Madres, hermanas y esposas de los presos políticos encarcelados por Marruecos por los sucesos ocurridos en Gdeim Izik en noviembre de 2010. Foto: Pepe Oropesa.

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    Sáhara, un lejano punto final

    Alba Villén Rueda y Pepe Oropesa Rodríguez - 14-03-2013

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    Siete saharauis vestidas con negras melfas (vestimenta común de la mujer) portan fotografías de presos políticos sentenciados el 17 de febrero de 2013 por los hechos ocurridos tras el desmantelamiento del campamento de Gdeim Izik en noviembre de 2010. La sensación de encontrarnos en un duelo colectivo nos invade hasta que las siete mujeres empiezan a clamar justicia para sus familiares condenados por un tribunal militar marroquí por unos actos que no cometieron. El incienso inunda la sala y un rayo de luz, que entra por una pequeña ventana situada en el centro de la habitación, ilumina los rostros de todas ellas. Las lágrimas piden permiso antes de salir y en más de una ocasión reciben una negativa como respuesta. No es momento de añorar el pasado, de apenarse por el presente, sino de luchar por un futuro colectivo que traerá la libertad individual a cada uno de esos hombres que se encuentran ahora entre rejas. No quieren la libertad de sus hijos o hermanos, quieren la libertad del pueblo saharaui sometido por Marruecos desde que España decidiera abandonar cobardemente el territorio el 26 de febrero de 1976.

     

    Nueve cadenas perpetuas, 30 años de prisión para otros cuatro ciudadanos saharauis, 25 para siete más y 20 años para tres de ellos. Dos han quedado en libertad, después de entender los jueces que con el tiempo que han permanecido en prisión desde su detención es suficiente como castigo.

     

    Acababa de terminar el verano de 2010 cuando la población saharaui residente en El Aaiún, capital administrativa del Sáhara Occidental y ocupada ilegalmente por Marruecos, decidió montar un campamento que nacía con la idea de reclamar a la administración marroquí unas mejoras sociales que sacaran al pueblo saharaui del pozo en el que se encontraba y se encuentra.

     

    Las proclamas independentistas no tardaron en llegar, aunque el Frente Polisario –que tardó en reconocer como propio un campamento que había nacido sin su conocimiento–, no lo utilizó para sus reivindicaciones hasta pasadas unas semanas. Marruecos no dudó en cortar de raíz un problema que podía ir a mayores si seguía el camino que barruntaba y el 8 de noviembre desmanteló violentamente un asentamiento pacífico en el que se habían organizado en miles de jaimas saharauis de todas las generaciones.

     

    Cinco años después Marruecos volvía a reprimir a los saharauis, a no respetar los derechos humanos. La historia se repetía. No era la primera vez. Ocurrió tanto en 1999, año en el que muere Hassan II y Mohamed VI llega al poder, como en el 2005, año de la conocida como Intifada saharaui, para convertirse éstos en dos años que a la postre han sido determinantes para entender la realidad saharaui en los territorios ocupados del Sáhara Occidental. Las protestas sociales y las peticiones de autodeterminación e independencia dejaron las cartas marcadas y boca arriba. Marruecos veía cómo se desmontaba su estrategia de hacer creer que los saharauis habían aceptado a “la madre patria de Marruecos” como único camino para controlar el territorio y los saharauis se habían dado cuenta de que la única opción viable para no seguir en el bloqueo humano, social y político en el que vivían era salir a la calle y hacérselo saber no solo a Marruecos sino a la comunidad internacional.

     

    Un difícil camino sobre un espinoso sendero que ha ido dejando a lo largo de estos años una multitud de casos abiertos como prueba de la represión marroquí a todo aquello que haya empuñado la idea nacional que ideó Mohamed Sidi Brahim Basir, más conocido como Basiri, en la década de los sesenta y que culminó con la proclamación el 11 de diciembre de 1969 del Movimiento de Liberación saharaui, por entonces bajo administración española.

