Retrato de S. Casanova. 1940

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    Sofía Casanova en la Revolución Rusa de 1917

    Eduardo del Campo - 05-08-2010
    Fografías cortesía Archivo ABC

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    Al escribir estas líneas se oyen los primeros cañonazos dirigidos a la roja enorme mole del Palacio de Invierno.... Es emocionante viajar con estas palabras en el tiempo para ver el momento extraordinario que retratan: hay alguien que mientras asiste al estallido del episodio decisivo de la Revolución Rusa de 1917, con la sublevación de los bolcheviques soviéticos de Lenin y los disparos del buque Aurora que marcan la señal del asalto a la sede del Gobierno en San Petersburgo, da cuenta inmediatamente por escrito del acontecimiento para que sus lectores lo vivan a su lado, aunque vayan a pasar casi tres meses hasta que los ejemplares del periódico lleguen a sus casas. No muchos periodistas extranjeros pudieron preciarse de haber sido testigos, con la Historia en marcha haciéndose ante ellos, de la Revolución Rusa, y menos aún que escribieran en español. Y entre ellos estuvo Sofía Casanova, la corresponsal de ABC en el Este de Europa, cuyas crónicas sobreviven en la fabulosa hemeroteca digital de su periódico cargadas aún con la electricidad estática de los grandes testimonios.

            El doble cristal de la ventana de su habitación en San Petersburgo tiembla con el eco de los cañonazos. Sofía Casanova está escribiendo junto a ella la crónica urgente del conflicto, sus pormenores diarios, pero también va avisando de su trascendencia, de la nueva era llena de incertidumbre y violencia que esa lucha en la mismísima puerta de su casa abre en el futuro del mundo. En el antiguo Imperio de los zares está llegando al poder el comunismo empujado por una tremenda fuerza popular, como una ola que desde ese lugar se irá expandiendo durante el siglo hasta gobernar medio planeta y condicionar como antagonista al otro medio. Y ella está allí, en el vórtice.

            Casanova no es una joven reportera cuando viaja a Rusia como corresponsal de ABC sino una curtida mujer de 56 años, aunque, separada y con sus tres hijas ya adultas, parece vivir la libertad de movimientos de una nueva juventud. Ha ido hasta allí desde Polonia, país donde vive y del que tiene la nacionalidad desde que se casó treinta años antes con el diplomático y filósofo polaco Vicente Lutoslawski. Éste acabó repudiándola -contaba Miguel Ángel Barroso en una reseña biográfica en su periódico en 2008, en el 50 aniversario de su muerte- por no haberle dado hijos varones que aseguraran la continuidad de su apellido. Ha nacido en 1861 en Galicia, en Almeiras, parroquia del municipio coruñés de Culleredo, y morirá en la polaca Poznan el 16 de enero de 1958. Noventa y siete años de vida en los que, además de Rusia, escribe sobre el frente polaco de la Primera Guerra Mundial, la ocupación nazi de Varsovia en la Segunda o el posterior dominio de su país de adopción por el Ejército Rojo de Stalin.

            La corresponsal española, que también escribe novelas, relatos y poesía y ha sido enfermera de la Cruz Roja, expresa en sus crónicas sobre la revolución un profundo rechazo de la violencia, y, aunque no comulga con los bolcheviques y los acusa de sustituir el absolutismo anterior por el del “terrorismo de abajo”, procura acercarse a ellos y comprenderlos. Admira su fuerza de voluntad y, como buena informadora, rechaza o matiza los prejuicios de su entorno burgués, que los demonizan y presentan en general como una partida de asesinos y bandidos. Al mismo tiempo, escribiendo en primera persona, habla abiertamente de sus propios miedos y lucha contra ellos, como cuando, temerosa, pero movida por la misión superior de conocer de primera mano, va en busca de Trotsky, el nuevo comisario soviético de Asuntos Exteriores.

