Hilcia d'Haubetère, Maude Valène, Lis Arrabal, Jérôme Savary, Antonio Saura, Roland Topor, Lise Grandvel, F. Arrabal, Guy Hocqzigem, Charles Coutureau y Copi delante de un cuadro de Olivier O.Olivier en casa de Arrabal. Foto: Edouard Boubat

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    ¿Por qué odio y por qué amo a Fernando Arrabal?

    Juan Antonio Vizcaíno - 14-04-2011

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    1. Tomando el té con Ofelia

     

           Empiezo a odiar a Arrabal, como a un padre que no te quiere tanto como necesitas. Lise, por el contrario es la madre tierna y tierra, la mujer encantada de compartir horas conmigo en divanes a la sombra de las galas. A Fando no le gusta vernos juntos en las fotografías, ni en los veladores, mientras conversamos. Porque a pesar de ser el esposo, es el más listo de todos nosotros, y se da cuenta el primero, y se pone furioso de celos, como un Zeus demoníaco y cornudo, mosqueado de que sus protuberancias no sean del todo propias, sino resultado de mi relación con su Dulcinea.

           En las largas horas que paso acompañando y disfrutando con Lise, en los sofás, y en las mesitas de los cafés (mientras Fando alardea y juega con los periodistas, seduciéndolos, o fustigándolos, nunca aburriéndolos), Lise y yo mantenemos largas y puras conversaciones sobre literatura, historia, política, costumbres, recuerdos propios, sueños recientes… En el último, Lise llamaba muerte a una lechuza, y yo le contaba que había abrazado a una tía mía, muerta hace años, que se me aparecía en sueños como nunca lo había hecho en vida. Dos seres acorralados que se aprietan el uno al otro -por calor y cariño- para consolarse ante el último trance de la vida.

           Hubo un tiempo en que yo sentía que pasando la tarde con Lise disfrutaba del mismo privilegio que si tomara el té con Ofelia, Medea, o Yerma. ¡Quiá! Ella misma me convenció que la Lis de Arrabal no era ella, sino sólo la parte femenina de Fando. Siempre Fando, sólo Fando. Él es una víctima de sus obligaciones literarias: entregar toda la vida al genio que alberga. Es una esclavitud, una condena propia de héroe clásico.

           ¿Quién conoce mejor la mente y la personalidad voraz de Arrabal que esta mujer que lleva a su lado más de 50 años? Lise ha sido el padre de Fando, y lo sigue siendo: la cordura, la razón, la sabiduría, la medida del bien y del mal, la responsabilidad, la buena estirpe burguesa francesa, la estabilidad, el pater familias del hogar… Arrabal ha sido el esposo, el hijo, el genio, el amante, la niña mimada de Lise, a la que le ha permitido ser y crecer como una madre protectora.

            La sabiduría de Lise es paradójica y proverbial. Su extrema grandeza la resuelve en su militante humildad. Es justo el arquetipo contrario al de la esposa del hombre público. En cualquier salón donde se le rinda tributo honorífico a su ilustre esposo, Lise se mueve con un aire de “pasaba por aquí”, escurriéndose por las esquinas menos visibles del local.

           Adoro a Lise, combato afectivamente con Arrabal, entregándole la mejor cosecha de heces de mis palabras, porque a los dos nos gusta gritar: ¡Viva la mierda!, y salpicarnos con ella el alma.

     

     

    2. De las bondades del nevar y cantar

     

    En realidad, lo nuestro nació en la ciudad encantada de Cuenca. Sucedió mientras Fando se había colocado bajo uno de los primeros tondos del fantástico paraje, bajo aquellos champiñones de piedra caliza que parecían evocar el hongo nuclear sobre la diminuta y gesticulante figura de Arrabal. Se estaba filmando una escena de su nueva película, Yo, que andaba fraguando por aquellas fechas de 2004. No podía existir un título más adecuado para una figura tan napoleónica, caligulesca, daliniana y, sin duda, arrabalesca. Yo, con o de gozo y o de culo, “el gran agujero negro de la divinidad que habita en el ser humano”, en palabras del maestro.

