Del terror al silencio

Paco Gómez Nadal

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El municipio de Bojayá vivió la mayor matanza de la dolorosa guerra que desgarra Colombia. Nueve años después, los supervivientes siguen siendo las víctimas del conflicto y sufren con rabia y resignación la falta de iniciativas estatales. Un manto de olvido cubre el lugar

 

 

Joven atravesando el río en dirección a Bojayá, Chocó, Colombia

 

 

Minelia sabía que no estaba bien que cabezas y troncos no estuvieran juntos. Hay ciertas cosas que no deben suceder. Hasta en la muerte debería haber reglas. Tampoco consideraba Minelia que vivos y muertos debían yacer revueltos entre vísceras y lluvia. Por eso, Minelia concentró su tiempo entre las balas cruzadas de paramilitares y guerrilla en dos tareas urgentes. La primera, regalarle pequeños sorbos de agua con sal, a modo de suero improvisado, a las pocas personas que habían quedado con aliento dentro de la iglesia de Bellavista, cabecera del municipio de Bojayá (Chocó), y que no alcanzaron a hacerse oír y así escapar del infierno con el resto de aterrorizados supervivientes. La segunda requería de más pericia: poner junto a cada cuerpo ensangrentado, de las decenas de niños que dejaron de serlo ese dos de Mayo de 2002, la cabeza con la que nacieron y de la que se separaron cuando las FARC lanzaron dos tanques de gas convertidos en bombas caseras sin precisión, que cayeron en la iglesia donde se protegían de las balas unos 500 civiles.

       Minelia, en este juego de apariencias, es la loquita del pueblo, pero esa noche demostró tener más frialdad y humanidad que cualquiera. Más, eso seguro, que El Alemán –Freddy Rincón-,el jefe de los paramilitares que tomaron este pueblo unos días antes de la tragedia y que ha reconocido haber presenciado los largos días de batalla campal desde una avioneta, “con binoculares”. El Alemán, en las versiones rendidas ante la fiscalía colombiana, dentro del marco de la denominada Ley de Justicia y Paz, sólo reconoció ser responsable de una muerte: la de Minelia.

       Los binoculares debían estar mal calibrados. Minelia, seis años después de esa matanza, la mayor en la historia sangrienta de Colombia, (dejó casi 90 muertos, 100 heridos e hipotecó el futuro de las otras 1.500 almas que poblaban Bellavista) sigue viva y habla. Habla, dicen unos que sin sentido: “Es la que dice más verdades en este pueblo”, refuta Coca, o Bernardina Vásquez, una de las líderes naturales de este pueblo ahora desgajado, trasplantado a la fuerza, despistado y enfrentado.

 

Trasplantados a la fuerza

Hasta septiembre de 2007, Bellavista era Bellavista. Un pueblo como tantos otros a las orillas del contundente río Atrato, expuesto a todos los actores de esta guerra colombiana que dice no ser guerra, a las crecidas de este caudal que asusta, al abandono estatal, a la lluvia que a veces parece incesante en esta región calificada como una de las de más pluviosidad del planeta.

       También era un lugar tranquilo. Allí, en las precarias bancas de madera clavadas en la ribera del Atrato, he tomado algunos de los mejores rones de mi vida y he conocido a sus gentes, acostumbradas a convivir con el río, dispuestas a no perder la partida ante la pobreza. “No nos dejan disfrutar de esta tranquilidad”, me decía en julio de 2007 una muchacha de mirada triste y sonrisa floja.

Ejército y policía llegan a Bojayá a enterrar a las víctimas de la masacre. Mayo 2002/Corbis

 

 

Desde septiembre de 2007, Bellavista ya no es Bellavista. En ese mes, los últimos moradores fueron trasplantados a lo que el gobierno denomina Nuevo Bellavista y que la voz popular llama Severá –porque fueron años de promesas incumplidas hasta que se levantó este pueblo artificial a un costo de 34.000 millones de pesos colombianos (unos 15 millones de dólares)-.

       El viejo Bellavista es hoy un esqueleto sin piel. Lo camino con Carmencita, una de las cuatro misioneras agustinas que se han quedado como únicas habitantes de este pueblo fantasma. Propios y extraños se han robado la madera de las casuchas, el piso del centro de salud, los techos de zinc… Lo que quedaba ha sido pasto de las llamas, donde los soldados colombianos han enterrado la memoria de este lugar. Sólo queda en pie la iglesia donde ocurrió la matanza y la sólida casa donde viven las agustinas. Carmencita reúne en sus 150 centímetros de altura la dignidad de los que resisten. “Nunca estuvimos de acuerdo con cómo se hizo lo del nuevo pueblo, fue un chantaje”. Y así fue.