            Antes ha sentido la muerte de cerca durante dos cargas a tiros de los militares contra la multitud que protestaba contra el gobierno de Kerensky, con la que se mezcla por no querer asistir a este remolino trascendental desde la distancia segura de su casa. Es una bonita paradoja que ella se resistiera a que la vieran en la calle con gafas pese a sufrir una fuerte miopía, y que sin embargo tuviera agudizado el deseo y la capacidad de ver la vida.

            A continuación reproducimos su crónica sobre la insurrección de noviembre de 1917 La Revolución Maximalista -la palabra comunista aún no la usaba-, uniendo las cuatro partes en que la publicó en ABC en enero de 1918. También ofrecemos uno de sus textos más conocidos, su encuentro con Trotsky de diciembre de 1917, segunda parte de una crónica más larga que se tituló El antro de las fieras. Su experiencia en Rusia pervive además en los libros La revolución bolchevista o En la corte de los zares, publicados por la editorial Akrón.

            Al salir impresionada de ese encuentro con el dirigente soviético, tan accesible que la había recibido sobre la marcha con sólo preguntar por él, Sofía Casanova tuvo una visión que hoy, sabiendo qué ocurriría después en Rusia y en el mundo, todavía sobrecoge: “Aquella hoguera llameando sobre la nieve a la entrada del Instituto Smolny me parece un símbolo del porvenir: ¡incendio en las estepas invernales!”.

     

     

    Eduardo del Campo es periodista en el diario El Mundo, con base en Sevilla. Su último libro publicado es “De Estambul a El Cairo” (Almuzara, 2009). Su anterior entrega dentro de la serie Maestros del periodismo fue Blanco White, tinta liberal

     

     

     

    La Revolución Maximalista

     

     [Crónica de la insurrección bolchevique de noviembre de 1917 publicada por Sofía Casanova en cuatro partes en el periódico ABC de Madrid los días 19, 20, 21 y 22 de enero de 1918]

     

    I.     Ayer, a las cuatro de la tarde, a poco de ver pasar las patrullas de cadetes y las piezas de artillería hacia el Palacio de Invierno —centro del radio gubernamental—, me acerqué al vecino puente Litieyne a mirar las naves recién ancladas en el Neva. Ligera bruma velaba los barcos en la lejanía; eran tres de tipo mínimo, y allá en la desembocadura del río, ya en el mar, hallábase —decía el público que se aglomeraba en el puente— el crucero Aurora y tres más, preparados a la próxima acción del levantamiento maximalista. La excitación en ese punto de la ciudad era extrema; afluía de los populosos suburbios la muchedumbre proletaria que desde la mañana esperaba órdenes de sus caudillos, y asomaban bajo las chaquetas de los hombres las armas que se les repartiera la noche antes.

     

            —Van a venir a levantar el puente y cortarnos la comunicación con el centro de la   ciudad —  oíase en algunos grupos, y en otros la respuesta era firme:

     

            —No lo harán; ya están avisados los nuestros...

     

            A la sazón adelantaba por la avenida izquierda del río una patrulla de 40 soldados, y a corta distancia una sección de 10 ó 15 cadetillos a caballo.

            Inicióse el movimiento peculiar de las turbas, retrocediendo un paso para acometer, y al aproximarse esas tropas al puente, del lado extremo de él llegaron fuerzas mayores, que cerraron el paso a las otras. Parlamentaron brevemente ambas; la actitud de la rebelde me pareció más enérgica que la de las leales al Gobierno provisional, y en medio del vocerío, estalló un disparo.

            Como en la revuelta de Julio —cuando, en medio de las balas, un golpe de los que huían me causó grave contusión en los ojos—, sentí el peligro inminente a poca distancia de mi casa y sin poder entrar en ella... En esos minutos supremos el corazón se vuelve a Dios, aterrado de la muerte, con ruego de vida...

            No hubo más tiros; se acalló el bramido de las masas, y en grupos de ocho a diez, se dispersaron los soldados y los cadetes venidos a tomar el puente. Quedaba dueño de él la guardia roja, integrada por militares y paisanos.

