Toni Servillo

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    Toni Servillo, artista artesano, lleva su teatro a Madrid

    Anne Serrano, Génova - 14-05-2014

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    Toni Servillo, uno de los actores y directores de teatro más aclamados dentro y fuera de Italia, es un autodidacta que nunca ha recibido una clase de interpretación. El protagonista de La gran belleza, Óscar a la mejor película extranjera de este año, Il divo, Gomorra y de las producciones teatrales Trilogia della villeggiatura y Le voci di dentro (del 15 al 17 de mayo en el Festival de Otoño a Primavera en Madrid), se define como un artista artesano y confiesa que sabrá si ha llegado a algo en su carrera cuando descubra si ha valido la pena todo lo que ha dejado de hacer para conseguirlo.

     

    Actor poliédrico de la máscara de goma, riguroso intérprete y director de escena, napolitano como Eduardo de Filippo y Polichinela, Giulio Andreotti en nuestro imaginario, mafioso en la Gomorra de los residuos tóxicos, melancólico seductor Jep Gambardella en la decadente Roma actual. Marco Antonio Servillo (Nápoles, 1959), más conocido como Toni Servillo, es más que un actor de moda. Celebra el Oscar a La gran belleza llenando el teatro cada noche con Le voci di dentro, de Eduardo de Filippo, que protagoniza junto a su hermano Peppe y también dirige.

     

    Todavía con la resaca de los Oscar acuestas, Servillo volvió a Italia como un rayo para retomar la gira de Le voci di dentro. Tras las representaciones en Padua, llegó al Teatro Stabile de Génova el 11 de marzo. Convocó al público genovés en una especie de rueda de prensa popular que tuvo lugar en el Teatro della Corte, la sala principal del Teatro Stabile, el mismo donde la noche anterior se había representado la obra. Normalmente estos encuentros con actores, muy frecuentes en el teatro institucional italiano, se celebran en petit comité, en el hall del teatro, pero Servillo es el personaje del momento, además viene de Hollywood y el público genovés acude al encuentro curioso por saber más sobre un personaje que se prodiga poco en la prensa. La platea está casi llena. No es extraño teniendo en cuenta que las entradas para Le voci di dentro se agotaron para todas las funciones en cuanto salieron a la venta.

     

    Toni Servillo aparece en el escenario y el público aplaude calurosamente, como hizo en la representación en cuanto el actor pisó las tablas. Aquí es costumbre aplaudir a los actores consagrados en cuanto se asoman al escenario, aunque esto suceda ya avanzada la función. A su espalda la escenografía de Le voci di dentro, la cocina donde se desarrollan las primeras escenas. Pero Toni ya no es Alberto Saporito, su personaje en la obra. Ahora es un actor de 55 años, aunque aparenta más. A pesar de ello y de su pronunciada calvicie, resulta atractivo. Aumenta el sex-appeal su voz cálida y la coreografía sensual de sus manos, que acompañan siempre sus palabras haciendo honor a su origen partenopeo. Cuando interpreta su personaje en la función, se hace todavía más evidente y prodigiosa esta comunión entre voz y gesto.

     

    Resulta simpático sin llegar a ser campechano. Se diría que es consciente de dónde está, aunque sin caer en la soberbia. Pero sobre todo es feliz y lo confirma cuando reconoce que el éxito le ha permitido reducir la distancia entre la realidad y los sueños.

     

    Utiliza un italiano culto y algo construido que traiciona con expresiones en dialecto napolitano. Una periodista coquetea con él descaradamente. Insiste en que “no le importaría ser malinterpretada”, pero Toni la ignora, aunque la señora vuelve al ataque. Tampoco quiere alimentar la polémica que ha despertado el Oscar a La gran belleza en ciertos medios de comunicación. Recientemente el actor mandó a paseo (por usar un eufemismo) a otra periodista empeñada en que el actor reconociese que el premio lo hubiera merecido más otra película italiana. Servillo deja claro que comparte la decisión de la Academia de Hollywood, como la mayoría de los italianos, según su opinión, y lamenta que siempre haya quien le ponga peros a las pocas noticias positivas que tienen que ver con Italia.

     

     

    Artesano del teatro

     

    “Fuera del escenario me siento desalojado”. Con esta frase de Carlo Goldoni, Servillo describe su relación con el teatro, una historia de amor correspondido que inició en los años setenta. Con menos de veinte años fue uno de los fundadores del Teatro Studio de Caserta, donde empezó a dedicarse al teatro de innovación y realizó las primeras giras por Italia y Europa. Posteriormente conocería a Mario Martone en el grupo Falso Movimiento, con quien inició una estrecha colaboración cinematográfica que dio como resultado varios filmes, entre ellos Gomorra, basado en la novela de Roberto Saviano. Fue uno de los fundadores de Teatri Uniti, junto a Martone, compañía que dirige y con la cual ha coproducido Le voci di dentro y Trilogia della villeggiatura. Ha interpretado y dirigido obras de De Filippo, Viviani, Pirandello y de autores franceses del siglo XVIII. Como director de ópera ha llevado a escena obras de Mozart, Strauss, Mussorgski y Beethoven en los teatros San Carlo de Nápoles, La Fenice de Venecia o São Carlos de Lisboa.

