Pepe Henríquez, a la derecha, bajo su sombrero

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    Pepe Henríquez, a la sombra de un sombrero que iba al teatro

    Anne Serrano - 01-10-2015

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    Cuando en el hall de una sala alternativa o de un teatro de Madrid veías un sombrero seguro que debajo estaba Pepe Henríquez (Santiago de Chile, 1947-Madrid, 2015). Risueño, optimista, tímido, reservado y, como lo cortés no quita lo valiente, amigo de todos. Un chileno de Madrid que nos enseñó de teatro.

     

    Conocí a Pepe a través de sus críticas en La guía del ocio. Si Pepe decía que algo era bueno yo iba a verlo porque había descubierto sin haberle visto nunca que teníamos el mismo gusto. Cuando trabajaba en la compañía de teatro Koyaanisqatsi nos hizo algunas críticas muy bonitas. En concreto recuerdo que decía cosas hermosas sobre mi trabajo en la que escribió sobre la obra Sin Maldita Esperanza. Por primera y última vez cogí el teléfono y le di las gracias a un crítico. Pepe me dijo algo así como “vale”. Mucho tiempo después de aquello nos hicimos buenos amigos cuando me convertí en corresponsal ad-honorem de Primer Acto desde Italia. Gracias al talento de Pepe para escudriñar buen teatro allí donde estuviera y a su rigor como redactor jefe la revista se convirtió en un punto de referencia en nuestro país y América Latina. Siguiendo su encarecido consejo vi el inclasificable y conmovedor montaje La nave fantasma, una de las pocas obras de teatro que se han escrito sobre los naufragios de inmigrantes en el Mediterráneo. Recuerdo también lo orgulloso que contaba en la puerta de la Cuarta Pared de que yo hubiera entrevistado a John Turturro, al que él llamaba el yanqui, cuando presentó en Turín Fiabe italiane, un espectáculo sobre los cuentos de Giambattista Basile.

     

    Pepe llegó a España en los años setenta desde su Chile natal. Me contaba que le costó acostumbrarse a nuestro país, sobre todo porque en su apartamento de Getafe, creo recordar, se oían hasta la respiración de los vecinos y no había forma de tener un poco de intimidad. Nada que ver con los amplios espacios de su país.

     

    En Madrid terminó sus estudios de periodismo. Junto al escritor Jorge Díaz lanzaron un boletín sobre teatro chileno, a decir de Pepe, “modesto, pero lleno de imaginación y creatividad”, que con el tiempo se convertiría en una revista. Consiguieron publicar Lo crudo, lo cocido y lo podrido, una obra de Marco Antonio de la Parra que había estado censurada. Gracias a su vinculación con esa revista tuvo la posibilidad de empezar a trabajar en la Guía del ocio escribiendo sobre teatro para niños. Posteriormente empezó a cubrir el teatro en general, teatro de títeres, de calle… Era asiduo en festivales de teatro para niños como las Semanas internacionales de teatro para niños y niñas, Teatralia, Titirimundi, Encuentros TeVeo, Festival de Títeres de Bilbao y otros muchos.

     

    Del teatro le interesaba seguir todo el proceso creativo que luego contaba en sus artículos. Por eso algunas veces se sentía incómodo por el espacio reducido de la crítica, aunque entendía los beneficios de practicar la virtud de la síntesis.

     

    Participó en la creación de redes e iniciativas vecinales de índole educativo y cultural

    y en plataformas como la Red de Teatros Alternativos. Colaboró con la revistas Ubú y La república cultural, y ocasionalmente con La ratonera, Revista galega de teatro (RGT), con el Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz, el Celcit (Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral) y otras instituciones culturales españolas y latinoamericanas. Como persona inquieta y solidaria, cercano siempre a las nuevas iniciativas, tomó parte en los movimientos del 15M.

     

    Colaboró estrechamente con la compañía de teatro sensorial Teatro en el aire, en la dramaturgia de las obras La cama y Bailando tus huesos.

     

    Otra de las grandes pasiones de Pepe, además del teatro, era el fútbol, al que jugó en su época de estudiante e incluso con un equipo formado en la Guía del ocio. Al Estadio Nacional de Chile iba con su padre y volvería durante la dictadura de Pinochet para tratar de descubrir qué suerte habían corrido algunos amigos suyos detenidos. Un partido de fútbol en el Estadio Nacional en el que se mezcla política, tortura, realidad y recuerdos es el eje central de su obra para radio Continuidad en los campos, por la que obtuvo en 2009 el Premio de ficción radiofónica Margarita Xirgu, concedido por Radio Exterior de España y la Agencia Española de Cooperación Internacional y Desarrollo (AECID.

     

    Cuando una Navidad volvió a Chile tras la muerte de Pinochet me contó la alegría de la gente que gritaba “¡sin Pinocho, sin Pinocho!” mientras estallaban fuegos artificiales en el cielo.

     

    Pepe cantaba en un coro, la Solfónica de Madrid. Decía que le relajaba. He visto en internet que también cantaba con el sombrero puesto. También sé que hacía muy bien las empanadillas, aunque yo no llegué a probarlas.

     

    La última vez que nos vimos me dijo que estaba pensando hacerse un seguro médico. Temía los gastos que una enfermedad podían provocar a su querida familia. Me extrañó que pensara en la enfermedad en esos términos porque yo le veía jovial como siempre. Luego un día dejó de responder a mis correos. Al principio le busqué con la obstinación que me caracteriza. Luego respeté su silencio. Por mi amigo el periodista Jorge Rioboó supe que había contraído un cáncer.

     

    Hacía tiempo que echaba de menos a Pepe antes de aquel 22 de agosto en el que se fue para siempre de los teatros y de nuestro lado. De él me queda su contagioso amor por el teatro, sus artículos y el recuerdo de un abrazo. Nos lo dimos en la estación de metro de Quevedo cuando nos despedíamos después de haber visto una obra en La Abadía, no recuerdo cuál. Recuerdo aquel abrazo que fue el último que nos dimos sin que yo lo supiera. Un abrazo de esos que detienen el tiempo y acallan el ruido de los trenes. Un abrazo de amigos.

     

     

     

     

    Anne Serrano es actriz y profesora de español en la Universidad de Génova. En FronteraD ha publicado, entre otros, Todos son disidentes. (Cuba. Estampas de una isla en compás de espera)Entre Marrakech y Nueva York: aduaneros, taxistas, perros, gatos y fesToni Servillo, artista artesano, lleva su teatro a Madrid.

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