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El mirador el blog de Alfonso Armada


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15 de febrero, 2012

El tiempo que nos mira

 

 

El cajón tiene un tirador que es un homenaje al vacío. Un arco de medio punto, invertido y diminuto, del tamaño de un peón de ajedrez chato como la yema de un español sin alzas. El hueco ha sido troquelado con una sierra de marquetería en una lámina de madera sin pretensiones, y luego suavizado por una lima de superficies amables. Por el arco asoma un reloj que dejó de funcionar hace años. Me mira con una ironía letal. A veces pienso que está conteniendo la carcajada.

 

A Jill Abramsom, la primera directora del New York Times, le reprochan que como periodista de investigación haya perdido el tiempo dedicando su segundo libro (el primero, con su amiga Jane Mayer, trataba del escándalo de la elección de Clarence Thomas como juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos) a su perro: Diarios de un cachorro: la cría de un perro llamado Scout. La salvación del alma depende de cómo tratamos a los animales.

 

A partir de la historia de Friedrich Nietzsche abrazándose a un caballo que su dueño apaleaba en una calle de Turín, el cineasta húngaro Béla Tarr ha filmado una película sobrecogedora: El caballo de Turín. Plagada de metáforas, símbolos y referencias (que van de Carl Theodor Dreyer a Samuel Beckett pasando por Franz Kafka), Tarr planta su historia en blanco y negro en el destartalado cine Luchana de Madrid (una única función al día en un único cine en una ciudad de más de cuatro millones de muertos) una tarde-noche de frío siberiano. Quien quiera puede extraer su parábola de la larguísima secuencia inicial del carro tirado por un viejo caballo en medio de una insidiosa tormenta. El carretero es un hombre con trazas de profeta, capitán Ahab de secano, con el brazo derecho inerte, que llega a su casa perdida en medio de la tierra yerma, donde el viento seguirá soplando día y noche. En seis días que transcurren lentamente entre rutinas y pocas palabras vemos cómo la hija ayuda a su padre a quitarse la ropa de calle al acostarse y al levantarse (dejándole siempre la misma ropa interior de invierno), coger agua de un pozo sin roldana (hasta que se seca), cocinar una patata para cada uno como única comida del día (él devora la suya quemándose los dedos y la boca, hasta que, como el caballo, va dejando de comer), cómo la noche se va apoderando de todo, las lámparas (pese a estar llenas de aceite) dejan de alumbrar, las brasas se apagan y, con la oscuridad de antracita, cesan el viento y la vida.

 

Avanzo lentamente en la lectura de las 887 apretadas páginas de La Torre, la novela de Uwe Tellkamp ambientada en el final de la República Democrática Alemana. Me encuentro con la admirada Hedwig Kolb, profesora de lengua y de francés. Los alumnos se esmeran para que su redacción sea elegida como la mejor de la clase. En una sobre tema libre, Heike Fieber escribe sobre los humores y se lleva los parabienes: “Todo es por los humores. Si algo sale torcido, es por torcimiento de los humores. La sangre es un humor muy particular, como ya dijo Goethe. Hay una vertical del humor y una horizontal del humor. Luego hay las tiendas del humor, y hay además los crímenes del humor. Vivimos en la ERA DE LOS CRÍMENES DE LOS HUMORES”.

 

La redacción de Heike Fieber, y el tiempo que tardo en avanzar en la lectura del libro de Uwe Tellkamp, me llevan a La nueva vida adicta, el artículo de Suso de Toro que publicó el lunes en La Vanguardia y que leí en el autobús mientras volvía a casa desde el periódico. Tras obviar “la irreversiblidad y las ventajas de la red”, dice De Toro que internet se lleva nuestro tiempo, nuestra atención y nuestras energías. “Nosotros somos su alimento, devora una parte de nosotros y deja quedar su defecación [extraña sintaxis, todo sea dicho], la ansiedad. Aunque no lo queramos reconocer la red nos ha hecho adictos, somos sus yonquis siempre ansiosos”. Escribe Suso de Toro que “la literatura como institución ha desaparecido (¿cuál es el canon estético hoy, cuando no hay memoria de un libro publicado hace treinta, veinte, diez, cinco años?). Naturalmente, con la desaparición del lector de libros viene asociada la crisis de la literatura en general, entendida en su sentido etimológico como texto escrito. Seguirá habiendo literatura, seguro, como la hubo antes de Gutenberg, pero no del modo en que llegó a las generaciones de lectores de libros hasta el siglo XX”. Antes, en el tercer párrafo de su diatriba –que recoge acaso el testigo de otros apocalípticos como Nicholas Carr o Mario Vargas Llosa-, el novelista gallego anota que “para comprender lo radical que es el desafío al libro, esa batalla que se libra dentro de nosotros, debemos contar las horas que permanecemos a la semana delante de la pantalla [¿y si estamos leyendo reportajes de largo aliento, como los que publica el New Yorker de papel en su versión para tabletas?]. Las horas son limitadas y el adicto, ya se sabe. En nuestras vidas no queda lugar para el silencio, el aburrimiento, la desocupación que pide el embeberse en un texto, la lectura continuada de un libro pide estar ‘desenchufado’, ‘desenganchado’ de cualquier conexión a internet. A poder ser, en un lugar sin electricidad. No es la crisis del libro, es la crisis del lector de libro. Los lectores nos estamos desvaneciendo, crisálidas de un ser nuevo”. ¿Es así? Si, como hizo Nicholas Carr, me convierto en objeto de estudio seguro que descubro un morse de interrupciones, una dificultad creciente para desconectar. No comparto la razón de fondo, y sin embargo no dejo de reconocer en esa progresiva derrota del libro una pérdida que tal vez sea irreparable. Y eso no quiere decir que padezca de incurable nostalgia. Hay avances irreversibles que pueden acabar siendo retrocesos. Lo contrario no es más que idolatría del progreso.

