29 Octubre 2014

Aeropuerto

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Mañana soleada, como tantas otras, la de aquel jueves 2 de enero, en la que mirándome al espejo aún encontraba retazos de lo que debía ser un muerto viviente. Los actos sexuales fueron borrados del menú diario que desde el incidente acontecido tres días antes habían convertido mi vida en un excitante abuso de tranquilizantes, del descanso necesario que antes esquivaba y a causa de esto, de una intensa somnolencia general, andares pasivos, desgana aunque alegría –a veces flotaba: gracias barbitúricos– en una cuenta atrás que aunque desasosegante la llevamos de puta madre. Ni dramas, ni peleas, ni amenazas de embarazo; contando con que la amenaza esta vez fue de ictus, que llamó a mi currículo vital tres días antes de su partida. Partida que yo siempre asumí que sería para siempre. Flower en un avión de ida y yo volviéndome a casa. El fin del verano.

 

Porque en nuestro deleite conjunto, con tsunamis de amor y montañas rusas de realidades a afrontar, nos mantuvimos expectantes ante una posibilidad cuanto menos remota: estar juntos, siquiera volvernos a ver. Ella juraba que sí, y yo que quería tanto o más que ella, dudaba por perro viejo. Y porque una relación mantenida en la distancia es un infantilismo de dimensiones considerables. Y ni ella creía en príncipes azules ni yo en los reyes magos. De hecho, aún recuerdo aquel brote psicótico –en realidad fueron dos– que simultáneamente Flower padeció en mi zulo recién alquilado cuando acaba de dejar su casa, nuestra casa, de la calle 228. Aquellos dramas –que aunque ella años atrás hubiera sido actriz fueron reales como la cadena del váter de la que se tira y cae agua– se gestaron a través de una pregunta capciosa que yo contesté sin meditar. Como se debería hacer casi todo, excepto pelearse, para lo que hay que contar –o respirar– hasta siete: “Si te vas seis meses dame por perdido. No creo en las relaciones a distancia”. Y luego un mar de lágrimas, manotazos al viento, amenazas de cierre definitivo, para luego acabar follando. Como auténticos perros en celo.

 

La verdad es que ese pasado cuasi violento no lo padecí en todas las semanas que vinieron tras nuestro reencuentro, desde donde nos instalamos en una paz amorosa-alcoholizada que daba qué pensar. Y limpios por dentro y por fuera Flower y yo comenzamos a cerrar unas maletas –las suyas– en una mudanza extraña, ya que sus ropas y libros iban a acabar montándose en un coche destino a algún apartamento de Boston, que no es que sea precisamente la pedanía del sudeste asiático.

 

Nos fuimos a Trasañejo, mi restaurante, donde Sancho observó con detenimiento y profesionalidad como el cráter que formamos con trillones de litros de lava parecía, al fin, ser como mucho ceniza. Un par de fotos y despedida. Hubo más. Pero las últimas horas me quedé a solas con ella, paseando por calles que ya nos conocían, para desembocar en un restaurante nuevo, afición que compartíamos cuando Flower es a lo culinario lo que yo al servicio técnico de helicópteros.  

 

Aquella cena fue tétrica. Las horas se hacían minutos y éstos segundos, en una hemorragia que decidimos abortar: ya que te vas corramos al aeropuerto. Nada de amenazas de cancelación de vuelo o pérdida del mismo. Nada de dramas corregibles. Por lo que dos horas antes de su embarque nos dimos cuenta que la entrada que separaba al pasajero del soñador, separado por un guardia jemer, era el final de un sueño que nació once meses antes en el Pontoon, cuando ella, que hacía poco más de un año que había realizado el camino exactamente contrario –del aeropuerto al centro de Phnom Penh– me entró como entran los Victorinos a la mayoría etílica que se resbala a la entrada de Estafeta. Aunque un par de cornadas. Lo que fue incontrolable fue pasar cuatro días con ella en Kep.

 

Nos besamos y lloramos. Lo de siempre. Al menos la herejía de círculo vicioso que tuvo como pandilla durante su estancia jemer no participó de tan privado momento. Que hay que decir que aquel pelotón de escoria se fue desmembrando a base de mentiras, sobredosis y cansancio. Yo aguanté. Marilyn en Francia de vacaciones, Cynthia expulsada del grupo, Levi quién sabe dónde, y Rik, que dos días antes paseaba por bicicleta por las inmediaciones de la casa de Flower, fuera de juego como ocho años antes, momento en el que decidió elegir a la peor al conocerse despreciado por la mejor, en este caso Flower, que sin ser más lista que Nietzsche se ha merecido la producción de este libro que es un homenaje y una crítica: todo lo que querría yo tener antes de morir.

 

Mientras mi boca seguía saboreando la suya volví hacía aún no sabía el qué con lágrimas en los ojos y recuerdos de una UCI. Que esto de escribir no debe ser sólo por amor a la literatura ya que mi vida, o eso creo yo, me nutre de momentos memorables además de publicables. Al menos en papel. El chofer de aquel vetusto Toyota Camry, que fue el suyo personal durante todo el 2013, me miraba condescendiente. Que los idiomas sobran cuando los gestos son los correctos.

 

No recuerdo absolutamente nada. Alzheimer después de apearme de aquel coche que seguía apestando –o eso me hice creer– al olor corporal de Flower, que aquellos días estaba seguro de que debía ser envasado al vacío y en tarros de cristal con la idea de comercializarse en lugares de alivio, en cabinas para pajilleros, en cualquier tienda con una sección de excitantes.

 

A la mañana siguiente comencé a aceptar que todo se había ido al garete. A la vez soñé insistentemente con volar a Boston. Pero a cada bocanada de aire fui aceptando que si yo comencé hace meses este libro de memorias iba a ser por algo. Y así volví a leer todos los mensajes que nos habíamos mandado durante un año. Que es gracioso observar los altibajos infantiles con los que desgastamos nuestras huellas dactilares, además de las pantallas planas de nuestros teléfonos, en su caso un iPhone y en el mío un Sony, en unas conversaciones escolares que en cuestión de minutos pasaban de los ‘te quieros’ más profundos a los ‘te odios’ más insanos. Y desde otro cosmos puedo asegurar que, aunque árido, todo valió la pena.  

 

 

Joaquín Campos, 25/10/14, Phnom Penh.

 

 

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