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El dueño pálido de la tabaquería el blog de Ernesto Pérez Zúñiga


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5 de junio, 2012

Primera acción: boca abierta

 

“No veo más allá del sexo”, escucho a un trajeado, y debe ser así porque son las ocho de la mañana, y se lo dice a un compañero de la misma oficina, cortados los dos en telas azules, salvo las corbatas, chillonas. 

Deben trabajar, me digo, en el banco de la esquina, dado que al resto de los mortales no nos dejan ver más allá de las cifras, hasta el sexo va a quedar sólo para aquellos que las manejan.

Trato de imitar al mono budista: no oír, no ver, las manos colocadas en todo receptor de lo que hay afuera.

Salvo la boca.

Cuidado.

Me tapo la boca pero se va abriendo sola, va recuperando la apertura alcanzada en las últimas semanas, meses, años ya.

El resorte funciona en cualquier momento, imprevisible: la mandíbula se relaja, y sus músculos inician la separación de los dientes, de los labios, hasta alcanzar el grado óptimo de cueva, adonde van a parar las imágenes y los sucesos: el nombre del flamante banco de nuestra época, el gesto satisfecho de sus directivos al estrecharse justo esas manos forradas, las palabras de nuestros representantes en el gobierno cuando prometen prestarles nuestro país y luego prefieren regalárselo, a cambio de no pronunciar ni una sola vez las palabras: qué hiciste, Bruto, hijo mío, cómo no pedirte cuenta de tus actos.

Mientras los protagonistas se marchan, atesorando inconcebibles fortunas,
los espectadores permanecemos sentados,
la boca abierta,
telarañas en la boca y en el bolsillo,
muy quietos ante las amenazas de nuestros representantes en el gobierno:
cuidado, sí, mucho cuidado y solidaridad, viviréis cada vez peor para cumplir con el negocio 
alemán –es un poner–,
y con las gestiones del negocio,
buenas, malas, qué más da,
nadie se va a hacer responsable,
lo importante es vuestra boca abierta,
la inactividad de vuestro cuerpo,
mientras completamos el negocio con vuestro dinero
–eso sí, el dinero surge de vosotros, el mérito es vuestro, ciudadanos, vuestras deudas en el banco, vuestros sueldos, vuestros impuestos–,
la boca abierta,
como primera acción,

incluso caminando por la calle.

“¿Qué te pasa?”, ni si quiera me pregunta el vecino, porque él también la lleva así.

Luego, al llegar a casa, leo a Olvido García Valdés, y a partir de ella pienso, pido
que al final de nuestra lista de tareas no nos quede solo el miedo. 

 

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