Del viernes de descanso al viernes de la rabia

Miércoles, 6 de abril de 2011

Carla Fibla

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Es el día de la semana más temido por los autócratas y represores que llevan varias semanas maniobrando para que los pilares de sus regímenes dejen de tambalearse. El viernes después del rezo del mediodía, del “salat al yumaa”, de forma espontánea u organizada a través de las redes sociales (Facebook, Twiter,…) o de sencillos SMS rebotados por los móviles, miles de personas acuden a los lugares de referencia, a los símbolos de la revuelta, para seguir exigiendo el cambio.

        El viernes 1 de abril no fue una excepción. Los jóvenes del 25 de enero convocaron a los egipcios en la Plaza Tahrir para Salvar la revolución. Expresaron en voz alta su temor a que la Junta Militar que dirige el país desde el pasado 11 de febrero no llegue a establecer un sistema democrático. Los egipcios, en un ejercicio de realismo nuevo en la región, mantienen un alto grado de vigilancia y autocrítica ante un cambio de régimen que muchos consideran que “no ha comenzado”. Fue el Viernes de los Mártires en Siria, donde miles de personas desafiaron el fuerte despliegue policial y militar en Deraa, Latakia y algunos barrios de Damasco (Douma) para recordar a las más de 60 víctimas de la semana pasada.

      El viernes de lo suficiente, llamaron los yemeníes de la Plaza Taguir (del Cambio), junto a la Universidad de Sanaa a su nueva jornada de protestas, mientras los simpatizantes del presidente Ali Abdullah Saleh la bautizaban Viernes de la hermandad y volvían a reunirse con fotografías y banderas en el estadio de la ciudad. Otra escenario de rivalidad entre manifestaciones pudo contemplarse en Ammán (Jordania), donde unas mil personas pidieron reformas y cambios democráticos, rodeados por un doble cordón de policías y fuerzas antidisturbios, junto al ayuntamiento de la capital. A escasos metros, varias decenas de partidarios de la monarquía hachemí  lanzaban proclamas contra los que “pretenden dividir el país” acusando a los jordanos de origen palestino (cerca del 70% de la población) de atacar al rey Abdullah II.

        En el mundo árabe ya no se descansa los viernes. Policías, militares, fuerzas antidisturbios, francotiradores vestidos de civil, permanecen en alerta, dispuestos a entrar en acción frente a los ciudadanos que siguen llevando su lucha al extremo, utilizando todas las referencias posibles, cualquier resquicio legal o posibilidad de reunión, para hacerse oír desde su compleja pluralidad con un objetivo común.

      Walid Nuiheb, redactor jefe del principal periódico de la oposición bahreiní,  Al Wasat –suspendido esta semana por “divulgar información falsa sobre las protestas” y por “dividir a los dos grupos sociales del país: chiíes (mayoría) y suníes (élite gobernante)”; pero reabierto después de que fuera destituido su director, Mansur al Jamri-, ha explicado  que la opinión pública árabe empieza a definir sus posturas ante las revueltas: “Las opiniones están divididas entre visiones ideológicas, regionales, sectarias, doctrinales y étnicas, por una parte; y decisiones políticas, objetivas y humanas, por otra. (…) Una corriente apoya las manifestaciones con entusiasmo, emoción y sin vacilación o demora (…) porque son un punto de inflexión que cambiará la historia árabe; otra respalda las manifestaciones con reservas y coherencia, diferenciando un país de otro, apreciando el impacto del crecimiento desigual en el grado del cambio; otra rechaza las manifestaciones por razones ideológicas, considerándolas un conjunto de conspiraciones impulsadas por fuerzas extranjeras; y otra corriente aplica un criterio selectivo, respaldando las protestas en algunos países y censurándolas en otros. (…)  Un método oportunista de doble lectura".

