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    La soledad como disidencia de la vida. Fernando Pessoa: el heteronimismo, ‘drama em gente’

    Ana Martínez Pérez-Canales y Mariano Hernández Monsalve - 04-06-2015

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                                                   Presumo ante mí mismo de mi disidencia de la vida.[1]

                                                   (Libro del desasosiego [103]. Bernardo Soares-Fernando Pessoa)

     

            

    Otra vez te vuelvo a ver

    Pero, ay, ¡a mí no me vuelvo a ver!

    Se partió el espejo mágico en el que me volvía a ver idéntico,

    Y en cada fragmento fatídico sólo veo un pedazo de mí;

                      ¡Un pedazo de ti y de mí!           

                                        (Lisboa revisitado [2]. Álvaro de Campos-Fernando Pessoa)

     

     

     

    Podemos esbozar una biografía de Fernando Pessoa al uso y contar su vida: nace en Lisboa en 1888, queda huérfano de padre a los 5 años, en 1896 se traslada a vivir a Durban (África) con su madre –una mujer muy culta– y su padrastro, allí aprende el inglés perfectamente. (Y aquí habría que hacer una parada larga para pensar en un Pessoa que nunca menciona África en sus escritos)[3]. Regresa a Lisboa en 1905 para quedarse definitivamente: despreciaba la idea de viajar. Convivió un tiempo con una abuela loca –la abuela Dionisia– y siempre temió por una locura hereditaria[4]. Podemos dar noticias también de que, a los diecinueve años, montó una imprenta y fracasó, de que trabajó de empleaducho para distintas casas comerciales dedicadas a la exportación e importación, y de que vivió la mayor parte de su vida en habitaciones alquiladas.

     

    Le gustaba pasear por dos barrios de Lisboa: la Baixa y el Chiado,[5] escribir en los cafés y parar en las tabernas, beber aguardiente, y fumar. (Hay quien dice que, en aquellos años, Trieste y Lisboa estuvieron unidas por el humo de los cigarrillos que fumaban Italo Svevo y Fernando Pessoa). Escritor infatigable en tres lenguas. Sólo tuvo un buen amigo: el poeta Mário de Sá-Carneiro, cuyo suicidio[6] por envenenamiento con estricnina en un hotel de París le deja totalmente hundido y solo. Editó junto con otros poetas bohemios la revista de literatura Orpheu, de vocación modernista. Políticamente, según nota autógrafa –escrita cuando quiso pasar su vida a limpio– su ideología era la de un “conservador antirreaccionario”[7]. Fue sedentario y nómada, paseante solitario, lector de novelas policiacas, aficionado al esoterismo, miope, alcohólico, un “fracasado”[8]fascinado por Eróstrato, un “inútil”, un insomne soñador (¡genial!) que ni en la muerte esperaba dormir[9], y un extranjero de sí mismo: su única patria fue la lengua portuguesa[10]. Y mantuvo una relación sentimental con una mujer: Ophélia Queiroz, a la que no pudo o no quiso amar pues para Fernando Pessoa, según dejó escrito: “Amar es cansarse de estar solo: es pues una cobardía y una traición a nosotros mismos (importa soberanamente que no amemos)”.[11]

     

