Foto: Francesca Woodman

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    Y un día me desperté sola. En torno a la fotógrafa Francesca Woodman

    Manuela della Fontana - 07-01-2016

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    Todo está oscuro, basta un salto, y todo habrá terminado –se dice– mientras, mirando las estrellas, nota el frío en sus brazos. Un salto, vuelve a repetirse poco antes de lanzarse al vacío desde el tejado de su apartamento de Manhattan.

     

    Solo tiene veintidós años. Pero antes, las primeras lágrimas, el último adiós. Tantos y tantos límites. Un orgasmo disfrazado de mentira. La soledad. Nadie le ha dicho que crecer fuera así. Francesca Woodman siente que todo ocurre demasiado rápido en su prisión de noches que temerosas se escapan por la ventana. Se esconde, se asoma, aparece y desaparece en la bruma como en sus fotos, sin pedirle permiso a nadie más que a esos miedos. Tan valiente en ocasiones, y sin embargo cuántas noches buscando respuestas en un cielo que aunque callado no hace sino llamarla a voces. El fracaso, ese reconocimiento que no llega, el amor que se va. Y una carta a medio escribir sobre la mesilla…

     

    Han pasado más de tres décadas y aún se puede sentir su rastro en la escuela de arte a la que asistió en Providence. Sus profesores aún recuerdan a esa muchacha tímida que se paseaba por los pasillos empuñando su Rolleiflex con el desparpajo que solo los tímidos acostumbran a hacer suyo. La misma cámara que le regalaran al cumplir los trece años, el mismo pelo alborotado muchas veces recogido en una trenza, y ese destello en la mirada que ni los malos momentos consiguieron borrar de su cara.

     

    Tampoco Giussepe Casetti olvidará nunca el día que la vio entrar con paso decidido en su librería Maldoror de Roma y cómo, entre revistas y libros antiguos, buscó y rebuscó hasta dar con una vieja biografía de Diane Arbus. Yo también soy fotógrafa, se limitó a decir en perfecto italiano cuando el librero se interesó por el libro que había elegido. A decir verdad no era la primera americana que, huyendo del bullicio, entraba en la librería, pero ella era distinta. Tal vez fuera la melancolía que desprendían sus ojos, esos gestos lentos apenas estudiados que le daban un aire despreocupado. No era su primer viaje a Italia, aunque eso lo descubrió después, cuando con la excusa de mostrarle la Roma de verdad, la que no se ve, le propuso perderse en la noche. Fue entonces cuando supo que había vivido un año en Florencia y que ahora se encontraba en Roma haciendo un curso de la Rhode Island School of Design.

     

    Al llegar a casa, Francesca escribiría en su diario: “Que fácil hubiera sido sucumbir a los encantos del italiano, sin embargo no sé qué me pasa, no puedo… no me asustan las cuestiones reales, tampoco el amor… me asustan las cosas que tengo en mi cabeza… Intento buscar distracciones, un paseo por Via Giulia como hoy, ¿y qué consigo? Alguna idea, un libro de fotografía y la promesa de otro encuentro… Creo que necesito un profesor o un amante, alguien que corra el riesgo de involucrarse conmigo de verdad…”.

     

    Esa noche, mientras escribe en su diario, no quiere acordarse del fracaso en que se ha convertido su vida. Tampoco de Benjamín, el que fuera su novio durante tantos años. Desde que decidió que un respiro sería el mejor modo de poner fin a una relación tan impetuosa como la suya no pasa un día sin que se culpe, como si el amor no correspondido pudiera esconderse debajo de la almohada como un pañuelo usado.

     

    Solo ella lo sabe, pero es ese mundo, el que ha construido huyendo de sí misma en las páginas de su diario, el que le infunde el coraje necesario para encontrar respuestas de un futuro que por acuciante la atormenta. Un librito de tapas rosas, donde Francesca día tras día, con su letra menuda, casi infantil, escribe sus impresiones: lo difícil que se le hace vivir, las fotos que nunca hará. Y él, siempre él en su cabeza, colándose en cada línea sin poder evitarlo. Muchas veces en los márgenes añade dibujos y alguna foto que rescata entre las muchas que guarda en una caja de galletas. Otras, garabatea, improvisa. Otras, ni siquiera escribe. No puede.

