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    Sáhara. Persistencia, desesperanza, dependencia

    Fuco Reyes - 07-04-2016

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    En 2016 se cumplen cuarenta años de destierro del pueblo saharaui en el desierto de Argelia. Unas 175.000 personas habitan uno de los lugares más inhóspitos del planeta en una situación de dependencia absoluta de la ayuda internacional para su supervivencia.

     

    (1) Es difícil asimilar cómo se puede sobrevivir en este lugar tan inhóspito durante cuarenta años y tan alejados de una identidad, de un territorio propio y de una historia. Hay como una fragmentación en el tiempo y en el espacio.

     

    (2) Los campamentos están organizados en cinco wilayas. Cada una de ellas lleva el nombre de una cinco principales urbes del territorio nacional del Sáhara Occidental: Bojador, El Aaiún, Dajla, Smara y Auserd. La mayoría de las familias han quedado separadas durante estos cuarenta años aunque el lugar en el que sobreviven tenga el mismo nombre que el lugar en el que vivían. El tiempo ha transcurrido de manera diferente en los campamentos y en las ciudades de los territorios ocupados. Aquí se ha detenido; se respira una sensación de permanente transitoriedad.

     

    (3) (22) (23) (28)  Hay un velo que parece cubrirlo todo. Cubre los objetos y las personas. Está muy presente esta sensación de ocultación, de preservación y de invisibilidad. El pueblo saharaui se ha vuelto invisible ante el mundo en estos cuarenta años que lleva estancada en Argelia.

     

    (5) (15) La población que vive repartida en los cinco campamentos que están en territorio argelino está compuesta en su mayoría por mujeres, niños y ancianos. La mayoría de los hombres se encuentran en las zonas liberadas, formando parte del ejército saharaui. Poco que hacer en un lugar donde no hay que hacer.

     

    (4) El silencio forma parte de las cosas. Todo parece callar o susurrar, quizá por el mimetismo con el desierto. Los objetos se reducen a su mínima expresión. Nada es superfluo, casi todo puede ser reutilizado.

     

    (6) El conflicto armado con Marruecos terminó en septiembre de 1991. El no armado, sigue presente. Las heridas de esta lucha todavía siguen abiertas, quizá más de lo que puede parecer. No hay victimismo, solo una enorme perseverancia que deviene de conocer cuáles son las posibilidades reales de cambiar las cosas.

     

    (7) (12) (19) (20) Restos de vehículos están esparcidos por todas partes y adoptan funciones insospechadas. Motores, ruedas y piezas mecánicas dan forma y construyen los espacios que asumen el papel de calles y caminos. Los chasis semejan esqueletos de animales imposibles que parecen anunciar un futuro demasiado parecido al presente. Premoniciones que provocan una cierta inquietud.

     

    (8) (23) Lo que no puede repararse se intenta preservar ocultándolo con mantas y alfombras a la espera de tiempos mejores. Lo que no tiene remedio, se deja expuesto. Lo que puede solucionarse, se preserva. Es imposible sobrevivir aquí sin esta capacidad de perseverancia y sentido práctico.

     

    (9) Las únicas ruinas son las construcciones en las que se mantenían a los prisioneros marroquíes durante el conflicto armado, y que fueron liberados posteriormente. Este es el único lugar que habla de un tiempo anterior. Todo lo demás, se reconstruye una y otra vez con un perseverante mimetismo.

     

    (10) La actividad económica es muy escasa en los campamentos. Hay un pequeño comercio interno, y es habitual que las familias tengan unas pocas cabras o incluso algún camello, recuerdo de la actividad que fue la base de su economía. Las cabras suponen una ayuda en la alimentación que proviene casi en su totalidad de la ayuda internacional. Estos animales se han convertido en un símbolo de la supervivencia en este inhóspito lugar; pueden sobrellevar las condiciones más duras y alimentarse de cualquier cosa, o casi.

     

    (11) Hay una esperanza dividida. Miran el desierto y dicen que nunca saldrán de este lugar. Señalan a los niños y dicen que puede que haya una salida para ellos. Quizá la vía diplomática pueda al fin solucionar este conflicto, aunque ya se ha anunciado tantas veces que nadie lo cree ya. Un licenciado en económicas que estudió en Argelia, y que ahora enseña informática en primaria por cincuenta euros al mes, muestra su enfado al decir que su propio gobierno se ha vuelto corrupto y que ya no les interesa solucionar nada porque se vive bien a cuenta de la cooperación internacional.