            La anchurosa vía Litieyne tenía aspecto normal, y la línea de luces de los tranvías, pasando el puente Nicolás y el más céntrico de la Moika, era indicio de que se imponían los rebeldes.

            A las nueve de la noche me telefonea un amigo —que por su posición oficial conoce el curso de los acontecimientos—, y me hace esta comunicación: “Preparen ustedes, si pueden, comestibles y hagan reserva de agua; esta noche dan su batalla los maximalistas, y mañana puede haber sorpresas... Lenin está al frente del movimiento; también el ministro de la Guerra, Wurchowsky, y los apoya la guarnición de San Petersburgo. Esta noche es definitiva.”

            —¡Lenin con el general Wurchowsky, el que hace unos días se declaró pacifista en el Consejo de la República, no es consorcio increíble! —me dijeron algunas personas a quienes anuncié lo antedicho—; pero que esta noche resulte definitiva o que triunfen Lenin y sus bandidos, ya es otra cosa. Eso no puede, no puede ocurrir. El Gobierno hará lo suyo, y los cosacos —que en muchas ocasiones, y especialmente en su magna asamblea general, ofrecieron apoyar al Gobierno— destrozarán a los leninistas... ¡No hay cuidado!

     

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            ¡Oh, cándida incredulidad de muchas gentes, sin juicio analítico ni otro guía en el laberinto moscovita, que su deseo de que ocurra lo que a ellos les conviene! También los optimistas se equivocaron ayer.

            Al promediar la mañana de hoy ya se conocía el asombroso acontecimiento: Lenin ha triunfado. En 50 puntos de la ciudad se ha luchado brevemente, y en poder de lo sublevados hállase el Telégrafo, los Ministerios y el Estado Mayor. Los ministros estás arrestados; Kerensky dícese que ha huido. Los protagonistas de la segunda revolución han constituido un Comité revolucionario militar que gobierna.

            El pánico en San Petersburgo es infinito. Tanto mal se ha dicho de Lenin y sus adictos, que no hay horror ni infamia de los que se les juzgue incapaces. Se teme el pogron general, la matanza sin perdón. Segura estoy que no ha de ser así. Las bandas de juliganes (malhechores) esparcidas por la ciudad por la ciudad seguirán funcionando, ni mejor ni peor que ayer, cuando el Gobierno provisional de la República carecía de autonomía y de servicios de vigilancia. Por de pronto, en las esquinas hay proclamas del Comité asegurando a todos los ciudadanos tranquilidad, orden y paz inmediata.

            Antes que llegue ese momento han de ocurrir más luchas y más sangre ha de verterse...

            La nubosa mañana desgrana sus horas en la eternidad insondable. ¿Qué nos traerá la tarde? Antes que llegue refiramos lo acaecido en esta noche de la transformación radical.

     

     

    II.     La primera noticia de la acción armada se recibió en el Palacio de Invierno a la medianoche del 5 [de noviembre]. Reunido allí el Gobierno, decidió ahogar en su comienzo el intento rebelde, y, entre otras medidas, se tomó la de enviar a la estación del Báltico y a la Agencia Telegráfica internacional un destacamento de cadetes y algunos automóviles blindados. A las dos de la madrugada se separaron los ministros, quedando solo Kerensky conferenciando con delegados de los cosacos, a fin de que se pusieran del lado del Gobierno. A la misma hora llegaban al Estado Mayor las nuevas de que los sublevados iban apoderándose de instituciones públicas, ministerios y de las estaciones ferroviarias, pues en vista de estar en mayoría las fuerzas atacantes era inútil la resistencia. A poco volvieron a reunirse los ministros y confirmar los hechos, favorables a los revolucionarios, como lo probaba lo acaecido al comisario del Gobierno, el cual recorrió cuarteles y todos los puestos de la guarnición incitando a las tropas obediencia. Fueron vanas las persuasiones y amenazas; las fuerzas se declararon contrarias al Gobierno de Kerensky.

