Poipet: Pequeño apocalipsis jemer. El golpe de Estado en Tailandia provoca un éxodo camboyano

Texto y fotos: Joaquín Campos, Poipet/Aranyaprathet - 26-06-2014

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A las seis de la mañana salí pitando para Poipet tras descubrir en las noticias que decenas de miles de camboyanos estaban cruzando a diario la frontera desde Tailandia. Todos trabajadores que residían en el país de forma ilegal pero que hasta antes del golpe de Estado perpetrado por el Rey Bhumibol, usando como testaferro al general Prayuth Chan-ocha, vivían en una situación alegal en algunos casos durante años. La foto que en el Cambodia Daily ilustraba la noticia era demoledora: camiones-jaula traían a centenares de jemeres hacinados como animales camino del matadero. Había que ir a enterarse de todo aquello.

 

Salir de Phnom Penh siempre es una pequeña odisea a causa del desordenado tráfico, las nefastas señalizaciones y los hábitos de una población que siempre hace vida junto a las atestadas calles, tan cerca del atropello, sinónimo de la muerte. La carretera nacional número 5, que conecta a la capital con Battambang, fue el inicio de un trayecto que se transformó en bellísimo nada más dejar atrás a la gran ciudad que dio paso al salvajismo más puro de un país todavía por descubrir. Los inmensos prados, verdes hasta la extenuación, me dejaron perplejo, tanto como las más de veinte veces que tuvimos que detenernos para que grupos de búfalos o vacas cruzaran el asfalto para seguir pastando. El conductor echó gas en una gasolinera y al bajarme del coche siete perros sarnosos y catorce gallinas famélicas me escoltaron hasta el baño. Los cielos, azules hermosísimos, y la cisterna, inexistente, me recordaron que Camboya es, sin lugar a dudas, la África de Asia. Porque la carretera por la que circulábamos, repleta de agujeros tan profundos como una depresión a salvo de ansiolíticos, era lo más parecido a lo que debe necesitarse antes de un accidente de tráfico: todos adelantando sin mirar cuando el hospital más cercano para que te salven ni siquiera está en Camboya sino en Bangkok, donde los más pudientes pueden tomar, agonizando, un avión medicalizado con destino a la capital de Tailandia. Para los demás, como a los perros atropellados, sólo les queda el rezo y el llanto.

 

Siete horas después llegamos a Poipet, una ciudad fea donde las haya, que esta vez era lo más parecido al apocalipsis. Porque trescientos metros antes de la frontera que la separa de Tailandia los gendarmes nos obligaron a detenernos: ya tenían suficiente tráfico con los camiones cargados de contenedores y las jaulas que traían a jemeres asustados. Rápidamente busqué un hotel –el primero no tenía agua corriente y el segundo carecía de conexión a internet– decidiéndome por uno coqueto que cumplía con mis necesidades básicas: aparentemente seguro, con un baño adecuado y alicatado, aire acondicionado y conexión a internet, que aunque lentísima, era prácticamente suficiente. Precio: once dólares. Pago por adelantado. Sin necesidad de depósitos y otras molestias tan clásicas en Occidente.

 

Con la cámara fotográfica colgada al cuello salí a cruzar esa zona que separaba el clásico desconcierto de las ciudades camboyanas con el apocalipsis. Porque lo que se cocía justo a la entrada del país desde Tailandia era el auténtico caos, con camiones militares enviados por el gobierno del primer ministro jemer Hun Sen esperando para repartir a sus provincias natales a todos los desgraciados que, enjaulados, iban llegando desde diversos puntos de Tailandia. La basura acumulada en la zona, que en algún momento superaba el metro de altura, atrajo a las ya de por sí numerosas ratas que campaban a sus anchas entre tanta desorganización. Cuando cayó la clásica tromba de agua de la época de lluvias que padecemos aquella calle que no llega a avenida se convirtió en lo que debe acontecer cuando un tsunami se come a la tierra: ríos por calles, basura flotando junto a mesas y sillas, las ratas agonizando imposibilitadas para la natación por obesas, y todo ese gentío aguantando estoicamente a que los camiones militares les permitieran hacerse otro larguísimo trayecto, esta vez sin jaula de por medio, aunque de nuevo de pie y en algunos casos durante doce horas de viaje. Debe saberse que el alcantarillado en Camboya, así como los servicios municipales de recogida de basura, prácticamente no existen. Por eso cuando el Washington Post denunció que Hun Sen, el primer ministro camboyano que ya lleva treinta años en el cargo con poses mafiosas, poseía una cuenta bancaria en un paraíso fiscal por valor de 500 millones de dólares se me erizaron los vellos de ambos brazos. Eso fue hace un lustro. Ni que decir tiene que los cientos de millones se deben haber multiplicado mientras el país vive en una penuria económica, laboral, energética y donde ganar 60 dólares mensuales no es tarea fácil para el autóctono.