     

    Este todoterreno de la interpretación y la dirección describe el teatro como un misterio en el que se consigue la máxima verdad con la máxima ficción, relación que culmina cuando el público acepta esa convención y pone de su parte para creérsela. Esta es la mecha hace explotar la dinamita que hay dentro del texto. Un peso fundamental en esta devoción la tienen los autores, De Filippo, Goldoni, Molière, Marivaux. Se refiere al autor napolitano (para él y los italianos simplemente Eduardo) como el Molière italiano y lo considera el mejor actor del siglo XX. Para Servillo el autor de Le voci di dentro, Filumena Marturano, Napoli milionaria! o Questi fantasmi! es un tesoro para los actores, que encuentran en sus obras multitud de ocasiones para ponerse a prueba. Sus personajes han sido interpretados por grandes actores como Lawrence Olivier, Orson Welles o Ralph Richardson, que también ha representado Le voci di dentro. “Eduardo contaba al mundo lo que conocía, por eso resultaba claro, eficaz y buen comunicador. Hablaba desde Nápoles a todo el mundo. Los hermanos De Filippo actuaban como si estuvieran comiendo.

     

    Le voci di dentro es un análisis de la condición humana, la obra más dramática de Eduardo De Filippo. La escribió de una tirada, se dice que en diecisiete horas. Habla de la manera de estar en el mundo, del conflicto entre el hombre y la sociedad. Es una pieza sobre la duda y también sobre la ironía napolitana. Las voces de dentro son las que están por debajo del ser, una mezcla de rumores que surgen de lo profundo, pero también de la realidad. Aquí el sueño produce realidad. No es un problema de conciencia, aunque en la obra sea muy importante la cuestión moral. Eduardo De Filippo es el último representante del gran teatro popular, un teatro que se hacía para que el pueblo se reflejara, como sucede con la gran literatura. Para De Filippo la guerra provocó no solo destrucción física, sino también una destrucción moral. Esta destrucción está presente todavía hoy en día en Italia y no logramos salir de ella.

     

    Le voci di dentro no recuerda al resto del teatro de De Filippo. El humor ruidoso y tradicional de otras obras da paso aquí al humor negro y al absurdo. Se inicia con el despertar del día, con la criada que duerme en una silla cuando se levanta el telón. El sueño como telón de fondo. Los personajes recuerdan sus sueños de juventud o padecen insomnio. Alberto Saporito (Toni Servillo) acusa a la familia Cimmaruga de haber matado a su amigo. Del sueño a la denuncia y a la intervención de las fuerzas de seguridad. De aquí en adelante el sueño invade el escenario. Detonador de impulsos y mezquindad hasta convertirse en pesadilla. Alberto se pregunta si es posible que uno se meta en un lío mientras duerme. Personajes que se mueven entre sueño y realidad como el tío Nicola, que habla con chupinazos porque el mundo se ha quedado sordo y él ha decidido ser mudo. Una escenografía de sillas malabaristas que se sostienen en el aire, porque la realidad es frágil, como la mente de los hombres, sus relaciones y la supervivencia en la posguerra. Todo acaba en miseria. La solidaridad de los hermanos Saporito se transforma en recelo. Acabarán vigilándose uno a cada lado del escenario en una de las escenas más inquietantes del espectáculo. Uno se duerme, el otro permanecerá agarrado a una vigilia más cruel que el insomnio.

     

    Servillo señala que ha elegido esta obra porque describe los tiempos amargos que atravesamos. Lo define un tiempo de barbarie, en el que, viendo la televisión o simplemente caminando por la calle, se vive la angustiosa imposibilidad de reconocer las señales y el fondo del que llegan. “Encendemos un botón y todo entra en casa. Se nos informa de todo, pero desconocemos el origen de la información”. En contraposición sitúa el teatro, un lugar donde hombres vivos hablan a otros hombres vivos. Con el teatro se entra en la vida de las personas, como la escenografía de Le voci di dentro se adentra en la platea. Nos tiene que poner delante de nosotros mismos desnudos. Es el único arte que presenta una unidad de tiempo y espacio. En el teatro se escucha y, con sencillez y sinceridad expresivas, se pueden aclarar las cosas. “Este teatro, y a menudo también el cine, sirven para curar la angustia. Pero no el cine que imita los videojuegos donde existe una contigüidad entre violencia y sexo, donde se ejerce violencia sobre el cuerpo y se hace un uso denigrante del cuerpo de las mujeres. Esto me lleva a decir que este es un tiempo de barbarie y lo que tenemos que hacer cada uno de nosotros en nuestro ámbito es lanzar mensajes de sencillez, de humanidad, para evitar enturbiar más las aguas”.

