Arthur Koestler en 1972. Foto: Sten Rosenlund

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    El revolucionario es un burócrata de la utopía. Una semblanza de Koestler

    Sergio Campos Cacho - 31-12-2015

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    Y el rebelde quemó sus naves. El primero, Koestler. Al a leer el libro de Tony Judt Sobre el olvidado siglo XX el primer ejemplo de la responsabilidad del intelectual que muestra es el de Arthur Koestler. Quizá convenga ser algo tosco al presentarlo, por si la aspereza consigue resaltar lo primordial gracias al contraste: Koestler fue un escritor húngaro que vivió en Alemania y escribió en alemán, que vivió en Inglaterra y escribió en inglés; en Inglaterra se le dedica la atención que merece aunque sea para denigrarlo, mientras en Alemania se le ignora por completo; sionista y comunista, sus teorías sobre el origen de los sefardíes provocó las críticas de ciertos círculos judíos; al repudiar el comunismo tras haber sido encarcelado en España, se convirtió en un traidor para algunos y sospechoso para los demás; acusado de alcohólico y violador; defensor de la eutanasia, se suicidó junto a su mujer. Bien, ya tenemos un pequeño esbozo de la persona, quizá algo difuso pero tintado con el idóneo aliciente que otorgan la complejidad y la polémica.

     

    Arthur Koestler nació en Budapest en 1905. Nadie puede culparle de la coacción histórica que sufrió al ver la luz en una zona conflictiva, situada entre dos potencias que iban a desangrar el continente precisamente en los años más sensibles de la vida de un hombre. No escapó a ninguno de los episodios más significativos de su época. En noviembre de 1918 el conde Michael Károlyi proclamó la República Popular de Hungría, la separación del país del Imperio Austrohúngaro. Lo hizo en el balcón de una casa situada al lado de la oficina del padre de Koestler, y allí estaba él con su progenitor escuchando el discurso, encantados porque se consideraban patriotas húngaros. Cuatro meses después, Károlyi entregó el poder al comunista Béla Kun, que proclamó la República Soviética Húngara. Unos días antes murieron algunos miembros del partido de Kun. El entierro reunió a miles de proletarios en las calles y se hizo una suntuosa demostración de fuerza mientras sonaba la marcha fúnebre de Chopin. Aquello conmocionó al joven Koestler, que se consideró a sí mismo como un “comunista romántico”.

     

    Tres años más tarde, una vez su familia se había trasladado a Viena, entró a formar parte de la Fraternidad Académica Unitas, un grupo universitario sionista. Aunque no le atraía el judaísmo y despreciaba el yiddish, un dialecto “que convertía toda afirmación concreta en una afirmación sentimental”, estaba convencido de la necesidad de un Estado judío que permitiera que nadie considerara distintos a unos hombres que parecían “pensionistas en casa de los demás”. Koestler estuvo muy unido a Vladimir Jabotinsky, líder de los Sionistas Revisionistas. Su primera experiencia política tuvo el atractivo de la pureza: “En 1924, cuando intervine por primera vez en la política sionista, todo parecía simple y claro; nosotros, los de la oposición, teníamos razón, y los otros estaban equivocados”. Como es sabido, sólo las minorías tienen razón: “En la primera elección para el Congreso Sionista de Viena, nuestro partido obtuvo exactamente setenta y dos votos. Conocíamos personalmente a setenta votantes; la identidad de los dos restantes sigue siendo para nosotros un misterio insondable”.

     

    Tenía un gran sentido del humor. Sin él no puede comprenderse su deriva personal y política. Nadie se cuestiona a sí mismo sin gozar de un humor saludable, y la ausencia de humor forma parte del totalitarismo tanto como la barbarie.

