La guerra empieza en una moqueta. París expone en su feria de armas la última versión de los fusiles de las matanzas yihadistas

Plàcid Garcia-Planas

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Estella, sales manager de Victorinox, me regala una navaja de 58 milímetros.

 

—¿Qué puede hacer esta navajita que no pueda hacer eso de ahí? –le pregunto mirando el misil Thaad que exhibe la compañía Lockheed Martin, una bestia de 6,17 metros y 900 kilos.

—Pues abrir una lata. Comerte lo que hay dentro. Y sobrevivir –contesta la responsable de las navajas militares suizas.

 

Sobrevivir. París acaba de acoger una vez más la feria bianual de armas terrestres y aeroterrestres más grande del mundo –Eurosatory– con la misma fijación de siempre: la defensa y la seguridad. Más de 140.000 metros cuadrados de moqueta y obsesión. Todo para el soldado. Excepto ataúdes.

 

 

La feria –sólo para profesionales: los que venden, los que compran, los periodistas y los espías– abrió sus puertas el 13 de junio. Horas después, cerca de París, un yihadista clavó nueve navajazos en el abdomen de un comandante de policía. Luego acuchilló a su mujer delante del hijo de tres años.

 

Un “drama abominable”, dijo el presidente de la República. Abominable y cotidiano.

 

¿Cuántos misiles tenemos? ¿Cuántos cuchillos tienen? ¿Dónde empieza la defensa y dónde acaba la seguridad?

 

En su lujoso pabellón exterior, la compañía alemana Rheinmetall –tiene nombre de ópera de Wagner: Metales del Rin– expone su megacañón de 130 mm. “El tamaño sí importa”, anuncian.

 

 

En una pantalla, a cámara lentísima, Rheinmetall escenifica su granada de mano ABHGR, que al caer da un brinco y estalla sobre la cabeza del enemigo. El vídeo, como es habitual en esta feria, tiene un fondo de desierto y palmeras, no de abetos. La única compañía que parece darse cuenta del paisaje que nos espera es la estadounidense FLIR, systems radars, cuyas pantallas muestran las clásicas imágenes aéreas de localización y diana... sobre catedrales y tejados de Europa.

 

La anterior edición de esta feria se celebró en junio del 2014 con las palabras protection y security expuestas hasta la saciedad. Un mes después, los yihadistas rompían la frontera entre Siria e Irak y creaban el Estado Islámico. Desde entonces, sólo en París los yihadistas han matado a 150 personas en atentados racimo. El futuro siempre viene por donde el marketing no lo espera. Como los escorpiones.

 

Hall 5, pasillo K, stand 521: aparecen las pistolas y fusiles de la compañía checa CZ. Uno de sus modelos estrella es el Scorpion EVO 3 A1, un subfusil “extraordinariamente agradable para el usuario”, todo un homenaje –confiesan en el folleto– a “estos invertebrados de la clase de los arácnidos, conocidos por su extraordinaria resistencia a la radioactividad, las temperaturas extremas y armados con un aguijón venenoso en su elevada cola”.

 

 

Te puedes acercar, sostenerlo –descargado– en tus manos, poner el dedo en el gatillo y hacer clic, clic, clic... como hicieron Cherif y Said Kouachi en enero del 2015 en la revista Charlie Hebdo y en el supermercado judío. Con un subfusil Scorpion, entre otras armas, mataron a 17 personas.

 

En CZ no ofrecen caramelos ni galletas ni detallitos, como hacen la mayoría de stands. Sólo adhesivos de sus rifles de asalto.

 

 

El merchandising que más triunfa son los muñequitos de goma antiestrés. La alemana Mahle (radiadores para tanques) los regala en forma de soldado gordito; la francesa NYCO (lubricantes para la batalla) en forma de avión de combate; la estadounidense Bose (amplificadores de guerra) en forma de tanque; la belga Red Star (logística militar) en forma de granada de mano (cortesía de la feria de seguridad que me será inmediatamente requisada por la seguridad del aeropuerto Charles de Gaulle).

 

 

Kalashnikov Group tampoco ofrece caramelos. Los encuentro en el hall 6, pasillo 6, stand 197. El hombre que atiende me lo explica todo.

 

—Primero fue el AK-47, el primer Kalashnikov. Era el mejor del mundo. Luego el AKM. Era el mejor del mundo. Ahora tenemos el AK 103.

—No me lo diga: el mejor del mundo.

—Efectivamente –responde con una mirada de qué coño buscas tú, anda esfúmate.

 

Los kalashnikov se pueden ver. Pero no tocar. En este stand no hay clic, clic, clic... Fuera, sí. Con kalashnikov AKM, además de granadas, nueve yihadistas mataron en noviembre a 130 personas en varios puntos de París.

 

Le Carillon fue uno de ellos. Esta tarde, con la peña enganchada al partido Francia-Albania en la televisión del bistrot, quedan dos agujeros de bala. Dos agujeros penetrando el mármol y la madera art déco por la parte inferior de la barra: dispararon a la gente que se había tirado al suelo.