           Mientras tanto, Lise y un servidor nos habíamos quedado rezagados en algún recodo del camino, manteniéndonos en un discreto segundo plano. Ella comenzó a preguntarme por mi reciente infarto, noticia que la había dejado muy preocupada, y tirando del hilo de lana de la memoria del mal nos situamos en un plano de dolor compartido, de terrores primarios, de pánicos a la oscuridad, de presentimientos físicos de la muerte... y justo entonces comenzó a nevar. Nevaba gris pardo sobre los campos oscuros de aquel decorado de piedra natural. No se trataba de una inclemencia climática, sino de una bendición celestial. Hay algo en el ser humano que le hace conmoverse ante el comienzo de la nevada, como si se observara a un fenómeno atmosférico niño. Despierta la nieve una ternura similar a la de contemplar o jugar con un cachorro.

           El ojo, cerebro mirífico de Fando, comenzó a  detectar que Arrabal se estaba convirtiendo en un personaje secundario de la escena que estaba sucediendo en aquel recodo del camino, entre su Dulcinea y su vasallo literario; y eso, él no lo podía tolerar. ¿Verse como Hamlet en Rosencrantz y Guildenstern han muerto, reducido a figurante, por las malas artes de Tom Stoppard? Con él, eso no iba a pasar. Su mente había sido tasada ya de niño como superdotada. Superarrabal gestó la idea en un microinstante para acabar con aquella situación irregular. Reclamó nuestra presencia bajo el tondo, para rodar la escena de Yo, a tres cuerpos arrabalianos en uno solo. “¿Qué hacemos?”, preguntó Lise, y Arrabal contestó: “Cantar. ¿Qué mejor que cantar?”, y ensalivando sus palabras como un tentador ofidio delicuescente propuso Amapola, que es una canción alegre y universal. Caía la nieve más fuerte en aquella mañana de mayo, cantando Amapola bajo los fantasmas de piedra de la serranía de Cuenca. Atrás quedó el dolor de la muerte e imperaba la música y la amistad gracias a la inspirada partitura de Arrabal.

           Entré en la historia de la cinematografía artística por causa de los celos. Me sentí vinculado a Arrabal para siempre, por aquella canción cantada a tres voces bajo la nieve, frente al ojo grabador de una cámara de cine. Resistimos todas las estrofas que pudimos recordar y, a pesar de la insistencia de Fando, hubo que suspender la visita a las colosales piedras, porque para la cámara y el equipo no era buena la nieve, ni el frío, ni la humedad.

           ¡Oh, arte de lo efímero!, ¡traviesos duendecillos que respiran por el aire del hogar, trastocándolo todo de sitio! Las latas de las cintas rodadas en Cuenca se perdieron y jamás se pudo acabar ni montar la película. ¿Qué oscura venganza de productores airados, escondía tal pérdida? El mundo del arte es canalla cuando se topa con la violencia mercantil de la tecnología. Estaba escrito que yo no apareciera en ninguna película de Arrabal, pero no importa, quizá por eso este recuerdo sin testimonio gráfico aún resulte primordial.

     

     

    3. Fábula de la cárcel y los dos dramaturgos

     

    Tuvo que ser Lise quien me lo contara. Debía correr el verano de 2001 y nos encontrábamos en la Casa de las 7 chimeneas en Madrid; esto es, la sede del Ministerio de Cultura en la plaza del Rey. De muchos es conocido que el esquinazo que ocupa este edificio público fue Casa Encantada, Circo Price y Banco Urquijo en otros tiempos. En el ala más histórica del conjunto se celebraba la conferencia de prensa de presentación de la temporada del Centro Dramático Nacional (CDN) para la temporada siguiente. Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo, se representaría en el María Guerrero; Carta de Amor, la nueva obra de Arrabal, vería la sombra en los sótanos con fantasma del viejo Hospital de San Carlos, actual Museo Nacional Reina Sofía. Toda la plana mayor del ejecutivo teatral se encontraba en aquella pequeña sala de piedra repleta de tapices, bargueños y periodistas. En la sala contigua nos refugiamos quienes no habíamos encontrado sitio en la primera. Sentado en un antiguo diván, decidí acompañar a Lise mientras Fando predicaba desde la alta mesa pública.