       A pesar de que se parte de realidades diferentes, riquezas naturales diversas y una historia que está obligando a vivir las revueltas de forma muy desigual en cada país del mundo árabe, hay errores comunes y sobre todo “tácticas fallidas” que, como apunta Fayz Rashid en el rotativo al Quds al Arabi, se repiten. “(…) Por lo que parece, incluso aunque Libia se convierta en escombros, lo que más importa es la permanencia de la familia en el poder, olvidando que con esa insistencia se están destruyendo todas las infraestructuras del país, tal y como sucedió en Irak, que, junto con el petróleo son propiedad del pueblo libio"

        Esta semana, los regímenes libio y yemení han puesto sobre la mesa “hojas de ruta”, “planes alternativos”, para salir de la crisis. Seif el Islam, hijo Muamar el Gadafi, ha propuesto que el Guía de la Revolución (desde 1963) abandone el poder para que comience una transición hacia una democracia constitucional que él dirigirá. Y Ali Abdullah Saleh ofrece a la oposición que su vicepresidente asuma el poder para aplicar las reformas que pide la calle mientras él se queda en la sombra supervisando el cambio.

En ambos casos se plantea la permanencia del régimen, de esa familia o grupo de personas que durante décadas han explotado y reprimido a los que hoy les plantan cara. La situación en Libia y Yemen, como señala Rashid, recuerda mucho los bandazos desesperados de los dictadores Hosni Mubarak y Zine el Abidine Ben Ali antes de abandonar el poder. “Suponiendo que los dos presidentes permanezcan en el poder, algo descartable, ¿cómo podrán gobernar a un pueblo que no les quiere?, ¿cómo gobernar a un pueblo que en gran parte han liquidado? La táctica de los presidentes  Ali Saleh y Muamar el Gadafi (…) es la de recurrir al juego del palo y la zanahoria: prometen que concederán algunas reforman mientras los servicios de seguridad matan a los manifestantes y detienen a cientos de ellos”. Y concluye: “Lo que no saben es que aunque logren reprimir la revuelta del pueblo, el silencio sólo durará un tiempo porque los pueblos árabes han vencido las barreras del miedo, ya que no tiene ningún sentido una vida de humillación y de desprecio a la dignidad de personas que nacieron libres. Morir es mejor que vivir bajo la opresión, el miedo y la intimidación”.

         En cambio en Siria parece que el apagón informativo (denunciado esta semana por Reporteros sin Fronteras está permitiendo al régimen de Bachir al Assad controlar las manifestaciones que siguen celebrándose. El poso del discurso del presidente sirio, en el que justificó la actual crisis refiriéndose a las “conspiraciones exteriores” (otro recurso al que han recurrido varios dirigentes), apenas tiene relevancia, sobre todo cuando se constata el sarcasmo con el que desde el poder se asegura que se investigan las muertes de Deraa y Latakia, y que una comisión estudia la sustitución del Estado de Emergencia (en vigor desde hace 48 años) por una ley anti-terrorista. Mientras tanto se sigue disparando con munición real contra los que piden libertad y democracia. “Damasco ha perdido la oportunidad de anunciar reformas radicales. Es un gran error, porque son una verdadera necesidad en Siria. Si se realizaran ahora no serían señal de ningún oportunismo, como dijo el presidente sirio”, apuntó en un artículo de opinión Tariq al Hamid en las páginas de Al Sharq al Awsat esta semana. A Bachir al Assad se le están volviendo en contra no sólo su teoría de la “inmunidad” de Siria ante las revueltas porque “el régimen sí que escucha a su pueblo”, sino también el argumento de que al estar en el “eje de los países de la resistencia” (apoyando a Hamás, Hezbollah,…) y ser crítico con Israel, el pueblo le apoyaría ciegamente.  “Lo que ocurre en Siria refuta la tesis de que la política exterior puede garantizar la estabilidad interna”, ha escrito esta semana en su artículo de opinión Hasán Haidar en Al Hayat.

       La velocidad de las revueltas se está asentando dependiendo del país que analicemos. En Jordania el rey Abdallah II sigue intentando ganar tiempo mediante el método de la prevención. En algunos círculos, eso le está proporcionando un importante margen de maniobra. El “Diálogo Nacional” lanzado y supervisado por el monarca, además de su encuentro con los jóvenes de la Coalición del 24 de Marzo, son muestras de un talante diferente. Aunque todo podría truncarse si las promesas de reformas políticas y económicas no empiezan a materializarse. “El rey, con una franqueza sin precedentes, anunció que se respetarán las recomendaciones del comité de diálogo respecto a las reformas constitucionales, y que se otorgarán garantías sobre los resultados del diálogo. Estas eran las dos condiciones que exigía el movimiento islamista para participar en el comité de diálogo nacional”, analizaba Fahd al Jitán en el periódico Al Arab al Yaum .

