El actor Pepe Sancho

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    “Crematorio”: el peso de la ficción

    Enrique Fibla Gutiérrez - 30-06-2011

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    En los últimos años hemos asistido a una revolución en la ficción televisiva, auspiciada por las grandes cadenas estadounidenses e inglesas, hasta el punto de plantear dudas sobre la definición de ejemplos como The Wire, Los Soprano, The Pacific, Los Tudor y muchas otras —la lista es infinita— como meros productos televisivos. En España, sin embargo, seguíamos inmersos en un desierto cuyos intentos de oasis se convertían rápidamente en espejismos. De ahí la expectación y escepticismo que creó el anuncio de  Canal+ de apostar por la producción de ficciones televisivas propias con la HBO como referencia. Escepticismo que se torna en sincera admiración cuando uno ve Crematorio, una serie que supone un hito en la televisión de nuestro país, y un brote verde de inteligencia en un medio demasiado acostumbrado a producir toneladas de arena.  

           Crematorio narra probablemente la realidad nacional que más pedía a gritos una profunda mirada audiovisual: la corrupción urbanística sobre la que se ha sustentado en  gran parte el “progreso” de una España corrompida política y moralmente. Basada en la novela homónima de Rafael Chirbes, ha sido concebida por Jorge Sánchez-Cabezudo, director de la excelente La noche de los girasoles y capítulos de series como Hospital Central  o Hispania. La acción se centra en el imaginario municipio costero de Misent, fácilmente reconocible en cualquiera de los benidorms de la costa mediterránea, donde un constructor ha erigido un imperio edificando en todo lo edificable. Un control fortuito de la guardia civil destapa un oscuro fraude en el crematorio municipal, a partir del cual se iniciará una investigación que amenaza con poner al descubierto décadas de corrupción. 

           El intachable reparto lo encabeza un impresionante Pepe Sancho como Rubén Bartomeu, cabeza de una trama en la que no falta su abogado de confianza (Pau Durá), el concejal de urbanismo (Manuel Morón), la amante joven (Juana Acosta), el mafioso ruso (Vlad Ivanov) o la hija renegada (Alicia Borrachero). Además, Crematorio cuenta con un elenco de estupendos secundarios, algo fundamental para sostener cualquier serie que se precie. Se nota el trabajo de un casting que ha buscado reflejar en la serie unos personajes ciertamente arquetípicos, pero no menos presentes en nuestra sociedad. 

     

    El nuevo tiempo televisivo

    Como dijimos en un artículo anterior, la ficción  de calidad se ha mudado en gran parte a la pequeña pantalla, donde paradójicamente ha encontrado un espacio temporal mucho menos constreñido que la narración cinematográfica. Un tiempo televisivo que en lugar de ser sintético por necesidad expande su mirada a la corrupción a lo largo de los capítulos, permitiendo una visión holística de una realidad tristemente verídica. El contraste con el tiempo cinematográfico, necesariamente el del aquí y ahora, un presente que avanza rápido por la inalterable caducidad temporal, normalmente situada entre la hora y media y las dos horas.

           En Crematorio, la narración se articula en torno a la oposición de los hechos en presente y una serie de flashbacks que nos explican el cómo se ha llegado a dicha situación. Poco a poco, ambas líneas temporales van convergiendo para tejer un mapa de la corrupción urbanística, desde el inicio de las recalificaciones a los hoteles de veinte pisos y los campos de golf en pleno secarral. Todo ello desde el punto de vista la familia Bertomeu, pero sin olvidar que todos aquellos que les rodean tampoco son precisamente inocentes. Como dice el constructor en el primer capítulo: “Todo el mundo recibirá su parte del pastel”. Un pastel que se vislumbra perfectamente en algún fotograma.

