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La vida en Comala City el blog de Bruno H. Piché


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24 de abril, 2017

Ahí está mi casa

 

En comentarios eruditos no exentos de cierta desmesura, filólogos y especialistas han dado en coincidir en que el destinatario de la diatriba Sobre el exilio, de Plutarco, resulta ser Menémaco, aspirante a político en su tiempo y por lo tanto sujeto a esa forma de estigmatización que se derivaba de la mala fortuna y en consecuencia del destierro, del abandono forzado de la polis y de la condena a vivir en tierras lejanas, entre extraños, en la carencia de apoyos, de espaldas a la aparente tranquilidad y cotidianeidad que imponen las costumbres, el hogar y los amigos. Las páginas de Plutarco tienen por propósito ofrecer consuelo, y por encima de todo, llamar la atención acerca de las definitivas —si bien no obvias— ventajas que el exilio puede traer consigo para quien se ve obligado a vivir en semejante condición, que bien recuerda el historiador y moralista griego al citar a Platón, no es del todo ajena a la naturaleza celeste, y no terrestre, de los hombres.

 

Hans Keilson (Bad Freinenwalde, 1909-2011, Hilversum, Holanda) jamás tuvo la vana aspiración de escribir una sola palabra, y sin embargo escribió un par de novelas excepcionales. Y tempranamente, incluso antes de abandonar Alemania con destino a Holanda, supo que estaba condenado al exilio. El carácter deshonroso del que habla Plutarco acerca de quien se ve forzado al destierro, es aceptado mucho antes de escapar por el protagonista sin nombre de La muerte del adversario (editorial Minúscula, 2010), una compleja novela en la que el ascenso político de B., trasunto de Hitler, es seguido durante largo tiempo por el personaje principal y enfrentado como una contienda perdida de antemano, años antes de la fatídica llegada de B. a la Cancillería alemana.

 

La muerte del adversario es la crónica de una lucha sin cuartel y de una derrota aplastante. Los llamados a la persecución, la incapacidad de esos mismos (en la novela jamás se hace referencia explícita a los judíos) para prever el ascenso fatídico de B., se vuelven, por encima de cualquier otro aspecto, la personal derrota del protagonista sin nombre en esta novela cruzada por una angustia que avanza y se cierne sobre un pueblo entero como una pavorosa avalancha:

 

De vez en cuando me acordaba de la pérdida que había sufrido hacía ya bastante tiempo. ¿Aún no había logrado superarla? ¿Superar? ¿Qué significa eso? Nunca se supera una pérdida. O bien se la asume como propia, se la acepta en el fuero interno y se establece con ella una relación cada vez más íntima, o bien la pérdida se queda clavada para siempre, como un hueso de pollo atravesado en la garganta.

 

En la novela de marras como en la vida real, Hans Keilson efectivamente alcanzó a escapar de la barbarie y se refugió con éxito en Holanda durante el resto de la guerra, tras la cual decidió adoptar una nueva patria, si es posible hablar de semejante cosa tratándose de Keilson. Adoptó algunos de los más elementales y endiablados consejos de Plutarco apuntados en Sobre el exilio: “donde y quienquiera que sea, si se da el caso de que dispone de recursos moderados para la vida, allí uno no es ni un apátrida, ni un sin hogar, ni un extranjero. Sólo hace falta tener, además de tales medios de vida, sensatez y raciocinio, como tiene el piloto el ancla de su nave para que pueda fondear y atracar en cualquier puerto.”

 

 

La trama de ese exilio, de sus raíces y desenlaces, la cuenta el propio Hans Keilson en Ahí está mi casa (editorial Minúscula, 2013), un librito autobiográfico excepcional por su prosa concisa, un nudo hecho de apretados amarres anecdóticos y emocionales. No exagero si digo que Keilson reescribe a Plutarco, y con ello él mismo alcanza la contundencia y crédito de los clásicos. En un solo párrafo Keilson logra desdoblar ante el lector, por así decirlo, el largo trasunto de su exilio:

 

En casa en tierra extraña; a menudo me han preguntado cómo llegué a esta idea aparentemente paradójica. Mi respuesta ha sido siempre que, al fin y al cabo, fue aquí, en Holanda, donde encontré mi trabajo; no cualquier trabajo, sino el mío, con niños y adultos, con supervivientes de la ocupación, la persecución y la deportación, con judíos y no judíos. Hace poco leí en un breve ensayo de Emmanuel Lévinas una historia que parece corroborar mi formulación: cuando Abraham abandonó por orden divina su casa en Urkašdim y emprendió su peregrinaje, plantó un árbol en el desierto, un terebinto […] Abraham estaba en casa en el desierto.”

 

Bienaventurado hombre, Keilson —por algo tuvo, a pesar de todo, una larga y satisfactoria vida. No a todos nos está dado afirmar, en tierra extraña, en el desierto, ahí está mi casa.

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