            “Yo estoy contentísimo porque esta obra nueva mía se estrene en España en un lugar tan peculiar, y en unas condiciones tan privilegiadas. Pero con lo que más contento estoy es con que su protagonista sea María Jesús Valdés. Porque aunque ustedes, muchos de los presentes en esta sala, no la recuerden, la señorita Valdés era la actriz más bella del teatro español de aquella década. La de pajas que nos hacíamos todos los jóvenes que pululábamos por el teatro de entonces, con la Valdés, con lo buena que estaba”.

            La veterana actriz (que había sido recuperada para la escena por el mismo Pérez de la Fuente, director en esas fechas del CDN, y futuro director de la anunciada obra arrabaliana) se sonrojó o mostró una sonrisa de circunstancias, ante la gañanesca resolución verbal de Fando. Mientras, muy cerca de nuestro diván, se escuchó la voz contrariada de la viuda de Buero, Victoria Fernández, también presente en el acto:

            --- Ya está metiendo la pata el dichoso Arrabal.

            Ni Lise ni Victoria, que yo supiera, se habían saludado previamente, y ni se miraron siquiera tras frase tan destemplada. Sólo sé, que a los pocos minutos, Lise comenzó a hablar: “No sé yo quién mete tanto la pata, y qué cosa tan grave ha dicho Fernando para que ella haga ese comentario. Si hablamos de meter la pata, podría acordarse de cómo la metió su esposo cuando encerraron a Fando en la cárcel de Alicante, por aquella dedicatoria pánica que estampó en un libro. Nosotros, que estábamos solos en aquella ciudad, en pleno franquismo, y que de pronto nos vimos metidos en aquel lío tan horrible, no sabíamos qué hacer. Lo único que se me ocurrió fue llamar a Madrid a Buero Vallejo, que era el único amigo que tenía Fernando en Madrid. Cuando veníamos a la capital de España, siempre nos quedábamos en su casa, eran nuestros mejores amigos. Al contarle la fatídica noticia a Antonio por teléfono, pidió una hora para pensar qué era lo mejor que se podía hacer. A la hora volví a llamar, y se puso Victoria, quien me transmitió la respuesta que había estado meditando su esposo. Buero Vallejo había sacado la conclusión -y así ella me lo contó- que a la obra y a la persona de Fernando Arrabal le vendría bien pasar una temporada en la cárcel; de esa forma no tendría más remedio que madurar. Y me colgaron el teléfono. ¿Es eso meter la pata, o lo es hablar de pajas?”.

           Me quedé impactado con la rotundidad y firmeza de sus palabras. No conocía esta dureza en Lise, y tengo que decir que no se ha vuelto a repetir jamás. La había tratado poco hasta entonces, pero desde ese momento supe que era una mujer de una pieza, insobornable. No creo que ella hubiera contado el episodio muchas veces, y menos aún en España. No sé si lo hizo porque sabía que en esas fechas yo era un crítico influyente de la prensa nacional, o porque no pudo aguantar más, silenciando lo ocurrido. Me inclino a pensar que debía inspirarle la suficiente confianza como para revelarme tan terrible secreto familiar.

            Sabido es que Buero Vallejo compartió prisión con Miguel Hernández (a quien retrató en un famoso dibujo a pluma, quizás el retrato más emblemático del poeta de Orihuela) mientras esperaba su ejecución. Buero estuvo condenado a muerte mucho tiempo, aunque al final la pena se le conmutó. El futuro dramaturgo quedó marcado para siempre por aquella experiencia límite. ¿Pensaría Buero que la profundidad y el dolor que emanan de los personajes de su teatro eran un fruto tardío de aquel dolor? ¿Desearía lo mejor para la obra dramática de su amigo, si experimentaba la catarsis del preso para abandonar de una vez por todas su caprichosa y libertaria visión de la vida y la literatura? Sólo Dios sabe si fue sólo cobardía, o si pensaba realmente Buero que era lo mejor que podía sucederle a Arrabal.

            Confesarse con un periodista es darle tres cuartos al pregonero. Me sentía poseedor de un tesoro, una suerte de exclusiva de los alientos fétidos que supuran el arte y los artistas cuando se ven dominados por la política. Incorporé como pude en una entrevista que ya le había hecho a Arrabal en su casa de París la información sobre Buero que me había suministrado Lise.