     

     

    Frentes abiertos

     

    La noche se ha echado encima y quince madres continúan una huelga de hambre de 24 horas en protesta por la represión del Estado marroquí sobre el pueblo saharaui. Tratan de atraer la atención internacional sobre el destino de sus hijos y de todo aquel secuestrado desde 1975. Ellas quieren hacer llegar su voz al mayor número de personas, por eso los carteles que confeccionaron están escritos en árabe, francés y español. Bajo melfas de colores, que marcan el carácter abierto y guerrero de las saharauiyas, se esconden historias únicas pero similares. “Hemos tocado todas las puertas posibles del gobierno marroquí, pues queremos aclarar el paradero de nuestros hijos que está en sus manos, y no hemos obtenido respuesta alguna”, reclama una de las madres. Diciembre de 2005, septiembre de 2006, marzo de 2007… Las fechas de desaparición se suceden y las reivindicaciones remitidas por estas madres a diferentes organismos internacionales, como Cruz Roja o Amnistía Internacional, también. Ellas aseguran que existen testigos que vieron a las fuerzas marroquíes detener a sus hijos. Después, nada más se sabe. Huelgas, manifestaciones, todo lo necesario para poner el grito en el cielo, no solo por el paradero de cada uno de sus hijos sino también por todo aquel que representa la causa y sufre la represión. Madres que arañan con la verdad.

     

    Como intenta hacerlo Brahim Dihani, padre de Mohamed Dihani, cuando recuerda cómo la vida de su hijo cambió el 28 de abril de 2009. Su mirada muestra cansancio mezclado con claros signos de esperanza que acompañan una sonrisa irónica al describir la historia de su hijo y el plan que Marruecos ideó para ligarlo al terrorismo internacional.

     

    Empezaba la madrugada en El Aaiún cuando Mohamed Dihani abandonó la fiesta que se hacía en honor a su primo, Dihani Abdelahi –un saharaui detenido el año anterior en un tren por defender la autodeterminación del pueblo saharaui al enzarzarse en una gran discusión–, para tomar un poco de aire. Minutos después, la policía que se encontraba en la zona controlando la fiesta y a sus asistentes invitó a Mohamed a que le acompañase. Ese fue el último momento en el que se le vio entre los suyos. Ese fue el instante en el que empezó una de sus mayores pesadillas. Mohamed había desaparecido sin razones, sin avisos, sin testigos.

     

    Un largo año de espera y búsquedas inútiles terminan con una nota de la prensa oficial marroquí en la que señala que un saharaui, estrechamente ligado al Frente Polisario, ha sido detenido por su vinculación con una célula terrorista y claras intenciones de atentar contra intereses marroquíes e internacionales.

     

    El Vaticano, vías de ferrocarriles de Italia, la sede de la MINURSO (Misión de las Naciones Unidas para el referéndum en el Sáhara Occidental) en El Aaiún, las cintas de transporte de fosfatos, la Cárcel Negra de El Aaiún y algunas otras instalaciones son los objetivos que Marruecos atribuye a Mohamed Dihani en la nota que ofrece una vez se ha consumado su detención. ¿Pero qué había pasado en ese largo año de ausencia injustificada? Las respuestas del padre son claras. Desde el primer momento no creyó la versión de Marruecos por saber a la perfección no solo que su hijo no sería capaz de hacer lo que decían sino que conocía exactamente todo lo que había hecho en los últimos años ya que estaba a su lado por motivos laborales.

     

    “Mi hijo fue torturado en la cárcel de Smara (Sáhara Occidental) durante seis meses hasta que le ofrecieron un trato que en un principio decidió aceptar”, explica Brahim Dihani. La jugosa propuesta era reivindicar un atentado que se cometería a cambio de una sustanciosa cantidad de dinero, varios pasaportes que le permitirían moverse internacionalmente y una gran cantidad de objetos valiosos que pasarían a formar parte de su patrimonio. El ser humano es débil y máxime si se encuentra sometido a torturas como las que Mohamed Dihani, según su padre, había sufrido. La aceptación inicial dio paso sin embargo al sentimiento colectivo de la causa saharaui y su honorabilidad. Así volvió a condenarse a nuevas sesiones de torturas. La variable de unir al Frente Polisario con el terrorismo se volvía a poner en juego, como ha ocurrido en el pasado. La mala suerte de Mohamed Dihani fue que a él le tocó ser la marioneta. El resultado: diez años de cárcel por sus “oscuras intenciones”, aunque aún está pendiente la apelación que la familia presentó a la sentencia.

