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    ¿Qué sentido tiene volver a fotografiar Utrecht? La memoria y Atom Egoyan

    Eduardo Momeñe - 10-09-2015

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    El 3 de mayo de 2015 estuve en Utrecht. Mi visita fue de carácter turístico, disfruté paseando entre calles y canales por la bella ciudad de Utrecht. Siempre intentando descubrir algo, reconocer cosas que tan solo había visto en libros, en la red, en guías –esa información que muchas veces obtengo antes de partir de viaje–, normalmente una Michelin antigua, no actualizada, excepto en lo que siempre debería estar. Finalmente aquí se encuentra –ante nuestros ojos– aquello de lo que mostraba y hablaba la guía, incierto, tan solo una promesa, difícil de ubicar, parecería soñado. En realidad, mi alma del turista que siempre soy busca ese aprendizaje obtenido por las sensaciones, el de primera mano, el que no explica de qué trata lo que vemos pero que sí vemos. Es también mi mirada deformada por mi cámara fotográfica, que primero obtiene la imagen y después pregunta qué es –de qué trata– aquello que ha fotografiado.

     

     

    Es la manera en la que se perciben y se sienten los lugares, la manera en la que se está en ellos. Esa dependencia del día lluvioso o soleado, del momento de la ciudad, solitaria, o bien tan solo vacía, agobiante por los otros turistas que buscan lo mismo, que también quieren ver todo, como ocurre a menudo en la cercana Ámsterdam. O bien la ciudad viva, palpitante, se percibe la modernidad en ella, la que cuida el pasado para poder ser moderna. Ello tiene que ver con la limpieza –fachadas limpias, sin duda– con el detalle, con el respeto, con el buen gusto –generalizado–, también en sus tiendas, en sus plazas, en sus flores, el amor a la propia ciudad, con la participación, incluso con alguna obra de vanguardia “actuando en la calle” , esa creatividad que genera ideas que generan cosas, una manera de entender las cosas.

     

    (Mi día es nublado, promete lluvia, muy agradable, y mis fotografías se benefician de esa luz difusa, ideal para fotógrafos que no queremos complicaciones. Es como si Rembrandt se hubiese encargado de la iluminación).

     

    En mi recuerdo leído de Utrecht todo ocurrió hace mucho tiempo. Es la ciudad del Tratado de Utrecht –de la Paz de Utrecht, con el que cambió el mapa político de Europa y en el que se resolvieron ciertas cosas, como la guerra de sucesión española, o anteriormente el fin de España en los Países Bajos, y posteriormente la invasión francesa. Parte de su catedral fue destruida por un tornado el 1 de agosto de 1674 y torre y catedral quedaron separadas. Entre el siglo XI y el siglo XVI fue la ciudad más importante de los Países Bajos. En Utrecht también hubo grandes pintores –no podía ser de otra manera–, Gerard van Honthorst es tan solo un ejemplo (su luz, tan diferente de la de Rembrandt y tan cercana a la de Caravaggio). Me pregunto si el que veo, es un Utrecht ampliamente reconstruido –una copia del original– o lo que parece que siempre estuvo allí, siempre estuvo allí. La cámara no va a decirlo, su mirada es tan poco interpretativa como los ojos de quien mira sin haber leído su guía; es como si los sitios no explicasen nada, ni en sus catedrales ni en sus monumentos, en definitiva, en su presencia. Fotografío con mi Ipad para obtener datos, información, recordatorios para situar lo que veo. Mis fotografías no son muy diferentes –“no son mejores”– de las que obtenemos en internet, y si llevo mi cámara conmigo es porque no sé ser turista sin cámara; quizá hay una parte existencial en todo ello, es como si mis fotografías certificasen que estuve allí. En realidad no es necesario ir a Utrecht para poseer fotografías de Utrecht, no hay que viajar para obtener un reportaje “foto-periodístico” de Utrecht, no hace falta salir de casa; admitamos que nuestras fotografías ya son tan anónimas –de autoría apenas conocida y reconocida– como las que encontramos en Google, tan solo somos recopiladores de datos. Nuestras imágenes –también las otras– tan solo sirven para constatar, nada que explicar, nada que  pronunciar, su débil significado, el mismo que obtenemos cuando paseamos sin guía, sin Hop On – Hop Off, tan solo lo que dicta la piel, ese paseo para el disfrute de lo percibido, la belleza del canal que bordeamos, esa torre, impresionante en su altura, incluso la casa Schröder de Gerry Rietveld –ya vista en libros– cuando nos alejamos de aquel siglo siglo XVII holandés.