     

    Tras la quiebra de la fábrica paterna –describe a su padre como un inventor entusiasta, tanto que casi parece caricaturizarlo en escenas desternillantes protagonizadas por máquinas absurdas– cometió un acto en apariencia insensato e irresponsable, pero que correspondía a un modo de actuar que le acompañó toda su vida: quemó el Index, su cartilla de estudiante, un documento imprescindible en la Viena de la época. Era una forma de asegurar el abandono de los estudios de Ingeniería, precisamente cuando su familia parecía necesitarle más. Koestler quemó sus naves y se marchó a Palestina.

     

    Su experiencia como colono fue breve: el pico y la pala no parecían ser la herramienta adecuada para un burgués de cuna austrohúngara. Prefería la máquina de escribir, y así envió una crónica de su estancia en Palestina al Neue Freie Presse, “algo así como el Times de Europa central”, que fue publicado en primera página por influencia de su madre, que había movido los hilos adecuados para que lo aceptaran. Koestler se movió de Tel Aviv a El Cairo, y de allí fue propuesto por Jabotinsky para ir a Berlín como secretario ejecutivo de su organización sionista.

     

    Llegó a la capital alemana en primavera de 1927, y comenzó a trabajar para la cadena de periódicos Ullstein, un auténtico gigante editorial. Fue enviado como corresponsal a Jerusalén, viajó por Oriente y de sus recuerdos y análisis de aquellos días descubrió cómo el declive de Europa corría a la par con el declive de la prensa. Se avergonzó de su propia escritura y no incapaz de consolarse al tomar conciencia de lo pésimamente mal que escribían los periodistas más reconocidos del momento. “Sin embargo, los directores de las diversas oficinas periodísticas de Berlín, Viena y Praga preferían el producto de fantasía; suprimían las cifras, pero dejaban los adjetivos y a veces agregaban algunos por su cuenta. Sus periódicos eran los más estables y respetables de Europa central; por lo tanto, la culpa no era totalmente mía, sino también de una cultura que perdía rápidamente el contacto con la realidad. La demanda de productos de fantasía era consecuencia de la misma mentalidad que algunos años después chapoteó encantada en el turbio aluvión de la mística nazi”.

     

    Murieron familiares suyos en Auschwitz. Si al regresar de Palestina se enfrió su interés por el sionismo, lo retomó con determinación cuando Hitler llegó al poder. Antes anduvo por París (Rue Pasquier 23, para los amigos de las peregrinaciones), donde hizo la vida del periodista noctívago, amigo de burdeles y falto de sueño que acompañaba con un carajillo el cruasán del desayuno. Fueron los años en que se fraguaba la tragedia, aunque nadie parecía anticiparla: “Las perturbaciones cósmicas a veces provocan tormentas magnéticas en la tierra. El hombre no tiene órganos adecuados para percibirlo y los marineros a veces no advierten que sus brújulas han enloquecido. Vivíamos en medio de una de estas tormentas magnéticas, pero no supimos comprender los signos que la anunciaban. Luchábamos con palabras y no veíamos que las palabras familiares habían perdido todo sentido y apuntaban en direcciones opuestas. Decíamos ‘democracia’, solemnemente, como rezando, y poco después la nación más grande de Europa votó, mediante métodos perfectamente democráticos, la entrega del poder a sus propios asesinos. Venerábamos la voluntad de las masas y su voluntad resultó ser la muerte y la propia destrucción. Considerábamos que el capitalismo era un sistema anticuado y estábamos dispuestos a cambiarlo por una forma totalmente nueva de esclavitud. Predicábamos la amplitud de miras y la tolerancia, y el mal que toleramos desmoralizó nuestra civilización. El progreso social por el cual luchábamos se convirtió en un progreso hacia el campo de concentración; nuestro liberalismo nos hizo cómplices de los tiranos y los opresores; nuestro amor a la paz invitaba a la agresión y conducía a la guerra. Por lo menos teníamos una excusa: no sabíamos que vivíamos en una tormenta magnética, que nuestras brújulas verbales, que habían sido guías tan útiles durante el pasado, se habían vuelto inútiles”.