     

    Muchas preguntas y dudas en un caso que, más allá de la culpabilidad o no de Mohamed Dihani con las pruebas aportadas por un lado y otro, obliga a formular la pregunta que su padre, esta vez sí más desconsolado, se hace a la vez que aprieta los dientes: “¿Por qué Marruecos no llevó desde un primer momento a un tribunal a mi hijo para que fuese juzgado como terrorista y sí lo torturó durante meses para después presentarlo como tal?”. Marruecos dejó escapar, otra vez más, una maravillosa ocasión de ganar puntos de cara al exterior. Quizás nunca la tuvo por el simple hecho de que Mohamed Dihani solo fue un saharaui que salió a fumar un cigarrillo en el momento y lugar equivocados.

     

    Historias encadenadas. Otro testimonio te sienta frente a tres tés. Dice la tradición saharaui que el primero es amargo como la vida, el segundo dulce como el amor y el tercero suave como la muerte. La historia de Said Dambar ha detenido el paladar en el amargor del primer té. Leila Dambar, hermana de Said, cuenta con angustia la situación que atraviesa la familia desde que el 21 de diciembre de 2010 Said encontrara la muerte. Tras Gdeim Izik, la policía marroquí llamaba a las casas de los saharauis para detenerlos por su participación en el campamento de resistencia. Ese día la policía llamó a casa de los Dambar, pero fue directamente para informar de que Said estaba en el hospital, supuestamente herido en el brazo. Cuando la familia llegó a la clínica comprobó que tenía un tiro en el entrecejo y el pecho vendado. Said estaba muerto. Las fuerzas de seguridad alegaron que se trató de un disparo fortuito, hecho ante el que una de las hermanas del joven se indigna: “Para disparar una bala en un sitio tan concreto tiene que haber una distancia corta. Además la policía sitúa lo ocurrido en una casa, y mi hermano tenía los pantalones y zapatos manchados de arena”.

     

    La familia ha sido marcada por reclamar la autopsia del cadáver, petición a la que la policía se ha negado en todo momento. ¿Imaginas que te invitan al entierro de tu hijo? Es lo que hicieron las fuerzas policiales marroquíes. La familia no asistió, pues hacerlo sería aceptar el fin que el Gobierno de Rabat ha querido dar a esta historia. Desde entonces la familia de Dambar sufre una represión diaria. El padre de Said murió hace unos meses de un cáncer para el que en los últimos días los médicos solo aliviaron con un paracetamol. Llevar por delante el apellido Dambar es un billete de ida hacia ningún lugar. Esta familia de once miembros que se sostenía gracias al salario de Leila ha visto cómo su embarazo ha sido la excusa perfecta para arrebatarles ese ingreso.

     

    El tiempo de preparación del té se estira a lo largo de las horas para brindarnos la oportunidad de abordar detenida y pacientemente las cuestiones que nos asaltan. Leila reparte el té de derecha a izquierda y nosotros devolvemos el vaso completamente vacío, señal de agradecimiento y aprobación. La noche se echa encima y cuesta ver con claridad. Entonces Leila pide perdón por no poder encender la luz, ya que la policía destrozó el contador recientemente. Las paredes tienen huellas de piedras que reventaron las ventanas y acabaron en el suelo del salón. El 19 de febrero de 2011 la violencia alcanza a su madre. Le tienen que dar seis puntos en la ceja. El pasado 8 de febrero, le pegan a una de las hermanas del Said. Todavía tiene marcas en su cuerpo.

     

    El día 22 de cada mes la familia lee un manifiesto para que no se olvide la causa de Said. Aunque para Marruecos se trata de un caso cerrado, la familia ha planteado su tercer recurso. “Si mi hijo es el último mártir, esto será una victoria”, concluye la madre sin perder la esperanza de llegar a conocer la verdad. Sin embargo, y como ella mismo admite, es una gota de agua en medio de un océano de historias similares.