    Pero su auténtica biografía la ficciona el propio Fernando Pessoa al fragmentarse en sus heterónimos. “En esta multiplicidad autoasumida reside toda la modernidad de Pessoa”[12]. Es el creador de la actual distinción entre dos categorías de obras: las ortónimas –firmadas por él mismo– y las heterónimas. “¡Sé plural como el universo!”, he aquí –afirma Ángel Crespo en su obra La vida plural de Fernando Pessoa[13]– una de las claves de la heteronimia pessoana. “Me he multiplicado para sentirme”, escribe el poeta. Sabemos hoy que las figuras soñadas fueron más de cien a lo largo de su vida: la primera vez que da vida a una figura literaria fue a los seis años con Chevalier de Pas. Las mayores figuras heterónimas a la par que poéticas son Alberto Caeiro (su Maestro), Ricardo Reis y Álvaro de Campos, junto con el semi-heterónimo prosador Bernardo Soares, inventor de una realidad hecha de sueños y palabras, y autor del Libro del desasosiego. Libro que, como tal, en realidad no existe sino que es el resultado del esfuerzo editorial por encajar de alguna manera, por dar una unidad, a una parte de los fragmentos y fragmentos encontrados, después de su muerte, dentro de dos baúles. Y si Pessoa almacenó así cerca de treinta mil cuartillas manuscritas, por norma sin firmar, fue porque este buscador del fracaso en vida siempre alentó el sueño de la inmortalidad.  A sí mismo se impuso como desafío alzarse a la altura de Camões y de Shakespeare.

     

    Cada uno de los heterónimos –Caeiro-Reis-Campos– e incluso el propio Fernando Pessoa, el ortónimo, es primero y ante todo sus poemas[14]. Vendrá después el otorgarles a cada uno –como un acto creativo más– una biografía imaginaria, una carta astral, una forma de vestir, y unas emociones. El poeta solo es uno. Wittgenstein quizá hubiera dicho que eran distintos juegos del lenguaje. “Todos nacieron para salvar a Pessoa –dice Richard Zenith– de la vida que no soportaba, que no le gustaba, o que le parecía superior a su capacidad”.[15] Eduardo Lourenço, en su obra Pessoa revisitado, afirma que: “Caeiro es un imaginario refugio contra su sentimiento de irrealidad”[16],  “Asfixiante es el espacio en el que Pessoa se encierra como Reis”[17], y “Pessoa ‘respira’ en Campos, y en él se libera real y ficticiamente sin dejar de agonizar”[18]. De Pessoa se puede decir que era “partes sin un todo”, preguntarnos como Jerónimo Pizarro: ¿Existe Pessoa?, o sospechar como Antonio Tabucchi en su ensayo Un baúl lleno de gente: “¿y si Fernando Pessoa hubiese fingido ser precisamente Fernando Pessoa?”.[19]

     

    La grandeza de Pessoa reside en la creación literaria del heteronimismo: “la disposición dramática de salir de sí mismo, de ‘volar otro’, de despersonalizarse y convertirse en otras personas” –escribe Pizarro en su ensayo Alias Pessoa–. “Pero el heteronimismo –continúa– sería también la construcción de otras figuras autorales y, en este sentido, mucho menos un fenómeno próximo a la locura que una técnica o un método de composición de otros autores, es decir, una creación vertiginosa de álter egos por un ego (el del autor principal)”. Un heterónimo no es un pseudónimo; y no es solo una personalidad alterna, es una máscara poética: ‘Pessoa se multiplicó no solamente en personalidades, sino en una multitud de rostros poéticos y de ‘Pessoas’”[20].

     

    “Hoy –escribe el creador de estos desdoblamientos poéticos premeditados– ya no tengo personalidad: todo lo que en mí haya de humano, yo lo divido entre los varios autores de cuya obra he sido el ejecutor”.[21] “Se trata sencillamente del temperamento dramático elevado al máximo; de escribir en vez de dramas en actos y acción, dramas en almas. Así de sencillo es, en su esencia, este fenómeno aparentemente tan confuso”.[22]

     

    Octavio Paz, en su ensayo El desconocido de sí mismo –dedicado a Pessoa–, redunda sobre todo ello: “El verdadero desierto es el yo y no sólo porque nos encierra en nosotros mismos, sino porque marchita todo lo que toca (...) El yo es un obstáculo, es el obstáculo. Por eso es insuficiente cualquier juicio meramente estético sobre su obra.(...) Su obra es un paso hacia lo desconocido. Una pasión”.[23]  

     

    Fernando Pessoa, para quien “Toda la literatura consiste en un esfuerzo para hacer real la vida”[24], en una carta a Adolfo Casais Monteiro, fechada el 13 de enero de 1935,  describe así la génesis de los heterónimos:

     

          “Comienzo por la parte psiquiátrica. El origen de mis heterónimos es el hondo trazo de histeria que existe en mí. No sé si soy simplemente histérico, o si soy, más propiamente, un histérico-neurasténico. Mi inclino por esta segunda hipótesis, porque hay en mí fenómenos de abulia que la histeria, propiamente dicha, no encuadra en el registro de sus síntomas. Sea como sea, el origen mental de mis heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante hacia la despersonalización y la simulación. Estos fenómenos felizmente para mi y para los demás se mentalizaron en mí; quiero decir, no se manifiestan en mi vida práctica, exterior y de contacto con otros; hacen explosión hacia dentro y los vivo yo a solas conmigo”.[25] 

     

    “Esta tendencia a crear en torno de mí otro mundo, igual a éste pero con otra gente, nunca abandonó mi imaginación.(...). Y así encontré, y propagué diversos amigos y conocidos que nunca existieron, pero que todavía hoy, a casi treinta años de distancia, oigo, siento, veo... Repito: oigo, siento, veo... Y tengo saudades de ellos”.[26]

     

    A partir de aquí Pessoa describe “el día triunfal de su vida”: 8 de marzo de 1914, “me acerqué a una cómoda alta y, tomando un papel, comencé a escribir, de pie, como escribo siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos poemas sin interrupción, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no conseguiré definir”. Fernando Pessoa, al explicar el origen de sus heterónimos, oculta su deuda con Walt Whitman en el proceso creativo de Caeiro, pero en sus Páginas íntimas y de Auto-interpretación escribe: “A quien más se parece Caeiro es a Whitman”[27]. Y ese día triunfal, que –en la realidad– tal vez durara un mes pues el estudio de los manuscritos permite pensar en una gestación más lenta[28], el escritor da vida a tres poetas diferentes: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos, que junto con Fernando Pessoa, el ortónimo, son los cuatro grandes poetas portugueses del siglo XX. Poetas, con vida propia, que no piensan ni escriben como piensa, siente y escribe el autor real. Para Octavio Paz “Toda la obra de Pessoa es búsqueda de la identidad perdida”[29]. Pessoa no se esconde detrás de sus heterónimos, no son un pseudónimo, ni está mintiendo, sino que crea la obra de otros poetas, y de otros prosistas como el Barón de Teive, el filósofo Antonio Mora, o el semi-heterónimo Bernardo Soares, todos muy distintos entre sí: múltiples voces a la búsqueda de una identidad no encontrada, o encontrada y vuelta a perder.  

     

    Él mismo se oculta de la mirada ajena, pero a los demás también nos lo aconseja: "Rodea de grandes muros a aquel que te sueñas”. De no haberse desplegado creativamente en sus heterónimos quizá el enclaustramiento habría sido total.

     

     

                                                               * * *

     

    El poeta es un fingidor

    Finge tan completamente

    que hasta finge que es dolor

    el dolor que en verdad siente.

                                                    

    Pudiera existir también un Fernando Pessoa creación del propio Pessoa que, sin ser realmente el escritor mismo, escribiera cartas de amor a una joven portuguesa, llamada Ophélia, a la que, en algunas ocasiones, escribió, y llegó a presentarse a las citas, “como si” fuera Álvaro de Campos. Podemos pensar que Fernando Pessoa quiso crear un Fernando Pessoa que se manifestara “como si” durante un breve tiempo, estuviera (fingiera estar) enamorado. “He sido siempre actor, y de veras –escribe Bernardo Soares–. Siempre que he amado, he fingido que amaba, y para mí mismo finjo”[30]. Y Ophélia Queiroz sería entonces un antiheterónimo[31], es decir, una persona real convertida en figura literaria. Pessoa, no solo es que, como otros muchos escritores, visualizara a sus héroes sino que además compartía su vida con ellos.