     

    Aquel primer comunismo romántico de Koestler se concretó tras poner de nuevo los pies en Berlín en 1930. La clase media liberal no opuso resistencia a los nazis. La única oposición formal venía de los socialistas y de los comunistas, y sólo estos últimos parecían más decididos y eficaces. “Estábamos equivocados, pero nuestros motivos eran justos”. La doctrina marxista procuró a Koestler y a tantos jóvenes de su época un “sistema cerrado” que no dejaba nada de lo que ocurría del mundo sin explicación, pero también sin capacidad crítica para sí mismo. Falto de objetividad, fecundo en emociones, pródigo en camaradería: un “invernáculo emocional”. Todo era tan nuevo y férvido, tan tenso y polarizado y a la vez tan falso por obra y gracia de la propaganda, que no puede sonar a broma que Koestler proyectara hacerse tractorista en Rusia. Cuando se afilió al KPD, el partido comunista alemán, Ernst Schneller le quitó la idea de la cabeza y le hizo ver que sería más útil ejerciendo su labor en el grupo editorial Ullstein, donde continuaba su labor como director de la sección científica del Vossische Zeitung y la sección internacional del B. Z. am Mittag. Koestler se convirtió así en un miembro del servicio de inteligencia de la Comintern. Una de sus primeras misiones fue captar para el partido al hijo de un antiguo embajador alemán. En su casa recibía a numerosas personalidades, entre ellas miembros del cuerpo diplomático y del Estado Mayor. El muchacho no tenía más que escuchar confidencias de carácter político y comunicárselas a Koestler. Un día se arrepintió y le dijo que había escrito una carta revelando su traición. De forma absurda y melodramática, le pedía permiso para entregarla a su padre; si Koestler se negaba, se pegaría un tiro. Koestler pudo tratar de convencerle, pero de forma igualmente absurda, al menos en apariencia, accedió a que se hiciera la denuncia. Así terminó su carrera en la todopoderosa Ullstein.

     

    De alguna forma había vuelto a quemar sus naves. La parte de sus memorias donde narra este episodio se titula ‘La escritura invisible’. En ella se pregunta por aquellos momentos cruciales de su vida en los que tomó decisiones aparentemente contrarias a la razón, como si “por muy paradójicas o aparentemente suicidas que parecieran, siguieran los mandatos de un texto invisible, revelado por un fugaz instante al yo interior”. No cabe duda de que aquella determinación sorprendente resultó una bendición: evitó que Koestler se convirtiera en un apparatchik.

     

    En aquella época berlinesa, primavera y verano de 1932, Kostler vivió en una zona suburbial, el llamado Rote Block, el Bloque Rojo. Se trataba de una colonia de artistas levantada al sur del barrio de Wilmersdorf, tocando la frontera del barrio de Steglitz. Fue erigida en 1927 por dos asociaciones de escritores y trabajadores de las artes escénicas con el fin de dar cobijo a sus miembros más necesitados. Todavía hoy se mantiene en pie. Es una zona agradable, arbolada y luminosa en un barrio ahora residencial, salpicado a ratos por pequeñas tiendas y restaurantes de apariencia cómoda y elegante. En los muros de algunas casas se han colocado carteles memoriales que guardan el recuerdo de quienes vivieron allí: Alfred Kantorowicz, Erich Weinert, Helene Jacobs, Walter Hasenclever… nombres que le sonarán a quien haya indagado, aun superficialmente, en el mundo del exilio alemán a partir de 1933.