 

Así salto en este artículo que no cumple ni lo pretende con los requisitos del género a la falta de atención en la que me reconozco como en un espejo pavoroso y a la que se refiere en uno de sus poemas más redondos Wislawa Szymborska. Me hubiera gustado entrevistarla en la cocina de su casa de Cracovia, antes que de que se fuera con su petate y sus cigarrillos al otro barrio, como hizo el otro día. El poema, como era de imaginar, se titula precisamente Falta de atención, y reza así:

 

 

Ayer me porté mal en el cosmos.

Viví todo el día sin preguntar por nada,

sin sorprenderme de nada.

 

Realicé acciones cotidianas,

como si fuera lo único que tenía que hacer.

 

Aspirar, espirar, un paso tras otro, obligaciones,

pero sin pensamientos que fueran más allá

de salir de casa y volver a casa.

 

El mundo podía ser tenido por un mundo loco

y yo lo tuve para mi propio y trivial uso.

 

Ningún cómo, ningún porqué,

o de dónde ha salido éste,

o para qué quiere tantos impacientes detalles.

 

Fui como un clavo superficialmente clavado en la pared,

o (aquí una comparación que no se me ha ocurrido).

 

Uno tras otro se fueron sucediendo cambios

incluso en el limitado campo de un abrir y cerrar de ojos.

 

En la mesa más joven, con una mano un día más joven

había pan de ayer cortado de forma distinta.

 

Las nubes como nunca y la lluvia como nunca,

porque era con otras gotas que llovía.

 

La Tierra giraba sobre su eje

pero en un espacio abandonado para siempre.

 

Duró sus buenas 24 horas.

1.440 minutos de ocasiones.

86.400 segundos que mirar.

 

El cósmico savoir-vivre

aunque calla sobre nuestro asunto,

exige, sin embargo, algo de nosotros:

una cierta atención, un par de frases de Pascal

y una sorprendente participación en este juego

de reglas desconocidas.

 

 

El tiempo escasea, dicen. Observen si no a mi viejo reloj encerrado desde hace años en ese cajoncito. Sin crescendo no hay lector que llegue tan lejos, es decir, tan abajo. Pero no por ello voy a dejar de intentarlo. Entre los libros desechados esta semana, tal vez porque la reseña ya ha sido encargada, o porque no hay sitio (a la falta de tiempo se añade la falta de espacio), encuentro una buena edición de las Geórgicas, de Virgilio. Abro el libro al azar y doy con lo que no busco: “Muchas faenas son más llevaderas con el frescor de la noche, cuando el lucero matutino al rayar el alba cubre la hierba de rocío. De noche se siegan mejor los tallos de cereal tierno, de noche también los prados resecos; nunca falta de noche la humedad que torna correosas las plantas. Hay también quien trasnocha hasta muy tarde y al amor de la lumbre invernal va tallando espigadas antorchas a punta de cuchillo; mientras tanto, su mujer con un peine aguzado recorre las telas, alegrando con tonadas la inacabable tarea, o cuece en el fuego el licor de dulce mosto y con una rama va espumando los borbotones de la olla que se bambolea”. ¿De qué mundo estamos hablando? ¿De qué mundo podemos hablar? El ojo de mi antiguo reloj de pulsera, como si estuviera en la muñeca del conejo de Alicia, me mira y se regodea. Cosa de humores.

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