     

    “Pero como cualquier lector de Pessoa sabe –escribe Tabucchi– lo obvio y lo trivial son categorías poco adecuadas para un personaje que vivió una vida de oficinista como si fuera un oficinista, se trató a sí mismo como si fuera otro, escribió poemas propios como si fueran ajenos. El sentimentalismo más ínfimo, de tan impecable mal gusto y tan inapelablemente ‘normal’, confiere a estas cartas una obviedad demasiado obvia para ser obvia de verdad. Es la primera sospecha que estas cartas nos trasmiten, y con ella el primer malestar.(...) En estas cartas no está la obviedad, sino lo Obvio mayúsculo y platónico, su estructura profunda, la fenomenología en forma epistolar de un paradigma: el código amenazadoramente estúpido del Amor”.[32]

     

    “Con respecto a la sensibilidad, cuando digo que siempre me gustó ser amado, de ningún modo amar, lo he dicho todo. Me amargaba siempre el ser obligado, por un deber de vulgar reciprocidad (una lealtad de espíritu), a corresponder. Me gustaba la pasividad. En cuanto a la actividad, sólo me placía lo suficiente para estimular, para no dejar que me olvidara la actividad amorosa de quien me amaba.

     

    Reconozco sin ilusiones la naturaleza del fenómeno. Es una inversión sexual frustrada. Se detiene en el espíritu”,[33] escribe el joven Pessoa, con extrema lucidez, en sus Páginas íntimas.

     

    Más tarde, Álvaro de Campos, en su poema ‘Oda triunfal’, vuelve sobre el tema de la pasividad: “Yo podría morir triturado por un motor/ con el sentimiento de la deliciosa entrega de una mujer poseída”.

     

    Las cartas a Ophélia nos devuelven a la “ficción verdadera” de Pessoa y a su heteronimia. Finalmente Pessoa no es ni el ortónimo ni el heterónimo, todo es una invención. “Si pienso o siento, ignoro/ quién es el que piensa o siente./ Soy solamente el lugar/ donde se siente o piensa./”, dicen unos versos de Ricardo Reis.

     

    La “historia de amor” entre Fernando Pessoa y Ophélia Queiroz conocería dos etapas muy distintas: una primera fase de marzo a noviembre de 1920 –año en el que su madre, María Magdalena, muy envejecida, regresa a Lisboa tras doce años de separación. Pessoa hará todos los preparativos para su llegada y alquilará una casa en la calle Coelho de Rocha 16, de donde ya el escritor no se mudará nunca–; y una segunda fase de septiembre de 1929 a enero de 1930.

     

    El escritor y crítico portugués David Mourão Ferreira sugiere que el fracaso de esta aventura amorosa fue debido a la constante presencia de Álvaro de Campos, y que la relación en su segunda etapa, 1929-1930, fue ya en realidad un trío virtual. Así en una carta a Ophélia, fechada el 15 octubre de 1920, Pessoa habla de su temor a una enfermedad mental, y manifiesta su deseo de ingresar, aunque finalmente renuncie a ello, en una clínica psiquiátrica: “Pretendo irme a un sanatorio el mes próximo a ver si allí encuentro algún tratamiento que me permita resistir la ola negra que se abate sobre mi espíritu./ Al fin y al cabo, ¿qué ha sucedido? ¡Me han cambiado por Álvaro de Campos!”[34]. Pero tampoco sabremos nunca si en esta carta no actuó como si, si no fingió una vez más. 