 

Mientras tiraba fotos cuidándome de que las ratas no mordisquearan mis rodillas, descubrí que entre la avalancha humana había tantos menores como adultos. Una ONG –había dos más la Cruz Roja cuando en Phnom Penh, la capital, no deben haber menos de mil; ¡¿y qué estaban haciendo el resto?!– repartía botellines de agua, como si aquello fuera el avituallamiento de una etapa de la Vuelta Ciclista a Andalucía y no una hecatombe con tintes mortíferos. Makara, de 20 años, con su hija de dos años a cuestas que había nacido en Tailandia, fue la primera que decidió abrir la boca: “Yo trabajaba en una empresa textil junto a mi marido. Nuestra hija nació allí. Llevábamos tres años. Suerte que vivíamos en la fábrica y hemos podido traer casi toda la ropa y el dinero ahorrado. Pero él viene en otro camión y aún lo tengo que buscar”. La mirada de su hija, partida en tres, fue el primer instante en el que asumí que estaba participando en un momento cumbre del ser humano que en la manida ONU no es ni será tema a tratar. Porque en Camboya hay más bocas que alimentar que petróleo que extraer. Y así están las cosas.

 

Van, de 16 años, llevaba año y medio en la costa tailandesa separando por tallas las gambas que les traían de las piscifactorías –comenzó con catorce a trabajar doce horas al día por 150 dólares mensuales– cuando escuchó gritos de militares: “Nos pusieron contra la pared, nos pidieron los pasaportes, y como no teníamos, nos metieron en la jaula. Lo que más me duele es que perdí medio sueldo porque nos detuvieron el día 15 y el patrón no quiso ni despedirse de nosotros. Además, tuvimos que pagar todos una multa de 100 dólares”. Muy probablemente, y este dato no lo he podido comprobar, ningún empresario tailandés que explotaba a ilegales fue detenido o al menos multado, cuando esa trampa –contratar a ilegales camboyanos, muchos menores de edad– era un secreto a voces. A sumar la corrupción rampante de los militares, ya que no pocos repatriados me confirmaron que cada detenido debía pagarles, sin factura o documento acreditativo de por medio, entre 3.000 y 4.000 bahts, equivalentes a 100 o 135 dólares.

 

La inmensa mayoría de los camboyanos que cruzaron la frontera –se estima que en Tailandia trabajan casi medio millón de jemeres, casi todos de forma ilegal– lo hicieron por la zona minada al sur de Battambang, donde no seguir las huellas de otros que marcharon buscándose un porvenir más agradable podría acarrear desde la amputación de extremidades a la misma muerte. La policía tailandesa solía hacer la vista gorda a cambio de unos billetes. Pero desde que el golpe de Estado tomó forma la actitud de los militares ha sido la opuesta, decidiendo de un día para otro expulsar a todos los inmigrantes ilegales que pululan por su país, que entre birmanos, camboyanos y laosianos rozan los tres millones, prácticamente todos volcados en los trabajos que el tailandés no desea: fábricas, construcción y asistentas del hogar. Sin embargo, los embriagados setenteros anglosajones así como el resto de parias primermundistas universitarios –los que duermen en las playas, viven para tatuarse, se alcoholizan hasta el límite de sus hígados, vomitan por las calles, hacen el acto previo pago siempre que pueden, y que en general, dejan pocos ingresos y valor añadido en el país– nunca son llamados al orden. En Pattaya, la ciudad puti-club más grande del mundo, a hora y media por carretera desde Bangkok, uno podría llegar a sentir una importante desafección por el ser humano viendo a quiénes deportan y a quiénes les renuevan sus visados.

