Los bomberos recogen dos cadáveres en el barrio de San José en Taclobán, la ciudad más devastada por el tifón Haiyan en Filipinas.

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    Taclobán, una escombrera en Filipinas. A tres meses del tifón ‘Haiyan’

    Texto y fotos: Eric San Juan - 20-02-2014

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    “Ahora estamos muy bien”. La frase suena inverosímil para el recién llegado a Taclobán, una ciudad convertida en escombrera, con cientos de edificios destruidos, miles de desplazados, con el suministro eléctrico apenas restaurado, con cadáveres que asoman todos los días entre las montañas de desperdicios. Pero la pronuncian con una enorme sonrisa algunos lugareños que lo perdieron todo y reconstruyen sus casas con un ánimo inquebrantable, unidos en torno a un lema que les impulsa a seguir luchando en un paraje desolado: “Tindog Tacloban” (Taclobán en pie, en waray, el habla local). Las pancartas, murales y camisetas con el grito de guerra se extienden como una ola de entusiasmo por las ruinas de la ciudad que el pasado 8 de noviembre sufrió el tifón más potente jamás registrado sobre el planeta en tierra firme. Taclobán sigue en ruinas, pero ya no presenta una estampa apocalíptica, ya no vagan como zombis los supervivientes en busca de comida, ni hay saqueos, y el hedor de los cientos de cadáveres que yacían desperdigados por toda la ciudad ha ido dejando su sitio al tentador aroma de los lechones y pollos asados de las tascas que reabren sus puertas, a la vida, que se abre paso, titubeante pero imparable.

     

    No es un camino fácil. La muerte, que todo lo impregnó, sigue empeñada en recordar su pegajosa presencia, y pocos lo saben tan bien como Amber Sison y su equipo de bomberos. La brigada de ocho integrantes se adentra en una zona pantanosa, apoyando sus botas de goma en la multitud de desperdicios para sortear los charcos y llegar al lugar indicado por los vecinos del barrio de San José, cercano al aeropuerto. Sobre las marismas, rodeada de basura, flota una masa blanca e informe en la que el ojo entrenado de los bomberos reconoce unas costillas que llevan tres meses descomponiéndose. “Creo que es una mujer, eso parece un sujetador”, bromea sonriente la única integrante femenina del equipo, en apariencia inmune al hedor y al horripilante panorama. Ante la mirada de una decena de curiosos, incluidos niños, los agentes depositan la reliquia amorfa en una funda de plástico y después caminan unos metros más, en busca de otro cadáver. De nuevo el color blancuzco, la misma consistencia viscosa, pero esta vez sí se distingue la silueta humana flotando sobre el agua. Cuando terminan de recuperar los cuerpos los dejan protegidos por las bolsas en una cuneta, donde la policía los recogerá unas horas después para una identificación preliminar. Al día siguiente, otro equipo de bomberos los llevará desde otra cuneta a las dependencias del NBI (el FBI filipino), donde se acumulan una treintena de restos mortales a la espera de los análisis forenses.

     

    “Ahora recogemos una media de cuatro o cinco cuerpos al día. Ya no los andamos buscando por la ciudad porque no tenemos perros rastreadores. El primer mes después del tifón contábamos con los que nos prestaron equipos de Corea del Sur y Canadá, pero ya se marcharon. Ahora sólo acudimos a las llamadas de los vecinos. Cuando salen de los centros de evacuación para reconstruir sus casas devastadas se encuentran entre los escombros con los cuerpos de víctimas que llevan meses descomponiéndose. A menudo quedan sólo los huesos”, explica Sison, de 38 años.

     

    El responsable del escuadrón no sabe cuánto tiempo más tendrán que acudir a diario en busca de cadáveres, pero las estadísticas no invitan al optimismo: 1.785 personas siguen “desaparecidas” en el archipiélago, cientos de ellas en Taclobán. A estas alturas, el adjetivo es un eufemismo de la muerte: significa que sus cuerpos inertes aún no han aparecido o no han sido identificados. Pero muchos vecinos niegan la evidencia pegando por toda la ciudad anuncios con las fotos de sus seres queridos extraviados aquella fatídica madrugada de noviembre.  

     

    Las cifras oficiales hablan de 6.201 muertos. Nunca se sabrá con exactitud cuántas personas murieron en el archipiélago. No es algo nuevo. En otros tifones recientes, como el Washi, que causó más de 1.000 muertos en la isla de Mindanao en 2011, o el Bopha, que le quitó la vida a otras 2.000 personas hace poco más de un año, las autoridades dejaron de actualizar el número de víctimas mortales cuando faltaban decenas de cadáveres por aparecer.