           Pocos meses antes de que apareciera el nuevo número de mi querida revista Teatra (mi hija, mi niña, pues yo era mucho más que su director) visité a mi madre en Andalucía, que ya era bastante mayor, aunque seguía conservando toda su lucidez. No ha habido proyecto creativo en mi vida que no haya necesitado el visto bueno materno antes de su resolución. Mi madre era mi primera admiradora y mi crítico más feroz. Desde que siendo niño me animara a hacer mosaicos romanos con granos de arroz, teñidos por ella en la cocina, hasta este último número de Teatra, del que exigí su supervisión (pues había llevado conmigo la pequeña y deliciosa maqueta, de la que habría de ser posteriormente una celebrada publicación). Cuando mi madre estuvo al tanto del episodio de Buero y Arrabal, se plantó y me dijo:

    “Publicar eso después de que haya muerto Buero Vallejo va a ser fatal para todos vosotros, por mucho que sea verdad. Si se hubiese dicho por escrito mientras él estaba vivo, para que pudiera defenderse, hubiese sido harina de otro costal. No deberías sacarlo en tu revista, porque va a producir el efecto contrario al que pretendes lograr. Los mezquinos siempre seréis vosotros, por muy mal que se hubiera portado en vida, el muerto con su hasta entonces, amigo. No lo debes publicar”.

            Daba yo tanto crédito a mi madre como al Oráculo de Delfos le otorgaban los griegos, de tal forma que a mi regreso a Madrid lo primero que hice fue llamar a Arrabal (quien había sido previamente informado de la incorporación del episodio de Buero a nuestra entrevista), y manifestarle las inquietudes que había provocado el conocimiento del citado episodio en mi claustro materno. Arrabal meditó la cuestión, pero no se tomó una hora para contestar. Al final, pronunció proverbialmente: “Confiemos plenamente en la sabiduría de su madre, que demuestra ser una mujer muy cabal”. Y el triste episodio bueresco volvió a volar de las fotomecánicas de las imprentas, y de él hasta ahora no se había vuelto a hablar.

            Mi conciencia profesional no ha estado nunca del todo tranquila, pues esta pequeña fábula de dos dramaturgos en prisión era como un pájaro vivo que tenía en la mano desde hacía muchos años, y que siempre había querido volar. Creo que forma parte de la historia del teatro español, y que había que contarla en alguna ocasión. He resuelto que en este texto en torno a los amores y fobias que me provoca mi estrecha relación con el dramaturgo Arrabal era el lugar idóneo para echarlo a volar. La lechuza a la que Lise pisa la cabeza en sus sueños me ha dado fuerzas para poderlo liberar.

     

     

    4. El tercer yerno de Arrabal

     

    Mi madre soñaba llevarme del brazo por Nôtre Dame de París el día que me fuera a casar con la hija de Arrabal. Aunque lo que más ilusión le hacía era salir ella del brazo de su ilustre consuegro de aquella catedral. No sé si han oído hablar de Lelia, la hija de Lise Moreau y Fernando Arrabal. Es una bella mujer, muy, muy especial. Estuvo casada en dos ocasiones, la segunda con un rockero de Nueva York. La conocí en Washington Square una tarde de un 8 de agosto, donde habíamos decidido encontrarnos el maestro y yo, para celebrar juntos mi cumpleaños. (Arrabal los cumple tres días después. Como buenos Leo, desde el comienzo nos ha resultado fácil simpatizar).

