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De libros raros, perdidos y olvidados el blog de Carlos G. Santa Cecilia


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3 de marzo, 2017

El corrupto Barbieri y la gloria nacional

 

En la escena cumbre del último episodio de la cuarta temporada de House of Cards, el periodista cerca con graves acusaciones al presidente Francis Underwood (Kevin Spacey) y le tacha de despiadado, de corrupto, de que destruye todo lo que se cruza en su camino. “Todos somos implacables, todos destruimos”, responde el presidente con aplomo, “pero corrupción… eso es una cuestión de perspectiva”.

 

Francisco de Asís Esteban Asenjo Barbieri (1823-1894) fue un hombre elegido por la diosa Fortuna que transformaba en oro cuanto tocaba y vivió las mieles del éxito y del fervor popular. Extrovertido, entusiasta y emprendedor, uno de sus amigos dijo: “La frase ‘alegre como unas castañuelas’ se debió inventar para hablar de Barbieri”. Era de extracción acomodada, perdió a su padre cuando tenía apenas unos meses –murió don Francisco Asenjo al servicio del ejército liberal intentando contener a las partidas reaccionarias que pretendían derrocar el régimen– y vivió siempre bajo la protección y con el apellido de su madre, doña Petra Barbieri, una mujer de carácter y sólida formación musical y literaria, y la influencia de su abuelo materno, don José Barbieri, de origen italiano, bailarín, violinista y alcaide del madrileño Teatro de la Cruz, donde se trasladó la familia.

 

Se crió el niño entre las tablas del teatro y el trasiego de músicos y actores e ingresó en el Conservatorio cuando no había cumplido los quince años. Fue clarinete de una banda militar y cantante profesional en su juventud, y se dice que conocía de memoria todas las obras de Rossini, Bellini y Donizetti. Ejerció de crítico, corista e incluso apuntador, no se le escapó un oficio del teatro, al que consagró su desbordante talento, pronto extendido a los estudios musicológicos y a la bibliofilia. Aficionado a la poesía, que cultivaba con gracejo, nos legó versos que ilustran su hiperactividad:

 

Si hay alguien que con descoco

quiera darme un varapalo

por mi trabajo de loco,

podrá decir que fue malo,

mas no dirá que fue poco.

 

A mediados del XIX, la patria estaba necesitada de reinventarse al tiempo que se desmoronaba el imperio colonial, y cualquier consuelo era considerado una gesta. El teatro lírico basculaba entre las influencias italiana y francesa mientras que las jóvenes generaciones propugnaban la creación de una verdadera identidad musical española. El estreno, en 1851, de Jugar con fuego fue la carta de presentación de un nuevo género, la zarzuela grande, que aspiraba a convertirse en una ópera nacional usando fórmulas musicales autóctonas –seguidillas, boleros, fandangos– y adaptando los libretos extranjeros a la temática popular y a los anhelos de los españoles. Fue el primero de los éxitos clamorosos que jalonaron la carrera de Barbieri y le reportó unos pingües beneficios que ascendieron a 40.000 duros y muchas noches de entusiastas aclamaciones. Escribió 76 zarzuelas, entre ellas El barberillo de Lavapiés, Pan y toros y alguna de título inquietante, como Entre mi mujer y el negro. En cierta ocasión, dijo a su colega Ruperto Chapí: “¿Cuál es la pieza musical más bella? La que más se aplaude”.

 

Triunfó en su constante pulso contra las estrechas miras de la sociedad de su tiempo. Devino en bon vivant, representante destacado de una clase burguesa en alza que miraba a la aristocracia como algo pasado y con cierta conmiseración. Viajó por las grandes capitales europeas, frecuentó los más exclusivos restaurantes, se hizo experto en degustar los mejores caldos y, en lenguaje de la época, fue “constante adorador del bello sexo” (no matrimonió hasta la respetable edad de 51 años), para el que compuso poemas pornográficos, como el soneto que comienza:

 

Si fuera yo el autor del universo

de mujeres no más lo formaría

y mi cuerpo después transformaría

en un miembro de a vara, gordo y terso.

