Ciudades literarias. Lisboa, Tánger, Trieste, Argel, Estambul y Shanghái

Fernando Castillo - 06-10-2016

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1. Las ciudades

 

Si hubiera que destacar alguno de los hechos que han definido el pasado siglo, uno de ellos sería el triunfo de la ciudad como espacio de vida, tanto que se podría hablar del siglo de las metrópolis, ese lugar que es un producto colectivo e inacabado, como decía Wright Mills, en el que la utopía del cambio está presente tanto en su desarrollo como entre sus habitantes. Si ya en la Edad Media, Henri Pirenne se había referido al aire de libertad que se respiraba en los nuevos burgos, alejados de la jurisdicción de una nobleza feudal, rural y guerrera, en el siglo XX todas las esperanzas en la técnica y en su capacidad transformadora de la sociedad y del hombre, que desde el futurismo fascinó a los partidarios de la modernidad, han tenido a la ciudad como escaparate.

 

Ha sido la centuria en la que el protagonismo de la urbe –definitivamente mucho más que una forma de agrupación humana– se ha extendido a todos los aspectos de la vida y de la cultura como nunca había sucedido con anterioridad. La literatura y el arte, inseparables de los acontecimientos, tienen como escenario fundamental a la ciudad, contemplada en toda su complejidad, sean, como diría Arnold J. Toynbee, ciudades de destino o ciudades en marcha. Ese cualidad de espacio literario y artístico que tienen prácticamente todas las urbes, se puede detectar que es más intenso en algunas de ellas. Se trata de unas ciudades que se distinguen quizás porque, como dice Olivier Rolin al referirse a algunas de las más destacadas, adoptan una forma imaginaria en la literatura. Son ciudades que además de un largo e intenso pasado histórico, tienen un contenido literario, una capacidad de inspirar el relato, la reflexión o la poesía, lo que las distingue al igual que la forma especial en que las afectan los acontecimientos. Unas urbes que, como decía William Faulkner de los hombres del siglo XX, llevan consigo una guerra que determina su existencia y la de sus habitantes, muchos de ellos sobrevenidos en esos momentos. Todas ellas son unas características que, además de singularizar a estas ciudades, las aproximan al arte.

 

Se trata de un grupo de ciudades que ha tenido una especial relevancia a lo largo de las décadas centrales del siglo XX, coincidiendo o sucediéndose en ese protagonismo. Un conjunto que tiene sus extremos en el Atlántico y en el Mar de la China, unido por un destino y unos rasgos comunes. Todas ellas son parte de un itinerario cuyo inicio está en Lisboa y, alternando las dos orillas del Mediterráneo, continúa por Tánger, Trieste, Argel y Estambul para finalizar en Shanghái. Unas ciudades –de nuevo citando a Oliver Rolin– en las que se tiene la sensación de que nada ha cambiado tras no haberlas visitado nunca.   

 

Son ciudades heterogéneas, diversas, también equivocas, en las que conviven lenguas y elementos no solo diferentes, sino incluso enfrentados. Así, en Trieste se reúne la nostalgia imperial por los Habsburgo con el irredentismo italiano, lo piamontés y lo veneciano, lo eslavo con lo germano, lo latino con lo bizantino, lo judío y local con lo cosmopolita, por otra parte común a todas las ciudades. No es de extrañar que el ambiente cultural de esta urbe ahora italiana esté determinado por la diversidad y la intensidad, como demuestra la nómina de triestinos ilustres en las artes y las letras, y de visitantes celebres que han vivido en la ciudad adriática. Por su parte, en Tánger se reúne en el siglo XX lo árabe y lo cosmopolita, la tradición y la modernidad, lo magrebí, pasado por la Yebala y el Rif, con Andalucía, Gibraltar, Portugal, Génova y Mallorca, como recoge la grandísima novela de Ángel Vázquez que cuenta la vida de la tangerina Juanita Narboni. Una reunión de elementos mediterráneos que se repiten, con aportaciones de elementos turcos en un Argel que es una Marsella prolongada

 

Luego, Estambul, el Bizancio o la Constantinopla de amplísima historia, durante milenios Sublime Puerta y puente entre Oriente y Occidente, concentra, gracias a su equidistancia e influencia, lo turcomano y lo árabe, lo eslavo y lo griego, lo balcánico y lo veneciano. Junto a ella, la lejana Shanghái, urbe tan occidental como oriental; la Lisboa de Oriente en la que desembarcan todos los refugiados de la inmensa China, de todas las Asias, de Rusia y Japón, de la lejana Europa, del Pacífico y de América, unos lugares más próximos de lo que la distancia sugiere.

 

Son ciudades, como muchas otras –pienso en Barcelona, Valencia, Nápoles, Marsella, Niza, Venecia, Palermo, Alejandría, Beirut...– de confluencias de intereses y de culturas, de lenguas y de población, en los que comienzan y acaban caminos, lo que les convierte en urbes de una geografía especial a las que determina la historia de forma diferente que a otros lugares. Son puerto franco –todas miran al mar–, pues a ellas se llega desde todas partes y desde ellas se parte hacia cualquier destino. Son ciudades abiertas, internacionales, neutrales, territorios de acogida en momentos de guerra; son el centro de todos los tráficos y de todos los negocios, nido de espías y desencantados pero también santuario para los refugiados a los que ha movido la historia durante siglos. Son ciudades que comparten la definición que hizo de su Tánger natal el citado Ángel Vázquez en su magnifica y memorialística La vida perra de Juanita Narboni, cuando decía que la ciudad era “tierra de nadie y tierra de todos”. Es decir, un lugar de llegada y partida aunque entre un momento y otro a veces transcurra una vida o se pierda en el intento.

 

Ha sido precisamente a lo largo en la centuria pasada, coincidiendo con los momentos más difíciles y dramáticos, cuando estas ciudades han adquirido un protagonismo especial, algunas veces efímero, que les ha permitido desarrollar una realidad más literaria. Así, la recoleta Lisboa dormitaba en una existencia casi provinciana, a lo Eça de Queiroz, que la Guerra Civil Española y después la Segunda Guerra Mundial interrumpen, sacando a la ciudad del mundo quieto en el que había vivido, dedicado a su obra, Fernando Pessoa y del que Almada Negreiros partió pronto para volver con el alimento de la vanguardia. Desde 1936, la capital portuguesa se diría que, más que despertar, resucita, vuelve a la vida haciendo realidad la condición de ciudad de las despedidas que le atribuye Blaise Cendrars. En ella, ciudad durmiente, como ha contado magníficamente Neil Lochery, confluían los fugitivos de todas las rutas de una Europa hostil, espías y traficantes, que hacían de Lisboa una ciudad de guerra en la sombra, de negocios y oportunidades, de esperanzas y frustraciones, mientras se miraba, emulando a Enrique el Navegante, a América.