     

    Según el Ayuntamiento, el Haiyan destrozó en torno al 80 por ciento de la ciudad, que vivía de cara al mar, expuesta a los embates de la naturaleza. No es una excepción en Filipinas, donde dos de cada tres de sus 100 millones de habitantes viven en la costa, la zona más vulnerable a los temporales, pero también una fuente de riqueza en un país en el que comer tres veces al día es un desafío para un tercio de la población. Ese factor, unido a su posición geográfica, desprotegida frente a los temporales que se forman en el Océano Pacífico, convierte a Filipinas en el tercer país del mundo más expuesto a las catástrofes meteorológicas, según el Informe Mundial sobre Desastres Naturales, publicado en 2012.

     

    Los que sobrevivieron al cataclismo se agarran a su nueva oportunidad sobre la Tierra con tenacidad conmovedora. “La gente ha demostrado una resistencia increíble. Parte del cambio de la ciudad se debe al trabajo día y noche que realizan para volver a sus casas”, dice Benedetta Lettera, responsable de la oficina de Acción contra el Hambre en Taclobán. En la bahía de Cancabato, una de las áreas más devastadas, los vecinos van regresando a las que fueron sus casas, hoy convertidas en ruinas junto al mar que todo se lo tragó. El cartel que prohíbe edificar a menos de 40 metros de la costa no perturba el concierto de martillazos que reconstruyen un hogar sobre los escombros. “Levantamos aquí nuestra casa porque no tenemos otro sitio donde ir. Aquí podemos ganarnos la vida, muchos se dedican a pescar. Dicen que está prohibido, pero no nos han propuesto ningún lugar en el que realojarnos, así que volvemos”, dice Helen Gonzaga, una camarera de 32 años.

     

    El presidente del país, Benigno Aquino, ordenó adoptar medidas para evitar una catástrofe similar. Pero las autoridades municipales, desbordadas desde el principio, no tienen más remedio que hacer la vista gorda, aun sabiendo que esa pasividad terminará acarreando problemas. “El realojo en otro lugar se debe hacer cuanto antes porque dentro de un mes, cuando estas poblaciones ya se hayan vuelto a instalar por completo, no será posible sin violencia”, advierte Naderev Saño, comisionado para el calentamiento global del Gobierno filipino, el hombre cuyo discurso entre lágrimas durante la Convención del Cambio Climático de Varsovia el pasado mes de noviembre dio la vuelta al mundo. “Es normal que regresen a esas zonas de riesgo porque no tienen alternativa, no les podemos culpar, les tenemos que ayudar dándoles otras opciones”, insiste.

     

    Las víctimas más pacientes viven aún en centros de evacuación o bajo cobertizos aledaños donados por organizaciones internacionales a la espera del ansiado reasentamiento. “Mira mi chalé, sólo estoy esperando a que me den una lona de plástico para terminar el techo”, bromea ante la chabola que ha construido Jaime Vitir, un filipino de 52 años con cinco hijos a sus espaldas. “Estoy a la espera de que nos realojen, me he apuntado en la lista, pero no sé cuándo ocurrirá”, dice. Las autoridades municipales y nacionales, coordinadas con la ONU y ONG planean llegar hasta las 7.000 viviendas en Taclobán y alrededores en los próximos meses, una cifra ambiciosa pero insuficiente para las más de 10.000 familias de la zona que siguen desplazadas. En todo el archipiélago son más de cuatro millones las personas que fueron evacuadas desde la catástrofe y unas 150.000 siguen en refugios temporales.

     

    Poco a poco han rehecho su vida en estos centros, donde algunos han abierto pequeñas tiendas de alimentación y donde por la noche la cerveza Red Horse y las interminables partidas de cartas y mahjong alivian las penas. El hambre ya no es el mayor problema, en parte gracias a las bolsas de comida donadas en días aleatorios por las autoridades y las organizaciones no gubernamentales, pero el tifón dejó otras secuelas que tardarán más tiempo en borrarse, si es que alguna vez lo hacen del todo: las psicológicas.