     

    Como la de Babi Mahmud el Gargar. Su hermano Brahim intenta que no caiga en el olvido. El día del desmantelamiento de Gdeim Izik, a las afueras de El Aaiún, la capital del Sáhara Occidental ardió en protestas y manifestaciones, principalmente en la Avenida de Smara, donde Babi fue atropellado por la policía marroquí. Babi tenía nacionalidad española y residía en El Aaiún por motivos de trabajo. La ambulancia se llevó su cuerpo mientras la policía pretendía negociar con la familia el entierro o la entrega de Babi, algo a lo que ellos se opusieron. Dos meses después, el 15 de diciembre, dicen sus deudos, la policía robó el cadáver del hospital y lo enterró sin comunicar el hecho a la familia. Un infierno donde el diablo no te deja descansar en paz. La esposa de Babi, Zahra, es marroquí y el suegro del fallecido trabaja para las fuerzas de seguridad. Brahim, contra viento y marea, dice no querer negociar con la muerte de su hermano, sino sacar a la luz una verdad a la que su esposa dio la espalda. Brahim piensa que la policía presionó al suegro de Gargar para que adoptara esta postura. Otra historia enterrada por Marruecos y que el Sáhara trata de sacar a la luz, aunque la comunidad internacional mire para otro lado. Es como si aplastara la tierra de la tumba para que no se levante polvo.

     

    Los testimonios se atropellan en unos días intensos, hasta que uno te sacude para mostrarte, una vez más, que los derechos humanos se pisotean. Como si Marruecos y la comunidad internacional jugaran con la razón de los saharauis cual pelota de pin pon, pasando responsabilidades de uno a otro jugador.

     

    ¿Una secuencia de historias sin más? ¿Tres momentos históricos de represión que nada tienen que ver con el día a día en el Sáhara Occidental? Dadi Chakrad Elghaouni, conocido activista detenido y torturado por Marruecos en multitud de ocasiones, no lo duda: “Marruecos quiere acabar con todo aquello que tenga algo que ver con los saharauis. Quieren aplastar nuestra identidad y han hecho y harán todo lo necesario para ello”. Acaba de terminar una huelga de hambre para protestar por lo que considera un atropello hacia su persona y el del colectivo saharaui. Fue detenido en plena calle cuando paseaba cerca de una zona militar, para ser rapado y así hacerle perder la melena que lucía desde hacía tres años. Su pelo, similar al de El Uali Mustafa Sayed –fundador del Frente Polisario– fue considerado por la gendarmería marroquí presente en el territorio como una provocación. “Me detuvieron, cogieron las tijeras y me destrozaron el pelo entre varios hombres para después dejarme libre de nuevo”, añade Elghaouni. No duda en que más pronto que tarde volverá a tener la misma melena y no piensa en las consecuencias, solo en seguir manteniendo viva la llama de los que un día decidieron liderar a la población saharaui hacia la autodeterminación.

     

    La falta de libertad de expresión se evidencia en numerosas paredes y muros de la ciudad. Banderas tachadas, frases como “Viva la RASD” tapadas con pintura y los colores del pueblo saharaui emborronados con tinta negra para ocultar las demandas de autodeterminación.

     

    La fachada de una casa nos llama especialmente la atención. Aram Hatra sale apresuradamente a la puerta para gritar: “¡Viva la lucha del pueblo saharaui!”. Nos invita a pasar y la realidad choca con nuestros sentidos. Viuda, con 5 hijos y no más que una vieja habitación y una cocina con 2 ollas y un techo de tela rota. “No puedo tener nada porque la policía entra a cada instante en casa y me lo destroza”. ¿Por qué? Porque es activista y porque pinta en su casa banderas de la República Árabe Saharaui Democrática. Hatra nos enseña los últimos estigmas de violencia que le han dejado las fuerzas policiales: el tobillo hinchado y el ojo contusionado. Es entonces cuando toma a su bebé de apenas 5 meses y le levanta la camiseta para mostrarnos que la policía también se ensañó con él. Ancianos, niños, mujeres… Las autoridades marroquíes no parecen hacer discriminaciones a la hora de hacer sentir su opresión. No hay distinción entre débiles y fuertes.