 

En las calles y cafés del Chiado, de Alfama y del Rossio como el Chave d’Ouro o el Nicola, se espiaba, se compraban secretos y pasaportes, se vendían joyas, diamantes y lealtades, se alentaban ilusiones y decepciones, todo a la espera de un pasaje para los paquebotes que llevaban a América o a Palestina y que suponían el último tren para la salvación. Solo unos pocos privilegiados como Peggy Guggenheim o Max Ernst, a los que Varian Fry había salvado de la Gestapo en Marsella, podían viajar en el imponente Yankee Clipper, el hidroavión de la libertad de la Pan Am, un verdadero hotel volador, o en el avión de la británica BOAC con destino a Bristol, que al final lograría tomarlo Arthur Koestler, que en pocas horas les rescataba de un continente a oscuras. En esta ciudad –llena de refugiados y espías que ocupaban hoteles, pensiones y cafés–, alemanes, británicos, españoles y portugueses pugnaban por controlar a un equivoco duque de Windsor de veleidades nazis o a agentes dobles como el catalán Garbo, mientras que escritores metidos a espías como Ian Fleming, Graham Greene o Eugenio Montes y su amigo el ubicuo César González Ruano, disfrutaban de la neutralidad lusa. Todo, mientras grupos de personas con maletas gastadas que se habían cerrado hacia años en Cracovia, Lodz o Viena, en París o en Marsella, recorrían sin rumbo la ciudad, apurando las últimas gotas de esperanza.

 

La derrota alemana, que a comienzos 1944 era más que una posibilidad, y el fin de la llegada de refugiados devuelve a Lisboa a su secular sueño –ahora manuelino, atlántico y salazarista– de azulejos y lluvia, olvidando que en algún momento fue una de las ciudades más deseadas del mundo. Quedó para cantarla un fotógrafo excepcional, Horacio Novais, que buscaba algo de vida en su noche.

 

No muy distinta de la existencia lisboeta fue la realidad de Tánger durante estos años de guerra, aunque en el caso de la ciudad norteafricana su actividad y condición de refugio se extienda durante casi todo el siglo dada su condición de ciudad abierta par excellence. La que fue Tingis romana y ciudad bizantina, ya entonces un enclave privilegiado, ha visto pasar por su suelo todo lo que ha hecho historia, desde los fenicios al aluvión de culturas que ha proporcionado su estatus de ciudad internacional en el siglo XX, confirmando que como señala William S. Burroughs, Tánger es el pulso del mundo. Desde la Gran Guerra hasta la Guerra Fría han acudido a la ciudad los personajes más diversos, como esos tipos raros que junto a los refugiados y a los más inverosímiles espías, se dedicaban a negocios equívocos y a los placeres más prohibidos en hoteles de nombres ya míticos como el Minzah o el Nacional.

 

Sin embargo, fue durante los años de la Segunda Guerra Mundial, previos a la posguerra bohemia y hippie de la ciudad, cuando Tánger se convirtió también en uno de los santuarios para una Europa en llamas, incluso en mayor medida que Lisboa, pues era una ciudad verdaderamente abierta como corresponde a su régimen jurídico internacional. Es en esta época cuando Tánger acoge a una población que busca seguridad, que hace negocios o conspira; que es fugitiva y es refugiada. Todo ello bajo la mirada atenta de agentes franceses, ingleses, americanos alemanes y españoles, que aspiraban a controlar una ciudad en la que los nativos se limitaban a poner el decorado y la mano de obra, aunque más de uno supo aprovechar el momento y las debilidades. No es de extrañar que la vida tangerina de estos años de guerra inspirase a Michael Curtiz para filmar su Casablanca. Y es que el bar de Rick ciertamente podría haber sido el Café de El Minzah, el de París, el Colón o el Tingis, donde coincidían en las noches tangerinas enemigos, aprovechados y desesperados que no sabían si quedarse en la acogedora Tánger, como hizo el fotógrafo húngaro Nicolás Müller, que acabaría recalando en Madrid, o si, como podían hacer unos pocos, huir más lejos en el avión o el paquebote salvador que llevaba a América. Luego, en la postguerra, junto a algunos indeseables de la Europa que había ardido como la colaboracionista Marga D’Andurain, habrá literatura en cuatro idiomas con la llegada de Truman Capote, Kerouac, Burroughs, Juan Goytisolo, Jean Genet y sobre todo de Paul Bowles, quienes coincidirán con los que estaban como Ángel Vázquez, Tahar Ben Jelloun o Mohamed Choukri. Como se ve, una ciudad única.

 

Argel, nido de piratas berberiscos y antesala de Estambul, era una antigua ciudad de confluencias, de fusiones, de piratas como el mítico Dragut, refugio de renegados y perseguidos, que conoció Miguel de Cervantes, quien aprovechó su cautiverio para escribir un drama sobre la ciudad, Los baños de Argel. Abandonada su larga obediencia turca y bajo dominio francés durante más de un siglo, se convirtió en la puerta del desierto añadiendo a su carácter oriental y europeo un exotismo a medio camino entre Pierre Benoit y Beau Geste, sin dejar su condición de puerto mediterráneo. Una ciudad fronteriza, perla de Francia, versión de Marsella en la orilla magrebí del Mediterráneo, en la que reinaban personajes que inspiraron al cinematográfico Pépé Le Moko, el Robin Hood de la Kasbah, y donde comenzaba a despuntar un joven Albert Camus, quien en 1939 vio llegar a los exiliados republicanos, algunos tan ilustres y fugaces como Rafael Alberti, María Teresa León, o Max Aub, quien sufriría un terrible internamiento en el desierto argelino.

 

En 1940, la ocupación alemana de la metrópoli interrumpió su vida de departamento exótico, de ciudad periférica y algo libertina, para convertirse en la segunda capital de la Francia de Vichy. Fueron muchos, especialmente aquellos que más tenían que perder, los que abandonaron la llamada “zona libre” conscientes de que era una ficción, dirigiéndose, Mediterráneo por medio, a la africana y más segura, por menos alemana, Argel. Durante dos años se reunieron en la ciudad refugiados huidos de la metrópoli, agentes de todas las nacionalidades, republicanos españoles, conspiradores favorables a Pétain, a Laval o a De Gaulle, junto a los atteintistes, los partidarios de Vichy decididos a esperar la evolución de los acontecimientos. Con todo esto se encuentran americanos y británicos al desembarcar en 1942, cuando convirtieron a Argel en la capital de una Francia Libre bicéfala que aún dudaba entre el liderato de dos generales, Giraud o De Gaulle, tras haber convertido a las autoridades de Vichy, representadas por Darlan y Juin, a la causa aliada. Lo siguiente era preparar el salto a la metrópoli, al frío París oku donde esperaba Albert Camus, a ratos redactor del resistente Combat y a ratos actor en la picassiana El deseo atrapado por la cola, quien ya había hecho internacional a la ciudad con El extranjero.

 

Luego llegaría el Argel de la posguerra, de pieds noirs, de rivalidad entre la Kasbah y la ciudad europea, del anticolonialismo temprano de Ferhat Abbas que acabaría en el FLN (Frente Nacional de Liberación, en sus siglas en francés), de la guerra sucia de los paracas contra los terroristas, de métodos de la Gestapo y la Ocupación, de golpes de Estado, de bombas de lo que entonces se llamaba plástico y luego goma dos en los cafés, de conspiraciones de nostálgicos de la OAS, que se prolongarían en Madrid. Una época difícil que gracias a Gillo Pontecorvo y a La batalla de Argel se entiende mejor, al tiempo que se confirma la inclinación cinematográfica de la ciudad.