     

    “Los primeros días en el centro de evacuación mucha gente estaba traumatizada. Se ponían a gritar que venía un tsunami en medio de la noche. Parece que estamos bien porque los filipinos sonreímos en cualquier circunstancia, pero después del monstruoso tifón, otra bestia creció en nuestro interior: el estrés. Estamos traumatizados”, asegura Ruth Magallanes, una trabajadora social del Gobierno filipino. Ella misma perdió su casa y temió por su vida cuando el agua llegó hasta el tercer piso en el que se había refugiado junto a sus cinco hijos, se preguntó si era el fin del mundo. A los pocos días estaba ayudando a otras víctimas de un centro de evacuación cuando ella misma necesitaba apoyo: “Todos los días me pregunto cómo volver a retomar mi vida, nadie se preocupa por mí y soy yo quien tiene que consolar a otros. Mis jefes me piden informes y ni siquiera tengo un ordenador donde escribirlos porque perdí todas mis cosas. Es muy duro”.

     

    Desde que ocurrió la tragedia, decenas de especialistas contratados por el Gobierno y por las ONG han acudido a las zonas devastadas por el Haiyan para evitar una “epidemia” de traumas mentales. Una de ellas es Nuria Díez, psicóloga de Acción contra el Hambre y responsable de un proyecto que ha atendido desde finales de noviembre a más de medio millar de mujeres. Algunas perdieron a sus hijos pequeños, otras tienen que cuidarlos o esperan su nacimiento traumatizadas y desahuciadas por el maremoto.

     

    “Al principio revivían flashbacks del tifón, imágenes de las situaciones que vivieron. Muchas siguen sufriendo problemas de insomnio y se asustan en cuanto hay un poco de lluvia o viento. Otras se sienten culpables si han perdido a sus hijos o a su marido. Piensan que podrían haber hecho más para salvarlos. También se dan muchos casos de bloqueo emocional que termina afectando a sus hijos y dificultando la lactancia”, explica Díez.

     

    Las mujeres acuden varias veces por semana a las diez tiendas de campaña que Acción contra el Hambre ha plantado en algunas de las zonas más machacadas y pasan las horas entre ejercicios de relajación y terapias de grupo. Dentro de la tienda se olvidan de una existencia por rehacer y se entregan a las actividades que les plantean con una alegría contagiosa. “La respuesta ha sido sorprendente, el cambio es muy visible. Al principio sonreían, pero se derrumbaban enseguida en cuanto les preguntabas cómo estaban, cómo era su vida tras la evacuación. Ahora han procesado lo que les ha pasado y están en proceso de recuperación, han aprendido a reflexionar más sobre ellas mismas”, asegura Díez. Hasta el momento, la psicóloga y su equipo han atendido a 596 mujeres.

     

    Una de ellas es Rosalía Capidos, de 27 años y madre de tres hijos, que todavía deja escapar alguna lágrima cuando recuerda a su marido, un pescador muerto durante la tormenta. “Venir a la terapia me ayuda mucho. Antes me echaba a llorar en cuanto recordaba a mi esposo, pero estar aquí me hace pensar en otras cosas. Me he hecho amiga de las otras mujeres, compartimos nuestras desgracias y así se hacen más llevaderas”, dice. Una de sus actividades preferidas es el dibujo: “Me pidieron que dibujara un animal y elegí al gato, porque para los filipinos tiene nueve vidas. En mi nueva vida, puedo ocuparme de mis hijos”.

     

    Otras víctimas tratan de olvidarse de sus traumas volcándose en ayudar a otros. Mel Tabucao, una joven de 22 años de la isla de Samar, perdió a su hermano mayor, Dawmond, durante el temporal. “Una ola gigantesca se llevó a mi hermano pequeño, de 13 años, y Dawmond se tiró a por él para rescatarlo. Lo consiguió, pero no pudo salvarse él mismo. Murió como un héroe”, cuenta Mel. Trata de zafarse del recuerdo persistente de aquel horror ayudando como voluntaria a Gawad Kalinga, una ONG filipina que se ha propuesto construir 20.000 viviendas para los afectados por el Haiyan: “Nunca esperaba vivir una experiencia así en mi vida y no sé si lo he asimilado, ni siquiera puedo romper a llorar, estoy como anestesiada, no siento nada, no sé si será un trauma. Ser útil para otra gente me da satisfacción. A lo mejor a partir de ahora puedo vivir para los demás. La muerte de mi hermano mientras ayudaba a otros me ha servido de inspiración”.