     

    Hatra cuenta cómo su hijo de 13 años ha sido expulsado del colegio porque ya empieza a decir que él es saharaui. “Es un buen estudiante y solo quiero que pueda seguir en el colegio”, dice esta madre acostumbrada a que desmantelen su casa y se ensañen con ella, la última vez hace apenas tres semanas, cuando Marruecos impuso la condena de Gdeim Izik a los 24 presos de la cárcel de Salé.

     

     

    La estela actual de la revolución saharaui

     

    El pueblo está enfadado, y si antes tenía miedo a expresarse la intifada de 2005 y el ejemplo de resistencia de Gdeim Izik en 2010 acabaron con sus temores. Muchos en la calle, involucrados en un combate pacífico. “Oye, no queremos guerra, no queremos que mueran nuestras mujeres y niños”, asegura Mohamedali Sidezaine, expreso político de Gdeim Izik. Son muchos los grupos que, organizados por barrios, tratan de ejercer presión a través de todo tipo de actuaciones políticas. Uno de ellos es la Intifada de 2005, ahora llamados Grupo Said Dambar, en honor al mártir. En común tienen su amistad, haber estado en la cárcel y el mismo sueño: la independencia. Seis activistas se organizan para hacer pintadas en las calles, envían noticias de las torturas actuales y cuelgan en su Facebook cualquier noticia de última hora. Internet se ha convertido en el arma más potente con la que cuenta el pueblo saharaui. Ahora todo circula en la red, ofreciendo información a aquel que quiere conocer la realidad que las calles del Sáhara Occidental soportan. Para quien mira a otro lado le bastará con hacer click en la pestaña de cerrar. Marruecos trata de frenar a estos grupos e impedir sus acciones arrebatando a sus componentes sus tarjetas sanitarias y salarios. Cuando esto no les disuade, son secuestrados y llevados las afueras de la ciudad, donde se les propina una buena paliza. Así vuelven a casa, arrastrándose por el asfalto, ensangrentados y con un poco más de ira metida en el cuerpo. Una práctica que ya se ha convertido en rutina.

     

    Con Gdeim Izik la causa saharaui toma otro rumbo. Estos días podíamos ver, tras la celebración del juicio militar en Rabat, cómo dos de los 24 presos quedaban en libertad tras dos años y tres meses. Uno de ellos es Abdrahman Zayou. Su casa es un ir y venir de familiares y amigos que desean abrazar al expreso después de tanto tiempo. Él cuenta que su participación en el campamento fue exclusivamente de atención y ayuda humanitaria. Es decir, llevaba lo necesario para que la población allí instalada resistiera. Sin embargo Zayou escribió su propia sentencia cuando concedió una entrevista a Al Jazeera, cosa que, según él dice, llevó a la Gendarmería marroquí a detenerlo. Ahora, ya en casa, no se siente libre, sino con la responsabilidad de lograr que sus compañeros salgan también de prisión: “Mi libertad llegará cuando vea la bandera saharaui en el Sáhara Occidental y a mi pueblo recuperar lo que le arrancaron hace décadas de la forma más cruel y tirana posible”. El otro liberado es Taghi Almachdufi. Su mirada se escapa a través de la ventana como si aún no diera crédito a que puede disfrutar de una semi libertad, pues ambos expresos aseguran que su felicidad no será completa hasta que todos sus compañeros puedan gozarla. “En realidad no sé por qué estamos en la calle y ellos no, pues todos estábamos bajo la misma acusación”, explica Almachdufi. Desnudo, sin zapatos, esposado con sus manos hacia atrás y una venda en los ojos durante cinco meses, sin poder ver la luz del día. Lo acusaron de pertenecer a una banda terrorista. Él resopla resignado ante esta imputación que asegura es inventada. En prisión hacen huelgas de hambre que pasan del mes de duración para conseguir mejoras como poder recibir visitas de sus familiares. Mientras conversamos con él, Taghi no sonríe en ningún momento ni da muestra alguna de complicidad. Su rostro es serio. Cabizbajo y desencajado, está por estar y su mente parece encontrarse todavía encarcelada: “Creo que las condenas impuestas en Rabat no llegarán a cumplirse, Marruecos cederá ante la presión internacional para continuar manejando la situación de cara al exterior. Si no existiera cierta intimidación por parte de la comunidad internacional, Marruecos mataría a todos los saharauis”, dice Almachdufi.