 

Lejos, escondida en un rincón del Adriático, está Trieste, quizás junto con Tánger la ciudad de la diversidad y de los encuentros, aunque no haya tenido esa consideración de abierta que también tiene Shanghái. Austriaca, es decir, vuelta a la Mitteleuropa desde la Edad Media, la ciudad aúna lo germánico con lo itálico y eslavo, con lo turco y lo bizantino, lo que explica que el alemán, el hebreo, el italiano, el esloveno y el croata se oigan por sus calles y se escriban en sus imprentas. Es una ciudad sometida a tantas influencias que confirman su condición de “no lugar” que le adjudicó Hermann Bahr. El carácter literario de la urbe, favorecido por la atmósfera que ha creado su diversidad, se refleja en la concentración de escritores y en la literatura que ha desarrollado durante este siglo. Desde Scipio Slataper, Giani Stuparich, Umberto Saba, poeta y librero, a los esenciales Italo Svevo o Claudio Magris, la ciudad está relacionada con las letras, incluidos ilustres visitantes como James Joyce y Rainer María Rilke, dedicado este a la redacción sus elegías duinesas y aquel a sus dublineses, sin que les afectase el imprevisible bora, el viento del norte que barre la ciudad, ni la Gran Guerra. Psicoanálisis, literatura, arte –hay que recordar al pintor Arturo Nathan, singular metafísico recuperado ahora por Juan Manuel Bonet–, filosofía o todo a un mismo tiempo, como hacía el inclasificable Carlo Michelstaedter, se citan en un Trieste tan múltiple como decadente en el que se acumula el moho en el panteón de los olvidados pretendientes carlistas que reposan en San Giusto. 

 

Durante siglos, Trieste, situado en territorio esloveno, fue el único puerto austriaco en el que vivía una población que en su mayoría miraba a Italia y que al final de la Gran Guerra, al desaparecer el Imperio de los Habsburgo, vería cumplidos sus deseos irredentistas. Poco a poco, en su nueva condición itálica, Trieste fue perdiendo el protagonismo que le daba el ser la puerta marítima de Viena, cayendo en una atonía que se volvió primero en drama y que luego, en 1945, se convirtió en tragedia. En ese año, tras ser abandonada por los alemanes en retirada, la ciudad fue ocupada por la victoriosa guerrilla yugoslava del mariscal Tito, quien como triunfador no ocultó su voluntad de anexionarse la península de Istria y el propio Trieste. Era el momento en el que la Guerra Fría daba sus primeros pasos, así que los aliados reaccionaron rápidamente en una zona de influencia occidental por lo que británicos y americanos ocuparon la ciudad, sustituyendo a los yugoslavos comunistas. Las diferencias entre los dos bloques dieron lugar a la división del entorno triestino –convertido en un denominado Territorio Libre– entre occidentales y yugoslavos, lo que acentuó su condición de escenario irreal, de espacio desestructurado, confuso y diverso. Un lugar de geografía equívoca en el que, entre refugiados balcánicos y centroeuropeos, se conspiraba tanto como se escribía o pintaba. Todo ello convirtió a Trieste en el primer escenario de la Guerra Fría, una nueva situación que incrementaba el contenido literario de la urbe como recoge el film de Henry Hathaway, Correo diplomático, o el famoso discurso de Churchill en la Universidad de Fulton en el que cita a la ciudad como uno de los extremos del telón de acero que ya dividía Europa desde Stettin en el Mar Bático, al Mediterráneo.

 

Hacia Oriente, el itinerario continúa por Estambul, capital de un imperio de guardarropía, el Otomano, que, como otros de la Mitteleuropa, no sobrevivió a la Gran Guerra. Se diría que la vida de Estambul renace en 1918, cuando Kemal Attaturk moderniza lo que quedaba del mundo otomano, desapareciendo lo que quedaba de la romántica Sublime Puerta. Ya antes, con el nombre de Constantinopla y como estación término del Orient Express, la ciudad había vivido la trastienda de las guerras balcánicas en un ambiente muy de Eric Ambler, de máscara de Dimitrios, de exotismo singular, irreproducible. Todo un anticipo de lo que vendría con la Revolución Rusa que convirtió a Estambul en el Colmar de los rusos blancos, refugio de atamanes cosacos y duques, y en la etapa previa al soñado París de exilios dorados. Ciudad de enlace entre Oriente y Occidente y desde hacía siglos de confluencia de todas las culturas, Estambul se convierte desde 1920 en la ciudad de las conspiraciones, de los emigrados zaristas irredentos a los que vigilan agentes bolcheviques, y de armenios y kurdos deseosos de libertad. Su neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial convertirá a Estambul en la Lisboa del Mediterráneo, en el escenario de una guerra en la sombra que busca romper la neutralidad turca, en objetivo de refugiados, centro de espionaje como ese cinematográfico Cicerón, y de negocios de las mercancías más insólitas y de todo tipo de servicios. Un entorno que apenas se transformó en los años duros de la tensión entre los dos bloques, en los que su condición fronteriza con el temido comunismo convirtió a Estambul en uno de los escenario calientes de la Guerra Fría.   

 

Ciudad de ruinas gloriosas contempladas por los partidarios locales de la modernidad como un lastre, como un vestigio incómodo y una herencia asfixiante. Una ciudad de sobrenombre tan poético como la Sublime Puerta y con lugares de resonancias míticas como el Serrallo, escenario de óperas mozartianas, que encarnaba para toda Europa el exotismo oriental, sueño de poetas románticos y de escritores entregados a lo pintoresco, desde Pierre Loti a Pierre Benoit. Naturalmente, nada de eso recogen dos de sus intérpretes más destacados del siglo XX como el escritor Oran Pamuk y el fotógrafo Ara Güller, quienes se acercan, luchando contra la historia, a veces de la mano, a la realidad de un ciudad variada, múltiple, crisol de lenguas y razas pero detenida, inmóvil e invariable, durante este siglo.

 

Por fin, en el Lejano Oriente, cerrando el trayecto iniciado en Lisboa, está Shanghái, la ciudad más lejana y exótica de este itinerario, que soporta el título de París de Oriente y una existencia tan intensa como variada. Próspero puerto y centro financiero, pero sobre todo el lugar en el que coincidían las formas de vida más encontradas y donde convivían los fumaderos de opio, los prostíbulos o los barrios tradicionales chinos con los campos de golf, los barrios de arquitectura victoriana y decó, el Bund y Customs House, los clubs occidentales que añoraban los modelos del Pall Mall, y el mísero Hongkou, los bancos y los mercados locales. Y es que hubo varios Shangháis –el chino, el angloamericano, el francés, el japonés…– que acogieron a personajes de todo el mundo y daban a la ciudad un aire cosmopolita y atractivo que, según algunos de los escritores que la frecuentaron, resultaba venenoso. Quizás sea ese ambiente el que ha llevado a Michel B. Miller a afirmar en su Shanghái on the Metro que si para el misterio y el espionaje se piensa en Trieste, en Tánger y en Estambul, para el hampa hay que pensar en Shanghái. Incluso parece que Lenin le llamó “el Wall Street de la prostitución”.

