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El arte del ajedrez el blog de Amigos del ajedrez


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17 de abril, 2017

Homenaje al Café Comercial. Un sitio donde se jugaba al ajedrez

 

Siempre hubo afición al ajedrez en el Café Comercial, incluso entre los empleados. Poníamos un tablero escondido en “el túnel del amor”, lo llamábamos así porque todos los enamorados se ponían en las últimas mesas del café Comercial, las que estaban situadas al lado de los servicios, como siempre habían bombillas fundidas, sus claroscuros permitían besos apasionados, y algún que otro roce pecaminoso, “meterse mano” vamos. Nosotros los empleados siempre nos acercábamos por ahí, moviendo sillas y tosiendo para que se enfriaran los amoríos, pero no era posible. Mi amigo Májid hacía un movimiento de apertura, y luego seguía trabajando; luego me acercaba yo y realizaba la defensa, el tiempo nunca existió en el Café Comercial, pero intentábamos que las horas fueran más cortas.

 

Los socios fundadores fueron Fernando Vera (uno de los propietarios), Antonio Burgos (presidente), los hermanos Bécquer (Óscar y Rafael), Juan Abad, Álvaro Ryan, Fernando Jiménez y Juan Bohigues. Ocurrió en el 2003, entre el silencio de un club pequeño, sin pretensiones, y la apatía del mundillo del ajedrez. Éramos unos advenedizos, que lo único que nos movía era el placer de jugar y divertirnos. De noventa puestos, quedamos en unos respetables sesenta y cuatro, al ser tan pocos era difícil completar equipo, y las astucias, artimañas, experiencias de los demás equipos no nos afectaba, al contrario siempre mirábamos hacia el futuro. Con Rafael Bécquer aprendimos que el alcohol y el ajedrez pueden ser buenos compañeros. Tenía la sana costumbre de salir de juerga todos los sábados por la noche, y las partidas de la liga madrileña eran los domingos a las diez de la mañana. Rafael Bécquer llegaba con sus gafas de sol, sus botas camperas y sus fuertes apretones de mano. En una ocasión todos dijimos que la posición de Rafa era delicada, pero que encontraría alguna solución dado su nivel en el ajedrez; nos preguntábamos por qué no movía, se notaba que estaba pensando todas las variantes, hasta que el capitán Antonio Burgos, se dio cuenta que se había dormido, y le dio una patada por debajo de la mesa. Se repuso y dio mate en pocas jugadas.

 

En una ocasión me tocó jugar contra una niña que no llegaba a la mesa y jugó de rodillas, yo pensaba cinco o diez minutos por jugada, y la niña jugaba “al toque”, sin pensar. Ahora calculo menos y los resultados son parecidos. Pues, la pequeña diablesa de menos de diez años me ganó la partida, me dio una lección enorme, desde ese instante mis peores verdugos llevan pantalones cortos.

 

Todos mis amigos tienen un conocido que juega al ajedrez, el Café Comercial por su ubicación se convirtió en un foco de atracción, y ya en el 2004 éramos dos grupos en el Café Comercial, dieciséis jugadores, y al poco tiempo contábamos con un equipo en segunda división.

 

Antonio Burgos dejó la presidencia a Jorge Esteban, Jorge Esteban a Pablo Gargiulo, y Pablo Gargiulo tras volver a su adorada Argentina abdicó en nombre de Francisco Javier Rodríguez Navarro y dos años después la presidencia recayó en mí. Lo que estas personas hicieron por el club de ajedrez está enterrado en las paredes del café, por mucho mármol que pongan ahora, y muchas servilletas limpias, y frente a una vajilla nueva, las paredes gritan sus nombres cada vez que alguien toca una pieza de ajedrez. Mi agradecimiento y admiración a cada uno de ellos.

 

En el 2007 subió por las escaleras un hombre llamado Manolo González, y fue lo mejor que nos pudo pasar a todos los que jugábamos al ajedrez. Fue nuestra alma mater. Cada día que llegaba tenía una idea nueva, pensó que todos los socios teníamos que estar comunicados y junto a Javier Fernández crearon una página web, donde poder charlar entre nosotros y crear nuestros propios torneos. La única condición que poníamos para entrar en el club era ganarme a mí, pero como siempre perdía tuvimos que cambiar los postulados.

 

Dicen que el ajedrez no sirve de nada, que ocupa demasiado tiempo y que solo causa problemas, pero a partir del 2010 organizamos una serie de torneos en homenaje a un socio, que por diversas razones se encontraba en situación difícil. Los llamamos Torneos Solidarios. El primer año lo hicimos con Marcelo Álvarez (que le extirparon un riñón), y el año siguiente con Jose Luis Echevarría (estuvo viviendo en el metro), y en otra ocasión con Cándido Portorreal. En esas ocasiones se hace un torneo de rápidas a diez minutos, cada socio entrega por inscripción lo que quiera, y al acabar el torneo se le hace entrega al socio la cantidad de dinero. Ayudamos jugando al ajedrez.