     

    Los ánimos de la población caldean el ambiente. Se masca una nueva revolución pacífica. “Tras Gdeim Izik los saharauis son capaces de cualquier cosa”, proclama Taghi Almachdufi.

     

    Para Lahbib Adah, Almachdufi y Zayou son un ejemplo de lucha. Adah estuvo en Gdeim Izik con toda su familia y un día después del desmantelamiento la policía le detuvo. Era el preso más joven, y con tan solo 20 años sufrió todo tipo de torturas que no sirvieron más que para alentar la lucha que lleva en la actualidad: “Pasé de ir día a día a clase a verme encerrado en una pequeña celda con sesenta presos más, sufriendo torturas físicas y psíquicas”. El joven expreso, con la inocencia propia de una prematura madurez, empuña con coraje un arma para acabar con la injusticia. Un arma que la población saharaui domina: la palabra.

     

     

    Jaque al Polisario

     

    Pero no todo son reproches a Marruecos y un carro de alabanzas hacia el Frente Polisario. En las nuevas generaciones de activistas muchos demandan una nueva política de actuación del único y reconocido representante del pueblo saharaui. Consideran que éste está perdiendo grandes oportunidades de volver a hacerse fuerte tras los sucesos de 1999 en los que perdió a muchos de sus miembros en los territorios ocupados. Se critica que se esté primando lo mediático e individual frente al activismo colectivo de la calle y que mueve a la población general. Se han obviado los envíos de ayuda para banderas y botes de pinturas con los que llenar las calles para cubrir y dotar a organizaciones que hacen un trabajo igual de importante que excluyente. Un activista que prefiere no dar su nombre argumenta que la mejor forma de no ensuciarse hoy día en los territorios ocupados es trabajar individualmente por la causa. “Conozco a muchos que dicen de volver a las armas y no serían capaces ni de empuñar una bandera del Frente Polisario. No quiero que nadie manche mi trabajo y es por lo que no trabajo para nadie. Somos un grupo de amigos que creemos en lo que hacemos y en la causa saharaui. La identidad y verdad saharaui ganará y se sobrepondrá a todos los elementos a los que tenga que hacerlo. Soportaría hasta que Mohamed Abdelaziz viniese a Marruecos a besar la mano de Mohamed VI, ya que la causa saharaui está por encima de las personas, para lo bueno y lo malo. Y ni podrán aquellos que intentan beneficiarse de ella, ni los que intentan cerrarla sin más y mediante la represión”, afirma sereno mientras toma té junto a sus compañeros de lucha pacífica.

     

    Mustafá Ahmed, por su parte, no se esconde y reconoce que el Frente Polisario se está equivocando y alude a que se sintieron solos cuando éste se sentó a negociar con Marruecos días después del desmantelamiento de Gdeim Izik por la fuerza. “¿La guerra? La única solución”, espeta este introvertido grandullón de sonrisa humilde y que sostiene dos fotografías de su madre con la pierna escayolada por la paliza que la policía marroquí le propinó tras acudir a una manifestación en defensa de la causa. “He ido en patera tres veces a España por falta de futuro. Estuve encarcelado en 2005 y en 2010. He sido torturado y he visto pasar muchos de mis sueños delante de mí sin opción a luchar por ellos. Por eso creo que la guerra es la única solución para este conflicto que se alarga”, sentencia.