     

    La psicóloga de Acción contra el Hambre corrobora que sentirse útiles puede ser una agarradera para las víctimas, aunque no siempre están preparadas para dar el paso si no saben manejar bien sus propias emociones. “A muchas víctimas les ayuda saber que apoyan a la comunidad. Cuando lo pierden todo necesitan dar sentido a su vida. Les ayuda a tirar para adelante, a seguir relacionándose con los demás y no encerrarse en casa. Una de las mujeres que más se han implicado en ayudar a la comunidad en nuestros proyectos ha perdido a sus seis hijos”, dice Nuria Díez.

     

    Los niños tampoco se libran de las secuelas psicológicas, aunque resulte difícil de creer si se visita el colegio público José Rizal. Los alumnos de primaria reciben entre gritos, preguntas y risotadas al visitante extranjero. No parece importarles compartir el colegio con decenas de familias refugiadas, ni tener que estudiar en tiendas de campaña o en la calle bajo un cobertizo por el deterioro de las aulas. Por supuesto, tampoco les apena haber tenido que recortar el horario a tres horas diarias en las que sólo estudian las asignaturas más importantes: matemáticas, inglés, filipino y ciencias. Pero la profesora de sexto curso Annie Adonna advierte de que las apariencias pueden inducir a engaño: “Algunos niños están traumatizados. Uno perdió a su hermano y a su cuñada y al principio le daba miedo venir a la escuela, pero se va adaptando gracias al apoyo psicológico. Muchos se asustan en cuanto hace mal tiempo”.

     

    El director del centro, Edgar Tenasas, puntualiza que “los traumas dependen de la edad. Los más pequeños no se dan cuenta de nada, jugaban en los charcos al día siguiente del tifón. Pero entre los de 6 a 12 años hemos identificado a algunos que están traumatizados y les estamos ofreciendo ayuda psicológica con ayuda de las ONG. No es fácil para nadie”.

     

    La escuela tuvo que cerrar durante casi un mes tras el tifón y pasó otro mes enseñando a los alumnos pautas de relajación y de supervivencia tras un desastre. Sólo retomó las asignaturas habituales, con horario reducido, el pasado 6 de enero. Un cartel a la entrada les sigue dando la bienvenida, pero no todos han regresado a clase.

     

    “Antes del tifón teníamos 2.581 estudiantes y ahora 1.768. Muchos se trasladaron con sus familias a casas de parientes en otras provincias porque lo perdieron todo, pero hay más de 200 cuyo paradero desconocemos. Los profesores tienen instrucciones de ir casa por casa para dar con ellos”, señala Tenasas. “En mi clase hay dos alumnos desaparecidos. No sabemos nada y tememos que algo malo haya pasado”, apunta la maestra Adonna sin atreverse a mentar la fatalidad.

     

    El éxodo de los alumnos en la escuela refleja muy bien lo ocurrido en una ciudad que lucha por dejar atrás su estela fantasmal. Antes del impacto Haiyan sumaba 221.000 habitantes, según cifras oficiales, aunque en realidad eran más del doble, ya que la mayoría no estaba empadronada. El ayuntamiento reconoce que ignora el número de emigrantes e incluso admite que no puede estimar el número de habitantes reales antes del tifón. “Estamos recopilando datos, pero es difícil dar cifras todavía. Ni siquiera hemos terminado de limpiar las calles, el suministro eléctrico aún no llega al 20 por ciento de la ciudad y los ingresos municipales por recaudación de impuestos están por debajo del 15 por ciento de la cantidd habitual. No tenemos mucho margen”, se justifica Czarina Aquitania, teniente de alcalde de Taclobán.

     

    Lo que sí dice sin dudar es que el éxodo ha provocado una  escasez de mano de obra. Buena parte de los comercios que van reabriendo sus puertas colocan en sus escaparates carteles pidiendo personal con urgencia. “Se necesita cajero. Contratación inmediata”, reza uno de ellos en un bazar del centro. “Mis trabajadores se fueron a otras ciudades, es muy difícil funcionar así”, se queja Kristine, la encargada del establecimiento.