       Presencié en 2003 una reunión de la comunidad con Everardo Murillo, el responsable del proyecto por parte del gobierno nacional. Las opciones eran dos: o el nuevo pueblo tal y como lo habían diseñado los burócratas desde Bogotá o nada. Demasiados años de nada como para despreciar 265 casas nuevas.

Eso sí, hay maneras muy diferentes de describir Severá.

       Llego al Nuevo Bellavista en el bote de Macedonio, de un verde desgastado y con esas sillas plásticas recortadas en sus patas que hacen la vez de butacas de primera en el Atrato. Macedonio compró el renqueante motor de 15 caballos de potencia con parte de los 13 millones de pesos (unos 7.000 dólares) en los que el Estado valoró la vida perdida de su hijo de seis años, una de las víctimas de aquella matanza. “Ahora hay que subir todo a tierra porque hay ladrones en el pueblo. Uno no puede dejar nada en el bote. La Policía está ahí y no hace nada”.

       La cuesta para subir al Nuevo Bellavista se torna descomunal en este calor sofocante. El barro corre por la loma como testigo de la lluvia que inundó las nuevas calles hace unas horas. Es medio día y casi nadie está en estas calles sin árboles donde el sol multiplica su poder. Las casas –diseñadas por la comunidad según el pomposo informe especial de la Presidencia de la República- fueron pensadas para otro lugar, seguro. No hay un solo vecino que recuerde haber participado en el diseño de estas cajas de fósforos, con poca ventilación y cuyas paredes de bloque acumulan el calor del día para convertirlas en hornos en la tarde.

Los pisos son de cemento sin pulir, sin pintar, sin nada. Las pocas paredes repelladas –“dicen que van a ir repellando todas”- son tan precarias como el clima. Durarán poco.

Vecinos de Bojayá ante los escombros de la iglesia del pueblo. Mayo 2002

 

 

       El balance final de la Presidencia se hizo a propósito de la visita del presidente Álvaro Uribe el pasado 23 de octubre para entregar este decorado de pueblo. Llegó acompañado del Secretario de Estado de Comercio de Estados Unidos, Carlos Gutiérrez y de varios congresistas de ese país. El espectáculo fue casi perfecto.

       El informe oficial asegura que desde todas las casas se ve el río para mantener la cultura de estas gentes. Debe ser desde el techo, y no desde todos. El barrio conocido como las 80 casas está a más de un kilómetro del río. “Yo echo de menos mucho el otro pueblo, allá teníamos nuestro río y se conseguía la comidita fácil”, me dice una vecina que se esconde del calor tras los muros de su nueva casa. En el restaurante Punto y Coma –dos mesas acomodadas en la entrada de una casa como las otras- ya no acompañan el arroz y el pollo con patacones fritos de plátano verde, sino con un banano crudo. Extraña mezcla que se explica porque los botes que pasan por el río vendiendo pescado y plátano –ingredientes básicos de esta supervivencia- ya no paran en el Nuevo Bellavista por lo lejano de las casas. “Cuando paran, entonces cobran más caro por vender arriba. Le digo que estamos pasando apuro con la comida”.

       No hay mucho que hacer acá. Ya no hay centro del pueblo, que antes se identificaba en el triángulo formado por la iglesia, la escuela y la cancha de fútbol del viejo Bellavista. Bueno, y por las tiendas-bares que se ponían en fila frente al río para construir un malecón ficticio. Ya no hay grupos de vecinos reunidos. Sólo se ve la actividad de los policías armados para combate y cuatro hombres jóvenes que beben cerveza en el lejano billar de la entrada.

       “Con los policías ha entrado la vagabundería. Ahora se vende marihuana y bazuko (crack) y los pelaos (muchachos) la pasan tomando cerveza con ellos y aprendiendo malas cosas”. La queja de otra de las mujeres, que esconde su nombre para salvar la vida, se mezcla con el silencio generalizado sobre casi todo. “Es que hay informantes infiltrados y uno no sabe quién es quién”. Un silencio que según todas las fuentes también ha sido comprado en forma de empleos oficiales para los principales líderes del pueblo, que hasta 2005 fueron respondones y ahora son corderitos.

 

La nueva guerra

La guerra en esta zona del Atrato ha cambiado de forma, no de crueldad.