 

No es de extrañar que la ciudad asiática acogiese a escritores como Edgar Snow, el singular Jean Fontenoy o a la pareja Christopher Isherwood y W. H. Auden, quienes tras la experiencia berlinesa recalaron en la urbe en 1938, un año después de que los japoneses la ocuparan. A finales de los treinta la condición de ciudad abierta e internacional de Shanghái se amplió a los negociantes, espías, traficantes y aventureros americanos, rusos, británicos, franceses, malayos, hindúes, japoneses o australianos –que remiten a mundos tintinescos de El loto azul, por donde se cruzan personajes como Chicklet, Mitsuirato o Dawson, más representativos de lo que podría pensarse–, a quienes se añadieron los habitantes de una lejana y convulsa Europa, incluidos los judíos, que desde Bulgaria o Trieste, en este caso en barcos como el Conte Verde, huían lejos de pogromos y de campos de concentración. Un mundo que recoge Ángel Wagenstein en su Adios, Shanghái, y que durará hasta 1949, un año después de que Orson Welles rodase La dama de Shanghái, cuando las tropas comunistas ocuparon la ciudad. Desde entonces, la Guerra Fría y sobre todo el maoísmo y su versión más radical durante la Revolución Cultural, acabaron con la leyenda de una urbe que hoy ha pasado de abierta e internacional a símbolo de la más vulgar globalidad capitalista que la ha transformado para siempre. Solo queda como testimonio la literatura de la joven Eileen Chang, cuyas obras tempranas recogen ese mundo único que revoloteaba alrededor de la ciudad china.

 

 

2. Los artistas

 

Esta exposición Lisboa, Tánger, Trieste y otras ciudades es ante todo un ejemplo más de la coincidencia y de la colaboración de la literatura y el arte, reunidos en un asunto capaz de aunar ambas actividades en un interés común. Pero también supone una aproximación entre un artista y una ciudad dentro de un proyecto colectivo que pretende dar una visión tan individual como colectiva, es decir, panorámica, de un conjunto de urbes que tiene características literarias, históricas y artísticas comunes. Es una suma de aportaciones artísticas personales que, como la buena literatura, se aleja de tópicos que imponen visiones, lecturas o imágenes previsibles a quienes se acercan a su realidad. Para la representación de cada una de las ciudades escogidas –que tienen un especial protagonismo y un destacable carácter literario a lo largo del siglo XX–, se ha dado un giro a la idea del triestino Claudio Magris según la cual las ciudades son madres e hijas de los escritores. Ahora, en esta exposición, es a los artistas y a la pintura a quienes corresponde interpretar y representar, es decir, crear a estas urbes y establecer su relación con ellas.

 

Para llevar a cabo este proyecto que concilia el arte y la literatura, se han reunido otros tantos artistas que tienen tanto características comunes como una poética propia. En primer lugar está la línea clara pictórica, algo oriental a fuerza de lírica, tan rigurosa y canejiana como moderna, de Chema Peralta ([email protected]), la metafísica de Illán Argüello ([email protected]), que aúna lo más clásico de algunas de las corrientes figurativas del siglo XX, en la que combina la técnica, y la tradición del realismo mágico con la poética de la metafísica, evidente en su inclinación por los espacios abiertos, la soledad y las arquitecturas, siempre con una intención innovadora en temas y contenido. Está también la figuración entre irreal, surrealizante y no poco literaria, por narrativa y romántica, en la que la naturaleza, la ciudad y el individuo se reparten el protagonismo, de Álvar Haro ([email protected]), un aliento que comparte también la obra de Javier F. Lizán ([email protected]), más volcada aún a lo fantástico y en la que hay ecos maxernestianos en los elementos que pueblan su obra a modo de objet trouvé. Por último, está Damián Flores ([email protected]), un artista en quien la presencia de la literatura es habitual en su pintura, con ese lenguaje entre Hopper, De Chirico y Sheeler, es decir, el propio de la ciudad contemporánea, en el que se encuentra también un guiño clásico, un aire a Beruete.

 

A ellos se ha unido Pelayo Ortega ([email protected]), centrado exclusivamente en Lisboa, la ciudad que reúne a los artistas de esta exposición, pero también una urbe de referencia en su poética pictórica. Y es que el pintor asturiano ha hecho de la capital portuguesa a lo largo de su carrera una parte de su muy personal provincia, como diría Juan Manuel Bonet –autor de una magnifica monografía acerca del pintor–, que tiene a Gijón como centro. Una ciudad, Lisboa, que Pelayo Ortega ha definido como “mítica y laberíntica”, resaltando su cualidad portuaria, algo que le interesa especialmente, en la que destaca la presencia de su admirado Fernando Pessoa, uno de los referentes literarios del artista, muerto antes de que los refugiados del continente turbaran momentáneamente el sosiego de la ciudad. Es la de Pelayo Ortega una muy moderna visión de la pintura que nos parece combina la línea clara hergeiana, algo de Raoul Dufy, y no poco de sus maestros reconocidos Joaquín Torres-García y Evaristo del Valle. Sin duda una compleja combinación que resuelve con un lenguaje personal, a veces metafísico a veces neopop, y con una reconocida proximidad a la literatura, especialmente a la poesía, y a la música, que explica la realidad del universo reconocible de su pintura. Una pintura en la que la reflexión, la creatividad y la búsqueda innovadora en la expresión es esencial.

 

Como se ve, es un abanico de estéticas diverso y complementario el de estos seis artistas, que muestra el poder interpretativo de la pintura y su capacidad de hermanarse con otras actividades como la literatura y la historia cultural en proyectos compartidos.

 

Son todos ellos artistas de larga trayectoria, complicidad generacional y entorno común, el madrileño, que se inicia en los años ochenta y que remite a galerías de la capital tan imprescindibles en el mundo de la figuración como My Name’s Lolita, Estampa, Utopía Parkway, Seiquer o Caballo de Troya en las que la mayoría de ellos han estado y siguen estando presentes. Todos ellos –Peralta, Lizán, Flores, Haro, Argüello y Ortega– comparten también una vocación figurativa esencial, aunque de estilo e inspiración diferentes, y todos tienen además de una marcada inclinación literaria, que se refleja en sus obras, un interés por el cine, por la fotografía, la arquitectura, el cómic o la ilustración que es paralelo y a veces complementario de su trabajo. Es una poética compartida e inseparable de su pintura y del universo creador en que se mueven, lo que les hace receptivos a proyectos en los que se combinan todas esas actividades que les resultan muy próximas.

 

Con anterioridad ha habido ocasión de comprobar la capacidad de aunar perspectivas que tienen estos artistas y la manera de expresar en sus exposiciones individuales y colectivas realizadas en distintas galerías, pues todos tienen una larga y reconocida trayectoria. Recuerdo algunas convocatorias en la que han estado reunidos y que me resultan especialmente cercana, como las dedicadas a las aventuras de Tintín, a la obra de Patrick Modiano o a las ciudades de Ramón Gómez de la Serna, en las que se ha puesto de manifiesto su interés por la literatura y por otras artes, al igual que su inquietud, su capacidad y generosidad a la hora de responder a propuestas procedentes de otros campos como la literatura o el ensayo cultural. Son artistas que encarnan la tantas veces referida confluencia de arte y letras y son los que permiten que se lleva verdaderamente a cabo.

 

 

3. La exposición

 

El itinerario pictórico que establecen las obras realizadas por los artistas convocados es tan novedoso y complementario como encontrado. Un recorrido propuesto que está formado por una suma de visiones individuales de un grupo de ciudades, cuyo elemento común lo han puesto la historia y la literatura de este siglo, llevadas a cabo partir de un imaginario, de una poética y de un lenguaje diferente así como de unos recursos plásticos distintos. Figuración, sí, la de todos ellos, pero de expresiones y facturas muy distintas como la de Chema Peralta, quien se ha centrado en Shanghái, la ciudad de Wattgenstein que representa audazmente en un bodegón, un género que junto con el paisaje encarna las preferencias esenciales del artista.

