17 Septiembre 2014

Balsa de aceite

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Las últimas semanas fueron un auténtico milagro; la cuadratura del círculo; lo más parecido a los albores aunque con menos pasión y el mismo amor; o sea: la auténtica perfección. Una indecencia que no está al alcance de dos desestabilizados, como éramos Flower y yo, por mucho que en los últimos días no se nos apareciera una sola borrasca. Algo así como saborear las mieles del triunfo cuando apestas a derrota; cuando el calcetín se agujerea y tu nueva pareja quiere lavarlos mientras la suegra te exige genuflexiones a la vez que prepara una sopa de tripis doble gota.

 

En aquellos días azules interpretábamos la vida de manera celestial: sólo un acto al día –casi siempre–, sólo una botella de vino diaria –prácticamente siempre–, ocho horas de sueño cada noche –ella llegó a dejarse llevar hasta las once horas cuando en los inicios de este libro/relación no pasaba de cuatro–, ninguna trifulca –o ninguna con enjundia–, ni una sola salida nocturna, ningún desvarío gratuito, y la construcción compleja, en medio de una cuenta atrás sinuosa, de un castillo de naipes que debían ser nuestras posibilidades de seguir viéndonos a partir del 2 de enero de 2014, fecha en la que Flower tomaría un vuelo desde Phnom Penh destino Boston con las líneas aéreas coreanas sin billete de vuelta ni el mío de ida a Massachusetts o estado norteamericano cercano. Porque suele pasar: te haces mayor y reniegas de tu pasado más reciente por mucho de que hubieras estado haciendo bandera del mismo durante años, lavándote los dientes con esas anécdotas que hoy serías incapaz de siquiera recordar. Por eso hacerse mayor sin llegar a viejo está muy bien. Llegas a discernir, a corregir y a acertar, aunque quedarme en Camboya fuera un drama en toda regla… Aunque nada parecido a haberme marchado a Boston a revivir un drama al que no le hubiera dado más de sesenta días de vida. Y tras ese pésimo movimiento de partida de ajedrez una sucesión de agujeros negros: Sancho tirado en Trasañejo, mi economía en paralelo a la de Camboya, y mi corazón estrábico por tantos errores sucesivos. Háganse mayores. Vuelen la dinamita que les ciega. Y quédense con lo que en teoría nadie quiere. Sobre todo a los veinticinco: cuando sabemos lo justo y actuamos como si fuéramos ancianos nobeles.

 

Como dilatar la cosa era inútil planteamos, sin rencilla alguna, un plan para evacuarla lo antes posible. Y como antes del 2 de enero no había opciones porque seguiría cobrando sólo hasta fin de año elegimos ese día. Por lo que aquella fatídica –y necesaria– fecha era, finalmente, el dato que nos faltaba para saber cuándo, de una santa vez, todo se iba a ir sin más remedio al garete. Por supuesto, nos creímos demasiadas historias, cuando la realidad era que ella se iba y yo me quedaba. Que ella volvía a su anterior puesto de trabajo –y quién sabe si a su anterior vida– y que yo no podía dejar mi restaurante, y en el fondo, la vida que había decidido llevar. Seis años atrás –y ya no digo nada con veinticinco, cuando el hombre nunca selecciona a su pareja, sino que se enrosca con la primera que le admite las carantoñas– me habría ido a Boston en barco lanzándome al mar a medio kilómetro de su puerto, incluso en enero. Lástima de estabilidad vital.

 