            Se decidió, en el apremio de tal situación, hacer un último llamamiento a los cosacos; pero éstos respondieron que ayudarían al Gobierno, a condición que a ellos se una la Infantería. Es decir, que declinaban tomar parte en la pelea, pues sabían que la Infantería estaba sublevada, y explicaron luego su actitud así: “Consideramos la lucha iniciada como de los partidos rusos; debemos ser neutrales”.

            A las cuatro de la madrugada hicieron saber los cadetes y el regimiento femenino, únicos apostados en diferentes puntos de la ciudad, que no podían continuar resistiendo por carecer de reservas y porque los cadetes de Peterhof no llegarán en su auxilio estando tomada la estación del Báltico por las fuerzas contrarias.

            A las cinco, Kerensky abandonó el palacio del Estado Mayor, y como en los novelones de intriga, se hunde en las sombras... Lo volveremos a encontrar haciendo proezas. Pero vamos por partes y sin perder de vista en la confusión el hilo de los sucesos ni a los héroes de aquestas aventuras.

            En la primera hora de ayer 7, el Comité revolucionario clausuró el Parlamento provisional o Consejo de la República, y en el Soviet apareció Lenin, siendo ovacionado por la inmensa Asamblea.

            Sus declaraciones fueron concretas. El Gobierno estaba vencido: algunos de sus miembros ya arrestados, y circulaba la proclama del Comité a la nación y la hermosa del llamamiento a todos los beligerantes en pro de la paz, así como el decreto del reparto equitativo de las tierras entre todos los que las trabajen.

            Último baluarte del Gobierno de Kerensky es el Palacio de Invierno, defendido por 1.100 cadetes, un batallón de mujeres, diez automóviles blindados y cuatro cañones.

    Al escribir estas líneas se oyen los primeros cañonazos dirigidos a la roja enorme mole del Palacio de Invierno, donde el zarismo había concentrado sus imperiales esplendores y que ahora cobija al Gobierno republicano, bombardeado por sus contrincantes, los radicales pacifistas. En la negrura de la noche resuenan los disparos de las baterías de la fortaleza y los del crucero Aurora, para rendir el Palacio. El corazón y los nervios de quienes estamos en el centro de esta hoguera sufren, desmayan...

     

    ____________

     

            Se ha entregado el Palacio de Invierno, y Lenin, con la guarnición y los proletarios de San Petersburgo, manda y gobierna. Hasta ahora no hay pogron ni la batalla se generaliza.

            Pero los idiotas que me aseguraron ser unos cobardes los bolsewiks (el partido proletario militar) y que cuatro tiros los harían someterse, se engañaron y se engañarán en lo que les quede de vida.

            Los bolsewiks se han echado a la calle seguros de su fuerza y decididos a vencer o morir. Para ellos es una causa real la de la paz, y la de sus reformas agrarias, y ya veremos que si no vencen a los contingentes, muy grandes, que van a oponerse a ellos, no han de entregarse villanamente.

     

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            Acaban de telefonearme que Kerensky viene sobre San Petersburgo con sus tropas y que llegará dentro de horas, cuando amanezca. Kerensky, que desapareció durante el último Consejo de su Gabinete, en un aula de la Embajada aliada, aparece ahora, ante Galchina (a 50 kilómetros de aquí), capitaneando tropas para sofocar la insurrección... Si no me rindieran el cansancio y un tedio de todas estas hordas, sean autócratas o republicanas, esperaría al amanecer para ver entrar triunfantes las huestes del generalísimo Kerensky, que juega al petit caporal. Pero es que, además de la fatiga, no creo en el triunfo del hombre que dio derechos a los soldados aniquilando la disciplina, ni creo en los cosacos, ni en el orden, ni en el bien de este país dejado de la mano de Dios.