 

Sin hablar prosa nunca, siempre en verso

con aquellas en paz conversaría

y todas con pasión las jodería

ya por delante o ya por el reverso.

 

No se le conoció más que un enemigo declarado, Richard Wagner, cuya música detestaba, y en cierta ocasión dejó plantado al mismísimo Giuseppe Verdi, que había tenido la desfachatez de no recibirle unos años antes de paso por Madrid. Sin escatimar medios emprendió una cruzada en busca de las esencias musicales patrias. Puso en marcha la hasta entonces inexistente vida sinfónica madrileña, introdujo la música en la Academia de Bellas Artes, fue el primer músico en ingresar en la Española, promovió la legislación de los derechos de autor, construyó con sus amigos el Teatro de la Zarzuela…

 

Revolvió Barbieri archivos y papeles, incansable erudito, adquirió los mejores libros que ofertaban los anticuarios europeos y acumuló miles de fichas y documentos con los que pretendía trazar una historia de la música española. No había original que se le resistiese y cuando no podía hacerse con él, lo mandaba copiar, como el Cancionero de Palacio, que recuperó, editó y publicó tras largos años de trabajo en 1890. Socio fundador de la Sociedad de Bibliófilos Españoles, sabía degustar un ejemplar único.

 

Era un secreto a voces, si bien voces quedas, de bibliotecario. Fue Julián Paz Espeso, un esforzado bibliotecario de la Nacional designado durante la Guerra Civil para seleccionar los fondos que habrían de salvarse de los bombardeos franquistas, quien lo comentó, evocando los tiempos de su padre, Antonio Paz y Meliá, Jefe de la Sección de Manuscritos. La reina Isabel II había colocado en 1866 la primera piedra del nuevo edificio de la Biblioteca en un acto solemne en el que se estrenó una Marcha triunfal, compuesta para la ocasión y dirigida por el mismo Barbieri al frente de siete bandas militares (la pieza volvió a sonar en 2011, con motivo de la conmemoración de los trescientos años de la Biblioteca Nacional, aunque solo con una banda, la del Conservatorio). Las obras, sin embargo, no avanzaban, carente la Biblioteca como siempre de fondos para desarrollar su labor, más allá de los fastos diversos, y la sede del Paseo de Recoletos no entró en funcionamiento hasta 1896, tres décadas más tarde.

 

Los libros estaban arrumbados en una casa que perteneció al marqués de los Alcañices en la calle Arrieta esquina a la calle de la Bola y cuando hubo de acometerse por fin el traslado se barajó la posibilidad de formar una cadena de soldados que pasaran libro a libro de uno a otro lugar, aunque finalmente se hizo en carros y las crónicas pintan al entonces director, Manuel Tamayo y Baus, corriendo detrás y recogiendo los libros que se iban cayendo.

 

“Los fondos musicales en la antigua biblioteca de la calle Arrieta”, escribió Julián Paz, “allá por los años de mil ochocientos setenta y tantos, estaban en un semisótano del edificio, sin catalogación ninguna, sin que nadie los consultase. Solo el maestro Barbieri merodeaba por allí de vez en cuando, y se decía que con alguno de ellos aumentó su valiosa biblioteca musical, que a su muerte dejó a la Nacional, viniendo a ser este legado restitución de aquel merodeo, si es que existió”. Barbieri mantenía estrechas relaciones con los directores de la Biblioteca y con bibliotecarios que despuntaban y llegarían a serlo, como Marcelino Menéndez y Pelayo. Vendió a la institución algunos libros antiguos no musicales en 1868 –por los que obtuvo 3.000 reales– y regaló unos años más tarde unos “cestones” con multitud de obras de música práctica que ya no usaba para evitar, dijo al director, que a su muerte cayeran “en manos de bibliopiratas”, práctica esta de los cestones que se multiplica en los últimos años.