     

    Fernando Pessoa, que destaca en la literatura universal por su capacidad introspectiva,     –más allá de en sus versos– en sus Págimas íntimas y en su correspondencia privada deja constancia escrita de que tal día sufre una depresión sin fondo, otros días insomnio, momentos de abulia, desvarío, distintas fobias, períodos de enclaustramiento, e incluso le cuenta a su tía Anica: “en ocasiones mirando al espejo desaparece mi cara y me surge un rostro de hombre con barbas, u otro cualquiera”[35], testimonios que sí nos permiten sospechar que padeciera algún trastorno mental. Tampoco debemos olvidar que “la poesía ocultista –en palabras de Eduardo Lourenço– cubre el espacio entero de la vida y de la obra de Pessoa”, ni que el poeta se sentía llamado a una misión: un proyecto cultural regenerador de Portugal. Ahora bien, resulta inapropiado afirmar categóricamente –como hace el médico portugués Mario Saraiva en su libro El caso clínico de Fernando Pessoa[36] que el poeta era un “psicópata hebefrénico”[37]. Para Saraiva ser conscientes de la gravedad de su enfermedad es fundamental para no hacer una interpretación falsa de sus poemas y de su personalidad. Y aquí vendría al caso una frase del heterónimo Ricardo Reis: “Abomino la mentira, porque es una inexactitud”.

     

    Según el psiquiatra español Alberto Fernández Liria[38], no hay ningún parecido entre lo que describen los pacientes psicóticos y la heteronimia de Fernando Pessoa. Para él, la existencia de estos múltiples personajes guardaría relación en todo caso más con lo que sucede con algunos trastornos disociativos como el trastorno de identidad disociativo, también conocido como trastorno por personalidad múltiple, que tiene una base no psicótica sino disociativa, y que remitiría a un problema para poder integrar en una misma identidad diferentes aspectos de la experiencia de uno mismo, por lo que la identidad de quien lo padece queda como fragmentada, de modo que desde uno de los fragmentos no se tiene conciencia del otro. Esto tampoco es –dice Fernández Liria– lo que cuenta Pessoa. Y añade:

     

    Si tuviéramos que pensar a qué recuerda la existencia de estos personajes, con el diálogo que existe entre ellos, recordaría, quizás, no a un trastorno psiquiátrico sino a algo que, muy recientemente, los psicoterapeutas, que se han dedicado a tratar personas que sufren trastornos disociativos porque han tenido experiencias traumáticas, han propuesto como tratamiento de los trastornos disociativos; es decir, se parece no al trastorno sino al tratamiento de los trastornos. Intento explicarme: Van der Hart y otros psicoterapeutas trabajan con personas que sufren cuadros disociativos, incluidos el trastorno disociativo de la identidad al que nos referíamos antes, es decir que tienen partes, vamos a decir, no integradas como consecuencia de haber sufrido experiencias traumáticas. Para estos autores, el principio del tratamiento psicoterapéutico de estas personas consiste en reconocer la legitimidad de la existencia de esas partes y, de algún modo, establecer un diálogo entre ellas. Es decir, no se trata de olvidar las partes que no están bien integradas. Se  trata de traerlas a un mismo escenario, de establecer un diálogo entre esas y las que sí están –en ese momento– integradas, para permitir que todas esas partes puedan tener juntas una existencia coherente, integrada, en un mismo sujeto que sea capaz así de dar cuenta del conjunto de su experiencia”.

     

    Podríamos pensar –continúa Fernández Liria– que algo parecido a esto es lo que hace Fernando Pessoa con sus heterónimos, que dialogan entre sí, y que se reconocen legítimamente como sujetos, como personas. La misma existencia de los heterónimos da cuenta de un trabajo de integración en curso. Dicho de otro modo, lo que habría en todo este artefacto más que una patología es una especie de premonición de lo que van a ser las concepciones postmodernas del yo, en las que de lo que se parte es del principio de que el yo es por naturaleza múltiple y que cuando lo que aparece es como único lo hace como consecuencia de un trabajo de integración. Lo que haría Pessoa, sería (de algún modo) editar este trabajo de integración”.

