30 Enero 2015

XXIII. El cumpleaños de la bibliotecaria

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10 de abril

Ayer me compré un iPad mini con acceso a internet. No sé qué uso le voy a dar, pero por el momento me sirve para bajarme los periódicos y recibir mensajes electrónicos, como el que me acaba de mandar ahora mismo Mónica. Me apetece muy poco ir a su cumpleaños. Al final no se celebra en la casa de sus padres, sino en la de la abuela, en el interior de Kingston.

                                                                ...

Arda Solís sentía que su relación con la bibliotecaria había entrado en una dinámica poco saludable, con situaciones que empezaban a írsele de las manos o que le resultaban extrañas, embarazosas incluso. El amor cortés que se había establecido entre ellos dos le tenía bastante abrumado. Si dejaba de ir unos días por la biblioteca (o al aparecer por allí se iba directamente a los ordenadores, en lugar de ir a saludarla primero), Mónica lo recibía luego de morros o con actitud doliente, pero ante cualquier insinuación, por ingenua que fuera, la casta esposa nombraba de inmediato a su marido, se ponía rígida o dejaba terminantemente claro, con algún gesto o mohín, que no permitía la menor confianza. El jueguecito era muy frustrante. A veces Solís se persuadía de que era él (y solo él) el responsable de tanta tontería, pero entonces, ¿por qué le mandaba mensajes cada dos por tres, por qué lo invitaba a su fiesta de cumpleaños, por qué lo seguía con la vista cuando estaba en la sala de lectura? Seguramente por tenerlo revoloteando a su alrededor, por capricho y porque toda mujer, especialmente si es casada, necesita tener admiradores. Su hija no podía andar más descaminada: no había futuro en esa relación. La bibliotecaria simplemente se entretenía con él y él, mientras tanto, vivía en una vana y perpetua víspera de contento, que diría el clásico.

 

                                                             …

 

La estoy observando desde mi mesa y ella, detrás de su escritorio, consciente de que la miro, levanta la vista, me mira con mirada cómplice y vuelve otra vez a su tarea. Lleva el pelo suelto y, cuando se inclina, el flequillo le medio tapa la cara. Resopla y se lo retira con una mano. Pelo lacio y abundante; pelo rubio tirando a oscuro, más oscuro que rubio. Su cara ofrece una gran simetría, con claro predominio de rasgos nórdicos: ojos muy azules, boca sensual, cutis sonrosado, hoyuelos en los carrillos cada vez que ríe o sonríe. Se levanta un momento para alcanzar un bolígrafo y, al erguirse, el cuerpo se le descompone algo entre el jersey y los vaqueros. Pecho abultado, caderas y muslos poderosos, hombros algo caídos. Se vuelve a sentar y con la mano me indica que estará conmigo en dos minutos.

                                                              …

 

La bibliotecaria se acercó a su mesa y le volvió a dar la dirección de la abuela, esta vez dentro de un papelito muy bien doblado; luego aprovechó para ponerle al día de sus últimas pesquisas. Había accedido a varios documentos que se guardaban en el registro civil relacionados con el padre de Martell. En efecto, Gabriel Martell (con ese nombre constaba en todos los documentos) había tenido un litigio con una empresa constructora por impago. La deuda subía a más de 3000 dólares, aunque el padre alegaba incumplimiento de contrato. Tras dos años, la resolución del juez había sido favorable a Martell. Solís preguntó por el año y el nombre del litigante. La bibliotecaria le pasó las fotocopias. El último documento, el de la resolución, venía firmado por el juez el 4 de mayo de 1972. La compañía se llamaba McMillan Woodstock Roofing. Había dejado de existir hacía años. Sin embargo, Mónica conocía a uno de los socios, el señor Bill, el viejo amigo de la familia que se alojaba en la misma residencia de la señora Zimmerman.

 

—Estará esta tarde en la fiesta y le podrás preguntar.

 

Hasta ese momento Solís no había estado muy seguro de ir al cumpleaños, pero esto último había terminado por convencerlo. Además, una sorpresa de última hora acabó también con el desasosiego que le producía presentarse solo en la fiesta.

 

                                                          ***

 