 

En esta original naturaleza muerta, junto al abanico y la pipa de opio tan representativa del mundo de Hergé y de la realidad de la ciudad en los años treinta, Peralta ha incluido la siempre atractiva caligrafía mandarín, en este caso con el nombre de la propia urbe. Todo mediante una paleta y una resolución que a veces remite a una combinación de Díaz Caneja y Patrick Caulfield, en una obra que supone una variación de sus mucho más complejos bodegones de pajaritas junto a un paisaje, en la tradición clásica de un cuadro dentro del cuadro.

 

Junto a esta naturaleza muerta, Peralta ha realizado un paisaje fluvial en el que tras el sampán que flota en un espeso río Huangpu aparece el perfil del Bund en el que se puede adivinar el Custom House y el Ayuntamiento. Un cuadro que es un apogeo de la línea clara pues parece el escenario de El loto azul, la aventura de Tintín en Shanghái, en la que la ciudad y el propio periodista ven cernirse sobre ellos la siniestra amenaza de Japón, que no tardaría en acabar con la leyenda de la urbe mediante su ocupación.

 

Culmina el acercamiento de Chema Peralta a la ciudad plural, tan asiática y china como internacional, con dos paisanajes. Primero, el trabajo más representativo y que mejor recoge el Shanghái de los treinta, el de su esplendor y el de su mayor descomposición que culmina con la invasión japonesa. Nada mejor que este paisaje dedicado a la Broadway Mansion, el edifico que representa el apogeo art decó de Shanghái, una especie de Kavanagh asiático que da el tono a la ciudad anterior a la invasión japonesa. Es una obra magnífica en la que la vegetación compite con la arquitectura en términos de discreción, todo bajo un cielo amarillo que aporta el pormenor del exotismo.

 

El otro paisaje es una vista, con la elegante factura habitual del artista en este género, en la que comparten protagonismo el cielo tropical y grisáceo de Shanghái y el edificio de la Biblioteca Municipal. Una obra que combina aires de pagoda y de modernidad en una composición brillante de recursos en la que el Peralta con poco, casi nada, hace casi todo, tanto que atrapa la atmósfera de la urbe china, hoy desaparecida. Son obras que están en la tradición de la figuración minimalista que practicaba el citado Díaz Caneja, sin duda maestro e impulsor de la mirada de Chema Peralta, quien la ha renovado con reconocimiento generalizado.

 

Es la de estas obras una poética que el artista ya había mostrado en sus exposiciones anteriores como la titulada Últimos paisajes, y sobre todo en la aun más reciente Naturalezas, en la que, en combinación con una innovadora mirada sobre el bodegón, al fin naturaleza muerta, muestra una moderna e interesante concepción del paisaje. La misma que ha aplicado en su mirada sobre Shanghái .

 

En el camino de retorno a Occidente, Illán Argüello ha escogido Estambul, en lo que se puede considerar un desafío tan metafísico como de realismo mágico que se opone al documentalismo de Ara Güller, el reconocido fotógrafo y cantor de la capital turca en este siglo al que homenajea. La mirada de Argüello, pintor de atmósferas solitarias, de lugares recién abandonados, de puertas abiertas y ventanas a medio cerrar, de solitarias construcciones industriales o de cielos con una nube única, es decir, solitaria, va más allá de las propuestas del fotógrafo turco. Con la perfección técnica y acercando el asunto a su poética habitual, Illán Argüello ha evitado la tentación del exotismo, que es lo mismo que evitar el falseamiento de la ciudad que aporta la mirada distante. Por el contrario, ha sabido resumir el Estambul del siglo XX, el tiempo especial y detenido de una ciudad inquieta y las tensiones de una época como muestra el muy cinematográfico óleo El encuentro. Una obra en la que dos personajes se aproximan en una cita fijada en el puente de Gálata en una  noche en la que brillan las farolas y las vías del tranvía, mientras al fondo se dibuja el perfil de la Mezquita de Solimán. Hay en esta pintura de Argüello lo mismo que había en la propia ciudad: Oriente y Occidente, modernidad y tradición, así como una atemporalidad que permite pensar en cualquier momento del siglo en el que Estambul fue centro de intrigas y lugar de paso, dos cualidades que suelen inspirar a la literatura y el arte.

 

Esta combinación aparece también por medio de una resolución técnica y de una mirada que remite tanto al realismo mágico como a las miniaturas en la magnifica pintura que titula El Gülhane, una obra que junto a la arquitectura tradicional de la ciudad incluye una insólita representación del clásico alminar desde un lenguaje contemporáneo que no solo esquiva el orientalismo de postal a lo Pierre Benoit, sino que propone una nueva mirada desde la modernidad, lejos de las ideas románticas del Serrallo en el Topkapi. Es una mirada que remite al lenguaje habitual de Argüello, a sus elementos característicos, como esa nube que es marca del artista, o la soledad metafísica de sus arquitecturas ficticias. Unos elementos de la modernidad que contrastan con fortuna con la arquitectura de la que fue Constantinopla, dando lugar a un original paisaje urbano.

 

En la obra titulada El pájaro se puede rastrear de nuevo la presencia de Ara Güller. En ella Argüello recoge a modo de homenaje el mundo de los pescadores del Bósforo, que retrató con morosidad el fotógrafo turco desde los años cuarenta, con el fondo de una ciudad que parece flotar inmutable a lo largo  del siglo. En esta obra, Argüello se ha distanciado de la imagen documental y ha pintado el perfil de la ciudad desde Gálata, recogiendo al acaso la que podríamos llamar “perspectiva Sinan” por el arquitecto de Solimán. Así, aparecen los personajes y barcos del Mármara con tanta sutileza y originalidad como modernidad. Una obra que resume con gran belleza el Estambul de estos años y su originalidad cultural, entre un mundo y otro.

 

No muy lejos de la ciudad del Bósforo se encuentra Trieste, ciudad por la que se ha inclinado Álvar Haro en un apogeo de azules, uno de sus colores, que aúnan el cielo y el mar para mostrar la luz de ese litoral adriático que tiene de fondo el paisaje calizo del Carso, el Karst eslavo. Se trata de un grupo de obras –el más numeroso, lo que habla de la implicación del artista– que muestra el interés de Haro por una de las ciudades más literarias y que reúne su poética habitual y los motivos que aparecen en sus trabajos más recientes. En estas piezas se encuentra presente su inclinación, casi obsesión, por la Naturaleza, casi siempre en forma de árboles –sustitutos de las chimeneas que poblaban algunas de sus obras anteriores–, de montañas o del muy recurrente mar, aquí sustituto de sus habituales bosques, su microcosmos íntimo. En relación con estos elementos que conforman un paisaje especial está la atmósfera, más crepuscular que nocturna, de muchas de sus obras que definen la presencia de un azul que, a modo de Yves Klein, tiñe sus trabajos, o su interés en señalar la estacionalidad, pues tanto el verano como muy especialmente el invierno están presentes en sus pinturas de manera expresa. Por último, señalar la presencia de algunos personajes del imaginario del artista que, como al acaso y casi siempre medio ocultos, pueblan algunos de sus cuadros como expresión de las inquietudes del artista.

 

Haro ha agrupado sus obras dedicadas a la ciudad escogida en varias series netamente triestinas, como los trabajos referidos a la presencia del poeta Rainer Maria Rilke en el cercano Duino de sus Elegías, uno de los faros del artista en esta exposición. El reducto rilkeiano aparece representado en un entorno primaveral como muestra un magnífico paisaje en el que, entre la vegetación colorida tan característica de Haro, surge el castillo en el que residió Rilke. Sin embargo, también hay un perfil duinés y nocturno, en la línea de su poética más reciente, en la que el paisaje está iluminado sutilmente por unos faros lejanos que parecen comunicarse con el firmamento estrellado y con un navío que, como un punto, flota en el mar.