 

La compañía coreana Poongsan expone sus brillantísimas balas ordenadas en vitrinas con iluminación focal. Como si dispararan con diamantes.

 

—Parece un escaparate de Tiffany’s –le digo a Eom, una de las azafatas.

—Gracias. Las pulimos a fondo.

 

 

Hall 5, pasillo D, stand 760. Aparece Sig Sauer, la mayor factoría de un entramado que va de New Hampshire a los Alpes. Sobre la moqueta, el rifle Sig Sauer MCX. Puedes acercarte, acariciarlo y hacer clic, clic, clic... como hizo hace unas semanas Omar Mateen en una discoteca de Orlando. Con un rifle Sig Sauer MCX mató a 49 personas.

 

En el stand regalan un pin del modelo Sig P320, “una pistola que se ajusta al tamaño de cualquier mano”.

 

 

Mateen entró en la discoteca de Orlando con una segunda arma encima: una pistola austriaca Glock 17. La encuentro en el mismo hall, pasillo K, stand 377. En el mostrador tienen una decena de armas para hacer clic. La gente se acerca y aprieta el gatillo disparando al vacío, sin balas. Otros las dispararán por ellos.

 

Glock presenta como novedad su pistola modelo 43, “que se adapta a todos los estilos de vida por su perfil ultraocultable”. Y, como en cada feria, te regalan pins y un llavero con la forma de su pistola.

 

 

Todo es tan irreal. Tan real. El nombre de una fábrica textil militar turca: Spectra. El nombre de una empresa de comunicación militar israelí: Phantom. El nombre de la principal fábrica de tanques finlandesa: Patria. El nombre de uno de los cuchillazos de la italiana FK: Predator.

 

 

Los chupa-chups que ofrece la alemana Mankiewicz, revestimientos de defensa. El cava Freixenet que descorchan en Agencija Alan, fabricantes croatas de fusiles para francotirador. Los caramelos de colores de la húngara Pro Patria, electrónica militar. El Maserati militarizado que expone Cristianini, decontamination system. El 140 cumpleaños del fabricante de balas italiano Fiocchi Munizioni: “Una historia escrita con pasión”. La misma pasión con la que sus azafatas se aprietan la licra de camuflaje.

 

 

La feria es inmensa y el diminuto stand de Kalashnikov me succiona. Es blanco, minimalista, poco iluminado, como un microtanatorio. Extrañamente vacío.

 

“No existe nada en el mundo, orgánico o inorgánico, objeto metálico u elemento químico, que haya causado más muertes. El Kalashnikov ha matado más que la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki, que el virus del sida, que la peste bubónica, que la malaria, que todos los atentados fundamentalistas islámicos, que la suma de muertos de todos los terremotos que han sacudido la corteza terrestre. Un número exorbitante de carne humana imposible de imaginar”, recuerda Roberto Saviano.

 

 

Con fusiles Kalashnikov masacraron en noviembre la terraza del pequeño bistrot parisino La Belle Équipe. Duró tres minutos. Murieron 19 personas, entre ellas la pareja musulmana del propietario judío y un congoleño negro como el chocolate que se plantó entre los terroristas y una chica blanca como la leche. En el hospital, la chica se pasó varios días pronunciando obsesivamente su nombre: Ludovic, Ludovic, Ludovic...

 

Abierto de nuevo, con las mismas sillas en las que se sentó Ludovic, en La Belle Équipe hay ahora una frase iluminada: “No porque no tengamos nada que decir debemos cerrar la boca”.

 

En esta feria, tan explosiva, la empresa sueca Bofors Test Center siempre tiene la última palabra. La más sublime.

 

Creada en 1886 por Alfred Nobel, inventor de la dinamita, Bofors posee un gran bosque en Suecia donde prueba y perfecciona el tiro de proyectiles y misiles de cualquier fabricante.

 

Sus eslóganes marcan, feria a feria, la magnitud del delirio. Esta temporada es una coordenada: N 59º 19.238’ E 14º 36.163’. El bosque donde lanzan los misiles. El lugar donde el inventor del premio de la Paz tenía su residencia. Y sobre la coordenada, un mensaje en letras grandes y sinceras:

 

“El infierno es un lugar en la tierra”.

 

 

 

 

Plàcid Garcia-Planas, director del Memorial Democràtic de la Generalitat de Catalunya, fue reportero de La Vanguardia y autor de libros como El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado (escrito junto a Rosa Sala Rose), Jazz en el despacho de Hitler. Otra forma de contar las guerrasy Como un ángel sin permiso. Cómo vendemos misiles, los disparamos y enterramos a los muertos. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Cuando Adolf Hitler fascinaba a Augusto AssíaSouvenirs de la muerte. El archivo del corresponsal de guerraEuropa. El ángel decapitadoMuerte de un travesti en Afganistán y Un punto en el asfalto (un capítulo de El marqués y la esvástica).

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