Fiona decidió al final pasar conmigo el fin de semana y me llamó a las cuatro de la tarde desde la estación de Kingston para que fuera a recogerla. Tuvo suerte de que aún me quedara un poco de batería en el móvil. De la estación de autobuses fuimos directamente a los malls. Estuvimos allí más de una hora buscando un regalo. Pensé primero en un bolígrafo de marca y luego en un termo para el café, pero finalmente me decanté por unas gafas prisma para leer en la cama. Quise completarlo con un libro también. A mí me habría gustado regalarle algún clásico español traducido, como La Regenta, a modo de guiño, pero Fiona se empeñó en lo último de Julian Barnes. Llegamos con algún retraso al cumpleaños. Se celebraba en casa de la abuela de Mónica, una mansión victoriana con un jardín idílico. La luz del atardecer, por entre las ramas de los árboles, era apacible, dorada, casi veraniega. Debajo de una arboleda habían colocado dos o tres mesas plegables, con sus manteles blancos, sus jarras de limonada y su cubertería plastificada. Se sentía de inmediato el humo de la barbacoa: olor a pollo, a hamburguesa, a carne chamuscada. En un primer vistazo la concurrencia me pareció casi toda juvenil, adolescente, de chicos muy altos y niños rubicundos, aunque poco a poco fui discerniendo a los jóvenes de los menos jóvenes, a los primos de los hermanos, a las madres veinteañeras, arremolinadas en una de las terrazas, del grupo de mayores que se sentaba en el cenador del fondo. Fiona rápidamente hiló conversación con un muchacho muy rubio y muy delgado que, según me dijo después, acababa de regresar de Afganistán. Yo tardé un poco más en acomodarme. Mónica hizo poco caso de mí al principio y, tras presentarme a uno de sus hermanos y a la cuñada, me dejó a mi suerte, primero con un mocetón barbudo, que era el encargado de la barbacoa, y luego con otros dos hombres de mediana edad, tripones, taciturnos, pelirrojos, que no hacían sino beber cerveza y asentir con la cabeza cada vez que alguno hacía un banal comentario. La gente mayor, al fondo, hablaba muy animadamente. Allí estaban los padres y la abuela, una vieja dama con voz estridente y autoritaria que se dejaba oír por todo el jardín; allí estaba también Mr. Bill, alto y encorvado, con una calva reluciente, a quien se le veía desplazarse de un lado para otro con un taca-taca. A la hora o así, Mónica vino a librarme de mis taciturnos acompañantes y me llevó hasta Mr. Bill, el cual me recibió con cara de pocos amigos. La bibliotecaria seguramente le había puesto sobre aviso, porque lo primero que me espetó fue que me alojaba en la casa de un ladrón, aunque lo había dicho en un tono tan desmesurado y tan teatral que yo debería haber caído en la cuenta de que me hablaba en broma. Como mi pasmo debió ser grande, el vejete enseguida me hizo un guiño, echó una risotada y me aclaró que apenas se acordaba de aquello.

 

Y añadió:

 

— No fue el único juicio que tuvimos. El hijo de mi socio era un borrachín y un drogadicto y de vez en cuando nos hacía alguna barrabasada con un cliente.

 

Mr. Bill tenía los carrillos colorados y una enorme nariz de zanahoria. Estuve hablando con él unos minutos más, hasta que se acabó la lata de cerveza que yo mismo le había abierto. Casi toda la conversación giró en torno al hijo de su socio, muerto de una sobredosis de heroína a principios de los ochenta. Se llamaba Ricky, me dijo, y era muy habilidoso con las manos. Desgraciadamente la mitad de las veces dejaba los trabajos a medio terminar o los terminaba de mala manera. Después, si algún cliente se quejaba, se volvía violento. Una vez se lió a puñetazos con uno que se negaba a pagarle la chapuza. Tuvo otras peleas sonadas, varios accidentes laborales y hasta se pasó un año en la cárcel por un tiroteo en una de sus muchas borracheras. De pronto me acordé de lo que le había ocurrido al padre de Martell en la cantera y se lo comenté, pero Mr. Bill no pareció darle importancia o relacionarlo con Ricky, ni tampoco me hizo mucho caso cuando le mencioné a la señora Zimmerman. Se trataba poco con la gente de la residencia, la mayoría medio gagá y sin el menor interés para él. Era terrible llegar a viejo en estas condiciones. “Hay que pegarse un tiro antes… o morir de sobredosis”, terminó por decirme Mr. Bill.

 

La gente, a partir de las ocho, se fue marchando. Yo habría hecho lo mismo, pero Fiona seguía de palique con el soldado en un rincón del jardín y no quise interrumpirla. Pronto quedamos solamente unos cuantos. Los padres y la abuela se metieron en la casa y los demás nos dedicamos a recoger las cosas del jardín. Las últimas amigas se despidieron. Mónica, ya sola, se acercó a mí y me pidió que la ayudara con los platos. En la cocina, mientras ponía en marcha el lavavajillas, me soltó que se sentía algo agobiada, con una angustia rara, como si algo no encajara en su vida. Me atreví a preguntarle si tenía problemas con su marido. Mónica pareció impacientarse y agarró el vaso que había dejado momentos antes en la encimera. Sólo entonces noté que estaba algo bebida. Insistí en la pregunta. Me contestó con evasivas y luego, sin yo esperarlo, me vino a decir que a mí me gustaría escuchar que su matrimonio no funcionaba. “Sé que te gustan los dramones familiares”, añadió, en un tono un tanto sarcástico. Algo desconcertado intenté contradecirla y me escudé en una declaración pomposa, grandilocuente; le dije que lo único que me interesaba era su felicidad. Musitó un “thanks” y algo más que no entendí. Permanecíamos los dos solos en la cocina, sin saber muy bien qué hacer: ella de pie, reclinada sobre la encimera, y yo sentado en una silla.