     

    Este psiquiatra pone en duda la pertinencia no sólo del diagnóstico de psicosis que Saraiva propone, sino también de los que se atribuye el propio Pessoa cuando se autodiagnostica a sí mismo y se define como un “histérico neurasténico”. Se trata, dice –en primer lugar–, de “dos etiquetas diagnósticas que en este momento no se utilizan: la de ‘histeria’ es una etiqueta que no se utiliza y la de ‘neurastenia’ es una etiqueta que se utiliza poco, o que ha sido sustituida por otras”. Pero, sobre todo, dice “no creo que estas etiquetas ni siquiera utilizadas en el sentido en que se utilizaban entonces nos permitan dar cuenta ni de la personalidad complejísima de Fernando Pessoa ni siquiera de un fenómeno concreto como es el fenómeno de la heteronimia”. Para este psiquiatra no cabe pensar en un diagnóstico que nos permitiera explicar los fenómenos a los que hace referencia Pessoa como resultado de un trastorno.

     

    Más bien, le parece a Fernández Liria, “la necesidad por parte de Pessoa de atribuirse una enfermedad, de algún modo lo que pretende subrayar es que lo que está sucediendo no sucede por un acto de voluntad, es decir, es algo que sucede no porque Fernando Pessoa lo decide sino porque a Fernando Pessoa le pasa. Pero allí termina la analogía. Entre eso y padecer una enfermedad susceptible de algún tipo de tratamiento hay un abismo”.

     

     

                                                               * * *

     

    El temor a la locura, fue uno de los temas que más interesaron a Pessoa, y, sobre todo, la relación entre genio y locura. Y para él, ésta sería la solución del problema:

     

    “el hombre de genio es individualmente un loco, nada más; tiene razón el psiquiatra cuando afirma la identidad del genio y la locura. Pero el hombre de genio no es solamente un loco: es un loco con cuya locura coincide una fuerte corriente de salud social que, al equilibrarse con la alienación, produce un resultado específico, para el cual fueron necesarias, por un lado, la locura, que da la originalidad, y, por otro, la vitalidad social, que da el equilibrio”.[39]

     

    Este marinero, que vivió anclado, como una farola, al suelo de Lisboa, fallece el 30 de noviembre de 1935, tras sufrir un grave cólico hepático. Siempre se vinculó su precoz muerte a su alcoholismo; investigaciones recientes buscan una causa concreta en una posible “pancreatitis aguda” no diagnosticada o presuponen una hepatitis B contraída durante su infancia en África. O también es posible que tuviera razón él, y uno se muere “Quizá por no soñar bastante...”.

     

     

    Tabaquería[40] 

     

    No soy nada.

    Nunca seré nada.

    No puedo querer ser nada.

    Esto aparte, tengo en mí todos los sueños del mundo.

    .....................................................................................

    Hice de mí lo que no supe,

    y lo que podía hacer de mí no lo hice.

    Vestí un disfraz equivocado.

    Me conocieron enseguida como quien no era, y no lo desmentí, y me perdí.

    Cuando quise quitarme la máscara

    la tenía pegada a la cara.

     

    El autor de Tabaquería –posiblemente su más grandioso poema– reprueba que se le interprete bajo la sombra de una hipotética tutela científica y que se convierta en “objeto” “la complejidad indefinida del alma humana”, por eso, sin excedernos al buscar al auténtico Pessoa en sus escritos pues realmente tampoco lo vamos a encontrar ahí, sí podemos en sus poemas de los últimos años y en los fragmentos del Libro del desasosiego, abrir una mirilla, a través de la cual, como viles voyeurs, veremos a un hombre condenado a ser Fernando Pessoa, un nómada de la conciencia de sí, fatigado por el sentimiento trágico de la vida, y –si él acertó al pensar que “El genio no es una cosa normal. Si no es normal, entonces es anormal. Y si es una anormalidad psíquica, es locura. El genio, por ser genio, es locura”.[41] veremos a un genio y a un loco,  que no dejan de ser, a su vez, dos mitos creados también por él y en los que hoy reposa su fama.[42]

     

     

     

     

     

    Este fragmento corresponde al libro Literaria(mente). El yo disidente, recién publicado por Uno Editorial.