        También en Bahréin, donde siguen desplegados mil soldados saudíes (a pesar de las críticas de algunos países del Golfo como Qatar a la injerencia de Arabia Saudí), ha comenzado a trabajar una comisión nacional formada por 45 personalidades que insisten en la unidad nacional y centran el origen de la crisis actual en el sectarismo. Un planteamiento muy lejano al expuesto por los manifestantes de la plaza Lulua al comienzo de las revueltas.

      Y en Omán, fronterizo con el convulso Yemen, el Ejército y fuerzas especiales continúan disolviendo sentadas ante edificios oficiales en varias provincias, en especial en la ciudad industrial norteña de Sohar.

       La inquietud de Arabia Saudí aumenta al comprobar que en los países del Golfo Pérsico no parece haber hecho efecto el intento de comprar temporalmente las demandas de los manifestantes subiendo el salario de los funcionarios o entregando directamente una cantidad de dinero a cada familia. Mohamed bin Ahmed Tayeb, director general de la provincia de la Meca, se comprometió esta semana a realizar reformas de forma gradual: “Creemos en la evolución, no en la revolución”. Además siguen con atención los pasos que algunos dirigentes se están viendo obligados a dar, como la dimisión del Gobierno de Kuwait para evitar que tres de sus ministros (miembros de la familia real) comparecieran ante el Parlamento por el retraso de las reformas políticas y económicas, así como por la actuación del país en la crisis de Bahréin. De momento, el régimen de Riad centra todos sus esfuerzos en intentar reconducir la situación en Yemen. Ha invitado a gobierno y oposición para que negocien una salida a los casi tres meses de protestas en el país más pobre de la región.

        Parece que también Estados Unidos está dando un giro en su actitud hacia su principal aliado en la lucha contra Al Qaeda en la zona. La presión de la Administración Obama sobre Saleh, al que hasta el momento no habían pedido que dejara el poder, es cada día más evidente. Washington ya no acepta las amenazas enarboladas por el régimen yemení sobre un “Al Qaeda descontrolado”,  ni “una nueva Somalia, donde cada uno defienda sólo a su tribu para acabar en una guerra civil”. Dexler Filkins ha explicado en un extenso reportaje publicado en la revista The New Yorker el proceso que ha seguido tanto la población como el régimen yemení en un levantamiento “singularmente pacífico” para un país donde las armas están al alcance de todos.

        En este nuevo tablón de juego de los países árabes, en el que se están transformando los intereses e influencias en el Magreb y el Machrek, los analistas occidentales están ajustando sus reflexiones. Paul Salem, director del Centro Carnegie para la Paz Internacional con sede en Beirut (Líbano), hablaba esta semana de un “mar de cambios… tan profundos que afectan a la identidad de la gente”. Salem definía al movimiento pro-democracia actual en los países árabes como una tendencia en la que “el islam es la corriente más poderosa”, para agregar a renglón seguido que “este paradigma ha sido de alguna forma desbancado y absorbido, creando un dominante sistema de valores democrático, plural y de respeto de los derechos humanos”. Para los incrédulos, desconcertados ante la actitud de una generación que está obligando al mundo árabe a reestructurarse desde dentro, igual que durante el último siglo y medio lo hizo el nacionalismo árabe, el socialismo, el comunismo o el islam político, el profesor Noam Chomsky escribía esta semana en el New York Times: “La primavera árabe tiene raíces profundas. La primera de las olas de protestas empezó el año pasado en el Sáhara Occidental, la última colonia africana, invadida por Marruecos en 1975 y que ocupa ilegalmente desde entonces, de forma similar a Timor Oriental y los territorios ocupados por Israel. Un movimiento no violento en noviembre que fue disuelto por las fuerzas marroquíes (…)”

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