 

Junto a este grupo están los paisajes dedicados al castillo de Miramare, construido por el romántico y trágico Maximiliano de Habsburgo, que el artista, a la manera de Monet con la catedral de Rouen, ha pintado en varios momentos. Los hay invernales, de mar agitado y de fondo alpino. Unas visiones que comparten la atmósfera transparente e invernal que habla de soledad en muchas estas obras.

 

Muy característica de la reciente obra de Álvar Haro es la serie de los poetas en el mar, con los Alpes Julianos, el Carso, de fondo, quizás la más interesante y sin duda la más personal. En una atmósfera que se adivina invernal, de cielos límpidos, Haro sitúa a unos poetas desamparados en las aguas azules y gélidas del Adriático o sometidos a las inclemencias del bora, el viento huracanado y seco que trae el frío del norte. El artista ofrece una alegoría de la tensión que acompaña a la creación, tomando en este caso a la poesía por epítome de la literatura y el arte, y al creador como equivalente de las criaturas que pueblan sus naturalezas, y  al que muestra literalmente luchando contra los elementos.

 

Junto a este grupo se encuentran dos de las series más originales, como la dedicada a las banderas, un símbolo de la multiculturalidad triestina y de sus conflictos territoriales a lo largo de la historia, como sucede con el trabajo titulado Luchando por el Adriático. Junto a este conjunto está el insólito grupo dedicado al helador y violento viento bora que ya había agitado a los poetas. Es esta quizás la relación de mayor contenido narrativo junto a la citada de las banderas, pues en ambas hay un relato implícito, a veces en forma de guiño a la novela gráfica aunque sin abandonar la pintura y sus referentes. Es lo que sucede con las piezas tituladas Molo Trieste y sobre todo Bora calle, unas pinturas de interés y una muestra de la diversidad de acercamientos que permite la ciudad así como la presencia que tiene la Naturaleza, en este caso en forma del violento viento norte, en la obra de Haro.

 

Cierra las series triestinas de Álvar Haro, el magnífico conjunto dedicado a los paquebotes, un tema que tanto nos gusta, pintados todos en un nocturno azul a modo de sello del artista, y todos anclados en el puerto. Se pueden considerar un particular homenaje a la mítica compañía naviera Lloyd Triestina, en este caso encarnada en el francamente literario Conte Verte, el trasatlántico que llevó a Shanghái a los fugitivos que protagonizan la novela de Ángel Wattgenstein, hoy el último superviviente. Son dos piezas las que se han escogido y ambas retratan al mismo barco en momentos diferentes. Si en una de ellas Haro recoge el momento en que el buque está a punto de zarpar, con las chimeneas humeantes y las luces del puerto al fondo, en la otra pieza, el Conte Verte flota  mientras la luna riela en las aguas de un puerto dormido, una escena que parece un recuerdo o una ensoñación.

 

En toda la obra de Álvar Haro, incluida la que aquí se muestra, está muy presente la tensión de la creatividad y la del propio artista, por lo que, junto a la pintura, hay literatura en forma de propuestas interpretativas arriesgadas por lo que tienen de implicación personal, de quema de naves al igual que el poeta de su pintura. En esta ocasión, la tensión del esencial de Haro se ha dirigido hacia Trieste con el entusiasmo habitual en sus proyectos, lo que se ha traducido en un conjunto de obras tan amplio como sugerente e ilustrativo de la realidad triestina que buscaba el artista.

 

En la orilla norteafricana de este recorrido se encuentra Argel, la ciudad que ha preferido Javier F. Lizán entre todas las propuestas, acercándose a su leyenda durante el siglo XX con la poética surrealista y la inclinación por los objetos habitual. Todo ello ha dado lugar a un trabajo original que a veces remite a un Max Ernst actualizado y que combina varios géneros, del paisaje al retrato, pasando por las naturalezas muertas. Entre todos los momentos del Argel del siglo XX a los que ya nos hemos referido Lizán ha optado por el de los años treinta, el más canalla, el más literario o, como es el caso, el más  cinematográfico. Se trata de la ciudad de Pépé Le Moko, el personaje de la película de Julien Duvivier –el mismo que no muy lejos filmó La bandera– para siempre identificado con el rostro de Jean Gabin, el caid del milieu parisino, enamorado de la maravillosa Mireille Balin, que tan terrible destino sufriría con la Liberación.

 

El artista se acerca a la ciudad por medio de Pépé Le Moko, cuya imagen está presente en dos de las obras, oculto entre una serie de elementos simbólicos y representativos del personaje y del entorno, tan de la película como de la realidad. Y es que el Argel de la pintura de Javier F. Lizán es sobre todo una urbe metafórica, una ciudad aludida por medio de claves más o menos evidentes que permiten acercarse a la ciudad fronteriza, abierta al desierto y al Mediterráneo. En la obra de formato vertical titulada precisamente Pépé Le Moko el artista muestra en un abigarrado callejón de la Kasbah en el que  junto a un arco de resonancias islámicas, incluye un cartel de la película con el retrato de Le Moko-Gabin junto al que aparece una premonitoria navaja en forma de serpiente. 

 

Aun más interesante es la original representación de la Kasbah argelina en la que Le Moko-Gabin y su banda de marselleses y magrebíes se ocultaban de la persecución policial. Se trata de la obra titulada Argel, en la que con una mirada poco convencional muestra un espacio laberíntico, de escaleras y callejones, donde de nuevo aparece el rostro de Gabin, gran protagonista del Argel lizaniano, encarnando el misterio de la ciudad imposible, a la que Duvivier con su banda sonora puso a bailar el calipso.

 

Pero no es solo el mundo de la kasbah y el milieu canalla el que aparece en los trabajos de Lizán, aunque sea esta zona antigua la que más le atrae por su exotismo. También recoge la condición portuaria de Argel, su realidad mediterránea, por medio de un precioso paquebote atracado en un muelle que compite en tamaño con un enorme elemento, entre insecto fantástico y objeto imposible, diríamos un objet trouvé, que pertenece a la fauna personal que pueblan las obras de Lizán y caracterizan a su pintura, siempre original e inquietante.

 

Por último, y casi cerrando el viaje iniciado en Oriente, está Damián Flores, quien se ha decidido por Tánger, por un Tánger de intrigas y misterio que recoge en unas obras en las que hay sin duda un relato, como el que propone el tondo en el que aparece el neón del Hotel El Minzah, que brilla enigmático en una noche solitaria que se adivina húmeda, iluminando a un personaje apenas entrevisto. Un tipo que parece recién salido de una reunión un tanto turbia y que, tras dejar la estrecha rue de La Liberté, se dirige al boulevard Pasteur. Cuadro de atmósfera inquietante que detiene un momento extraño, algo irreal, pues no sabemos si esa bruma que viene del cercano Mediterráneo será la perdición o la salvación del solitario de paso apresurado, quizás perseguidor, quizás perseguido. Un paisaje urbano que tiene más de ensoñación que de panorámica en el que la referencia tangerina la pone el distante neón del mítico El Minzah, de caligrafía característica, y que ya forma parte del paisaje de la ciudad junto a rótulos como el del Gran Café de París o los cines.