Cuando pisé por primera vez esta región, en 1998, el río estaba controlado por la guerrilla y los paramilitares desafiaban ese dominio entrando por tierra a las cuencas de los ríos Jiguamiandó y Curvaradó, donde a punta de sangre y desmembramientos abrieron espacio para los cultivos de Palma Africana. En esos últimos años del milenio no había transporte público por el río, las tomas violentas de uno u otro grupo se sucedían en Vigía del Fuerte, Mutatá, Pavarandó, en los ríos, por todas partes.

El nuevo pueblo en construcción

 

 

       La matanza de Bojayá fue un punto de inflexión que reorganizó el control territorial y modificó sustancialmente la estrategia del Estado.

Entré a Bellavista el 4 de mayo de 2002, dos días después de que, en medio de los enfrentamientos, 90 vidas, la mayoría de menores de edad, convirtieran la iglesia en una tumba abierta.

Para llegar allá, superamos al menos siete controles de la guerrilla, que dominaba Vigía del Fuerte, la población de la otra ribera del río, frente a Bellavista. Allí se apelotonaban guerrilleros del Frente 58 de las FARC y víctimas del desastre.

En Bellavista se enfrentaban unos 250 paramilitares contra unos 500 guerrilleros. Una lucha desigual que el ejército trataba de compensar con bombardeos selectivos, bombardeos que mantuvieron a la población civil bajo las colchonetas y les impidieron velar a las víctimas. La mayoría de los muertos de la iglesia fueron a parar a una fosa común que hoy nadie visita.

       En la actualidad, el Ejército y la Policía de Colombia se encuentra en los principales núcleos de población. Lanchas rápidas artilladas –pirañas-, patrulleras y puestos de control, se reparten a lo largo del río generando una ficción de control que se debilita con la realidad. Nada evitó a mediados de mayo que la guerrilla robara un bote con mercancía en un punto conocido como Brazo de Buchadó; nada evita que los miembros de Aguilas Negras –paramilitares reagrupados bajo otro nombre- estén en Vigía del Fuerte o en Quibdo, la capital del departamento del Chocó.

       Todo es más sutil ahora, pero igual de peligroso para la población civil. “Desaparecieron a un vecino en Napipí hace 10 días”, “De Bellavista se han tenido que ir cuatro muchachos que aparecían en una lista de los paramilitares”, “En el Bajo San Juan mataron a un líder indígena y desaparecieron a otros cuatro”… los relatos son interminables. “Pero ahora es muy difícil tener información, que la gente denuncie. Hay mucho miedo por los infiltrados. Los derechos humanos se siguen violando, pero ahora, además, no existe el derecho a la libre expresión”, se queja Uli Kollwitz, de la Comisión Vida, Justicia y Paz.

       Las comunidades están más solas. El dinero y las presiones políticas han sembrado la división en muchas de las organizaciones civiles de resistencia, las que lograron que estos pueblos no se desmoronaran en los duros años entre 1997 y 2002. Naciones Unidas se excusa en las reuniones privadas con el argumento de que todo lo que ocurre es debido al narcotráfico. En Colombia, el Chocó sigue siendo el lugar lejano, inhóspito e inviable que siempre han retratado los medios.

 

El peso de las mentiras

La metamorfosis de la guerra contamina casi todo. Antún Ramos es el sacerdote que se convirtió en héroe para la población de Bellavista el 2 de mayo de 2002 cuando, bandera blanca en mano, logró arrastrar entre las balas a los supervivientes de la iglesia hasta los botes en los que huyeron del infierno. Ahora, Ramos es párroco en el barrio Las Américas de Quibdó. Está orgulloso de las obras que está haciendo en su nuevo destino, pero no sale del asombro de la declaración de El Alemán ante la fiscalía, en las que éste lo responsabiliza de la muerte de ese mundo de civiles por meterlos en el templo y, según el paramilitar, haber cerrado con llave.

“Yo no sé si hay que contestarle a ese hombre…”. Esa duda ronda en todos a los que El Alemán ha untado con sus palabras. “La sensación es que lo que él dice vale más que lo que nosotros vivimos”, insiste Coca desde su nueva casita en Bellavista.