     

    (13) La televisión e internet suponen ventanas a otro mundo. No deja de ser paradójico que enterrar una antena sea la manera de conseguir que reciba algún tipo de señal. De nuevo, la ocultación. Muchos oídos y pocas voces.

     

    (14) La puerta de la jaima siempre se abre hacia el sur. El lugar de la vida familiar por excelencia y que tanta importancia ha tenido en la vida nómada del pueblo saharaui. Las jaimas recuperan su protagonismo cada vez que es necesario reconstruir las construcciones de adobe. Las baterías de coche forman parte del mobiliario habitual y que permite almacenar electricidad durante el día para encender alguna bombilla y puede que un pequeño televisor al anochecer.

     

    (16) (17) (18) (21) (25) Los muros de adobe ofrecen poca resistencia a la lluvia. Pocos edificios han quedado en pie tras las últimas lluvias. El proceso de reconstrucción es inevitable. Algunos privilegiados mejoran los materiales de construcción, aunque todo el mundo se pregunte de donde procede el dinero para pagarlos.

     

    (19) Comienza a llegar el tendido eléctrico y el wifi. Una mejora en la calidad de vida, sin duda. Algunas voces apuntan a que la permanencia en este lugar se ve mejor a la luz de una bombilla y con mensaje de wasup.

     

    (24) Este territorio es un lugar inhóspito, con solo dos estaciones: invierno, donde son frecuentes las temperaturas de un grado y verano, donde los termómetros alcanzan con frecuencia los sesenta. La vida aquí es una especie de milagro; frágil, sin duda.

     

    (26) Toda la población infantil está escolarizada entre los cuatro y los doce años. En Smara existe una escuela para niños y niñas con deficiencias tanto físicas como psíquicas. El Centro de Castro es un lugar tan sorprendente como inesperado en un campamento de refugiados. Un mundo inesperado. Como anuncia un cartel a la entrada del recinto: “Aquí no crecen ni plantas ni árboles, pero florecen personas”.

     

    (27) La onda media ha sido el medio de comunicación por excelencia para conocer lo que ha sucedido durante estos cuarenta años. La radio ha sido hasta hace bien poco lo que ha permitido estar en contacto con el resto del mundo. Quizá la era de internet haga que las voces no vayan solamente en una dirección.

     

     

     

    Lo que está ahí fuera

     

    Mi punto de partida se podría ubicar en ese empeño que tenemos los seres humanos en creer que lo que lo que percibimos está ahí fuera, independiente de nosotros. Con la fotografía ocurre algo similar: a las imágenes les otorgamos estatus de realidad y reaccionamos como si fueran capaces de mostrarla de manera objetiva. Una aproximación diferente consiste en asumir que no solo la observación influye en lo observado, sino que también lo observado repercute en el observador. Construimos nuestra realidad más personal, al igual que el significado de las fotografías.

     

    Me fascina esta capacidad que tiene la fotografía para crear nuevas realidades. Opino que este acto de creación lo es también de responsabilidad, ya que no solo forma parte de nosotros mismos, sino que también nos define y nos modela personal, social y culturalmente. Me interesa esta manera de comprender cómo damos un significado a lo que vemos, y cómo en el acto de fotografiar podemos generar nuevas atribuciones abriendo múltiples posibilidades. Me manejo así con el silencio, con el tiempo como eterno momento presente, y con los espacios como puertas o ventanas a lugares que quiero visitar de un modo fantasmático, de manera que me pueden llevar hacia adelante cara una utopía o traerme de vuelta hacia algún lugar de mí mismo.

     

     

     

     

    Fuco Reyes (Santiago de Compostela, 1965) es licenciado en Psicología Social por la Universidad de Santiago de Compostela. Es psicólogo especialista en Psicología Clínica, titulado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Santiago de Compostela y diplomado en en Fotografía artística contemporánea en Node Center for Curatorial Studies de Berlín. Presidente de la Asociación Cultural Fotoforum Compostela. Su web, aquí.

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