 

Es la misma atmósfera que de nuevo recoge el Damián Flores, en este caso en un luminoso día de invierno en el que un personaje de gabardina, camina decidido después de la tormenta hacia la kasbah por la puerta de Bab Fahs desde el Zoco Grande. Quizás acude a una cita comprometida en alguno de los cafés de la medina, sea en el Café Colon, en el Tingis o el Central, todos en el Zoco Chico, a los que llegará por la rue Siaguin que se puede entrever entre tipos de fez y chilaba. Una pintura de luz muy tangerina en la que combina las referencias locales y una factura algo plein air, de paisajismo entre Corot y Hopper, que de vez en cuando practica Flores.

 

Son ambas unas obras que muestran una vocación literaria, representativas de alguna de las poéticas del artista, que proponen un relato y que a veces, por su narratividad, tienen la condición de fotograma, de momento cinematográfico, que recuerda a su admirado Alfred Hitchcok, a quien el artista, al igual que al cine, ha dedicado varios trabajos. Estas dos piezas de Damián Flores nos acercan al complejo Tánger de los años cuarenta, la ciudad a la que estaban a punto de llegar Paul Bowles –a quien el artista retrata ahora, con el Zoco Chico detrás, en un dibujo que se incorpora a sus habituales homenajes a escritores– y los poetas de la generación beat, y en el que la luz más refulgente, como la  que ilumina la ciudad antigua en la obra de Flores, no consigue despejar algunas sombras. Era el Tánger convertido en el sumidero de la Europa del Nuevo Orden que aun humeaba, de refugiados y fugitivos, una condición intercambiable en esa ciudad plural como pocas que acogía a personajes de todas las procedencias. Una ciudad que, como hizo otro ilustre refugiado, en este caso el fotógrafo húngaro y judío Nicolás Müller, ha retratado en su pintura Damián Flores con equidistancia y resolución acertada pues no en vano la luz meridional de sus orígenes son un punto de partida para acercarse a la luminosidad norteafricana. De hecho, en su obra hay precedentes magrebíes como el par de óleos dedicados al depósito de la Fedala y a los silos de Larache, dos obras de Eduardo Torroja a quien el artista le dedico una exposición. En ellos, como en los tondos tangerinos, de asunto muy diferente, está presente esa atmósfera mediterránea que parece estar hecha para ser pintada.

 

Junto a ellos, Damián Flores incluye dos dibujos que reflejan su interés por el mundo literario, en este caso en relación con Tánger. No podía faltar en quien hace de los retratos de escritores una poética, la presencia de unos escritores que encarnan el mundo tangerino de estos años de posguerra como Mohamed Choukri, el narrador del último Tánger, convocado elípticamente en el entorno del zoco, ni el muy acertado retrato de Paul Bowles, con una aire decididamente british ante el alminar que domina el Zoco Grande. Un escritor este ya convertido en el referente del muy poblado universo literario de la ciudad junto con Jean Genet o William S. Burroughs. Con estas dos obras, Flores reúne en una única mirada sus dos inquietudes, la ciudad y la literatura, que han impulsado sus trabajos más recientes y que encuentran en Tánger un espacio idóneo.

 

Hay que señalar que también y a modo de interés compartido, y como expresión del proyecto común que remataba a las sies ciudades propuestas, la mayoría de los artistas ha realizado algunas obras dedicadas a Lisboa, una urbe sugerida como ciudad de referencia, como lugar que les debía reunir al tiempo que servir de punto de partida del itinerario que, del Atlántico al Mar de la China, une a algunas de las ciudades que, a lo largo del siglo pasado, han acumulado historia y literatura.

 

Entre quienes se han acercado a la capital portuguesa, el comienzo del recorrido, se encuentra Pelayo Ortega, quien ha preferido centrarse exclusivamente en Lisboa, una ciudad muy cercana y muy  presente en su pintura como tantas otras, pues el artista asturiano es un pintor de urbes, sobre todo de su Gijón de referencia. Hay tradición lisboeta en la  pintura de Pelayo Ortega desde 1990 –el que Juan Manuel Bonet llama el año lisboeta del artista tras un viaje iniciático a lo luso– que se plasmó en varias obras como el magnífico óleo Lisboa realizado en esas fechas, y ahora de nuevo expuesto, en un interés tanto hacia Fernando Pessoa como a la ciudad que perdura.

 

En esta convocatoria que reúne a unos lugares en los que resuena el siglo XX, Ortega se acerca a la capital lusitana, siempre atemporal y dispuesta a responder a cualquier mirada, con un grupo de obras que constituyen una serie en la que el protagonismo lo comparten tanto la propia ciudad como Pessoa. Una serie efectivamente lisboeta y pessoana en la que la imagen del escritor está presente en forma de retrato elíptico, como el que le muestra de espaldas en el óleo titulado Fado, o bien contemplativo ante el Tajo en dos aguafuertes entre los que destaca el nocturno e intervenido, con un Pessoa ante el estuario y el puente que en realidad nunca llegó a ver. También remiten a la Lisboa de Pessoa las serigrafías que Ortega dedicada a la urbe, como la titulada Café lisboeta, una obra magnífica que es casi un manifiesto compendiado de su programa artístico, pues en ella se reconoce mucho de su esencia, en la que el humo y el rótulo aluden al mundo literario de los heterónimos tras los que se escudaba el escritor lisboeta. Hay que recordar que el universo de los cafés es un referente especialmente brillante en la obra de Ortega, como demuestra su presencia en muchas de sus obras, al igual que en las de Damián Flores, otro pintor de cafés, aunque en este caso sea más desde el exterior, ilustrando el imprescindible trabajo de Antonio Bonet Correa Los cafés históricos.

 

Dado el número y las características de las obras de Pelayo Ortega reunidas se podría decir que estamos ante una retrospectiva de su pintura dedicada tanto a Lisboa, una de las ciudades esenciales en su trabajo junto con Gijón y París, como a Fernando Pessoa, dos asuntos que aparecen integrados en unas obras que al reunirse adquieren un sentido aun más literario.

 

Continuando con esta dedicación lisboeta está Illán Argüello, quien ha recogido el ambiente oscuro, de novela negra, que flotaba en la capital portuguesa en los años de la guerra mundial en la espléndida obra titulada La reunión de la avenida Berna, un trabajo que se podría decir que es un tanto inhabitual en su poética artística. A pesar de esta excepcionalidad, mucho del clima de la pintura de Argüello permanece en la nocturnidad, en la inminencia de la soledad que anuncia el local vacío, en el misterio que plantea el conjunto. En esta obra, Argüello se ha acercado a la Lisboa misteriosa de la guerra mundial, en este caso como si fuera un homenaje al fotógrafo lisboeta Horacio Novais, quien retrató, con las limitaciones impuestas por el salazarismo, la realidad de una ciudad que era el Finisterre de los refugiados de Europa. Con su obra, Argüello abre con los trazos del realismo mágico una ventana a la Lisboa inquieta de los años cuarenta con una obra de luz tan irreal como inquietante, en la que los personajes que aguardan ante el café proponen un relato que solo se podía dar en esa ciudad durante unos pocos años. Es la visión desde la pintura de Argüello del mundo del espionaje y los refugiados que describe el libro Neil Lochery, al que las características y la poética del artista, ese realismo mágico renovado, se adecúa.