           A la sombra de los árboles frondosos de la plaza de Washington, jugando al ajedrez con los manhattanitas veraniegos, encontré a Arrabal. Estaba terminando una partida con un desconocido en una mesa de lata, con el tablero de cuadros blancos y negros tatuados sobre el metal. En uno de los bancos cercanos estaba aquella rubia (o pelirroja) de sensuales labios, y ojos clarísimos azul cielo, como los de Arrabal. Vestida, peinada y maquillada con sofisticación, la preciosa vástaga de Arrabal abrazaba un muñequito de R2d2, de La guerra de las galaxias. Cuando su padre nos la presentó, Lelia me ofreció el entrañable robot de Georges Lucas, pues era el regalo de cumpleaños que había elegido ella misma para mí antes de conocerme. Al tiempo que me lo daba, me pidió que apretara la barriguita del muñeco, y entonces sonó el famoso silbido característico, piriviriví-turí, con el que respondía el robot en el filme galáctico primordial. Nunca me he desprendido de ese juguete. Lelia y yo conectamos fácilmente por una recíproca curiosidad. Yo veía a su padre hecho muchacha dentro de sus pupilas transparentes. A ella, quizás fuera mi altura lo que más le pudo atraer, o ciertas largas patillas que en aquellas fechas yo me dejaba crecer. En mi cena de cumpleaños en un restaurante japonés del Village comenzó a resultarme más excitante imaginarme como yerno de Arrabal que como uno de sus discípulos favoritos.

            Arrabal y yo nos habíamos conocido en 1993. Vino enfermo desde París hasta el Hotel Ritz para presentar con nosotros, en iniciática performance astrolabial, el número décimo de nuestra Teatra en el observatorio astronómico del parque del Retiro de Madrid, junto al péndulo de Foucault. Tenía entonces Fando el pelo más negro, como un deshollinador feliz, que atrapaba cucarachas como criaturas de amor. Nunca había oído una declaración mayor de afecto y admiración por unos insectos que salen por las letrinas como la que le profesó Arrabal a las cucarachas en aquella presentación.

           Años más tarde nos embarcamos en un buque pirata en el Sena para presentar de su mano nuestra revista en París, en medio de un diluvio francés otoñal. A la vuelta de otros años, nos reunimos de nuevo en El Retiro de Madrid para convertirlo en un jardín japonés, donde floreció la orquídea triste y radiante de nuestra Teatra oriental.

           He vivido y viajado mucho con Arrabal. París, Nueva York, Ávila, Cuenca, Burgos, Madrid, El Escorial… y si no me he desplazado con él a Rusia, Las Vegas, Israel, Argentina o Brasil ha sido porque me peleé con los viajes tras sufrir el ataque de mi enfermedad. He discutido para siempre con los aviones, y por otra parte mi adicción terapéutica a la rutina me hace apartar los viajes de mis planes de evasión de la realidad. Sin embargo tengo que decir que nunca me he aburrido con Arrabal. Haya sido donde fuere, allí sonaba la maraca de su genialidad para llamar nuestra atención y provocar nuestra felicidad.

     

     

    Filias y fobias del gran ceremonial

     

    Con motivo del estreno en España de El jardín de las delicias, volví a reunirme hace pocos días con el querido maestro en nuestra ciudad. Agridulces encuentros repletos de celos por exceso de complicidad. Sufrí el desdén de mi madre en sus últimos tiempos, cosas de la ancianidad. Volví a sufrir la misma experiencia en mis carnes con mi segunda madre artística, Adela Escartín, quien pocos meses antes de morir se despedía de mí a zarpazos, poniéndome contra las cuerdas de mi salud y mi integridad. “Me da igual lo que digan tus médicos, me da igual tu salud, ¿no te das cuenta que eres lo único que me queda a lo que poderme agarrar?”, tuve que oír de aquellos labios de leona herida, que -impedida de piernas- reptaba por su cama de hospital sin dejar de mirarme, como si me quisiera hipnotizar. Me vi forzado a huir indignamente de aquella tarántula que amenazaba llevarme a mí por delante, antes de su claudicación final. La cercanía de la muerte debe volvernos ácido sulfúrico para los demás. No estoy dispuesto a pasar por el mismo trance con Arrabal.

            Amo a Arrabal como una meca literaria vital que he tenido el privilegio de alcanzar. Estando a su vera, compartiendo tan altos momentos, me he sentido ajustado a la medida de mis sueños. Yo, que nací para el teatro entre jóvenes compañeros tocados por el talento natural de la dramaturgia, me vi remontado con Fando hasta las cotas siderales donde yo soñaba que podría con los míos llegar. Largo, bello y reluciente panorama del arte, que desde lo alto de las copas de la ajena inmortalidad puede contemplarse con una paz primigenia.