 

La economía tailandesa anda renqueante, gracias a la asonada perpetrada por el general Prayuth Chan-ocha, elegido a dedo por el senil rey Bhumibol, que ha retraído la primera fuente de ingresos del país: el turismo. Por ello, la campaña de persecución y expulsión del pueblo jemer, que era el mismo que hasta hace poco se le hacía la vista gorda para que la economía del país siguiera avanzando –sueldos africanos, horarios interminables, viviendas infrahumanas, oenegés pasivas– es una idea inútil con el fin de que los tailandeses se acoplen a esos puestos de trabajo que nunca quisieron. Y menos a 150 dólares mensuales por doce horas diarias. Por lo que detecto que la economía tailandesa seguirá ralentizándose y que los camisas rojas contarán los días para salir a las calles de Bangkok a pedir dignidad económica y la vuelta de la democracia.

 

Mientras, en tierra de nadie, unos 400 metros entre ambas fronteras donde ninguna persona responde ante nadie mientras los casinos se acumulan, cientos de chinos y decenas de tailandeses se juegan los cuartos en una perversión denunciable. Xiu, una china de Xiamen, que congenió conmigo gracias a que el último medio año de mis seis y medio en esa tierra no prometida los pasé en su ciudad natal, se prestó a hacer el ridículo. Como tantas y tantas veces. Y me duele la boca de decirlo: “¿Qué pasa? ¿Es que hay guerra?”. Xiu no jugaba tanto a la ruleta como su marido pero estuvo atenta a que a través del inmenso ventanal del Paradise Hotel, un casino-prostíbulo en potencia, se veían pasar los camiones-jaula repletos de camboyanos así como otros artilugios con ruedas revestidos de verde militar donde los jemeres eran sus únicos pasajeros: de pie, sin poder orinar, tomar asiento o dar bocado.

 

Me planté ante el oficial de visados tailandés en una conversación cuanto menos extraña.

 

—¿Dónde va a pernoctar?

—Sólo quiero cruzar un par de horas.

—¿Para qué?

—Para visitar la ciudad.

—En Aranyaprathet hay poco que ver.

—Ya, pero yo quiero verla.

 

Por un momento pensé que me iban a meter en una habitación acorazada donde me iban a introducir en el culo 200 gramos de metanfetamina suficientes para liquidarme por pena capital tras un juicio rápido en un par de semanas. Pero no, finalmente se impuso esa realidad tan compleja: unos cruzamos fronteras como pasos de cebra, y otros o se atreven a pisotear campos minados o no tienen otra manera de buscarse las habichuelas.

 

En el mismo momento que pones un pie en Tailandia asumes que Camboya es de otra época: jardineras recién podadas, carreteras sin baches, arcenes perfectamente delimitados, semáforos que se respetan y limpieza absoluta. Los seis kilómetros hasta la ciudad de Aranyaprathet los hice de copiloto a lomos de una moto de escasa cilindrada por dos dólares. Nada más llegar me acerqué a la estación de autobuses, centro neurálgico de la ciudad que más bien podría ser denominada pueblo, donde paseé buscando un buen pad thai –la cocina tailandesa es brutal y este plato clásico un orgasmo– cuando fui asaltado por un sesentero que aparentaba llevar fumando, al menos, cuarenta años.

 

—¿Busca habitación?

—No, lo siento. Ya la tengo en Poipet. He venido sólo de visita. ¿Es éste su hotel?

—Sí.

—¿Y qué tal va el negocio?

—Flojo. Y ahora más.

—Ya me imagino.

—Demasiado jaleo.

 

El dueño de ese hotel tailandés se refería al trasiego de camiones-jaula repletos de camboyanos, que al haber saltado la noticia a la prensa internacional –en España ni Cristo ha escrito una línea sobre el tema– ha hecho menguar el trasiego de turistas, esencialmente mochileros, que cada día cruzan ambas fronteras con la idea de recorrer el sudeste asiático de la manera más barata: en autobús.

 

—A mí todo esto me parece perfecto. En Tailandia sólo tailandeses.

—Ya, pero muchos de sus compatriotas los habían contratado ilegalmente.

—A mí eso me da igual. ¿O es que pensaban estar por aquí toda su vida?

—¿Y qué le parece Pattaya?

—¿Qué quieres decir?

—Hombre, allí el turismo de tipos como yo no creo que sea el más aconsejable.

—Si tienes dinero para gastar que se queden; y si no, que los echen también.

 

Tailandia educa a su población en un extraño y peligroso nacionalismo que hace creerse a sus habitantes que son otro de los supuestos pueblos elegidos. Dos datos que no son precisamente anécdotas alumbran el desaguisado racista: Hitler es un personaje admirado por una buena parte de su población –mírense las encuestas–, y una cadena de comida rápida se hace llamar Hitler, utilizando la imagen del mismo Adolf, que para mayor sorna está patrocinada por la compañía americana Pepsi.