     

    No es la idea generalizada. De hecho cuesta encontrar entre los saharauis a aquellos que defienden como primera opción la vuelta a las armas. Pese a ello, todos reconocen que serían los primeros en el frente en caso de que se decidiera volver al conflicto armado. Eso sí: “El que quiera volver a las armas que venga aquí a El Aaiún y empiece desde aquí. El que quiera algo de los territorios ocupados que se desplace hasta aquí y se lo gane como nosotros llevamos luchando toda la vida”, argumentan algunos de los activistas más prolíficos y jóvenes con los que cuenta hoy día El Aaiún.

     

    Se critica directamente a ciertos elementos del Frente Polisario que parecen remar más a favor de intereses propios que colectivos, aunque prefieren no sacar esto a la luz. Al menos de momento. Por caer en disputas intestinas que distorsionen la única verdad de todo este asunto: el dictamen que el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya emitió el 16 de octubre de 1975 por el que el referéndum debía seguir celebrándose al no haberse encontrado lazos jurídicos entre Marruecos y el territorio del Sáhara Occidental.

     

    Mientras tanto camiones llenos de pescado, sal marina y arena siguen saliendo por la frontera norte del Sáhara Occidental camino de Marruecos y posteriormente hacia la Unión Europea. La transportadora de fosfato no para ni un solo minuto las 24 horas del día. “La expoliación que se lleva a cabo del Sáhara Occidental por parte de Marruecos para llevarse fuera las ganancias deja muy claras las intenciones de éste por aplastar económicamente a los saharauis”, afirma el vicepresidente del Comité Saharaui de apoyo al Plan de Resolución de Naciones Unidas y la protección de los recursos naturales del Sáhara Occidental (CSPRON). La organización cifra en casi 6 millones de toneladas, entre pesca y fosfatos, lo que se saca al año del Sáhara Occidental.

     

    Se apaga El Aaiún a la vez que las siete saharauis de negras melfas empiezan a abandonar la sala de una en una. Han guardado las fotografías y las pertenencias de los detenidos en sus bolsas. Las siete siluetas se desperdigan silenciosas por las mismas calles que aguardan un nuevo episodio de la intensa historia saharaui. La policía marroquí que intenta seguirnos allá donde vamos se ve envuelta en la escena. Uno agacha la mirada, no sabemos si por vergüenza o por no querer reconocer el peso de la historia; la pareja enciende un cigarrillo y mira desafiante a su alrededor. De pronto, una de las mujeres se gira y nos mira detenidamente. El gesto de su cara no se trastoca un ápice. Tras unos intensos segundos levanta la mano haciendo el signo de la victoria. El tiempo se congela, al igual que ocurrió el 17 de febrero de 2013 para 22 valientes saharauis mientras que esta mujer, combativa, desaparece por siempre en las entrañas de una ciudad que un día fue española y vio truncados sus anhelos de libertad bajo la sombra de la bandera de fondo rojo y estrella de cinco puntas verde.

     

     

     

     

    Alba Villén Rueda (Jaén, 1990). Licenciada en Periodismo por la Universidad de Málaga. En 2011 viaja por primera vez a los campamentos de refugiados de Tinduf para conocer la situación que viven 200.000 saharauis. En enero de 2013 ejercía de profesora de francés en un centro de secundaria de Smara, hasta que fue evacuada por el Frente Polisario debido al conflicto entre Malí y Argelia. Observadora internacional en el juicio de Gdeim Izik celebrado en Rabat, viajó recientemente a los territorios ocupados del Sáhara Occidental para estudiar la situación que se vive tras las condenas impuestas a los presos políticos saharauis.

     

    Pepe Oropesa Rodríguez (Benacazón, Sevilla, 1986). Licenciado en Periodismo y Experto en Fotoperiodismo y Fotografía Documental por la Universidad de Sevilla. En el 2006 visita por vez primera los campamentos de refugiados saharauis, y es en 2012 cuando decide quedarse en ellos, pese a la evacuación ordenada por el Gobierno de España, como periodista y no ser partícipe del bloqueo informativo que sufre el pueblo saharaui. Un bloqueo que le lleva al Sáhara Occidental para documentar las desapariciones forzadas que ha sufrido este pueblo desde 1975 por parte del ocupante marroquí.

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