Kubrick y Douglas en el rodaje de Espartaco

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    ‘Yo soy Espartaco’: memorias de un rodaje difícil (y de una época convulsa)

    J. S. de Montfort - 23-10-2014

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    “Yo siempre he sido un demócrata convencido,

    pero no odio a los republicanos.

    Nunca he sido comunista, pero tampoco los odio”

    Kirk Douglas

     

     

     

    Nada nunca es tan sencillo, ni fácil

     

    Lo decía Iñigo Sáenz de Ugarte hace unos días en su blog, Guerra eterna. El periodismo no fue quien acabó con Richard Nixon. Se refería al Watergate y al hecho de que The Washington Post no obligó al entonces presidente de Estados Unidos a dimitir, que la cosa es mucho más compleja. Se hacía eco el periodista español de un artículo escrito por W. Joseph Campbell y aparecido en la web Media Myth Alert. Y esto vale igual para la portentosa afirmación promocional del libro de Kirk Douglas, Yo soy Espartaco, y que supone que, gracias a que en los títulos de crédito de la película Espartaco se incluyó el nombre –proscrito– del guionista comunista Dalton Trumbo, se acabó con las listas negras. 

     

    Hombre, no. La realidad es siempre un poco más enrevesada y dífícil.

     

    En primer lugar, la decisión de Douglas (productor independiente del filme, con su empresa Bryna), de incluir el nombre de Trumbo, le vino dado por las circunstancias, y es que el guionista, siendo que los actores de la película le estaban cambiando su guión, amenazó a Douglas con abandonar el proyecto. Se ha de tener en cuenta que, para aquel entonces, Trumbo había escrito más de 1.500 folios (un cuarto de millón de palabras), casi diez versiones del guión. Así que no le hacía ninguna gracia ese menosprecio de su trabajo. Así las cosas, a Douglas no le quedó más remedio que jugársela y correr el riesgo de incluir el nombre de Trumbo en los títulos de crédito para así asegurarse la presencia del guionista hasta el final. Fue una decisión atrevida, claro está, pero que venía propiciada –además– por una clima favorable. Y, a fin de cuentas, venía más que justificada por la voluntad de Douglas de hacer la mejor película posible (y en aquel entonces Trumbo era el mejor guionista) que no por un gesto de batalla –ética y política– contra las listas negras. 

     

    Meses antes, Harry Truman, ex presidente de Estados Unidos, había realizado “varias declaraciones públicas contundentes reclamando que se acabara con las listas negras” (página 138). A ello se le ha de sumar, además, la decisión también pública de Frank Sinatra de contratar al guionista Albert Malt (incluido en las listas negras de Hollywood) para que escribiera el guión de la adaptación de la novela La ejecución del soldado Slovik, “una historia real acerca del único soldado estadounidense que fue ejecutado por desertor desde la guerra de secesión”. Y, en cualquier caso, ya por esa época, la opinión pública estadounidense mostraba un clima favorable a la eliminación de las listas. De hecho, oficialmente, las investigaciones del senador Joseph McCarthy habían acabado en 1954, a pesar de que Hollywood las mantuviera de manera informal.

     

     

    Las listas negras

     

    Los años cincuenta fueron años de “miedo y paranoia. En aquel entones, el enemigo eran los comunistas” (página 10), era la época de “la culpabilidad por asociación”.

     

    Pero todo venía de un poco antes: del jueves, 28 de octubre de 1947. Aquel día, Los diez de Hollywood, diez hombres, nueve guionistas (entre ellos Dalton Trumbo, Albert Maltz y Adrian Scott) y un director de cine (Edward Dmytryk) fueron convocados por el congresista J. Parnell Thomas frente al Comité de Actividades Antiamericanas para declarar sobre sus filiaciones políticas anteriores y presentes. Todos ellos acabarían condenados por desacato (pues se negaron a contestar, pidiendo que les mostrasen las pruebas que tenía el comité para avalar sus preguntas sobre sus filiaciones comunistas) y sus recursos se desestimaron. En particular, Dalton Trumbo tuvo que cumplir una condena de diez meses en la penitenciaría federal de Ashland, en Kentucky. Tenía tres hijos pequeños.

     

    Pero lo peor de todo fue lo que se conoció como La Declaración del Waldorf, realizada un mes después de la comparecencia de Dalton Trumbo y que decía así: “Los miembros de la Association of Motion Picture Producers deploramos la conducta de ‘Los Diez de Hollywood’, a quienes la Cámara de Representantes ha denunciado por desacato. En adelante, despediremos o suspenderemos de nuestra nómina sin compensación alguna a todos los comunistas y no volveremos a contratar a ninguno de los Diez hasta que sean absueltos o hayan purgado su desacato y declaren bajo juramento que no son comunistas”. Con tal declaración se dio comienzo a las así conocidas como listas negras.

     

    El guionista Dalton Trumbo, quien antes de ser considerado un proscrito ganaba 75.000 dólares por sus guiones (era el mejor pagado de la época), se vio obligado a buscar refugio en México y a vender sus trabajos bajo seudónimo (y no solo guiones, pues también escribía relatos para revistas femeninas, utilizando el nombre de soltera de su esposa). La situación dio lugar a sucesos extravagantes, pues ganó dos veces el Oscar, una por Vacaciones en Roma (1953) y otra por El bravo (1956). En el primer caso, lo cubrió Ian McLellan –que fue quien recogió el premio–, pero en la segunda ceremonia de la Academia del cine, cuando se anunció al guionista ganador del Oscar de ese año, no subió nadie a recoger la estatuilla.

     

    Howard Fast, uno de los autores de novela histórica de más éxito en Estados Unidos en aquella época, también fue citado a comparecer frente a la HUAC (siglas en inglés del Comité de Actividades Antiamericanas), en 1950, por haber apoyado al Joint-Fascist refugee Committee, un grupo antifranquista español. Se negó a revelar los nombres de los simpatizantes de este grupo y fue condenado a tres meses de cárcel. Lo enviaron a una prisión federal en Virginia Occidental. Allí, según escribió en sus memorias, Being Red, comenzó a pensar en Espartaco, novela que escribió en nueve meses, tan pronto salió de la cárcel. Ya en 1951.

     

    Pero su situación era difícil: se le había prohibido pronunciar conferencias en los campus un