     

     

     

     

    Me ocurrió en mi visita a Utrecht que el día 3 de mayo de 2015 se cumplían 70 años de la liberación de Utrecht, tras años eternos de ocupación nazi, un hecho no fotografiable, pero sí a comentar, ante todo a recordar, y mi dificultad para olvidar mi impresión ante el piano anónimo de Arthur Seyss-Inquart allí en Overloon, y cuya fotografía –la que tomé– guardo como uno de mis más preciados hallazgos.

     

    (Unos días después, en Madrid, en un agradable café con mis amigos Alfonso Armada y Corina Arranz, y en compañía del gran poeta polaco Adam Zagajewski, éste comentó que Utrecht fue liberado por el ejército polaco).

     

     

    Fotografía tomada en los días de ocupación.

     

     

    Allí en la plaza de la catedral, al aire libre, entre la Domker y la Domtoren, me encontré con una exposición conmemorativa que recordaba los días de ocupación, compuesta de diversas fotografías en blanco y negro –sí, algunas en ese color Afga alemán (¿cyan?), tan diferente del rojizo y contrastado Kodachrome del ejército americano, fotografías en color de un mundo en blanco y negro– apoyadas por textos explicativos,  algunos de ellos con finalidad terapéutica, preguntas por responder una vez más, tales cómo cual fue la actitud de los ciudadanos de Utrecht ante la entrada de las tropas alemanas en la ciudad, o más concretamente, la posibilidad de imaginarnos en la piel de esos niños que se dan de bruces con ese desfile triunfal que vemos en una de las fotografías. Bajo el cartel se propone y se pregunta: “Imagina que eres uno de esos niños”. ¿Por qué estás fuera? ¿Qué se siente? ¿Qué puedes oír? ¿Qué puedes oler? ¿Tienes miedo? ¿Es el otro niño tu amigo? ¿Qué le dices?”.

     

     

    Soldados alemanes de la Lutwaffe desfilan por la calle Nachtegall. Un ciclista les adelanta mientras un hombre con una carreta espera a que pasen. Dos niños miran el espectáculo.


     

    Cartel que explica una fotografía tomada en los días de ocupación, 2015.

     

    Un gran número de personas recorren la muestra, hay un gran interés, la generación que lo vivió y sus nietos, quizá conocedores de los hechos, o quizá no, esa generación a la cual se lo han contado todo, o quizá no, dependería  de ciertos factores. Allí están esas fotografías que una vez explicadas –descifradas– comienzan a hablar, algunas llegan incluso a recordar que cuando los bárbaros llegaron a Roma ya había muchos bárbaros en Roma. También hay un mapa que dice dónde se encuentran los puntos de la ciudad donde ocurrieron los hechos, las fotografías que vemos. Es un recorrido por esa ciudad que fue Utrecht en aquellos días. En algunos casos el aspecto es el mismo, nada ha cambiado, la misma calle –incluso también vacía–, la misma casa de los años 40, la dificultad de situar los hechos en los objetos, en los lugares, el tiempo apenas lo permite, el anonimato siempre tratando de instalarse. La tentación de situar la cámara en el mismo punto donde otra anónima estuvo, si el tiempo de un turista lo permitiese.

     

     

    Fotografía obtenida en los días de ocupación de Utrecht.