       Rosa Emilia Córdoba, a sus gastados 48 años, describe a las víctimas de otra manera: “Somos las sobras del mundo”. Esta mujer carga como una losa en su alma la muerte en aquella iglesia de su hijo Ilson, de 19 años; de su madre Rufina, de 76 años, y el estigma de ser desplazada en Bojayá. Rosa no había vuelto a Bellavista desde su huida en pijama el 4 de mayo, con una hija de 15 años herida de bala y dejando atrás todas sus pertenencias y sus dos muertos. Viajó hasta allá el pasado 28 de Mayo para escuchar las grabaciones con las palabras de El Alemán, que la fiscalía presentó a la Comunidad, para someter a una especie de terapia colectiva de 6 horas y dudosos beneficios a los habitantes fantasmas del nuevo pueblo. “No me atreví a ir al pueblo viejo, demasiados recuerdos. No pude”. Como tampoco va poder regresar a vivir en la casa que le correspondió: “Yo no quiero regresar a mi pueblo por los recuerdos, como por la tristeza y, bueno…, por la rabia que tengo. Rabia con la guerrilla, rabia con los paramilitares y con el Gobierno. Oiga, eso no tenía que haber pasado”.

Niña en el poblado de Nuevo Bellavista/Paco Gómez Nadal

 

 

       Rabia y resignación son los dos estados que más aparecen cuando se pregunta a estas gentes cómo se sienten seis años después. Han tenido que esperar todo este tiempo para que un juez administrativo de Quibdo confirme que el Estado es responsable por omisión de aquella matanza, ya que recibió alertas tempranas de diferentes organizaciones días antes del suceso, advirtiendo de la inminencia de un choque armado de grandes dimensiones en pleno casco urbano. Seis años para escuchar eso y para sentir que aún no se ha hecho justicia. En Quibdo se encuentran ahora cientos de desplazados de aquellos miles que salieron de todo el municipio de Bojayá en 2002. Los estudios señalan que apenas regresó el 60% de los huidos. No hay empleo en una ciudad sin fuentes de ingreso y las condiciones de vida son muy precarias. “De mi familia cayeron 12 en esa iglesia. Yo no pienso volver, tengo todavía el nervio en el cuerpo”. Miriam Martínez, de 58 años, habla con los brazos cruzados y la tristeza enquistada. Junto a otras cinco mujeres trabaja por unos pesos fabricando hostias para las iglesias. “Es poca plata, pero lo agradecemos, aquí es difícil amañarse [sentirse bien] porque nos miran como si con nosotros llegara todo lo malo”.

       Seis años han pasado y la sensación de frustración es más fuerte que la posibilidad de un futuro. A Bellavista entré en plenos combates el 4 de mayo de 2002 con la primera comisión humanitaria que rompió el cerco de miedo y riesgo. Estaba conformada por miembros de la Diócesis de Quibdó, los únicos que han estado con los civiles todo el tiempo, sin pestañear. La religiosa Yaneth Moreno iba en ese bote y con ella estuvimos bajo los bombardeos, retenidos por la guerrilla en la retaguardia del frente de esa guerra. Hoy, la hermana Yaneth constata que nada mejora, aunque sigue luchando con la misma energía. “Es tan frustrante ver como no sólo las cosas han vuelto a ponerse mal, sino que los medios en Colombia ya no muestran interés en lo que ocurre aquí. Ahora estamos sumidos en el silencio”.

       Cuando me dirijo al aeropuerto de Quibdó, siento que volver acá es regresar a la realidad más perversa de Colombia, la que queda solapada tras los aspavientos de los Uribes, los Chávez o de los bravucones armados de uno u otro bando. Y al caminar hacia el avión, volteo la vista y una pancarta me recuerda que en esta guerra, como en casi todas, la verdad queda solapada por los discursos y las mentiras: “Bienvenidos al Chocó, tierra de biodiversidad y seguridad. Policía Nacional de Colombia”.

 


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Hermosa crónica de una triste realidad cotidiana, porque aquí no ha cambiado nada. Se siguen agudizando las contradicciones, pero el miedo puede más que el deseo de protestar.
Así como el caso de Bojayá hay muchos otros en esta maltratada Colombia. Bastaría cambiarle el nombre por cualquiera de los otros cientos de poblados arrasados por esa lucha fratricida en la que los civiles somos la carne del emparedado.
Pero "Aquí no pasa nada"

Empezar el año con la lectura de esta triste realidad es apesadumbrarse por tanto sufrimiento ignorado, visualizar los rostros de toda esa gente que el autor describe en su reportaje, sumergirse en un mundo tan lejano a los brindis y cohetes de celebración. Jurar silentes por tanta infamia. Y, también, agradecer a Paco Gomez Nadal y a Frontera que nos reconcilien con el buen periodismo, el de verdad. Enhorabuena.

ISSN: 2173-4186 © 2017 fronterad. Todos los derechos reservados.

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