Una noche quedamos en uno de nuestros santuarios, The Red Apron, donde saltándonos todas las reglas doblamos la apuesta –dos botellas de vino tinto en vez de una– que seguía siendo bastante menos de lo que antes consumíamos. De ahí nuestros actos en baños públicos, siendo el de aquel negocio el que nos vio (o escuchó) horadarnos en mayor número de ocasiones. Aquella noche Flower apareció ante mí especialmente bella. Radiante. Brillante. “Shining”, como yo le decía en mi penoso inglés que debió mejorar algo a su lado, a la par de mi locura, que también crecía. Llegó, como venía diciendo, en un tuk-tuk cualquiera, con pantalones cortos y no sé qué más, aunque toda la vestimenta le hacía parecer un pedazo de carne color crema. La toqué más de lo habitual, cuando siempre nos manoseábamos hasta el disloque de muñeca, entrando en esa pradera de placer que nos reconfortaba el mirarnos, el acariciarnos, y el simple hecho de olisquearnos como perros en celo a setenta metros de distancia. Aquellas madrugadas, como las primeras de la relación, me levantaba a mear, auspiciado por los quintales de vino y agua mineral bebidos previamente, cuando al volver daba la luz en el pasillo para observar su cara. Porque Flower parecía que dormía riéndose; si no a carcajadas al menos con un evidente bosquejo; cuando la besaba y admiraba en una cuenta atrás que la vivimos, la verdad, mucho mejor que cualquier segundo del minutero cuando nuestra relación, en vez de afianzarse, hacía aguas. Hablo de los mediados de la misma. Hablo de cuando decidí escribir sobre esta historia de amor y psiquiatras. Porque la marea de la desmemoria, ayudada por otros amores menos prodigiosos, habrían ocultado este milagro reciente. Que si todos los habitantes de este planeta tuvieran la capacidad de darle a la tecla las parejas sabrían a que atenerse. Que sí: que esto es una guía Lonely Planet de relaciones. Y no se pierdan ningún capítulo.

 

La pureza, cuando vienes de orinar y buscar el interruptor de la luz es un puro teorema, se asume en esas latitudes, tan lejos de lo sexual o del interés. Flower se iba y yo me quedaba. Y ella dormía riéndose y yo llegaba al camastro con una erección contenida y una curiosidad latente: ¿debía, cada vez que volvía a acostarme, tocarla para desatarla? O por el contrario, ¿era mucho más honroso dormirse dándose la vuelta, como esos maridos planos que acentúan la planicie de sus relaciones a cada segundo de sus prolongadas ausencias, cuando un puti-club es una casa y el hogar un apeadero del Cercanías? Generalmente prefería volverme a dormir evitando su simple roce, imán de la catarata más violenta; por lo que entrando bajo la sábana de manera felina me envolvía en la misma evitando el más mísero acercamiento con una Flower que reía de día y noche, hecho éste que no quiere decir que su vida –o la mía; o las de su alrededor– fuera un tripi contenido, si acaso un drama veraniego que se extendería en el tiempo hasta aquel 2 de enero que en Boston, Madrid, Londres y Paris, además de en Pekín, Tokio, Seúl y Montreal, era gélido o ultra gélido, mientras que en Phnom Penh era un chiste de dimensiones astronómicas que se permitía decorar sus zulos calurosos con retazos navideños cristianos–occidentales: la auténtica farsa.

 

Por supuesto Flower y yo realizamos el clásico viaje a Kep –el enésimo para nosotros– que en sí fue otro episodio de una despedida que barruntaba tormenta: mi salud me ofrecía costalazos de advertencias por medio de: arritmias contenidas, toses bubónicas, mal dormir y un malestar extraño que se acrecentaba con los cafés, los actos sexuales –en sí los mañaneros, generados sobre la base de la resaca– y la mala vida en general.

 

En Kep no nos esperaba el Knai Bang Chatt, sino el Raingsey, un hotel que sin ser de lujo cumplía con ciertos requisitos básicos para Flower y para mí: aparentaba serlo y poseía ciertas botellas de vino suficientemente dignas como para ser engullidas. En aquel viaje se gestó nuestra última aparición pública a la vista del clásico baño de multitudes: cuando uno sabe que le miran pero se hace el sordo. Aquella noche en el Knai Bang Chatt, donde decenas de clientes y no pocos niños daba vueltas en torno a la nada fotografiando una puesta de sol magnífica, cumplimos un sueño: llamar la atención fuera de las paredes y las techumbres de los clásicos baños donde desde hacía meses nos habíamos venido horadando.