     

     

     

    Ana Martínez Pérez-Canales (Burgos en 1955) es licenciada en Geografía e Historia por Universidad Complutense de Madrid. En TVE ha estado adscrita al área de producción de programas de 1974 a 2008. Actualmente, se dedica de pleno al Proyecto de Investigación sobre Literatura y Psiquiatría Literaria(mente). 

     

    Mariano Hernández Monsalve (Villaverde de Medina, Valladolid, 1953) es licenciado en Medicina en la Universidad de Valladolid, donde fue alumno interno de Psiquiatría. Especialista en Psiquiatría, siendo MIR en Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Su áreas preferentes de interés clínico y docente son la psicoterapia, las psicosis y los procesos de recuperación, y los aspectos éticos y legislativos relacionados con la salud mental. Comparte con Ana Martínez Pérez-Canales autoría y dirección del proyecto Literaria(mente). 

     

     

     

     

     

    Notas


     

    [1]    Pessoa, Fernando. Libro del desasosiego, fragmento (103) - trad. Perfecto Cuadrado, Barcelona, Acantilado, 2002, pág. 123.

     

    [2]    Pessoa, Fernando. Poema ‘Lisboa revisitado’ (1926) - Álvaro de Campos- trad. Fenando Pizarro Alias Pessoa, Valencia, Pre-textos, 2013, pág. 22.

     

    [3]    Bréchon, Robert. Extraño extranjero, Una biografía de Fernando Pessoa, trad. Blas Matamoro, Madrid, Alianza, 2000.

     

    [4]    Pessoa, Fernando. Escritos sobre genio y locura, trad. Jerónimo Pizarro, Barcelona,  Acantilado, 2013, “Una de mis complicaciones mentales –horrible más allá de las palabras– es el temor de la locura, que, en sí mismo, es una forma de locura”. pág 368.

     

    [5]    Taibo, Carlos. Como si no pisase el suelo. Trece ensayos sobre las vidas de Fernando Pessoa. cap 7 ‘El viajero inmóvil’, Madrid, Trotta, 2001 pág 159.

     

    [6]    Mário de Sá-Carneiro se suicida en el Hôtel de Nice (París) el 26 de abril de 1916.

     

    [7]    Crespo, Ángel. La vida plural de Fernando Pessoa, Barcelona, Seix Barral, 2007, cita ‘Ficha autobiográfica’ con firma autógrafa de Pessoa el 30 marzo 1935, pág. 397.

     

    [8]    Dos de sus poemas a destacar sobre el fracaso serían ‘Si te quieres matar ¿por qué no te quieres matar?’ y ‘Tabaquería’.

     

    [9]    Citado en Extraño extranjero; Álvaro de Campos: “No duermo ni espero dormir./ Ni en la muerte espero dormir”. pag. 532.

     

    [10]   Pizarro, Jerónimo. Alias Pessoa Valencia, Pre-textos, 2013: “Aunque la identificación  con el portugués haya sido más ‘profunda’ mantiene la tesis de que esta frase (que data de 1931) está sacada de contexto y manipulada; para él, Pessoa tuvo en el inglés una segunda patria, lo que se confirmará cuando se hagan públicos muchos manuscritos originales inéditos escritos en inglés. Aproximadamente unos 1338 originales”, pág. 103.

     

    [11]   Pessoa, Fernando. Libro del desasosiego, ‘Máximas’, trad. Perfecto E. Cuadrado, Barcelona, Acantilado, 2005, pág. 525.

     

    [12]   Ibid. Pizarro, Jerónimo. Alias Pessoa, pág. 23.

     

    [13]   Crespo, Ángel La vida plural de Fernando Pessoa, Barcelona, Seix Barral, 2007, pág. 157.

     

    [14]   Lourenço, Eduardo. Pessoa revisitado. Lectura estructurante del ‘Drama en gente’, Valencia, Pre-textos, 2006, pág. 22.

     

    [15]   Zenith, Richard. Post mortem, anexo edición Fernando Pessoa, La educación del estoico, trad. R. Vilagrassa, Barcelona, Acantilado, 2007, pág. 77.

