más fue escrito dentro del Taller de Periodismo Literario que imparte Doménico Chiappe. En fronterad ha publicado Lo perdido, perdido. Luchando contra una esclerosis lateral amiotrófica y Los demás, los otros. La autora es paciente y voluntaria de FUNDELA.

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