     

     

    III.    Se ha vertido mucha sangre en las estaciones ferroviarias de Tsarkoieselo y de Varsovia, porque algunos grupos venidos a la capital intentaron oponerse a los bolsewiks; fueron desarmados y arrancados los rieles por los revolucionarios, que han hecho campos atrincherados, cortando la comunicación en esas vías. Ha sido terrible el asalto al Palacio de Invierno, y han muerto muchísimos de sus defensores: los cadetes y las mujeres que allí fueron por inconcebible mandato. El desenfreno, la bestialidad de algunos regimientos se ha ensañado con los heroicos adolescentes y las mujeres soldados. Se cuenta que fueron arrojadas muchas al canal de la Moika; que se ha encerrado a los supervivientes en los cuarteles, donde las mancilla la soldadesca... Los cadetes, desarmados, han sido maltratados y metidos en la fortaleza Petropawlowska. Tumanow, subsecretario de la Guerra, ha sido muerto en la calle traidoramente. Se mata y se muere en cruenta lucha de hermanos.

            Kerensky no ha entrado —como yo supuse, contra los rumores inocentes— en esta ciudad de su encumbramiento, y siguen los combates: está ya en Peterhol... Más cerca, en Tsarkoieselo, se dice. En la Newsky y las céntricas calles afluentes a esa Avenida, el movimiento es grande. Pasan los autos armados y las ametralladoras a las posiciones de extramuros. No se publican desde el 6 los periódicos burgueses, y sólo los de la fracción socialista, que se querellan entre sí con suicida inconsciencia. Se ha constituido el Gobierno o lo que sea con este título: “Consejo de comisarios populares”, y es órgano ejecutivo el “Comité revolucionario militar”.

            Comités, Consejos, Consejos y Comités y comisariados, forman el laberinto oficial de estos días aciagos. El pánico en la capital es callado, intenso... Las vías elegantes están en soledad; las comerciales, sin animación. Las viviendas, cerradas, y al anochecer, a obscuras, como si estuvieran deshabitadas.

            De vez en vez se perciben detonaciones lejanas; pero ¡oh, buen humor eslavo!, en el piso de arriba, una pareja distrae la velada cantando romanzas amorosas. Es atraer la atención de los rondadores del bolsillo ajeno esos trinos de la tiple casera, y esos vibrantes tonos del barítono que se recrea en su propia voz admirable.

            Pasa un auto y se detiene unos minutos ante esta casa. ¿Va a disparar? ¿Van los soldados que lo ocupan a saludar con hurras a los cantantes? Sigue, desaparece en la obscuridad de la aristocrática Furstarkaia, hacia la verja del parque Tauryskie...

            Ahora la pareja lírica entona el popular canto del Volga, y escalofría la estrofa trágica del caudillo cosaco, que arroja a las aguas a la princesa cautiva. La amaba y la arroja al Volga, antes que perder la jefatura de sus Ejércitos...

            Gritos, silbidos de sirenas y disparos en esta acera; puertas más arriba cortan con nuevos sobresaltos la intranquilidad de nuestro sueño. Hay lucha en la calle, pero no puedo distinguir más que bultos atravesando de una a otra acera. En la de enfrente agrúpanse, y una larga mancha obscura parece un cuerpo inmóvil.

            Puntos de luz se aproximan; es un auto de la Cruz Roja.

            Distingo, abierto el corro de enfrente, el cuerpo caído, y llegan a mí confusamente frases de riña. Las gentes que en la sombra gesticulan, señalan la esquina... Me parece oír “el otro murió allí”.

            Me retiro de la ventana, a través de cuyas doble vidrieras envarilladas y cerradas herméticamente en el invierno, he sorprendido escenas de muerte; pero nada sé del drama ocurrido abajo. En las tinieblas de mi habitación —está cortada desde ayer la electricidad— la imaginación prolonga la visión confusa: una rígida e informa silueta, un cadáver...

            Cuatro bandidos, al intentar forzar la puerta de la casa número 40 (la que vivo tiene el 50), fueron detenidos por dos soldados, hubo lucha, y un bandido cayó pocos metros más allá del soldadito valeroso. Dos huellas de sangre encharcada ahí abajo, en la calle, indiferente, me han conturbado el alma.