     

    Una hora más tarde, allí junto a la muestra de fotografías para el recuerdo y junto al arco que asegura la entrada al lugar donde se firmó la paz de Utrecht, un orador hace acto de presencia ante un público que escucha atentamente unas palabras imposibles para mí, pero cuyo sonido puedo comprender. Desde mi cámara tan solo un documento gráfico, una pequeña promesa de lo que pudieran decir esas imágenes, tan solo reproducciones, como si se encontrasen en internet, como si fuesen páginas del libro que recuerda y que se vende en la librería de al lado y en Amazon. Me apropio de la muestra y la llevo a otro lugar donde la experiencia de estar allí en un día nublado que apunta lluvia ya no es posible. Tampoco es necesario mostrar muchas fotografías; ya sabemos cómo son, ilustraciones que necesitan de una explicación. Es ese blanco y negro roto, el de la guerra, el los rostros sin mirada y el de los escombros; en ciertas ocasiones en color, con dominantes azules, rojas o verdes.

     

     

    Arco de entrada al lugar donde se firmó la Paz de Utrecht, 2015.

     

    Al día siguiente, el 4 de mayo, es un encuentro en el BOZAR de Bruselas con el director de cine canadiense de origen armenio Atom Egoyan, a quien he seguido con interés sobre todo por su película Ararat. El encuentro es parte de otros eventos referentes al genocidio armenio. Ararat habla de ello, si bien de una manera tangencial –Ararat se filmó trece años antes del centenario del genocidio– éste es tan solo una parte de todo ello. Es una historia compleja, son muchos asuntos en una sola película, incluso hace su irrupción lo contemporáneo, su memoria, la dificultad de acotarla nítidamente, una memoria que no la construye la historia –la historia grabada en los objetos, en los monumentos en las plazas públicas no cuenta, no recuerda nada, dice Egoyan–, sino la que va de padres a hijos, memorias privadas, verdades y mentiras privadas, lo que cuentan los padres, lo que los hijos saben sin haberlo vivido, sin haber sido protagonistas, sin haberlo conocido. También está la historia del malogrado y extraordinario pintor armenio Arshile Gorki, emigrado a Estados Unidos y que presumía de ser primo de Máximo Gorki, un asunto más que improbable para Atom Egoyan. También, en Ararat, una referencia a esa gran pintura de Gorki, Artista y su madre, la nostalgia de una madre muerta en el camino del exilio, en Yerevan, dejado su cuerpo allí antes de llegar a la tierra prometida. La diáspora, la pérdida de identidad, el infierno, el que generan los otros cuando llegan a nuestros lugares, a nuestros hogares.  Es ya la imposibilidad de pasear por ese mundo que era el tuyo.

     

     

     

     

    Atom Egoyan también habló de cine, apenas de su última película a fecha de hoy, Remember –también promete la presencia del dolor–, sí de su película preferida sobre el holocausto, El prestamista, con los mejores Sidney Lumet y Rod Steiger, y sobre todo habló de que ya no existen imágenes sagradas, de que el cine ya es accesible a todo aquel que tenga que decir, un guiño a los jóvenes cinéfilos que abarrotaban la sala. Sin duda, una gran oportunidad para quien quiera contar a sus hijos de qué trató todo aquello, cómo fue, desde lo privado, historias personales, cada familia la suya, esa memoria que el cine adora, esas memorias, como la de Utrecht, ya de segunda y tercera generación, no lo que han visto y vivido, tan solo lo que les han contado, como parte importante de lo vivido.

     

     

     

    Eduardo Momeñe es fotógrafo y editor de fotografía de FronteraD, donde ha publicado, entre otros artículos, Entre los lagos Bofin y AgraffardLas fotografías de Burton NortonLa línea de Palíndromo Mészáros: documentar una catástrofe y Brian Griffin y ‘The Black Country’.

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    momeñe, eres un "crak" enseñando fotografia, fotografiando y escribiendo.
    Salut !

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