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El mirador el blog de Alfonso Armada


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3 de junio, 2017

No podemos acostumbrarnos al dolor de los demás

 

 

1. Entre el cuadro que me dejó mudo, absorto, incapaz de comprender qué hacía allí, qué quería de mí, cómo no había sabido nada acerca de él durante toda la vida que había vivido hasta entonces, y el del gran fanal en medio de la muerte: la conciencia, las luces, pero que no sólo sirven para justificar la iluminación de la escena, y sus tintes dramáticos, expresionistas, sino para que veamos la deliberación del pintor, su deseo de decir con toda claridad. Es decir, con toda sombra. Esto es lo que es. Esto es lo que hay. Aunque quieras, no lo puedes ignorar. Esto ocurrió la noche del 2 a 3 de mayo de 1808 en la ciudad de Madrid. Estos son los que fueron fusilados. Tus compatriotas. De esta manera. Por un pelotón de soldados cuyos rostros no vimos ni veremos. Las luces son las de la Ilustración que estos soldados traían en sus mochilas. ¿También la muerte, entonces? ¿Acaso no le cortaron la cabeza al propio rey divino para implantar el nuevo dominio de las leyes y la soberanía popular, republicana?

 

Entre el Perro semihundido y Los fusilamientos del 3 de mayo, en la cesura, la cámara de descompresión de un submarino atómico llamado Francisco de Goya y Lucientes, de la Armada ilustrada española, se ha instalado la pieza de la artista iraní Farideh Lashai Cuando cuento estás solo tú... pero cuando miro hay solo una sombra. Y mientras pienso en ella, en las estampas que cobran vida fantasmagórica ante nuestros ojos, sigo leyendo a Albert Camus, pero como periodista.

 

*     *     *

 

2. ¿Cómo ver? ¿Cómo leer? ¿Cómo escuchar? ¿Qué hacer?

 

Es preciso esperar a que se despeje el museo. O incluso a que no haya nadie. Cuando cierre. Después de la medianoche. Ese momento en que han cerrado ya los teatros. ¿Quién se mueve en sombras? ¿Salen los personajes de sus marcos, se descuelgan, cobran vida, hablan entre ellos de nosotros, de qué?

 

¿Qué hace el perro? ¿Aúlla? ¿Cierra los ojos? ¿Duerme? ¿Sueña? ¿Muere?

 

*     *     *

 

3. Sigo sin llegar a una conclusión.

 

¿Quién es Farideh Lashai? ¿Quién soy?

 

 

Dejo que la noche me envuelva. Sobre la calle no tengo la menor jurisdicción, pero pasa un coche y es como si un dibujante de cómic al que aprecio me hubiera escuchado y hubiera venido desde el fondo de la calle que es perpendicular a la mía y mi despacho, donde casi cada noche escribo, para descifrarme, a veces para intentar descifrar el mundo. La negra parte de la noche para dejar constancia de que la única posibilidad de derrotar al tiempo, es decir, a la muerte, es la escritura, el arte. Y ese es un brindis al sol. Un espejismo. 

 

Pero ¿qué hizo Farideh Lashai?

 

Cuando cuento estás solo tú... pero cuando miro hay solo una sombra, que ahora espera en la noche hermética del Prado, me habla específicamente a mí de los muertos que he ido atesorando en Bosnia primero y después en Ruanda, Burundi, Liberia, Angola, Sudán...

 

El faro es íntimo y silencioso. Muentras las figuras que habían desaparecido de nuestro radar, de nuestra conciencia, aparecen fugazmente, y se desvanecen. ¡Eh! ¡Mira! ¡Vaya! ¿Como hacen los faros en la Costa de la Muerte? 

 

¿Cómo prestamos atención? ¿Cómo tomamos conciencia de nuestro tiempo? ¿Cómo nos referinos a lo que ocurre?

 

Lo que sí sé es que volveré al Prado para encontrarme con ella y preguntarle, en silencio, como hice tantas veces con el Perro semihundido. Como, espero, seguirá haciendo mientras viva y no haya vendido mi conciencia.