     

    En este aspecto Le voci di dentro resulta muy actual porque presenta un retrato de dos modernos Caín y Abel, dos hermanos sin fe ni esperanza, que son la imagen de una fraternidad herida. De Filippo era un moralista, prevenía al público de los peligros y daños que se pueden causar viviendo sin escuchar las voces de nuestra conciencia civil.

     

    Cuando era niño, Toni Servillo vio actuar a Eduardo De Filippo, cuando sus padres le llevaban al teatro. Se siente unido al cómico y dramaturgo napolitano porque, como Molière, fue un autor que lograba llegar al corazón y a la mente del público a través de sus obras y contribuía a concienciar a la gente y a infundirles conciencia propia, autonomía. Servillo trata de reproducir la forma de afrontar el teatro como se hacía en aquella época, cuando las compañías estaban compuestas por miembros de la misma familia, como era el caso de los De Filippo. Hijos de un comediógrafo y de una sastra de teatro, los hermanos Titina, Peppino y Eduardo formaron compañía. Reconoce que eligió poner en escena Le voci di dentro porque quería hacer teatro con su hermano Peppe, que también es su hermano en escena. Esto le permite multiplicar el efecto seductor que la fusión entre realidad y ficción provoca en el público, proponiendo a la vez una invitación a disolver la relación artificial entre una estudiada naturalidad y una calculada inmediatez.

     

    Toni Servillo es también un enamorado de su Nápoles natal. Ha elegido vivir en Caserta, localidad bronca de la Campania abandonada a la Camorra. Sin embargo, dice Servillo que en Nápoles se vive el sentido de pueblo, que todavía hay hombres y mujeres y no la representación de estos, como sucede en otros sitios. “Por suerte existe todavía gente genuina que quizás en otros lugares del mundo ha ido desapareciendo. En Nápoles hay autenticidad incluso en la mentira, lo que puede parecer una paradoja, pero es así”. Destaca que la capital de la Campania ha representado siempre la excelencia en las artes y los napolitanos sienten todavía el influjo de esta “gran belleza”. Recuerda que en los siglos XVI y XVII, Catalina de Rusia iba a Nápoles en busca de cantantes y músicos.

     

    “Los antropólogos dicen que el carácter napolitano es muy teatral. Yo creo que para un artista es mejor vivir allí que en Bolzano, sin ánimo de ofender a los habitantes de esta ciudad del norte de Italia. Aunque en Nápoles no haya escuelas de teatro, existen muchos autores y directores autodidactas”. Él tampoco ha recibido nunca una clase de interpretación, pero esto no le ha impedido escribir un libro en el que establece sus principios sobre la actuación y la dirección. Se trata de Interpretazione e creatività (Editorial Laterza), un libro-entrevista, escrito junto a Gianfranco Capita, en el que apoya la idea de un actor artesano que se esfuerza día a día y estudia constantemente, que huye de la creación mágica, de la inspiración, de la genialidad repentina. Un actor artesano que entra en sintonía con el texto dramático, el núcleo del que nace la creación escénica y por este motivo hay que respetar. Desconfía del actor mattatore y del director-crítico, quizás la figura más peligrosa por ser la que domina el teatro actual. Se refiere al director que, único dueño y señor la puesta en escena, cede ante la eficacia y se impone al público. Un director que abandona el montaje y la compañía después del estreno. Como alternativa a este efectismo, cree que la compañía se debe acercar a la obra de un autor conducida por el interés hacia este, por los temas que trata y la dramaturgia. Solo luego se elegirá una de sus textos como si se tratase de un terreno que hay excavar a través de pequeños pozos artesanales, de exploraciones. Del mismo modo se buscan los actores, tratando de reunir un grupo homogéneo de personas, en sintonía con el autor, sus temas y su sensibilidad. Solo al final se decidirá qué papel otorgarle a cada uno. En este proceso confluyen la tarea del director y la de los actores. En definitiva, el director dirige eficazmente a los actores solo si es un intérprete más en el montaje. No puede comportarse como un director de orquesta que dirige desde un podio.