     

    La reactivación de la economía es lenta, pero no para todos. Los hoteles hacen su agosto con el personal de las ONG internacionales, casi todos cuelgan a diario el cartel de completo. El único restaurante italiano de la ciudad, uno de los primeros en abrir tras el desastre, tiene problemas para acomodar todas las noches a decenas de extranjeros deseosos de abstraerse durante la cena de la dura realidad que les rodea. También conocen buenos tiempos los vendedores de generadores eléctricos, que aprovechan la falta de suministro en buena parte de la región. “Mi jefe me ha enviado desde Cebú (una isla cercana) para buscar clientes. Es una buena oportunidad para nosotros”, admite Emile Baron, representante de una empresa de generadores. La devastación también ha hecho florecer en todos los rincones de la ciudad el negocio de la madera de cocotero. Con miles de ciudadanos ansiosos por reconstruir sus casas, los tablones se venden como rosquillas a unos 20 pesos (unos 30 céntimos de euro) cada uno, un precio relativamente bajo que compensa la baja calidad del material (sólo aguanta unos tres años). La abundancia de madera a buen precio es la otra cara del drama de los cientos de agricultores cuyos campos fueron arrasados por el tifón.

     

    De los 700 cocoteros que Honorio Cornelio tiene en su plantación de Barugo, en la isla de Leyte, sólo han sobrevivido una treintena, los más pequeños, y no sabe si volverán a dar frutos porque están completamente inclinados. Los demás fueron arrancados de cuajo por el vendaval, que alcanzó rachas de 315 kilómetros por hora, y los más altos fueron partidos por la mitad, algo que Cornelio jamás había visto en sus 60 años de vida. “Hemos vivido tifones muy fuertes en el pasado, pero nunca pensé que el viento podría cortar un tronco por la mitad. Los cocoteros son muy flexibles”, todavía incrédulo tres meses después.

     

    El agricultor acude al ayuntamiento de Alangalang, a 30 kilómetros de Taclobán, en busca de ayuda institucional para plantar nuevos árboles, pero sabe que le esperan tiempos difíciles aun con el apoyo prometido. “Un cocotero tarda al menos entre 5 y 7 años en dar fruto desde que se planta. Después lo hace cada tres meses, pero no sé de qué voy a vivir hasta entonces. He plantado arroz y también quiero cultivar verduras, pero son más difíciles de mantener y no tengo a nadie para que me ayude”, se lamenta este padre de seis hijos.

     

    En cuanto a los árboles inservibles derribados en su plantación, piensa utilizar la madera para reconstruir las viviendas de su madre y su hermano, arrasadas por el temporal. “Prefiero usarla para eso que venderla a precio de saldo. Sé que algunos campesinos la están vendiendo muy por debajo de su valor, incluso hay quien la regala a cambio de que les limpien el campo de troncos y puedan así volver a plantar. Hay gente que se aprovecha de nuestra debilidad”, denuncia.

     

    Según las organizaciones no gubernamentales, los agricultores y los pescadores, que constituyen un tercio de la población filipina, son dos de los colectivos a los que más va a costar rehacer sus vidas tras la catástrofe. Unos no recogerán frutos en un lustro y los otros han perdido los barcos con los que se ganaban la vida. “Me salvé porque fui evacuado, pero el mar se llevó mi barca a motor. Me costará 60.000 pesos (unos 1.000 euros) construir una nueva”, dice Renato Solayao, un pescador de 49 años con diez hijos a su cargo. Desde su chabola en la bahía de Cancabato contempla el mar que todo se lo tragó y del que asoma junto a la orilla el morro de algún automóvil arrastrado por el tifón. También se distingue, rodeada de basura, la nueva embarcación que ha construido: una caja de poliestireno del tamaño de un frigorífico a la que ha acoplado unas tablas y unas cañas de bambú para poder faenar. “No puedo ir muy lejos, sólo a unos 50 metros de la costa, pero al menos puedo pescar algo para mantener a mi familia”, dice con orgullo. Su cáscara de nuez, tan frágil como ingeniosa, refleja el espíritu con que los filipinos están afrontando la tragedia, pero también la falta de medios económicos: la voluntad de ponerse en pie, como rezan las pancartas diseminadas por toda la ciudad, y la incapacidad de hacerlo sin la ayuda del mundo.

     

     

     

     

    Eric San Juan (Irún, 1980) es periodista. Tras más de dos años como redactor del periódico Noticias de Gipuzkoa, en 2008 se marchó a Asia con una beca de un año y todavía no ha encontrado el camino de vuelta. Desde 2013 reside en Ho Chi Minh (Vietnam), desde donde colabora con varios medios. De 2009 a 2012 trabajó como corresponsal de la agencia Efe en Manila. En 2012 creó junto al fotógrafo Biel Calderón el libro interactivo The Little Big Project

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