Rafael Chirbes. Foto: Jesús Ciscar. Fuente: culturplaza.com

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    ¿Por qué seguir leyendo a Rafael Chirbes un año después de su muerte?

    Miguel Forcat Luque - 28-07-2016

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    Me he pasado la vida esforzándome por creer en el ser humano. Por eso mi biblioteca está llena de obras del reconciliante Víctor Hugo, del justiciero José Saramago o del sencillo (que no simple) Jorge Amado.

     

    Buscando la novedad, topé con el libro Paris-Austerlitz, de Rafael Chirbes, un autor hasta entonces completamente desconocido para mí. La novela toca, entre otras cosas, la decadencia física de un hombre que sufre una enfermedad terminal. Me pareció que Chirbes, con ese libro, pretendía presentar al ser humano de la misma forma que el pintor Francis Bacon lo hacía en sus cuadros: Como una insultantemente simple materia orgánica condenada a perecer.

     

    Esa visión del hombre y de la mujer me resultó repulsiva. Y, sin embargo, nada más acabar la novela me dirigí a la librería más cercana a comprar otra obra del mismo autor. (Y ello sin ser capaz de explicarme mi propio interés por la obra de alguien cuya forma de pensar era tan opuesta a la mía). Me decanté por Crematorio y creí percibir en este libro el mismo menosprecio hacia la raza humana. Pero si Paris-Austerlitz la mostraba más en su faceta física, Crematorio trataba lo decadente del ser humano en su faceta moral y ética: Todos y cada uno de los personajes de este libro son absolutamente despreciables.

     

    Creo que Chirbes juega a despistar al lector. Por ejemplo, el tema central de esta novela no es, como parece inicialmente, el fraudulento boom inmobiliario que España conoció hasta principios de este siglo. Este libro habla, en realidad, de la naturaleza mezquina del ser humano.

     

    Rafael Chirbes es un escritor genial. (Es remarcable su capacidad para cambiar de narrador en un mismo párrafo. Y ello, sin que el lector pierda nunca el hilo de la historia). Pero, según le leía, pensaba que su enfoque hacia el hombre y la mujer difería demasiado del mío. Hasta temí que, cual Caballero Jedi, su lectura me atrajera hacia el lado oscuro y acabara yo viendo al ser humano con el mismo menosprecio pesimista. Porque, retomando la comparación con Francis Bacon, si el ser humano es solo un perecedero trozo de carne, lo mejor, como parece proponer el artista irlandés, sería dejarlo pudrir y desaparecer. 

     

    Acabé la novela extenuado, confuso y hasta tocado en mis convicciones.  

     

    Tras leerle, me informé sobre Rafael Chirbes (descubrí que teníamos varias cosas en común: como las mías, sus primeras publicaciones en periódicos fueron críticas gastronómicas. Él, como yo, vivió una larga temporada en ese maravilloso país que es Marruecos... ) y reconsideré toda esa información. Y por fin llegué a una serie de conclusiones importantes: Rafael Chirbes no es el Francis Bacon al que comparaba al inicio de mi texto. Rafael Chirbes no comparte esa visión degradante con el pintor irlandés en relación al hombre y a la mujer. Es cierto que las novelas de Chirbes describen humanos despreciables. Pero lo hacen de la misma forma con la que las novelas de la premio Nobel Elfriede Jelinek presentan a maltratadores, fraudulentos y a corruptos: como una forma sutil de denunciar el maltrato, el fraude y la corrupción.

     

    Las novelas de Chirbes son, en realidad, lo mismo que las novelas que pueblan mi librería. Todos esos libros son, en realidad, distintas caras de la misma moneda, el negativo de una misma imagen fotográfica: Una apuesta por el ser humano, por el hombre y por la mujer.

     

    Todo cuadra ahora: Presentándose como quien en realidad no es, Chirbes juega una vez más al despiste. Mi inicialmente inexplicable interés hacia su obra se vuelve finalmente comprensible: No solo nos unen la temática de nuestros primeros textos y los países en los que hemos vivido. Nos une, sobre todo, una férrea creencia en el ser humano.

     

    Valgan estas líneas como un humilde homenaje a Rafael Chirbes en el primer aniversario de su muerte.

     

     

     

     

    Miguel Forcat Luque es economista y trabaja para la Comisión de la Unión Europea.

    El propósito de este artículo fue escrito por el autor por su propio nombre y no refleja el punto de vista de la institución para la que trabaja. 

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