 

Ya de vuelta al pequeño apocalipsis jemer, donde no dejaban de entrar camiones-jaula repletos de desgraciados que con tal pasado reciente (Pol Pot) seguro que en sus siete horas de viaje llegaron a pensar que podrían ser ajusticiados, recordé a Makara, la chica de veinte años con una niña de tres en brazos, que me dijo que al no tener tierras que cultivar en su provincia su futuro era nulo. ¿Cómo podrán ganarse la vida los 400.000 camboyanos que están siendo devueltos a una Camboya sin medios para mantenerlos? Porque en Camboya no existe política social alguna –añadiendo que las agencias de cooperación no asomaron la nariz por Poipet en plena debacle–, desempleo, advirtiendo que estamos en plena temporada baja y tampoco es que el arroz sobre.

 

Saing, de 27 años, que llegó a Poipet de noche, completamente horrorizado, me dijo que él cruzó la frontera minada a pie sin pasaporte alguno, hacía ya dos años. Porque, ¿qué significa poseer un pasaporte en Camboya?

 

—Mira, yo soy de Takeo y nunca he trabajado, salvo ayudando a mi padre. Un día me dijeron que se podía cruzar la frontera para encontrar trabajo en Tailandia y me dije que por qué no.

—¿Y por qué no tienes pasaporte?

—Pasaportes dan pocos y sólo en Phnom Penh y a los ricos. La policía nos puede llegar a cobrar hasta 300 dólares. Y yo nunca tuve ese dinero.

 

Además, las mafias policiales camboyanas, en algunos casos aún más corruptas que las tailandesas, dilatan el proceso de entrega según el dinero que reciben de los interesados, llegándose a dar casos de medio año de espera para unos desesperados que acaban tirando la toalla. No son raros los casos de jemeres con ofertas de trabajo legales en Tailandia o Vietnam que pierden esa oportunidad por no poder conseguir su pasaporte. Y entonces sólo queda convertirte en ilegal. La inmensa mayoría de los jemeres que vivían y trabajaban en Tailandia lo hacían sin documento alguno. O sea, casi todos se jugaron la vida atravesando campos minados de cuando Pol Pot se propuso acabar con su pueblo.

 

Un golpe de Estado en Tailandia ha generado este éxodo llevado de forma animalesca. Nueve son los camboyanos que han muerto o tiroteados cuando intentaban escapar de las autoridades tailandesas o en accidentes de tráfico tras el transito de cientos de camiones que transportan a los expulsados como a cerdos.

 

Tras irme a dormir desperté con la necesidad laboral de volver a Phnom Penh cuando quedé sorprendido de ver llegar a una ambulancia a la zona del desastre: ni en Poipet hay hospitales ni ninguno de los malheridos tendría dinero para hacerse cargo de ella. Finalmente la Cruz Roja me subsanó la duda: una señora embarazada llegó a la frontera desmayada. Según los testigos podía llevar así dos horas. Los camiones-jaula nunca se detienen ni para dejarles orinar ni mucho menos para estirar las piernas. Con tanto Gran Hermano desconozco como a nadie se le ocurrió poner cámaras fijas en esos camiones-jaula. Tras el visionado de las imágenes la humanidad tendría alguna razón para irse a la cama sin cenar.

 

La vuelta a Phnom Penh, igual de bellísima, con la salvedad de la depresión recordando las imágenes de aquella masacre. Durante el camino ya no sólo eran vacas, bueyes, perros y gallinas los que se nos cruzaban en el camino. Más de una vez tuvimos que adelantar a los camiones militares cedidos por el gobierno del primer ministro Hun Sen, que intentará lavar su pésima fama con estas acciones, cuando a medio camino uno había pinchado. Para más inri llovía de forma torrencial. Hay pueblos a los que los ha mirado un tuerto. Y el jemer es uno de ellos.

 

 

 

 

Joaquín Campos (Málaga, 1974) lleva residiendo en Asia desde 2007: primero China y ahora Camboya. Escribe, cocina y viaja. En FronteraD ha publicado Sam Rainsy, bombero pirómano: “Existen posibilidades realies de una guerra civil en Camboya”La ayi de mis sueños, lo sueños de mi ayi china y Srey Pech, actualización camboyana del arca de Noé, mantiene el blog Aspersor, un ídolo de masas, y la novela por entregas Doble ictus. En Twitter: @JoaquinCamposR 

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