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Los nombres de las cosas el blog de Laura Ferrero Carballo


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21 de febrero, 2017

Puede fallar

 

 

 

Gracias

 

Mientras este tren me lleva a una ciudad de la costa en este país que no es el mío, mientras el vagón bulle de conversaciones en esa lengua poderosa que, dependiendo quien la hable la entiendo o no, recuerdo una anécdota que contaba Isabel Coixet en un artículo llamado ‘Tantas gracias’. Paul Auster suele contar que a sus siete años lo mandaron a un campamento de verano y un día, en una excursión, cayó una tormenta tremenda. Un rayó fulminó en el acto a uno de los niños, amigo de Auster, que cuando ocurrió la desgracia se quedó esperando a que el pequeño se levantara del suelo como si nada. No lo hizo. Para Auster aquello, más allá de un recordatorio de lo corta y azarosa que es nuestra existencia, le hizo pensar en el agradecimiento. La vida le daba una segunda oportunidad y tenía que estar agradecido. Desde entonces, el escritor cuenta que cada día, cuando se levanta, da las gracias. Y lo hace simplemente por seguir estando ahí.

 

 

Nostalgia

 

Todos vivimos en algún lugar, por muy nómadas que nos creamos. Y en ese lugar hay bares, fruterías y esquinas particularmente bonitas. Resumiendo, todos tenemos nuestros lugares en nuestro lugar. El mío, o uno de ellos, era el bar El Suec, mi favorito de Barcelona. Un sitio donde servían un vino infame y no tenían nada glamuroso para comer; solo fuet y patatas fritas, pero a través de la cristalera se veía bien la vida. Sus mesas, todas ellas cojas, nos habían visto a muchos en las buenas y en las malas. Hace un par de semanas quise llevar ahí a unas amigas, pero resultó que ya no se llamaba así sino que ahora tiene un nombre inglés, y en unas pizarritas que daban a la calle anunciaban guacamole y croquetas de queso de cabra. Las mesas, todas perfectamente alineadas y blancas, imagino que ya no estarán cojas.

 

 

Bonjour Tristesse

 

La residencia Schlesisches Tor, del arquitecto Alvaro Siza se encuentra en una esquina en el barrio berlinés de Kreuzberg. Cuando terminaron la construcción del edificio, una mañana se encontró una pintada en la cumbre de su fachada que decía “Bonjour Tristesse”. Debido a los altos costes que conllevaba eliminarlo, Siza decidió dejarlo, y es por esas palabras, por las que realmente se conoce el proyecto. Así pues, hay un edificio en Berlín que da los buenos días a la tristeza y, por pereza y elevado coste seguirá dándolos por los siglos de los siglos. Bien.

 

 

Un truco de magia

 

La vida siempre termina ofreciendo algún tipo de compensación por las pérdidas. Y es de justicia poética que así sea. De manera que, después de quedarme sin El Suec un amigo mío me descubrió un bar que huele a madera antigua y en el que los clientes cantan ópera de manera improvisada. Ahí, sobre esa barra llena de utensilios para preparar cócteles y la atenta mirada del barman, me hizo un número de magia que, como era de esperar, no pillé.

 

Lo volvió a hacer.

 

Tampoco.

 

Solo los niños saben dónde está el truco: son los únicos que se fijan en lo importante.

 

Luego, el truco era simple, tanto, que escapaba a las profundas capacidades analíticas de los adultos. A las mías desde luego.

 

Me contó que se lo había enseñado uno de los mejores magos del mundo, que, antes de hacer cualquier truco, en el momento de máxima tensión, decía: Ojo, que puede fallar.

 

Pero siempre salía.

 

El tren está a punto de llegar. Las nubes se han disipado y entra una luz bonita través de los cristales, esa luz de los países del norte, casi desvaída, tímida. La vida es –o al menos eso me parece a mí–, un truco de magia que sale casi siempre. Pero antes de que empiece el truco conviene decir, a modo de oración y como lo hacía mago, que puede fallar. Aunque sea para recordar, como la anécdota Paul Auster, lo precario del equilibrio en el que nos movemos. Aunque sea para dar las gracias.

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