     

    [16]   Ibid. Lourenço, Eduardo. Pessoa revisitado, pág. 43.

     

    [17]   Ibid. Lourenço, Eduardo. Pessoa revisitado, pág. 73.

     

    [18]   Ibid. Lourenço Eduardo Pessoa revisitado, pág. 73.

     

    [19]   Tabucchi, Antonio. Un baúl lleno de gente, trad. Pedro Luis Ladrón de Guevara Mellado, Madrid, Huerga y Fierro, 1997, pág. 16.

     

    [20]   Ibid. Pizarro. Alias Pessoa, pág. 60.

     

    [21]   Ibid. Autopsicografía, pág.378.

     

    [22]   Ibid. Autopsicografía, pág. 379.

     

    [23]   Paz, Octavio. Cuadrivio (Darío, López Velarde, Pessoa, Cernuda), ‘El desconocido de sí mismo’, México, Joaquín Mortiz, 1991, pág.165.

     

    [24]   Ibid. Pessoa. Libro del desasosiego, fragmento 117, pág. 134.

     

    [25]   Ibid. Pessoa, Fernando. Escritos sobre genio y locura, Apéndice ‘Carta a Adolfo Casais Monteiro sobre la Génesis de los Heterónimos’, pág. 383-384.

     

    [26]   Ibid. Continuación “Carta a Adolfo Casais Monteiro”, pág. 385.

     

    [27]   Ibid. Lourenço, Eduardo. Pessoa revisitado, cap. IV ‘El misterio Caeiro a la luz de Campos, y viceversa’, pág. 78. E. Lourenço escribe: “Es a la luz de la ocultación de Whitman en Caeiro como el drama de la heteronimia debe ser concebidy es con esa luz como estamos esforzándonos por leerlo”,  pág. 77.

     

    [28]   Ibid. Pizarro, pág. 66.

     

    [29]   Ibid. Paz, Octavio. Cuadrivio, pág. 162.

     

    [30]   Ibid. Pessoa. Libro del desasosiego.

     

    [31]  Ibid. Taibo, Carlos. Como si no pisase el suelo, pág. 122.

     

    [32]  Pessoa, Fernando. Cartas a Ophélia. Prólogo de Antonio Tabucchi. Trad. cartas Alejandro García Schnetzer; trad. Prólogo, Carlos Gumpert, Barcelona, Libros del Zorro Rojo, 2010 pág. 6.

     

    [33]  Ibid. Pessoa revisitado, cita en pág. 257.

     

    [34]  Ibid. Cartas a Ophélia (carta fechada el 15 octubre de 1920), pág. 88.

     

    [35]  Saraiva, Mario. El caso clínico de Fernando Pessoa, trad. Román Atienza y Carmen A. Eberhardt, Guadarrama,  Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 1996, pág. 79.

     

    [36]  Ibid. Saraiva, cap. ‘Diagnóstico’, pág. 135.

     

    [37]  “Psicópata hebefrénico”. Hoy no es terminología en uso.

     

    [38]  Las declaraciones del psiquiatra español Alberto Fernández Liria que se incorporan al presente estudio son trascripción de una entrevista realizada por Ana Martínez (co-autora del libro) para un audiovisual de carácter académico sobre Fernando Pessoa. Enero 2014.

     

    [39]  Ibid. Pessoa. Escritos sobre genio y locura, fragmento 289 (97 L-7; dact.; port.), pág. 216.

     

    [40]  Pessoa, Fernando. Antología de Álvaro de Campos, selección y traducción José Antonio Llarendt, Madrid, Alianza, 2008, pág. 168.

     

    [41]  Ibid. Pessoa. Escritos sobre genio y locura, fragmento 294, (108A-34; ms.; port.) pág. 218.

     

    [42]  Pizarro-Jaramillo, Jerónimo. Fernando Pessoa: entre el genio y la locura, Revista Aleph nº 164 (enero/marzo 2013).

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