 

— ¿Qué te pasa entonces?, terminé por preguntar.

 

— Pasa que estoy embarazada de tres meses.

 

La noticia me dejó extrañamente indiferente, como si me hubiera dicho que tenía unas décimas de más o que mañana iba a llover. Mónica se llenó otro vaso con lo primero que pilló, una botella de Snow Queen nívea y cristalina. Yo también le pedí que me sirviera. Me dijo que no entendía nada. Me dijo que había tomado todo tipo de precauciones. Me dijo que desde hacía años había utilizado un DIU. El ginecólogo tampoco se lo explicaba muy bien, aunque estaba claro que ningún anticonceptivo funcionaba al cien por cien. Poco a poco, tras el impacto inicial, toda aquella conversación me producía fastidio, me enervaba, no deseaba escuchar más. Creo que mi mirada lo decía todo, pero la bibliotecaria estaba tan bebida (o tan imbuida de su futura maternidad) que no era muy consciente de mi malestar. Apuré el vaso y cuando estaba a punto de dar por zanjada tanta confidencia, Mónica me aseguró que era yo el primero que recibía la buena nueva. Ni sus padres, ni sus hermanos, ni por supuesto su marido, lo sabían aún.

 

— ¿Y por qué yo y no tu marido?

 

— No lo sé. Las copas de más probablemente.

 

Y Mónica levantó el vaso como si quisiera brindar con el mío, ya vacío.

 

— Las copas, añadió, y que seguramente existe algo especial entre nosotros.

 

Debería haberme acogido al ingenio o al silencio, pero en su lugar le confesé mis propios sentimientos con otra nueva declaración desmedida y cursi, de novela rosa, algo así como que desde un primer momento me había sentido irremediablemente atraído hacia ella y que ella, siendo mujer, tenía por fuerza que saberlo. Mónica hizo como que no me oía y miró por la ventana en dirección hacia donde estaba mi hija, que seguía en el jardín hablando con el chico espigado y con otra mujer joven que se les había unido.

 

— ¿Cuántos años tiene?

 

— ¿Quién?

 

— Tu hija.

 

Su pregunta me había llenado de bochorno y casi enseguida de despecho. Le contesté secamente que algunos menos que ella.

 

— Yo no soy tan joven. ¿Sabes cuántos he cumplido hoy? Veintiocho. Tu hija no debe pasar de los veinte.

 

Sin reparar en sus palabras, le pregunté por qué no le había dicho nada del embarazo al marido. Mónica dio un último sorbo al vaso de vodka. Estaba definitivamente bebida. Sus contestaciones eran cada vez más erráticas. Me contó que ninguno de los dos quería familia por el momento, que ahora esto venía a trastocar sus planes, que a su marido le quedaba aún más de un año para terminar sus estudios de psicólogo militar en la Universidad de San Diego. Se había puesto a fregotear desmañadamente algunas fuentes amontonadas en el fregadero, y mientras lo hacía, entre el ruido del agua, me fue diciendo otras cosas de él: que había servido durante diez años en los marines, que había combatido en Irak, que era uno de los mejores amigos de su hermano mayor, también militar, también veterano de guerra, también en San Diego.

 

— No me cuadra tanto soldado en tu vida, le interrumpí.

 

Mónica se encogió de hombros. Había terminado de fregar. Cerró el grifo, se secó las manos y salimos al jardín. Mi hija se estaba despidiendo del otro soldado y de la chica que lo acompañaba.


— ¿Qué te parecen mi primo y su mujer?, le preguntó Mónica a mi hija cuando se habían marchado.


— Él es un tipo muy interesante. Se nota que ha vivido experiencias fuertes.

 

Adentro, en el salón, la abuela tocaba “Aura Lee” en un piano viejo y algo descascarillado, con calcomanías infantiles. Dos niñas muy niñas (y muy formalitas) la escuchaban embelesadas. Al fondo, apretujados en un sofá, los padres de Mónica, el hermano y su mujer veían una película en la televisión. Yo hice un nuevo amague de despedida, sin demasiada convicción. Fiona se acercó al piano y le preguntó a la abuela si sabía alguna balada irlandesa. La anciana intentó complacerla con “Danny Boy”, pero a los primeros acordes desistió. La bibliotecaria entonces se puso a cantarla. Su voz sonaba algo afónica, pero lo hacía bien, con gusto, sin apenas desentonar. Luego, acompañada ya por la abuela, cantó (cantaron) “Oh Susannah”, “Clementine” y “Yankee Doodle”. El ambiente familiar no podía ser más genuinamente americano, como en una ilustración de Rockwell.

 

Nos fuimos de allí pasadas las once.


Lloviznaba.


Durante la vuelta a casa, entre la negrura del bosque, Fiona me estuvo contando algunas hazañas bélicas del soldado.

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