     

    Si nos situamos en el centro de la colonia, en el parque infantil donde un pequeño monumento honra a los artistas y escritores que vivieron allí y fueron perseguidos por los nazis, un breve paseo de quince minutos nos dejará a las puertas del Titania Palast, un edificio que hoy alberga un centro comercial y unos cines, pero que fue sede en 1950 del Congreso por la Libertad de la Cultura. Dieciocho años después de su residencia en el Rote Block, Koestler regresaba a Berlín como excomunista. Había dejado atrás el mundo de las células clandestinas, su trabajo en París con ese monstruo de la propaganda que fue Willi Münzenberg, su viaje a la URSS, sus publicaciones sobre sexualidad, la delación al partido de una mujer a la que amaba, su estancia en España y su encarcelamiento en la zona franquista, sus paseos en el patio de la prisión junto a Agapito García Atadell, su desencanto y la ruptura final con el partido.

     

    El Congreso por la Libertad de la Cultura fue una institución anticomunista financiada en parte por la CIA. Si pusiéramos en el platillo de una balanza el anticomunismo y en el otro la financiación, siempre vendrá alguien usando el dedito de la superioridad moral para desequilibrarlo a favor de lo segundo. Los renegados han sido siempre unos personajes incómodos, como todos aquellos que regresan del infierno dispuestos a narrar sus padecimientos y sus torturas.

     

    El primero en establecer una taxonomía de los renegados del comunismo fue el historiador Isaac Deutscher. El 25 de abril de 1950 publicó en el neoyorquino The Reporter una reseña del libro The God that failed, publicado en 1949 y escrito por Louis Fischer, André Gide, Arthur Koestler, Ignazio Silone, Stephen Spender y Richard Wright para dar testimonio de su rechazo del comunismo, al que todos habían servido con anterioridad, en mayor o menor medida. La reseña de Deutscher, ‘La conciencia de los excomunistas’, fue incluida posteriormente en un libro de ensayos que tituló Herejes y renegados. Herejes, para Deutscher, eran aquellos que aun rompiendo con el partido se mostraban proclives a mantenerse en la senda del comunismo que ellos consideraban verdadero; por su lado, los renegados rompían directamente con su antiguo credo, convirtiéndose así en aliados de lo que él consideraba el abominable mundo occidental.

     

    El texto es una diatriba que, aún hoy, sigue tomándose como referente para hablar de los disidentes. Deutscher acusaba a los seis escritores de no criticar el capitalismo con la virulencia con la que atacaban su antiguo credo, de no distinguir entre fascistas y socialdemócratas, de no ver diferencia alguna entre comunismo y nazismo y de ser, en definitiva, unos sectarios y unos estalinistas vueltos del revés. Alegaba también que la mayoría de aquellos excomunistas (y señalaba a Ignazio Silone como una notable excepción) no habían conocido nunca los entresijos del movimiento y que su papel dentro del partido, como periodistas y literatos, era superficial. En los párrafos más despectivos, les acusa de ser los que menos saben sobre el comunismo, de confusión intelectual y sentimental y de sentirse unos traidores en uno y otro bando, por lo que habrían tratado de suplir su sentimiento de culpabilidad con una actitud agresiva que les habría de servir para reafirmarse.

     

    El desprecio que Deutscher sentía por los renegados se antoja ahora desmesurado y sospechoso. Aunque la polémica tenía como contexto los inicios de la Guerra Fría, que Deutscher vivió en Estados Unidos en pleno macarthismo, la razón y las razones de aquellos hombres eran insoslayables. Deutscher trampeaba al fijar la atención en la deriva política o ideológica posterior de quienes habían roto sus cadenas con el comunismo. Sabemos que era consciente de que su áspera crítica a Koestler, con quien se cebó casi en exclusiva, dejaba la impresión de limpiar inconscientemente alguna de las caras menos atractivas del estalinismo. Que Deutscher contemplara que el estalinismo tuviera una cara atractiva puede comprenderse por sus circunstancias personales, pero no hay indulgencia posible para quien fue consciente de haber relativizado el terror estalinista en un ensayo destinado a inhabilitar intelectualmente a los renegados. Acertó Isaiah Berlin al retratar a Deutscher cuando explicó que pervertía la verdad acomodando conscientemente los hechos a la doctrina.