            ¡Dos vidas! ¡Qué son dos vidas —me dicen— hoy, cuando se truncan miles en la querella horrenda que sostienen la Guardia Roja de Lenin y las tropas de Kerensky!

            La guerra civil desencadenada es el mayor desastre que aterra a Rusia, y nos envuelve en odio y sangre.

     

     

    IV.   No es posible escribir literariamente, ni casi con sintaxis, de lo que ocurre. Se atropellan los hechos, y hay que hacer cronología y sintetizar la situación, cosa actualmente imposible.

            Kerensky, a las puertas de San Petersburgo, envió un telegrama conciso y fuerte a sus partidarios:

            “Todo va bien; sosteneos en vuestros puestos. La aventura leninista será en breve terminada.”

            El 10, es decir, anteayer mañana, se conoció esa orden del generalísimo; pero ni aparece en la capital, ni avanza, ni menos lleva trazas de liquidarse “la aventura” maximalista. El general Kaledin ha notificado que al frente de los cosacos del Don vendrá cuando sea oportuno, en auxilio de los capitaneados por Kerensky. En Kiew, en revuelta también, son los cosacos los que dicen sostener el orden. Kaledin preocúpase de cortar el envío de víveres y carbón a San Petersburgo, sitiando por hambre la ciudad. La formación del “Comité de salvación de la Patria” sostiene los ánimos, y los armados contra Lenin y sus adictos. Están cerrados los bancos, los ministerios, y la burocracia se retrae; en algunos establecimientos negaron sus servicios cuando el Gobierno actual los requirió.

            Las gestiones para una conjunción socialista fracasan hoy; pero puede que mañana se reanuden con éxito. La Duma municipal ha declarado ser neutral para servir al vecindario; pero no es enemiga de Lenin, y, si pudiera, se pondría abiertamente a lado del generalísimo sin Ejército y ministro presidente de un Ministerio sin ministros...

     

    ____________

     

            Ha sido la de hoy la más terrible jornada de esta semana fratricida. Sesenta cadetes de las escuelas de Dambosk y Wladimirowska se presentaron en la Central de Teléfonos, desarmaron la guardia y se apoderaron del edificio.

    Inmediatamente llegaron fuerzas de la guarnición; les intimaron que se rindieran, y los bravos chicos respondieron con descargas de sus carabinas.

            Entonces se inició el combate feroz, que los alumnos prolongaban con una resistencia heroica, creyendo a cada minuto que llegarían las tropas triunfadoras de Kerensky, a quien se decía en la estación ya, venido para arrollar a los rebeldes. Los soldados, en unión de la guardia roja, destrozaron a los cadetes, rompieron el auto blindado que trajeron éstos, y, dueños de la Central Telefónica, montaron su guardia, que ha interrumpido el servicio particular de los teléfonos.

            Se había engañado a los cadetes con la falsa nueva de la llegada de Kerensky, y se dice a la Duma culpable de ello, o al “Comité de salvación pública y de la Patria”. La marinería, con la guardia roja y algunos destacamentos de Infantería, fuéronse a las Academias militares, y con ira y saña las bombardearon, rindiendo a los alumnos que resistían, resistían y morían creyendo aún que las tropas antimaximalistas llegaban en su socorro. ¡Qué crimen o qué ligereza execrable pesará sobre la conciencia de quienes condujeron a error a los cadetes pundonorosos! ¡Pobrecillos! Los cadáveres llenan los depósitos mortuorios de la capital; muchos cuerpos gimen en los hospitales, y el cabecilla Kerensky no entra aquí, no logra romper el cerco que oponen a sus cañones lo cañones y los pechos de sus compañeros de ayer.

            Corre el rumor que, de acuerdo con Kaledin, va a sitiar por hambre a San Petersburgo y que para esa operación táctica ha abandonado sus posiciones de Tsarkoieselo y la línea de Szlisexburg.

            Me tienen tan desengañada las maniobras de los Ejércitos rusos, replegándose para tomar mejor puesto, que esa retirada del generalísimo (cuánto cuesta desprenderse de vanos títulos) me parece derrota. Pero triunfo es, y grande, de Kaledin, haberse apoderado de cien vagones de comestibles con destino a San Petersburgo.