     

    De la ficción a la realidad

    Sin duda uno de los principales aciertos de la serie es haber conseguido el toque justo de ficción, planteando una trama a la que perfectamente podríamos ponerle nombres y apellidos de la vida política y social española. El carácter fabulador de Crematorio es evidente, pero también lo es su intención de reflejar una realidad que ha estado presente en los periódicos y telediarios de los últimos años. El  caso Malaya, Gürtel, Brugal y un largo etcétera han sido entendidos por el público más desde el ángulo de la fabulación que la seriedad e indignación que habrían de provocar los desmanes de la corrupción. Por ello, las imágenes de la serie suponen la afirmación de un relato cuyas páginas se han pasado por alto, y desde la ficción aportan un peso específico, una materialidad que nos viene a decir que no solo imaginemos, sino que pensemos en su pertinencia.

           Este doble juego entre lo que vemos en la serie y lo que hemos visto en la realidad crea una cierta sensación de voyeurismo, de que asistimos a los entresijos de lo que no hemos podido más que leer en los periódicos. Crematorio se presta rápidamente a este juego, mostrando informativos de Cuatro  —rodados expresamente— en donde se da cuenta del auto judicial del caso, con grabaciones telefónicas del constructor y políticos (aquí las similitudes son ya evidentes). Lo mismo sucede con los espacios en los que tiene lugar la acción. Los mamotretos de apartamentos en primera línea de playa, las lujosas villas con espectaculares vistas, los clubes de alterne, los campos de golf… cualquiera que haya visitado un municipio costero encontrará en Crematorio las imágenes que tanto repulsan a la vista, especialmente la maqueta del proyecto estrella de Bertomeu, Costa Azul, un compendio de todas las barbaridades urbanísticas que han convertido la costa mediterránea en un infierno a las puertas del paraíso.

     

    Todo el peso de la ficción

    Hoy en día, con la mecha de la indignación prendida, se hace necesario recapitular sobre aquellos desmanes que nos han llevado a la situación actual. El capitalismo irresponsable ha sido puesto en imágenes con películas como Inside Job o la reciente Doctrina del Shock, y quizás sea hora de apostar por sacarle los colores al problema número dos para los ciudadanos de éste país: sus políticos.

     

     

           Crematorio es un excelente primer paso para analizar nuestra sociedad a través de la ficción, una de las grandes asignaturas pendientes del audiovisual español. Como hemos discutido anteriormente, parece que hoy en día se ha invertido la dirección que nos llevaba de la realidad a la ficción. Ahora es el peso de ésta última la que constata unos hechos vistos con cierta distancia por el ciudadano. Porque sí, existe un constructor llamado Rafael Gómez, de apodo Sandokán, imputado por cohecho en el caso Malaya, y a quien se le ha permitido concurrir a las elecciones municipales en Córdoba debiendo a ese consistorio 18 millones de euros en sanciones. O presidentes de una Comunidad Autónoma, como Francisco Camps, que revalidan su puesto a pesar de haberse probado sobradamente sus vínculos con los ideólogos del caso Gürtel. También podríamos hablar de tonadilleras involucradas en malversación de fondos, presidentes de equipos de fútbol que hacen negocio a costa de los terrenos del club, políticos de todos los colores imputados —hasta cien en las últimas elecciones— y una costa mediterránea con un 44% de su superficie construida.

           Son algunas de las verdades que esconde una realidad de película, y propuestas como Crematorio se antojan fundamentales para evitar el olvido, deporte nacional que impide la erradicación de esta lacra. Esperemos que Canal+ siga apostando por una producción audiovisual de calidad, que se atreva a analizar las causas de una sociedad indignada. Esperemos, en definitiva, que caiga sobre la realidad todo el peso de la ficción.

     

    La primera temporada de Crematorio está disponible en DVD desde el 25 de mayo.

     

     

    * Enrique Fibla Gutiérrez es licenciado en Comunicación Audiovisual por la UAB, ha hecho cursos de crítica cinematográfica y realización. Sus últimos artículos en FronteraD han sido Memorias del mal , Oído caníbal. Nuevas estrategias, viejas reivindicaciones y Restrepo

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