 

*     *     *

 

4. Del silencio al farol, plantado en medio de los actores de la noche del 2 al 3 de mayo de 1808 en Madrid. Es un fanal desmesurado, pero que no sólo permite a Goya iluminar dramáticamente la escena, sino recalcar la importancia de las luces, de saber, de conocer los recovecos, los rostros de los sufrientes de la historia.

 

 

Aquí, entre Irán y España vemos cómo se tensa ese hilo de cobre al que yo asistí hace apenas unos días mientras leía, asombrado, Hasta que seamos libres, de Shirin Ebadi, como si fuera una preparación para esta obra única que es todo un museo en sí mismo: museo del horror, del silencio, de lo que no vemos, de lo consabido, de las costuras y de las desgarraduras, de los destellos y de las sombras, de los charcos de sangre y de las fotografías, del estruendo y del silencio en los tímpanos arrasados, de los periódicos y sus estrategias, de la conciencia portátil con la que nos entregamos a nuestros asuntos y pasamos página, del sentido del arte y de la sordina del comercio... 

 

Farideh Lashai (Rasht, 1944-Teherán, 2013) habla sin estridencia de unos estragos a los que nos hemos acostumbrado, como se temía Susan Sontag, pero a los que tenemos que seguir asomándonos. Porque el dolor de los demás nos concierne, tanto si lo asumimos como si lo negamos. La historia pasa por ese latido de un metrónomo de sangre del que tú ya sabes algo. Y que nunca olvidarás. Como esta pieza de Farideh Lashai.

 

 

Como si las capas de significado no fueran lo bastante hondas, el título de la obra está inspirado en un fragmento de La tierra baldía, de T. S. Eliot, al que ya estoy volviendo esta noche a beber como beben los caballos: con conciencia y necesidad, la razón de los que levantan las orejas porque sienten un incendio lejano, y el corazón se pone alerta. Las palabras nos van a seguir sirviendo para dibujar un mapa sin contornos, donde las bestias y los ángeles se enzarzan, se miran, se esperan. Nos miran.

 

*     *    *

 

5. El cansancio proporciona otras perspectivas.

 

Me gustaría volver a ver la pieza de Farideh Lashai esta noche, es decir, ahora, que todos duermen, que la lluvia ha suavizado el polvo, el escozor, el alma de Madrid. Y el alambre de concertina en el que nos envolvemos para dormir tranquilos.

 

John Berger dijo que si Goya viviera hoy día sería un fotógrafo de guerra. Tal vez. ¿Quién puede estar seguro?

 

 

 

Con Goya me puedo sentar a hablar de arte y del silencio, esta noche, ayer, mañana. Quizá sea el artista, es decir, el hombre, que más me ha susurrado al oído. Y no sólo por las pinturas negras. Pero sobre todo por las pinturas negras. Junto a Edvard Munch y Joseph Cornell.

 

Si ser español significa algo es estar agradecido por flguras como Goya por haber contemplado el mundo como lo hizo.

 

Veo Los desastres de la guerra y pienso en Madre Coraje. Pero también en las guerras que yo he cubierto como enviado especial sin saber muy bien qué estaba haciendo, qué tenía que hacer.

 

Espero que entre Farideh Lashai y Shirin, otra Shirin, Salehi, la amiga de mi amigo Gonzalo Sánchez-Terán, las puertas de Irán empiecen a entreabrirse para mí. Abbas Kiarostami siempre viaja conmigo cuando viajo, y cada vez que me encuentro con un árbol solitario pienso en él.

 

 

 

 

Las imágenes


La primera imagen pertenece a Cuando cuento estás solo tu... pero cuando miro hay solo una sombra, de Farideh Lashai, que se expone en La obra invitada, en el Museo del Prado hasta el 10 de septiembre. Una idea de Ana Martínez de Aguilar.

 

La segunda al cómic Oscuridades programadas. Crónicas desde Turquía, Siria e Iraq, de Sarah Glidden, publicado por Salamandra.

 

La tercera es la portada de Hasta que seamos libres. Mi lucha en Irán por los derechos humanos, de Shirin Ebadi, publicado por Confluencias, traducido por José Miguel Parra.

 

Las dos últimas forman parte del folleto de la exposición de Faridah Lashai en el Prado.

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