     

    Ese afán por los detalles, le acompañará también en sus fotografías. Una excusa para hacer realidad esas ideas que en su cabeza se abren paso con la insolencia de quien trata de vivir compulsivamente. Y sin embargo qué difícil cuando nada parece encajar, cuando todo parece desmoronarse. Las clases le aburren, prefiere entregarse a su pasión recién estrenada con esa naturalidad tan suya, desatendiendo esa voz interior que nunca calla. Y así, oculta tras las puertas de un armario, con los pies colgando, se balancea sujeta a una puerta mientras esconde su cara, juega a ser niña otra vez en un bosque gris de ninfas invisibles. Se quita el vestido, las medias, se tiende en el suelo, completamente desnuda se pone en pie. La cámara persigue sus movimientos, sin perderla de vista le acompaña como un amante celoso, hasta que todo parece volverse insoportable y diluida en sombras, vuelve a ser ella: la Francesca ingenua e insegura de siempre.

     

    Le asusta la falta de disciplina, esa dejadez que tan difícil le resulta gobernar y en la que sin embargo se recrea sin poder evitarlo. Últimamente sus fotos se han vuelto más grises, lo abstracto y lo borroso se confunden, casi tanto como ella que entre las sábanas da vueltas y vueltas sin poder dormir. Aún no ha recibido noticias de la beca, la que ha solicitado como una necesidad extrema de reconocimiento, y ya han transcurrido dos semanas. Después del rechazo de tantos fotógrafos influyentes siente que no podría soportar otro fracaso: otro más.

     

    Sabe que ya no es una niña, ojalá lo fuera. Si pudiera ser capaz de asumir responsabilidades, afrontar sus errores, convencerse que la vida es algo más que palabras confusas... Si supiera que al despertar todo se va a teñir de color como aquellos cuadros que pintaba su padre, tal vez todo tendría sentido, pero sabe que no.

     

    “¿Cómo decirles a mis padres que el camino que he elegido, se tambalea casi tanto como yo? ¿Cómo decirles qué me flaquean las fuerzas, que no hago sino vagar entre palabras confusas? Sé que no lo entenderían, se sentirían defraudados… Ellos que han luchado toda la vida por conseguir sus sueños e inculcarnos su amor por el arte… Cierro los ojos y todavía creo ver a papá en su estudio delante de un cuadro, y yo correteando entre botes de pintura y pinceles, entonces sí era feliz. Y ahora, ¿en qué se ha convertido mi vida?”.

     

    Le aprietan los zapatos, por la mañana alguien ha robado su bicicleta y está cansada. La carta que esperaba, la de la beca, sigue sin llegar. Tampoco ha recibido noticias de él. Otra noche durmiendo sola, otra noche más. ¿Cuántas ya?

     

    Sentada en su escritorio mira cómo la luna se refleja en el marco de la ventana. La estrella de siempre parpadea, y aunque más estrellas surcan la noche ninguna brilla como la suya. El frío se cuela por las rendijas. Qué fácil sería deslizarse a la muerte –piensa– mientras vuelve a mirar al cielo y acomoda una vieja manta sobre sus piernas.  Qué fácil sería poner fin a todo esto…

     

    El café se ha quedado helado. La carta a medio escribir sigue en la mesilla… Ya en la azotea siente el frío en sus brazos, ni siquiera ha cogido el abrigo aunque esta vez parece no importarle. Ya no.

     

     

     

     

    Manuela della Fontana (Madrid, 1972) es una escritora oculta. Después de trabajar muchos años en el mundillo editorial decidió dar el gran salto y retomar su vocación. Fue entonces cuando empujada por algunos amigos salió a la luz su blog Soñando con maletas y empezó a escribir en las revistas VoZed e Hyperbole, donde colabora habitualmente. En FronteraD ha publicado A cambio de nada. Recuerdos de Kiki de Montparnasse. En Twitter: @enmanuelle2002

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