 

A las antiguas sospechas se unen recientes investigaciones que demuestran que Barbieri tenía en su poder obras importantes de la Biblioteca Nacional. María Teresa Delgado y Juan Bautista Escribano, en su estudio de las procedencias (“Una aproximación crítica a la biblioteca de Barbieri”, en Allegro cum laude, Madrid, 2014), afirman que algunos ejemplares del legado tienen “una procedencia legítima: la Biblioteca Real Pública [precedente de la Biblioteca Nacional, denominada así desde 1836], y en algún momento fueron sustraídos de ella”. Las obras por el momento identificadas son de valor excepcional: Tractado de principios de música práctica, de Juan Espi­nosa (Toledo, 1520), Tres libros en cifras para vihuela, de Alonso Mudarra (Sevilla, 1546), el tratado Comienza el libro de declaración de instrumentos musicales, del franciscano Juan Bermudo (Osuna, 1549),  Libro llamado Arte de tañer fantasía, assi para tecla como para vihuela, de Thomas de Santa María (Valladolid, 1565), Obras de música para tecla, arpa y vihuela de Antonio de Cabeçon, recopiladas por su hijo Hernando (Madrid, 1578), Missae Magnificat, Motecta Psalmi, de Tomás de Victoria (Madrid, 1600) y un Troparium de Felipe V que perteneció al duque de Uceda (manuscrito de los siglos XII-XIII), mutilado por distintas partes seguramente para borrar sellos.

 

La investigación no ha concluido, la lista podría ampliarse y otras señales remiten a procedencias de colecciones institucionales como la Biblioteca Nacional de Lisboa, la del Monasterio de El Escorial o la del Conservatorio de Madrid, además de algunas privadas importantes, que ciertamente Barbieri pudo comprar a libreros poco escrupulosos o intercambiar, pero también se ha detectado que se intentaron borrar sellos y ex libris anteriores. Hay otro descubrimiento esclarecedor: Barbieri, probablemente para su disfrute, mandó hacer un álbum fotográfico –portadas y algunas páginas– de una treintena de sus mejores piezas, entre ellas cuatro incunables y el manuscrito en vitela del siglo XIII. Un dedo, en ocasiones, tapa los sellos.

 

El Legado Barbieri es hoy una de las más importantes colecciones de la Biblioteca Nacional, compuesto por más de 4.000 libros –no solo de música– que fueron valorados en más de 50.000 pesetas, una cantidad astronómica para la época, además de una copiosa correspondencia, documentos y notas imprescindibles para conformar la identidad musical y cultural española que tanto ayudó a forjar. Hay quien dice que todo terminó bien porque si hubo algún fruto de aquel “merodeo”, acabó en los anaqueles de la Nacional y tal vez de otra forma se habría perdido para siempre. Conviene precisar que si el compositor tenía en mente el legado, apuró al máximo, porque el testamento lo dictó el día antes de su muerte.

 

La Biblioteca Nacional acaba de inaugurar, revestida de homenaje y con sus mejores galas, la exposición Barbieri. Música, fuego y diamantes –abierta hasta el 28 de mayo–, que reconstruye la obra y la vida del insigne compositor y generoso mecenas, gloria nacional. La sala de música se llama Sala Barbieri y a poco que uno se descuide, salta por un pasillo con su batuta en una de esas dramatizaciones –junto a Goya, Felipe V y Cervantes– que tanto gustan a los visitantes ávidos de emociones que no dan los libros. Jugó con fuego y supo interpretar la perspectiva, como el presidente Underwood: solo gana el que arriesga. El ministro portavoz y de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo, escribe en el catálogo de la muestra (ojo al matiz): “No fue un genio español al uso: fue un triunfador”.

 

Tarjeta de visita de F.A. Barbieri, 1861.

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Me encantó, Carlos. Máxime el comentario final...

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