     

    La analogía con el concierto es clave para comprender el trabajo de la compañía con el texto. Se presenta a los actores como una partitura a la que tienen que asomarse sin realizar un análisis crítico, buscando desde el primer momento una relación placentera con la misma. Los ensayos han de ser un ejercicio constante de sabiduría teatral, un proceso que podría durar hasta el infinito. En la óptica de Servillo, la repetición que conllevan los ensayos no deteriora la frescura expresiva del actor, sino que se transforma en el momento esencial de la creación teatral, nutre la relación íntima y cotidiana que el actor cultiva con el propio personaje. Y después, en las representaciones, en el continuo examen de las hipótesis y las soluciones buscadas durante los ensayos, se alcanzarán eficaces resultados. Sobre esto Servillo es lapidario, “las cuatrocientas representaciones de Sabato, domenica e lunedì (la obra de De Filippo con la que estuvo de gira cuatro años) nos han permitido profundizar en el texto y en el teatro de una forma que no podíamos ni imaginar al principio de nuestro viaje”. Establece una idea de teatro en torno al que se depositan reflexiones y juicios sobre las condiciones actuales de nuestra vida cultural, desde la importancia de recuperar ligereza, sencillez o el erotismo que es propio de la experiencia teatral, hasta consideraciones más técnicas sobre la dirección de óperas o sobre su trabajo en el cine.

     

    Juzga que la televisión maleduca a la gente, al público, que su compañía necesita no solo para sobrevivir económicamente, sino para encontrar un interlocutor necesario que reaccione a sus propuestas. Convertidos en una especie de improvisados médicos, los actores de la “verdadera” compañía de teatro son capaces de identificar durante las largas giras por Italia zonas geográficas  “sanas” que disfrutan de auténticas iniciativas culturales y otras “enfermas”, adictas a la televisión y víctimas de las desafortunadas iniciativas de algún concejal aburrido. Buena parte culpa se la echa Servillo a gran parte del teatro actual, un producto depresivo hecho por actores y directores deprimidos. Un teatro horrendo que es lógico que esté en crisis porque no nace para gustar, sino para gustarse.

     

     

    El rostro de la Italia de hoy

     

    De él se dice que es el actor más versátil de la historia del cine italiano. Gracias a Il Divo, Gomorra y La gran belleza y a sus últimas producciones teatrales, su fama ha transcendido las fronteras de Italia. Sus interpretaciones en la gran pantalla le han procurado más de doce premios del cine italiano y europeo, entre otros, el David di Donatello y el Nastro d’argento como mejor actor protagonista, premio del Cine Europeo de Berlín, premio del Festival de Sevilla y premio Pasinetti de la Mostra de Venecia. Ha contribuido notablemente al renacimiento del cine y del teatro italianos.

     

    Ha trabajado con los mejores directores del cine italiano actual. Actor fetiche del también napolitano Paolo Sorrentino, a cuyas órdenes ha construido, entre otros, el impenetrable Giulio Andreotti de Il divo, el meticuloso mafioso que se desvelará un romántico impenitente de Le conseguenze dell’amore y el melancólico escritor que, a pesar de sus desengaños, sigue creyendo en La gran belleza. De nuevo con otro napolitano, Mario Martone, con quien también ha trabajado en teatro, ha interpretado a un boss del hampa napolitano en Gomorra y al Mazzini del Risorgimento en Noi credevamo, por nombrar algunas de las películas más conocidas del director. Con el emergente Andrea Molaioli fue un comisario a la búsqueda del asesino en La ragazza del lago y más tarde el contable sin escrúpulos del filme de denuncia Il gioellino, inspirado en el crac de la empresa Parmalat. En Una vita tranquilla, el debut de Claudio Cupellini, volvió a dar vida a un exmafioso al que, en este caso, le pasa cuentas su pasado. Servillo fue en La bella addormentata, de Marco Bellocchio, un senador del Popolo della Libertà dispuesto a votar a favor de la eutanasia desoyendo los dictados  de su partido. La película llevó a la pantalla el polémico caso Englaro, que dividió a la opinión pública italiana a favor y en contra de la muerte dulce. Los personajes de Servillo, al igual que las historias en las que se enmarcan, a menudo denuncian controvertidas páginas de la reciente historia italiana, en ocasiones relacionadas con el sacrificado sur del país. En esta dirección podríamos añadir a la larga lista de las producciones más recientes en las que ha participado Viva la libertà, de Roberto Andò, una interesante reflexión sobre la necesidad de recurrir a la creatividad en política como antídoto de la degradada realidad, y È stato il figlio, de Daniele Ciprì, que retrata una sociedad que ha perdido su identidad y se ha rendido a las tentaciones del consumismo.

     

     

     

     

     

     

    Anne Serrano es actriz y profesora de español en la Universidad de Génova. En FronteraD ha publicado Recordando a Adela en Madrid y La Habana, Historia de ZoeBerlusconi, rey de Absurdistán, Hace diez años el G8 puso a Génova en estado de sitio y El camino de las migas de pan.

     

     

     

     

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