 

Creamos un concurso de crónicas, una forma de acercar la literatura y el ajedrez. A lo largo de las trece jornadas de la liga madrileña, los socios que jueguen pueden comentar las hazañas o derrotas de su equipo, y al acabar el torneo se hace una votación y el ganador se lleva un libro de relatos. Los “Cuentos completos” de Jorge Luis Borges, o los “Cuentos” de Ernest Hemingway han sido algunos de los premios. Javier Cardeña, Daniel González, y el último, nuestro buque insignia llamado Manolo González, han sido elegidos como mejores rapsodas.


Ocurrió que cada amigo traía a conocidos, y el abanico se fue abriendo, apareció Luis Pérez con su pasión y alegría, Paco Cañizares que trajo a su hijo, Javier Baeza y su hermano, vinieron incluso chicas, y llegamos a 2012 con la friolera cifra de noventa socios. Alberto Morato, Gonzalo Eimler, Carlos Camarero, Jorge Castellanos, Salvador Palomino.

 

Éramos un club que crecíamos y  hacíamos ruido, que estábamos en todos los fregados. La comunidad de vecinos de Chamberí nos llamaba para que les ayudáramos en las fiestas del 2 de mayo. Y organizamos los OPEN de ajedrez. Con más de 100 participantes. Fernando Vera (uno de los dueños), consiguió patrocinio de Mahou (900€), Coca Cola (100 €), Schweppes (60€), y un restaurante llamado Amor al plato nos dio 150€. Grandes maestros se dejaron pasar por aquí, Maestros fide, la llamada del dinero, de los grandes premios, el primero ganaba 300€, el segundo 200€, televisión, medios.

 

Nuestro objetivo, el de Manolo González y el mío fue que siempre hubiera un torneo en marcha. Inventamos uno que era La Copa de los Mosqueteros, con el formato de un Open de tenis, lo inventamos nosotros. Con duración de 25m a finish, juegas y pierdes y a la calle, y empezaba en junio, al mismo tiempo que Roland Garros, con los cabezas de serie a ambos lados del cuadro, designados por su número de elo. Luego como nos pareció un poco cruel perder y a la calle, organizamos el de Segunda Oportunidad, con la misma estructura que el anterior, para que por lo menos un jugador participara en dos partidas.

 

Y llegamos al año 2012 con un equipo en División de Honor, lo más alto en el ajedrez español, y me van a permitir que muestre sus nombres. Aparecen escritos en oro en la memoria de cada uno de nosotros, los  jugadores de tercera. Un equipo tarda cinco años   en llegar a División de Honor, sin perder y quedando entre los dos primeros o jugando  la promoción. Sus nombres son: Kim Pilgard, José Miguel Ortega Ruiz, Rafael Arruebarrena, Jorge Castellanos, David Hinojar, Paolo Bertino, José Antonio Beltrán, Félix Galán, Gustavo Merlo y Javier Cardeña.


El ajedrez es algo personal, no sabemos qué camino lleva a que uno se enganche con este maravilloso deporte. Para mi es una excusa para compartir mi tiempo con unos amigos. He aprendido a no tener excusas cuando pierdo, a darme cuenta que el ajedrez es infinito, que cuanto más sabes, más te falta, y que siempre hay errores. El que comete menos errores, gana. Nuestro lema era “pierde con honor, juega con lealtad, gana con humildad”.


Quiero despedirme con una mención a un jugador que me marcó, que me enseñó y que siempre me ayudaba con mis errores: Don Prudencio. Siempre tenía un puro en la boca, y cuando prohibieron fumar, seguía teniéndolo pero apagado. Su boca era una caverna que sus dientes como estalactitas cada uno iba por libre, y eran negros. Con su gabardina fuera de época, sus manos en los bolsillos, era el primero en llegar y cuando se llenaba de bullicio desaparecía. Cuando te ganaba te decía “¡Estabas mejor!”.  Cuando te machacaba, sonriendo y mirándote por encima de sus gafas, murmuraba “¡Ha sido suerte!”. Para mí el ajedrez es Don Prudencio, y cada vez que gano, miro al cielo, le sonrió y murmuro “¡Gracias maestro!”. Un día, un chico se puso a chillar y le dijo que Don Prudencio había tenido suerte, que si no fuera por el tiempo, le habría dado la vuelta a la partida. Y le desafiaba a jugar la revancha al día siguiente. Don Prudencio no hizo ningún comentario, vino al día siguiente, jugaron y volvió a ganar, mientras el otro se levantaba indignado.  Don Prudencio sin hacer ningún gesto volvió a colocar las piezas en el tablero, esperando al siguiente contrincante. Sólo una vez lo contemple enfadado. Un jugador de ajedrez se atrevió a llamarle mariquita, desde las profundidades de su boca desdentada soltó un bramido diciendo “¡Usted no tiene derecho a llamar a nadie de esa manera!”. Y nunca más volvió a jugar con esa persona. Así era Don Prudencio.

 

Ahora estamos en la Didáctica, en la calle Molino de viento 10, y planeamos crear una escuela infantil de ajedrez. Siempre proyectos, siempre mirando al futuro.  Seréis bienvenidos.

 

Un abrazo.

 

 

 

 

Juan Bohigues

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