    Toda Rusia se destroza en batalla civil. Moscou arde, y pasan de mano en mano los palacios del Kremlin, en cuyos panteones las momias de los Zares se ríen con mueca satánica...

            No es posible prever lo que ocurrirá mañana; el Simoun  —nieve y sangre— del Norte nos ciega. Sólo es cierto que en las Embajadas de la Entente no se duerme y que los alemanes están en tierra de Finlandia.

            Si entran en San Petersburgo, hasta sus enemigos les harán una ovación, pues el pánico que inspiran los leninistas a los burgueses les hace apreciar el orden y la disciplina de los kaiserianos. ¡Qué lecciones las de esta guerra!

     

    Sofía Casanova

    San Petersburgo, noviembre de 1917.

     

     

     

    El antro de las fieras

     

    [Publicado por Sofía Casanova en el periódico ABC de Madrid en dos partes, el 1 y el 2 de marzo de 1918; aquí reproducimos la segunda, referida al encuentro de la periodista con Trotsky]

     

    II.      Cuando hace cuatro días me decidí en secreto de mi familia a ir al Instituto Smolny, una nevada densa y callada caía sobre San Petersburgo. Deseaba y temía ir —por qué no confesarlo— al apartado lugar donde funcionan todas las dependencias del Gobierno popular. Como no me atrevía a ir sola, ni otra persona alguna hubiera querido acompañarme, dije a la fiel gallega, inseparable nuestra en estas penalidades, que viniera conmigo, pero sin descubrirle el objeto de nuestra salida... Obscuras las calles resbaladizas como vidrios enjabonados y completamente solitarias a aquella hora —cinco de la tarde—, tras muchos tumbos hallamos un izwostchik somnoliento en el pescante del trineo. Extrañado de la dirección que le daba y puesto buen precio a la carrera, atravesamos lobregueces y más lobregueces de barrios extremos, hasta dar en un edificio enorme que sobresale de callejuelas adyacentes. Entre el portón que da a la calle y el de la entrada principal del edificio hay un gran espacio, jardín en otro tiempo, donde esperan los automóviles del personal gubernativo. Los guardias de la entrada, paisanos armados, caliéntanse en una hoguera. Me preguntan adónde voy; respondo que voy a ver al comisario Trotsky, y me señalan con franco ademán la escalinata. Penetro en el edificio, y en la sala contigua a un vestíbulo, donde se desparraman grandes paquetes de papel, veo sentados en torno de una mesa dos marineros, tres soldados y dos jóvenes judías, que escriben. Repito mi demanda de ver a Trotsky —ministro de Negocios Extranjeros, que es el más interesante de los compañeros de Lenin—, y sin más requisitos nos entregan dos pedacillos de papel timbrado con el número del piso y el número del cuarto donde el compañero Trotsky trabaja. Ruego que me indiquen el camino de aquel piso tercero y aquel número 67, y merezco la deferencia a la muchachita judía Sarah Ivanovna de que nos conduzca ella misma a los pisos altos. Son muchos los escalones, y a cada uno que subimos auméntase el pánico de Pepa, que, aterrados los ojos, el mantillín caído sobre la frente, me dice en gallego cerrado:

     

            —¿A dónde me leva, señora? Mire que aquí nos matan, a canalla está muy armada; a min me tembla o pulso.

     

            Nos dejó Sarah junto a una puerta, donde la Guardia Roja hacía centinela, y mientras que pasaban mi tarjeta a Trotsky dialogué con “a canalla muy armada” que allí había. Les había anunciado la judía que éramos españolas, y cuando uno de aquellos proletarios me dijo que había leído cosas de España, y fijándose en Pepa habló con calor de las mujeres de mi país, oíselo apagándose la luz eléctrica y lanzó un grito Pepa, agarrándose a mí espantada. Fue un momento de pintoresca emoción; volvió la luz, se abrió la puerta, y el soldado, correcto, que había llevado mi tarjeta, dijo:

     

            —Les ruego que pasen.