 

La cosa comenzó en el Sailing Club, espacio abierto para los que no quieren rendirse al Knai Bang Chatt, el hotel, donde irreconocibles para el resto de clientes y perfectamente reconocibles para nosotros, comenzamos, tumbados en un sofá gigante que, torcido, mira al océano, a horadarnos manualmente, a besarnos, a asustar a niños, mayores y personal del negocio. Si nos hubieran grabado cámaras de seguridad Flower y yo seríamos pasto de las redes sociales, que se reenvían este tipo de supuestas animaladas que en nuestro caso no fue más que la enésima y amnésica demostración de amor sin contar con el público asistente. Hubo un momento, y lo juro, que tuve que quitármela de encima ya que un muchacho de no más de diez años vestido con la camiseta del Manchester United me miraba a los ojos de manera extraña: mordía una penosa hamburguesa a sabiendas de que la puesta de sol de producía a la derecha de donde Flower hacía como que soplaba un cilindro. Por suerte ese niño recordará tanto mi cara que si en una década me hiciera famoso –espero que nones– por mi escritura saltaría de donde estuviera sentado al ver mis rasgos faciales.

 

La chef, una mujer con voz de hombre y carácter de perros –aunque con más razón que un santo–, nos invitó a cesar con nuestras felaciones. Al instante –porque yo era el lúcido en una relación sin pies ni cabeza– invité a Flower a orinar, como si de otra botella de vino se tratara, cuando en las duchas anexas a los urinarios retomamos ese extraño arte de penetrarnos cada vez que podíamos y sobre todo queríamos. Ya fuera del objetivo de niños y mayores nos encontró un asustadizo miembro de la seguridad de la empresa que nos recriminó con mano de santo, en vez de descerrajando un arma. Abandonamos el local, en este caso al aire libre, mientras me subía los pantalones y ella se redecoraba su cara, demacrada de tantos orgasmos. Porque si algo puedo asegurar meses después de una finalización tan triste como apropiada de relación es que Flower recordará Camboya por sus cascadas de finales felices y de tanto amor estas inundaciones.

 

Volvimos al Raingsey, nuestro hotel, con una malo delante y otra detrás –la mía delante de ella y la suya en mi trasero– contando los segundos para perpetrar otra travesura, que se produjo en el mismo momento, nueve y media de la noche, en que llegamos al hotel, pedimos otra botella de vino, y nos introducimos desnudos en una piscina convertida en plató de cine porno. Aquella paz celestial, que incluso debería calificar como ancestral, al menos en Occidente, voló por los aires en el mismo momento que dimos el primer sorbo al vino y procedimos, en aquella inmensa bañera pública, a rozarnos. En sí a encender la mecha.

 

 

Sin la capacidad –jugándome mi libertad– de descifrar el acento delante de un juez asumo que aquella gorda y su marido, ultra blanquecino, eran británicos y posiblemente galeses. La tormenta de insultos y desprecios –tan justos como las advertencias recibidas previamente en el Sailing Club– nos dejaron como si nada cuando terminé por eyacular entre sus piernas –dónde si no– aclarándole que el camino más corto era marchar a dormir antes de que la dueña –una singapurense de armas tomar y cuerpo taladrar– tomara cartas en el asunto. Ni que decir tiene que una amenaza vital se me presentó a eso de las dos de la medianoche, cuando su cuerpo era mío y el mío exprimido. Llevaba ya tiempo sintiendo algo extraño, poco exuberante. Dolores en el pecho, arcadas, presión arterial… tensión, en general. Aquella noche me levanté exaltado tras el enésimo polvo. Taquicardias o cosas parecidas además de extrañas sensaciones. A la mañana siguiente nos llevaríamos una noticia que para Flower, mi querida actriz norteamericana, fue una sorpresa, y para mí una anécdota: “La dirección del Knai Bang Chatt les prohíbe, a ambos, la entrada”. Ella se hizo la sorprendida y yo la contuve explicándole que si llegamos a realizar lo mismo en Boston ambos habríamos acabado presos. Y además, muy de agradecer, que el Raingsey hubiera hecho caso omiso a la segunda bacanal de la tarde–noche. Porque delinquir a manos llenas no suele desembocar en mañanas amnésicas.

 

 

Joaquín Campos, 11/09/14, Shenzhen.

 

 

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