     

    Si se deja de lado la orientación tendenciosa del ensayo de Deutscher para centrarse únicamente en su armazón argumentativa tampoco ésta resulta válida si se aplica al caso de los herejes y renegados españoles. De alguna manera, todos ellos validaron las tesis de Koestler: todos habían formado parte de la organización pública o clandestina del partido, conocían perfectamente su mecanismo y sus entrañas y podían dar fe de su experiencia tras haber vivido varios años en la URSS. Todos ellos –desde Enrique Castro Delgado hasta Rafael Pelayo Aunión, pasando por Ettore Vanni, Jesús Hernández o Valentín González– habían sido obreros en sus orígenes y adoctrinados fuera de la órbita intelectual que tanto molestaba a Deutscher, por considerarla “desorientadora”.

     

    Nadie mejor que Koestler supo describir el proceso de la conversión y el proceso del desencanto, y su palinodia –expuesta en su autobiografía– es un ejemplo de pulcritud moral e intelectual que ni siquiera puede ser destruido por los intentos de aniquilación que ha sufrido en los últimos años, afortunadamente contrarrestados por su biógrafo, Michael Scammer. En tiempos de convulsión y terror se exigirán siempre adhesiones inquebrantables a un ideal. En esos momentos los rebeldes se convierten en sujetos incómodos. “Lo que distingue al rebelde crónicamente indignado del revolucionario consciente es que el primero es capaz de cambiar de causa y el segundo, no. El rebelde dirige su indignación de pronto contra esta injusticia, de pronto contra aquella; el revolucionario es un hombre que odia con método, que ha reunido toda su capacidad de odio en un solo objeto. El rebelde siempre tiene algún rasgo quijotesco; el revolucionario es un burócrata de la utopía. El rebelde es entusiasta; el revolucionario, fanático. Robespierre, Marx, Lenin eran revolucionarios; Danton, Bakunin, Trotski eran rebeldes. Generalmente, son los revolucionarios los que modifican el curso material de la historia, pero algunos rebeldes dejan en él una huella más sutil y, sin embargo, más duradera”.

     

    Koestler es indestructible por su extraordinaria inteligencia y la forma que tuvo de plasmarla en una escritura bien visible, ingeniosa, cargada de humor y de entusiasmo no exento de ironía, un arma que no tuvo empacho en utilizar contra sí mismo. Como supo entender Tony Judt, Koestler supo comprender lo que ocurría a su alrededor y en muchos casos detectó el peligro antes que nadie. Además, tuvo la valentía de decir la verdad, por incómoda que fuese, y enfrentarse a quienes le mostraban una hostilidad manifiesta. Su deriva de los últimos años, entregado a ciertas mixtificaciones relacionadas con la ciencia, no le hacen menos vulnerable; todo lo contrario, sus confusiones y sus neurosis perfeccionan su figura humana y dotan de verdadero significado la idea de ejemplaridad, tan reñida con la de perfección.

     

    Cuando Koestler, en un episodio de su niñez, imaginó una flecha surcando el azul del cielo sin nada capaz de detenerla tuvo conciencia del infinito. Koestler se equivocó numerosas veces durante toda su vida, pero como aquella flecha en el azul tendía al infinito él tendió siempre a la corrección de sus errores. Supo equivocarse con elegancia tomando siempre la decisión correcta, que es lo que hay que hacer en caso de duda.

     

     

     

     

    Todos los textos citados pertenecen a las Memorias de Arthur Koestler (Lumen, 2011, traducciones de J. R. Wilcock y Alberto Luis Bixio).

     

     

     

     

    Sergio Campos Cacho es bibliotecario, coautor de Aly Herscovitz y colaborador de Arcadi Espada en su libro En nombre de Franco: los héroes de la embajada de España en Budapest. En Fronterad ha publicado, junto a Elisabeth Rudolph Devorados por Stalin. La vida de la periodista Maria Osten.

     

     

     

     

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