     

            Atravesamos una sala grande, sin más muebles que algunas sillas y máquinas de escribir, y a la izquierda, en un gabinete chico, nos esperaba Trotsky. Me rogó que tomara asiento en el único sillón de la estancia, frente a él, junto a una mesa de despacho. Indicó a Pepa el sofá, que completaba el sobrio mobiliario, y con voz agradable se expresó así en francés:

     

            —Conozco España; es un hermoso país del que tengo buenos recuerdos, aunque la  Policía comme de raison me trató mal. He visitado Madrid, Barcelona, Valencia. Mi amigo Pablo Iglesias estaba a la sazón en un Sanatorio; sentí dejar España.

     

            —Nuestra política es la única que puede hacerse al presente. El mundo está hambriento de paz y nosotros tenemos la esperanza de que se haga no la paz aislada de Rusia, sino la general, la de todos los pueblos combatientes. Ahora mismo acabo de recibir un radiotelegrama de Czernin de conformidad con nuestra iniciativa de armisticio y de gestiones pacifistas. No hemos de detenernos, ni mis compañeros ni yo, en el camino emprendido.

     

            —¿Pero la actitud de las potencias de la Entente es inquietante? —indiqué.

    Veló con los cansados párpados su aguda mirada Trotsky, y en vano esperé una respuesta o un comentario a mi frase.

     

            Conversamos aún, rozando los asuntos, sin ahondar en ellos y con sencillez me dijo al despedirnos:

     

            —Me alegro de haber conocido a usted y por su conducto envío un saludo a España.

     

            Volvióse a su asiento, y su cabeza se inclinó sobre los documentos allí reunidos.

     

            ¿Es simpático Trotsky? No es atractivo. Acentúa su tipo israelita la espesa melena revolucionaria, que enmarca con negrura su rostro irregular y agudo. Las cejas y la recortada perilla, muy negras, son a modo de pinceladas mefistofélicas en el rostro cetrino. No se revela en él ni la voluntad, ni la inteligencia; nada, en fin, potencialmente fuerte. Podría pasar por un artista decadente, y, sin embargo, yo creo que tiene un valor irremplazable en la Rusia actual, y que no son las circunstancias precarias las que dan relieve a una medianía, sino que es la personalidad de este hombre la que se impone a aquéllas con actos de un plan político desconcertante y trascendental.

            En el antro de las fieras existe menos disparidad entre ellas y aquel que existía en el Palacio de la Duma. En el lnstituto Smolny es todo plebeyamente democrático, y los feroces marineros de Kronstadt, confundidos con la guardia roja, no desdicen de los fríos muros, de las salas desamuebladas, donde funcionan como árbitros de San Petersburgo. Impresionan y desasosiegan el Institulo Smolny, y sus moradores, porque es un foco de anarquía y porque la ignorancia y el odio de los antiguos esclavos a todas las clases sociales arma sus manos con el ensañamiento demoledor.

            Al fanatismo jerárquico del Imperio sustituye el otro, el de la ergástula en rebeldía. ¿Qué pueblo podrá ser feliz gobernado por el terrorismo de abajo?

            Sólo la bandera blanca de la paz, que estos hombres levantan, da el alivio de una esperanza a nuestra angustia de desterrados.

            ¡La paz!, la paz, y luego... ¿qué ocurrirá en las regiones de Rusia, dispersas y sin tradición de independencia? Aquella hoguera llameando sobre la nieve a la entrada del Institulo Smolny me parece un símbolo del porvenir: ¡incendio en las estepas invernales!

     

    Sofía Casanova

    San Petersburgo, diciembre de 1917.

     

     


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    Magnífico, ¿tenía alguna relación con Casanova el seductor?
    Otro libro sobre el tema es El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales, en ed. Libros del Asteroide. Vale

    ISSN: 2173-4186 © 2017 fronterad. Todos los derechos reservados.

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