01 Diciembre 2014

Una tormenta pasajera

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Todas las cosas fingidas caen como flores marchitas,

porque ninguna simulación puede durar largo tiempo.

Cicerón

 

 

 

En la cola del supermercado, en el subte o en un examen final, cinco minutos es poco tiempo. El qué uno esté haciendo en esos casos es importante; el cómo, esclarecedor; y el con quién —o el sin quién—, más que determinante.

 

El viernes por la tarde, como vio que se venía la tormenta que la radio anunciaba desde temprano, Tristán salió un rato antes de trabajar. Era diciembre. A esa hora el sol recién comenzaba su atardecer perezoso; pero el cielo ya transitaba hacia esos grises de los que amenazan y cumplen.

 

Se subió a un taxi, se arremangó una vez más la camisa sudada y sintió, en el bolsillo del pantalón de vestir, un zumbido con intensidad en aumento. Era Montserrat.

 

—Holamiamor. Textrañé muuucho estos días —le respondió—. Es rarísimo que se te haya caído el servidor dinternet del hotel casiuna semana…

 

El taxista lo miró unos instantes por el espejo retrovisor antes de retomar la marcha, cuatro segundos antes de que el semáforo lo habilitara. Tristán, después de recibir un par de respuestas monosilábicas del otro lado de la línea, continuó, acomodándose el cabello que le caía sobre la frente:

 

—¿Cómo te fuenel viaje? ¿Cuándo nos juntamosacenar? ¿Estás cansada? ¿Me querés ver? Tengo tantas cosas para contarte… —y antes de esperar una respuesta añadió—: Yo también te quiero ver.

 

Ella hizo uno o dos comentarios —los que pudo— y él respondió a carcajadas. El cielo, en tanto, mezclaba y encastraba las nubes muy de prisa, aunque seguía sin definir del todo su color; hasta las tormentas dudan sobre qué ropa van a ponerse en días así.

 

—Detrás de ese contenedor de escombros está bien —indicó antes de llegar y le pagó con el dinero justo.

 

A esa hora de la tarde, en aquella esquina de la periferia platense, siempre se escuchaban entre tres y cinco equipos de música de los vecinos, compitiendo por ganar audiencia: cumbias villeras varias y algo de reggaetón de importación. La comunicación tecnológica de Tristán con su novia continuó en la vereda, mientras buscaba la llave de su casa en el bolso.

 

—¿Me esperás un segundo que la agarro?

 

—Basta, Tris. A eso quería llegar: ya no quiero esperarte más ni que me busques —se oyó del otro lado.

 

—¿Qué? —preguntó cuando la encontró.

 

—Que hace tiempo que necesitaba hablarte, porque…

 

—Yo también quería hablarte, miamor. ¿Tenés ganas diracenarhoy? ¿Te paso a buscar? Vos decime y…

 

—No entendés nada.

 

—¿Cómo? No entiendo. En serio. No entiendo.

 

—Estoy saliendo con Lucho desde hace un tiempo.

 

—¿Con Lucho?

 

—Sí, con Lucho. Por eso tampoco quiero que me llames más —fue lo último que le dijo antes de cortarle.

 

Con el celular en una mano y la llave en la otra, abrió la puerta de su casa, donde se refugió de las gotas gordas que el firmamento firmemente le arrojó. Se descalzó y encendió el televisor, pero se fue a la cocina y en un vaso de vidrio se sirvió un poco de jugo sabor limonada —de los que se envasan naturalmente en las industrias multinacionales— y miró por la ventana. Tragó con lentitud y pronto pensó en otra cosa: se acordó, al escuchar el primer trueno, de cuando estudiaba historia antigua en el colegio.

 

—Los rayos de Zeus —se rió, al oír el segundo.

 

Grises sucios y heterogéneos competían olímpicamente para darle —o quitarle— color al cielo. Al salir de trabajar hacía casi 30 grados, pero entonces ya refrescaba. Los vientos, desaforados, comenzaron a zarandear los árboles del barrio, también carteles y algunos postes de luz. Justo cuando daba un flash de último momento en el televisor del living, un bramido retumbó en toda la casa y se cortó la electricidad. Apagó su celular, se sirvió un poco más de limonada y contempló esa obra que seguía el curso de la naturaleza. Incluso vio cómo una chapa del vecindario volaba de izquierda a derecha, levitando sin esfuerzo ni apuro. Algunos retazos de cielo, a lo lejos, se tornaban anaranjados, en evidente contraste con el decorado más próximo.

 

Asustado como si hubiera regresado de golpe de un viaje en el tiempo, creyó recordar algo importante: fue hacia la pared de la que colgaba un calendario, buscó en qué fecha estaba y se dio cuenta de que en unas horas iba a ser un día muy especial. “Feliz cumpleaños” era la frase que escucharía al por mayor, hasta hartarse, sin encontrarle demasiado sentido.

 

Habían pasado cinco minutos desde que se bajó del taxi y el cielo, inquieto, continuaba mezclando sus colores, como él sus emociones, aunque era algo que no podía controlar. Entonces encendió una vela, ya que no tenía luces de emergencia en su casa —le parecían una ilusión innecesaria del triunfo de la modernidad—; arrojó con fuerza el vaso al suelo y creyó percibir que regresaba la calma.

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