           Odio al Arrabal público que desdeña a sus seres más próximos para trabajar por la gloria y la sombra de Fernando Arrabal. En su esfera sólo existe una fuerza primordial, la corriente fandística te arrastra y te lleva por pérfidos rápidos en los que resulta fácil naufragar. El dios que habita en mí como escritor, para poder sobrevivir tiene que asesinar a este Azrael, favorito de Lucifer y Satán.

           A Arrabal no le interesa más palabra poética que la que su mente y sus teclas puedan alumbrar. Ignora o desdeña el trabajo ajeno como sólo lo hacen los genios. No se puede contaminar. Lo suyo es soñar y cantar. Ser su amigo es difícil por encima de la misma amistad.

           Ser conocido y adulado en todo el planeta debe ser complicado de encajar con normalidad. Competir como viejo con el prestigio imparable y polémico del joven Arrabal también debe ser una ardua tarea, que con los años se complica más y más. Aunque vivir sea jugar, no olvidemos que el significado completo de la palabra vida incluye también el luchar.

           Cuando se trata mucho con Arrabal se pasa demasiado tiempo a la vera del bufón egregio, del gigantesco enano dramático, y se sufren los cambios de tercio del ánimo de una figura tan veneradamente paternal. No soy Samuel Arrabal, su hijo; ni es su hija, Lelia Arrabal, mi esposa –como quizá podría haberlo sido- convirtiendo a Arrabal en mi suegro; tampoco soy el amante de Lise, su Dulcinea; y ni tan siquiera soy la mascota del perro que no tiene Arrabal. No haber encontrado mi lugar artístico tampoco me da derecho a culpar por ello al patriarca Arrabal.

           Pero de lo que sí estoy cierto es que si tanto me he alineado con esta familia excepcional es porque me he sentido identificado con la fuerza artística que reluce de la obra y la figura de Arrabal. De su brazo me he paseado con Yukio Mishima, con Italo Calvino, con Pasolini y Houellebecq entre los vivos. A través de su aliento mistérico he tocado el dedo índice de Samuel Beckett, gracias a la memoria de aleph que conservan el viejo y el niño Arrabal. A su lado no se respira en modo alguno la mediocridad. ¡Qué oxígeno más tonificante para la óptima circulación sanguínea de la creatividad!

           Por eso me enciendo contra la tontería nacional, cuando los veo ignorar el talento vivo más grande de nuestro teatro. Arrabal será más cómodo de programar en su propio país cuando haya fallecido. A la católica España le gusta honrar a sus muertos con llantos y excesos de funeral. Nadie ha retratado mejor en su teatro el plañidero negocio de la muerte en España que Valle-Inclán. Largas colas se formarían ante los teatros si falleciera en España Fernando Arrabal. Todos los que no acuden a conocer su obra cuando se le representa se romperían la espalda por asistir a sus exequias, y hacer declaraciones de su profunda admiración y amistad con Arrabal. Medallas de oro para la cabeza podrida del genio. El silencio del patriarca vale más que el verbo de su talento. Hogueras vanidosas por la deseada muerte de Arrabal. Hasta entonces aplazará el teatro español resolver los misterios de su gran ceremonial.

           Mientras tanto, su palabra magnética y su delirante verbalidad poética pueden escucharse más allá de los libros y obras completas de Arrabal. El jardín de las delicias canta su verbo luminoso desde un pequeño teatro madrileño y suburbial. Concluyeron los gestos, no queda más que esperar. Agradezcamos a esta entusiasta compañía –Curtidores de Teatro- el esfuerzo y la fe por levantar el templo vivo de la palabra dramática de Arrabal. Acudamos a la Sala Cuarta Pared, como ríos de espectadores, para santificar en vida el teatro de Arrabal.

            El cielo y la mierda. La mierda del genio es mejor que cagar.

     

    Madrid, abril 2011

     

     

     

    Juan Antonio Vizcaíno es profesor de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid y escritor. En fronterad ha publicado El carnaval que no cesa, Adela Escartín o el arte de la transfiguración y varios de sus cuentos en Huerta del Retiro, el blog de Julio José de Faba.

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