 

Sucumbe también Argüello, aunque no sean estos los registros habituales de su  pintura, más envuelta en la imaginación y en el relato, a la poderosa figura de Fernando Pessoa, el escritor que varios artistas han identificado con la ciudad. Argüello, que se revela como otro pessoano, al igual que Flores y Ortega, describe perfectamente su obra dedicada al autor del Libro del desasosiego cuando en un correo electrónico se refiere al “nocturno de Pessoa bajando las escalinatas de los Barrios Altos, quizás afectado por la bebida, siempre sin perder su apariencia distinguida”. Una ajustada descripción realizada por el propio artista de una obra dedicada tanto al escritor como a la Lisboa de los años treinta, que reúne todos los elementos habituales de la pintura de Illán Argüello como la atmósfera misteriosa, la arquitectura siempre algo fantástica, la nube en el firmamento, la composición imaginativa, aquí algo Caligari, y que ahora en vez de estar al servicio de la ciudad del siglo XXI, la particular Metrópolis del artista, se entrega a la recreación de una singular Lisboa. Pintor urbano y de arquitecturas, de ahí que esté presente en esta exposición, su Pessoa bajando de los barrios altos es también una mirada algo metafísica de la Lisboa del escritor, una visión que, como ha hecho con Estambul, es antes una construcción de la ciudad del pasado que una recreación, haciendo arte pero también literatura.

 

Con sus cuatros obras, Álvar Haro ha centrado su interés lisboeta en un doble aspecto, que es también una forma plural de acercarse a la ciudad. Por un lado están los dos nocturnos con  neones, también como en el caso de Argüello, como un homenaje a Horacio Novais, que muestran una Lisboa periférica, como sucede con el gouache Fin do mundo. Templo do fado, una obra extraordinaria que resume gran parte del universo de Haro –la noche con sus luces aisladas, sean estrellas lejanas o faros inquietantes, los interiores iluminados, la arquitectura, las puertas entreabiertas con un personaje apenas entrevisto... Una atmósfera tan hooperiana como magrittiana que en el caso del paisaje, la Naturaleza tan cercana al artista, aparece sembrado, diríamos que urbanizado, por distintos elementos siempre bajo una bóveda estrellada.

 

Junto a esta visión suburbial, Alvar Haro muestra otra mirada más céntrica, como es la que ofrece en la obra de la fachada de la tienda Olivetti, que podemos adivinar se encuentra en Alfama o en el Chiado, en esos lugares más abiertos a la modernidad en los que se vendían objetos entonces tan urbanos y novedosos como las máquinas de escribir italianas, unos elementos que remiten directamente a la literatura. Es una obra también nocturna, aunque la luz de los escaparates ilumine la calle con intensidad casi diurna. En estas dos obras de inspiración parecida, Álvar Haro se acerca también a la ciudad que fotografió Horacio Novais, el fotógrafo de los neones, sobre todo a la que en los años treinta y cuarenta despertó fugazmente del letargo atlántico de siglos.

 

Muy diferente es la vista desde la ventana de una casa del Barrio Alto, junto a cuyo alféizar descansa un personaje femenino y velazqueño, en un entorno de fachadas de azulejos y de visiones atlánticas que remite a la Lisboa eterna. Una obra de composición compleja en la que se suceden los elementos del espacio, de luz tenue y elegante, que actualiza una mirada que tiene mucho de tradición pictórica, de géneros superpuestos, del paisaje al desnudo. Aún más intenso es el guiño que hace Haro a la ciudad con una obra tan decididamente audaz como el panel de azulejos barroco que a modo de trampantojo, de collage, de mural o de singular dazibao, recupera la tradición ceramista portuguesa. Una obra narrativa en la que el artista incluye, diseminados y confundidos, casi ocultos, los elementos que considera definitorios de esa Lisboa que pretende evocar la exposición.

 

Por su parte, Damián Flores ha preferido centrar su aproximación lisboeta por medio del mítico Yankee Clipper, del que ya hemos contado su importancia, fascinado por el diseño, por la forma casi arquitectónica del gran hidroavión, un verdadero paquebote aéreo que enlazaba Europa y el Nuevo Mundo y que encarnaba todos los anhelos inalcanzables en esa Lisboa de la guerra. Flores ha ido más allá de lo formal al representar el aparato acompañado de unos pasajeros en los que se podría distinguir quizás a Peggy Guggenhein y a su enamorado Max Ernst abandonando la peligrosa Lisboa de intrigas y conspiraciones. Una instantánea pictórica con la que el artista, en un explícito homenaje a la fotografía que tanto le interesa, ha fijado el momento especial, fugaz e intenso, que vivió la capital portuguesa en el siglo pasado antes de caer de nuevo en el sueño de sus calles estrechas.

 

Pintor de escritores hasta el extremo de ser uno de los resortes de su poética, Flores comparte interés por Fernando Pessoa con Pelayo Ortega e Illán Argüello, como demuestra su dibujo del escritor lisboeta ante el café A Brasileira, donde ya le pintara Almada Negreiros. Un dibujo en el que aparecen todos los registros del artista, como es la atmósfera de la ciudad moderna y la figura literaria que lo convoca. Hay cercanía entre el artista y el mundo portugués, pues como pintor de ciudades Flores ya dedicó hace años una muestra a Lisboa, una de sus urbes de referencia sin duda, como también hay que insistir en que entre sus retratos de escritores, uno de los más destacados es el muy original, por el entorno, de Miguel Torga, pétreo de rostro y aspecto entre las piedras de Tras Os Montes, otra de sus referencias lusas junto a Fernando Pessoa.

 

Teniendo en cuenta la fascinación ejercida por Fernando Pessoa en algunos de  los trabajos lisboetas de Ortega, Flores y Argüello, se podría sugerir la existencia de una pequeña exposición dentro de esta muestra que estaría dedicada al escritor portugués, pues son siete las obras que protagoniza. Y es que, con idéntica multiplicidad que los heterónimos de Pessoa, se diría que estamos ante una exposición múltiple en la que las obras se pueden ver como lo que son, como un conjunto cerrado que da lugar a una exposición colectiva fruto de la visión conjunta de varios artistas acerca de un mismo tema propuesto, en este caso sobre una serie de ciudades en un periodo concreto que tienen rasgos comunes, un hecho que aproxima sus trabajos y les dota de un discurso común. Pero también  es posible acercarse a estas obras como si fuera una suma de muestras individuales de cinco pintores dedicadas a otras tantas urbes y a otros asuntos compartidos, debido a la cantidad de obras presentadas por cada uno de ellos y por lo diverso del discurso que las reúne.

 

 

 

 

Las obras de esta exposición virtual existen y están a la venta.

 

 

 

 

Fernando Castillo Cáceres (Madrid, 1953) es escritor, ensayista y comisario de exposiciones. Colaborador en revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, es autor de libros como Capital aborrecida. La aversión hacia Madrid en la literatura y la sociedad, del 98 a la postguerra; Tintín-Hergé, una vida del siglo XX; Madrid y el Arte Nuevo. Vanguardia y arquitectura 1925-1936; Geografía Modiano y Noche y niebla en el París Ocupado. Traficantes, espías y mercado negro. En FronteraD ha publicado Ludwin Renn en la Guerra Civil Española. El oficial armado con un lápiz, París-Modiano. De la Ocupación a Mayo del 68, Conchita Montes, un siglo de encanto, una época de España y Partrick Modiano, un Nobel para la memoria y la indagación.

 

 

 

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